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Libro PDF El mundo rojo y el cuarto jinete Jose Callado

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Matrix. Demasiado extraño.
—Vaya. Buenas noches —contestó ella observándole de pies a cabeza y con mirada incrédula.
—Mi nombre es Peter Peterson. Hace unas horas le entregué un mensaje a través de uno de sus libros —dijo con una voz extraña. Parecía poco natural.
Sarah intentaba analizar la forma de hablar y moverse del individuo. Había algo en él que no le cuadraba.
—Sí. Fue una elección de muy mal gusto usar la presentación de mi libro para hacerme llegar el mensaje. Por cierto, es usted un mentiroso ya que no es el padre de
James —aún con las gafas de sol puestas, Sarah pudo ver que el falso Peter arqueó un poco las cejas. La joven continuó con su alegato de bienvenida—. Durante bastante
tiempo viví en este lugar, cosa que por lo visto usted ya sabe. Conocía a todos mis vecinos y a sus hijos y permítame que le diga que usted no vivía por aquí y muchísimo
menos es quien dice ser.
Entre los dos se hizo un breve silencio que no hizo más que afirmar que Sarah llevaba razón en cada una de sus palabras.
—Vaya señorita. Veo que además de escritora que pretende hacerse un nombre, es usted una persona inteligente y de una notable agilidad mental.
Efectivamente, Sarah se percató rápidamente de que ese individuo no era el padre del chico muerto ni nada parecido. En ese momento todos sus miedos se esfumaron.
Sabía que tenía dominada la situación y que era ella quien iba a marcar el ritmo de la conversación. Sentía mucha curiosidad por saber quién era ese misterioso personaje
que se escondía tras las gafas de sol baratas, además de averiguar para qué la había citado.
—Tampoco hay que ser muy listo. No creo que mi agilidad mental sea la causa por la que he descubierto que usted no es Peter. Simplemente es que no sé cómo es tan
simple como para citarme aquí diciéndome que es el padre de James y aun así pretender seguir con el juego estando cara a cara conmigo. La familia Peterson era una de las
más amables del barrio y el trato con los demás vecinos era exquisito. ¿Cómo pretende que me crea que usted es Peter Peterson?
—Obviamente la mentira no me ha durado mucho pero al menos he con-seguido lo que quería, que era llamar su atención. Quizá si hubiera intentado conseguir un
encuentro con usted de un modo más usual, no habría obtenido respuesta. Por lo visto mi simpleza —hizo un gesto de comillas con los dedos— ha sido efectiva.
Sarah se dio cuenta de que aunque estuviera en posesión de la razón, había sido algo desagradable con aquel tipo. El misterioso hombre continuó hablando, siempre
con un tono de voz suave y agradable.
—Visto lo visto, no me queda otra que saltarme el prólogo que tenía preparado. Le contaré quién soy realmente y el motivo de esta reunión.
Acto seguido y con un sutil estilo propio de un superhéroe, se desprendió de la gabardina y de sus gafas de sol. Ante Sarah se descubrió un hombre de una edad
comprendida entre los veinticuatro y veintiséis años. Llamaba mucho la atención su pelo, rubio oscuro casi castaño y ondulado. Su corte era tipo cresta como el que lucen
los jóvenes en plena pubertad. A él poco parecía importarle que no fuera apropiado para su edad pues le quedaba bastante bien. Sus ojos azules eran de tal profundidad que
Sarah no pudo evitar sentirse hipnotizada frente a ellos.
El hombre permaneció mirándola mientras ella seguía hechizada por ese azul cristalino hasta que se dio cuenta de que había quedado absorta y pudo recuperar la
compostura algo ruborizada.
—Pues bien. Dígame quién es usted y para qué me ha citado —Sarah volvió a tomar las riendas de la conversación.
—Bueno, pues mi verdadero nombre es Nate. Nate Stinson, y soy escritor —guiñó un ojo a la chica.
La sorpresa de Sarah fue mayúscula. No por el hecho de que el tipo fuese escritor, sino porque en cuestión de un sólo segundo ya supo todo lo demás sin necesidad de
preguntarle. Supo para qué la había citado y qué era lo que buscaba con aquella suerte de entrevista que comenzaban a tener. Sin pensarlo lo más mínimo decidió poner las
cosas claras con el tal Nate antes de que éste continuara.
—Mire Nate. Por su nota, veo que maneja datos e información sobre el atropello de James Peterson hace cinco años. Sospecho que debido a lo que su-puso
mediáticamente y el impacto que causó en toda la costa este de los Estados Unidos, pretende escribir algo sobre el asunto, y para ello, pretende que yo sea su fuente para
recabar más información —el gesto de Sarah era serio.
—En primer lugar debo aclararle que puede tutearme —dijo mientras se acercó un poco más a Sarah—. En segundo lugar, señorita Wallace, no es referente al
atropello sobre lo que quiero escribir. Efectivamente, ese es el detonante de algo mucho más grande que deseo tratar. Tras lo acontecido en ese accidente hay mucho más
material que yo mismo me he encargado de recopilar durante algún tiempo. Existen aspectos oscuros y cosas sin aclarar que quiero averiguar.
—No sé a qué te refieres —Sarah comenzó a sentirse mal—. Mira, eso fue algo muy doloroso para todos los que conocíamos a James y al resto de la familia Peterson.
Fue un desgraciado accidente y nada más. No tiene más explicación que esa.
—Te pido únicamente que me dejes explicarte de qué estoy hablando exactamente y ya luego decides si me ayudas o no. Pero antes, déjame contarte todo lo que sé y
también el motivo por el que he recurrido a ti. Cuando termine de hablar, decidirás si quieres continuar o no.
Sarah no tuvo más remedio que aceptar. No quería resucitar viejos fantasmas. No le apetecía en absoluto volver a recordar el dolor de Claire, la madre de James. No
deseaba recordar la cara de horror del conductor del coche ni deseaba enfadarse de nuevo al revivir la impotencia que sintió cuando el chico se dio a la fuga.
Aun así, su instinto, unido a la curiosidad innata en cualquier escritor, hizo que aceptara lo que ese hombre, Nate, le decía. Sarah quería saber más, así que ambos se
dirigieron a algún lugar cercano donde tomar algo para que el joven comenzara con todo lo que tuviera que decirle.
A Sarah le apetecía un café, pero a esas horas de la noche ya pocos sitios había abiertos. De ese modo y a pesar de que recordaba algunos lugares buenos para ir a tomar
algo, siguió el consejo de su nuevo acompañante y se dirigieron a un lugar llamado «Blue». No conocía aquel pub, debió abrirse después de que ella dejara Greek Hill. La
decoración del sitio no era nada revolucionaria pero al menos creaba el ambiente perfecto para la que parecía que iba a ser una conversación larga y con bastante contenido.
Había unos sofás al fondo que invitaban a ser ocupados, pero finalmente optaron por quedarse en la barra. Sarah pidió lo que más le gustaba ante las pocas
posibilidades que tenía de tomarse un café; una cerveza alemana, daba igual la marca, pero que fuese cerveza negra. Una cerveza de las de verdad. Nate optó por una
tónica. No bebía alcohol y siempre procuraba tomar algo con gas.
Cuando Austin, el camarero, les trajo sus bebidas, ambos se acomodaron en sus respectivas sillas altas frente a la barra y quedaron en silencio. The Doors sonaban de
fondo a un volumen bastante aceptable como para poder conversar sin problemas de entendimiento. Nate pensó en tomar la iniciativa, pero Sarah se le adelantó.
—Bien Nate. Veo que te has tomado muchas molestias para poder tener este encuentro conmigo. Has llegado a inventarte incluso una identidad, mintiéndome y
haciéndome creer que eras otra persona. ¿Por qué tanta parafernalia para verme? —la mirada de Sarah hacia su interlocutor era de una profundidad que intimidó al escritor.
—Pues antes que nada y para comenzar, déjame decirte que mi intención era ver hasta qué punto quedaste implicada emocionalmente con aquel suceso. Para eso me
inventé lo del padre de James, ya que si aquello que pasó no hubiera dejado ninguna huella emocional en ti, habrías ignorado el mensaje. Sin embargo, no has dudado en
venir.
—No te equivoques Nate. Sí que dudé. He venido por muy poco. Me has jodido el día que se suponía que iba a ser perfecto para mí y por culpa de tus intrigas has
hecho que abandone la cama para encontrarme aquí contigo.
—Como quieras, pero aquí estás—la sonrisa de Nate dejó ver que estar sentado frente a ella era sin lugar a dudas, un auténtico triunfo para él.
Sarah se dio cuenta de algo particular en Nate. Reconocía algo que le era familiar y extraño a la vez. Podía ver que en la mirada de su acompañante se encendía una
chispa. Existía ilusión en algo que contar. Le recordaba a ella misma cuando vivía aún en casa de sus padres y comenzaba a escribir historias a espaldas de sus progenitores.
Pero era un poco diferente de todo eso. La mirada que hipnotizaba a Sarah estaba además cargada de determinación por conseguir algo, y ello creaba en la joven escritora la
sensación de querer saber qué era exactamente.
—Cuando quieras puedes comenzar a decirme por qué has venido aquí y el motivo por el cual me has buscado para hablar sobre el atropello de James — Sarah se
empeñaba en seguir aparentando una cierta distancia al tratar el tema.
—Comenzaré desde el principio —dijo antes de dar un sorbo a su vaso.
Sarah se dispuso a oír la historia de Nate, no sin antes fijarse en lo delgado y estilizado de su cuello, el cual tenía su raíz en lo que parecían ser el comienzo de unos
marcados pectorales.
—Como bien sabes —comenzó a decir Nate— el accidente que provocó la muerte de James fue muy sonado en los medios de comunicación locales e incluso algún
periódico nacional se hizo eco de lo acontecido. Ya no sólo por el atropello en sí, cosa que ocurre a diario, sino por la fuga del conductor, la posterior persecución, la pena
impuesta al culpable y también por las ulteriores declaraciones de la madre de James contando todo el esfuerzo que le supuso adoptar a su hijo para que luego se lo
arrebataran de aquella forma.
—Sí, es cierto. Un atropello no debería haber tenido tanta repercusión, pero las circunstancias que rodearon todo lo acontecido, el bien posicionado apellido Peterson
en las altas esferas, y el clamor popular, hicieron que el interés fuese mayor de lo normal.
—Bien. ¿No te parece extraño que la condena fuese tan exagerada? Fue un accidente después de todo… incluso varias asociaciones de familiares de presos declararon
que la pena de muerte era algo desmesurado para ese crimen.
—No entiendo de leyes, pero la verdad es que muchísima gente consideró que la pena capital era una condena descomunal para lo que ocurrió. Aunque nunca me
senté a pensar el porqué ocurrió así. De todos modos, ¿por qué preguntas eso?
—Desde hace bastante tiempo, pretendía escribir sobre esto. No exactamente sobre James, sino sobre algo similar, y me pareció que hablar con el conductor que
atropelló al chico, sería una buena forma de obtener información de primerísima mano. Se me ocurrió que escribir sobre la odisea de un preso condenado a muerte sería
algo poco usual. El otro punto de vista. El prisma del que espera en el corredor. Así que me puse a indagar.
Durante la conversación, Sarah no podía dejar de observar la forma de moverse de Nate. Era impulsivo, enérgico. Se notaba que decía las cosas con pasión y las sentía
de verdad. Comenzaba a caerle bien. Nate siguió hablando y Sarah no se atrevía a interrumpirle.
—Me puse a investigar más a fondo y me dirigí a Greek Hill para hablar con algunos vecinos. ¿Qué mejor forma de comenzar todo esto que desplazándome al lugar
donde todo ocurrió? Sabes de sobra que la documentación es una parte muy importante en la labor de un escritor.
—Sí, pero ¿No te da ningún tipo de reparo aprovecharte de la desgracia ajena para escribir algo con lo que vas a lucrarte?
—¿Te has leído la Biblia? Concretamente la vida, pasión y muerte de Jesús… No soy el primero en hacerlo Sarah. Esto es así.
La joven no esperaba esa respuesta. Hacía mucho tiempo que nadie conseguía dejarla sin palabras. Siguió escuchando a Nate pero no podía quitarse de encima la
sensación de que no estaba siendo completamente sincero con ella. Decidió esperar antes de concluir nada.
—Llevo aquí ya una semana recopilando información de diferentes personas y tengo bastante material para enriquecer lo que quiero escribir.
—Me pregunto si algún día vas a decirme cuándo entro yo en escena… —las palabras de Sarah pretendían aparentar apatía, todo lo contrario a lo que real-mente
sentía.—
Para ser escritora tienes bastante poca paciencia señorita Wallace. Entras en escena en el momento en que la esposa de tu vecino Mark y madre de dos gemelas
preciosas, con la que también me entrevisté, me cuenta que fuiste tú quien atendió en primera instancia a los implicados en el accidente. En ese instante supe que si había
alguien que pudiera darme información valiosa, eras tú. Nadie mejor que tú podría ilustrarme sobre qué se vivió en ese momento.
Sin esperarlo y sin miramientos, todo regresó a la mente de Sarah. Recordó de golpe aquella mañana cuando jugaba con el perro de Mark junto a sus hijas y le envió
recuerdos a Carol. La esposa de Mark tenía razón en lo que le contó a Nate. Ella fue testigo de cómo esas personas estaban pasando por el peor momento de sus vidas. Sólo
ella podía darle esa información al escritor.
—Cierto es —dijo con semblante serio—. Estaba con ellos y no es algo que me guste recordar. Me encanta que cuentes conmigo para documentarte para tu libro pero
tampoco puedo decirte mucho. Es más, has tenido suerte de pillarme en Greek Hill.
—Exacto. Imagina mi sorpresa ayer mientras desayunaba, cuando leo en el periódico local que la novel escritora Sarah Wallace viene al pueblo para presentar su
primer libro La Piedra MuluM . La suerte estaba conmigo. Justo cuando te necesito, haces acto de presencia en el lugar.
Tras darle a Nate un silencio como respuesta a su entusiasta frase, finalmente Sarah respondió con sequedad y voz algo apagada.
—Muy bien. Responderé a tus preguntas pero te ruego que trates el tema con el máximo respeto posible, por favor.
—Por supuesto Sarah. Te agradezco muchísimo la ayuda.
—Por cierto. Si, como has dicho antes, pretendes entrevistarte con Carlos, sabrás que es bastante complicado que accedas a un preso que está en el corredor de la
muerte.—
Lo sé, no te preocupes. Tengo mis formas de acceder a eso. Es más, si me ayudas, pronto podré hacerlo —guiñó un ojo a Sarah acompañado de una sonrisa cargada
de sensualidad.
5
No podía dormir. No era su colchón. No era el techo que veía cada noche. No era la luz que entraba siempre por la pequeña ventana. Nada de lo que estaba viviendo
era como había sido hasta entonces. Carlos se encontraba en la habitación de un pequeño motel de carretera al que le habían trasladado tras sacarle de la Mississippi State
Penitentiary.
Obviamente, nadie sabía de este traslado, tanto por la seguridad del ex recluso como por la necesidad de que el asunto no saltara a la opinión pública. Al menos no en
ese momento.
Nadie sabía nada a excepción del alcaide Norman Wilfred y el personal del hotel donde se iba a quedar Carlos, los cuales tuvieron que firmar un compromiso de
confidencialidad para que nadie supiera de lo acontecido con Carlos Guerrero. La única persona que conocía todo aquello era la propia Claire Peterson, que fue la mente
que ideó la puesta en libertad del preso.
Ese hotel, el Sunrise Hotel, era el típico alojamiento americano de los años sesenta. Una hilera de pequeños apartamentos, unos detrás de otros hasta conformar un
total de dieciocho alojamientos, que contaban cada uno con una única estancia, una cama de matrimonio o dos camas individuales, un pequeño baño y un diminuto
vestidor.
La cocina estaba en la estancia central del complejo y aunque su aspecto era aparentemente antiguo, se podía gozar de unos materiales y comodidades dignas del siglo
XXI. Daba la impresión de que por cualquier sitio iba a aparecer Norman Bates disfrazado de su madre, cuchillo en mano. El parecido con el Motel Bates era más que
evidente.
La salida del complejo penitenciario fue sencilla y rápida. Sólo le dieron el tiempo necesario para recoger sus pocas pertenencias y no pudo siquiera despedirse de nadie.
Tampoco tenía mucha gente a la cual decir adiós pero sí que le hubiera gustado tener unas últimas palabras con Brooh. Se resignó a pensar que ya no le vería jamás.
De todos modos, todo ocurrió muy rápido. Carlos permaneció en su propia nube desde que tuvo la desconcertante reunión con Claire y no era consciente de lo que
estaba pasando hasta ese preciso instante. Ese momento en que se dio cuenta de que el techo que miraba era diferente al que había visto durante cinco años. La luz de la
ventana pertenecía al neón del hotel. El colchón era cómodo. No notaba las maderas del somier y no crujían cuando se movía.
De repente todo era tan extraño que le costó asimilar que esa mañana, al despertar, su única ilusión era hablar con Claire deseando que le diera su perdón para poder
morir en paz.
Su familia le esperaba ansiosa en Cádiz pues ya habían recibido la noticia por parte del propio Norman, que fue el encargado de llamarles personalmente. Ellos no se
pararon a preguntarse por qué su hijo había salido en libertad. Simplemente daban gracias a Dios porque hubiera sucedido y nada más. Sin embargo la mente de Carlos no
asimilaba ese golpe de suerte.
—¿Por qué?… ¿Por qué una madre tramitaría la puesta en libertad de la persona que mató a su propio hijo?—susurró al vacío con la luz del neón sobre su rostro.
No tenía un guion hecho. No tenía planeada su vida pues no contaba con ella. Sin previo aviso, un infinito abanico de posibilidades se abría ante él. Podría volver a
sentir y a hacer cosas que pensaba que jamás sentiría y haría de nuevo. Así, comenzó a notar que su mente estallaba en estímulos y comprendió que no estaba listo para eso.
Decidió entonces cerrar los ojos y pensar en esa luz de la luna que se filtraba por los barrotes de su diminuta ventana, en el somier que crujía bajo su cuerpo, en la
postura que debía tomar para poder dormir, en los ronquidos de los otros reclusos… Y así, poco a poco y sin darse cuenta, volvió a sentirse en casa y cayó en un sueño del
que no sabía si deseaba despertar.
Segundos después de quedarse dormido, el teléfono de la habitación despertó al ex-presidiario. Asustado ante el alto volumen que tenía el aparato, cogió el auricular
una vez que hubo asimilado dónde se encontraba y contestó a la llamada.
—¿Si? Dígame… —la voz apenas salía de su garganta.
—¿Carlos? ¿Eres tú? —una voz tímida sonó.
—Si… soy yo… ¿Mamá?
Los sollozos al otro lado del teléfono eran lo único que Carlos podía oír y su corazón recibió una descarga que casi le hace desmayarse. Supuso que los de la cárcel le
habían dado a su familia el teléfono del hotel y también el número de habitación donde le habían alojado. Su familia estaba demasiado lejos como para ir a recibirle y más
aún viendo la forma tan precipitada en que ocurrieron las cosas tras la visita de Claire. Debido a la diferencia horaria, allí en España aún debía ser de día.

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