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Libro PDF El telehipnópata Jesús Calzado

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¿Y si hubiera alguien
capaz de adentrarse en los
sueños ajenos y conocer
los estadios previos a la
muerte? ¿Y si alguien
ratificara/refutara la
existencia del alma o
descubriera su paradero
definitivo? ¿Y si todo eso
te lo contara un ateo? ¿Te
lo creerías? ¿Hubieras sido
tú su evangelista?
PRÓLOGO
Para atreverse a escribir un
libro hay que tener un ego muy
grande, y mi ego nunca ha querido
conformarse con lo que yo le he
dado. Ni por mí ni por él puedo
dejar de jugar a ser escritor,
aunque siempre termine perdiendo.
Decenas de editoriales me han
ignorado, varios agentes literarios
no quisieron malgastar su tiempo
conmigo. Tal vez sea un castigo por
darme al juego. Convertí mi misión
de evangelista en aspiraciones de
novelista y así me ha ido. No solo
no he llegado a acariciar mis
esperanzas, sino que he traicionado
el mensaje y ya nadie creerá lo que
tendría que haberse publicado hace
mucho tiempo. Dudo que alguien
haya aguantado siquiera la lectura
de mi manuscrito entero. Si no, no
me explico el caso omiso que de él
han hecho. La historia que cuento
es verdadera (eso me aseguró mi
ángel anunciador y así lo creí), no
es ficción como la de tantos genios.
Ni yo ni mi fuente somos genios.
Yo apenas sé narrar, mi maestro
era en casi todos los aspectos de su
vida un mediocre, un frívolo que no
se percataba de la importancia de
lo que había vivido y me lo contaba
tal cual, como si fuera el pan
nuestro de cada día. Pero su
testimonio merece ser leído,
aunque sea a través de mí, aunque
sea con un estilo adornado por mis
aspiraciones y mis carencias.
Porque creo en su veracidad y
porque podría afectar a toda la
humanidad —al menos a la parte
que se deje afectar— como me ha
afectado a mí. Porque podría
resolver el misterio último de las
religiones. Porque podría
desenmascarar a la muerte. Porque
podría reubicar el alma. Si yo fui
persuadido, que únicamente creía
en las bacterias de la putrefacción,
los demás también pueden hacerse
nuevos creyentes. He de propagar
mi nueva fe, del que soy su primer
pecador y profeta.
Me queda poco —ya he
despilfarrado todo lo que me
quedaba para transmitir la buena
nueva—, pero he de hacer otra
advertencia: si al principio solo le
parece una historia trágica de amor
más, se equivoca. No se confunda,
la tragedia es lo que detona la
experiencia de mi maestro, por eso
tengo que explicarla, para que
usted entienda sus motivaciones
dentro de mis limitaciones. Esta
aventura puede suponer una
esperanza o una decepción. Hay
que asumir riesgos. La verdad a
veces desilusiona. Espero que no
sea ese el caso de muchos.
Quisiera que quien me leyera
creyese, como yo he creído, aunque
haya caído en la tentación de
lucirme relatando banalidades,
atreviéndome a conferirle forma
novelesca a la Revelación… a
engalanar este testamento de
pretensiones proféticas y literarias.
Es el precio de conocer este
secreto. Para entender la
hagiografía de mi maestro, he
tenido que presentar a ciertas
personas y sus circunstancias, a lo
Ortega y Gasset.
Hay que fastidiarse, ¿verdad?
¿No bastaría con explicar
someramente el cómo o el porqué?
Pues no, se siente. Como se siente
mi carencia de estilo, mi abuso de
epítetos, mis cambios de registro,
por los cuales pido disculpas de
antemano. Le recuerdo que la
escritura ha sido muchas veces mi
juego, no mi profesión. Además,
narro deprisa, porque olvido
pronto, y porque pronto dejaré de
pedir prestadas palabras al
vocabulario. He reducido el elenco
de protagonistas al mínimo posible.
Su historia era más completa en
personajes, menos detallada en
escenarios. Es todo lo que puedo
hacer por la concisión y por el
lector impaciente. Mi vocación
escritora no fue capaz de dejar de
intentarlo.
Mas no se encariñen conmigo
(su modesto narrador) ni con
ningún implicado: los demás no
importan, son meros tramoyistas y
figurantes. Confío en que una
clarividencia despierta como la
suya, que se ha atrevido a posar sus
ojos sobre mis morfemas, soporte
el tedio de familiarizarse de pasada
con los protagonistas, hasta que su
importancia en todo este asunto
expire. Si, como yo ahora, no
dispone de tiempo para ornamentos
y únicamente le atrae la parte
reveladora, sáltese los pormenores.
Busque al menos la buena nueva,
creo recordar haberla puesto al
final. La memoria, al igual que la
lucidez, ya me falla.
No he podido repasar el
relato. Confío en que no se hallen
incoherencias. No busque moraleja,
al menos yo no la he incluido, así
que omita lo que encuentre de
fábula si lo cree conveniente, pero
cuando lo haga y el infante de la
curiosidad le tire de los bajos del
pantalón, los eventos ya no serán
los mismos, habrán cambiado. Así
pues, dado que —salvo la parte
excepcional— lo demás podrían
ser las experiencias de cualquiera,
le recomiendo que trate de valorar
lo que narro y se preste a tamizar lo
que suena a patraña de lo que
supondrá credo. ¡Ojalá se
enriquezca personalmente como a
mí me ocurrió! Al menos, esa es mi
intención y por ello insisto con mi
obsesión ante la falta de fe que
todos me han mostrado.
No tengo intención de mentir,
al menos conscientemente. No
obstante, es posible que, sin
reconocimiento por mi parte,
algunos de los hechos resulten
maquillados, mal interpretados o
peor rememorados. Le pongo en
guardia contra mi desmemoria y mi
descosida narrativa. Y le pido
perdón de antemano por si me
recreo en los detalles. Algún
defecto había de tener mi
admiración por la evidencia que
transmito. Póngase cómodo, en este
escrito tengo todo el tiempo del
mundo. Si no le resulta llevadera,
finjamos que la historia es contada
y no vivida. Converse con mi
pluma si lo juzga cuerdo. Sírvase
un café y unas magdalenas y
provéase de agua o de su bebida
favorita. Yo tomaré lo mismo
mientras tecleo estas últimas
palabras para avivar mi saliva y
lubricar la labia de mis falanges.
¿Está preparado/a? ¿Tiene algo
mejor que hacer? Sí, ¿verdad?
Comencemos pues antes de que
cambie de opinión y me deje con

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