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Libro PDF El último crimen de Colón Marcelo Leonardo Levinas

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En el ducado de Lorena, donde se asientan las montañas de los Vosgos, al oeste de
Alemania y al este de Francia, en una casona de Saint-Dié sobre la que en días
luminosos la capilla ofrecía una sombra delimitada y segura, funcionaba un taller.
Allí, unos hombres trabajaban en la edición de un opúsculo de cincuenta y dos folios
cuyo título era Cosmographiae Introductio. Imprimían un mapa plano y un globo
terráqueo sólido. El día era el 25 de abril y el año 1507.
Saint-Dié se hallaba protegida por un muro alto y largo que hubiera formado un
rectángulo perfecto, a no ser por uno de sus lados, que contenía la amplia entrada a la
pequeña ciudadela y que era un poco curvo. La iglesia ocupaba la mayor parte del
espacio. La casona con la imprenta se ubicaba muy cerca, cruzando una calle ancha.
Su exterior no poseía ninguna distinción relevante: tenía un techo a dos aguas como la
mayoría de las viviendas del lugar, y desde cualquier colina cercana donde pudiera
observarse el interior de la muralla, esa casona se confundía con las demás. Adentro
era oscura y debía iluminarse con lámparas y faroles.
Aquella tarde de abril de 1507, en la imprenta de Saint-Dié, se consumó un
equívoco que Cristóbal Colón había previsto y temido y que en cierto modo él mismo
había provocado: la inclusión de un nombre erróneo. Y los nombres son
fundamentales y trascendentes; para muchos, lo más importante que poseen las cosas.
En aquel mapa, a la altura del trópico de Capricornio, no se estampó ni su nombre ni
“Columbia” ni “Colombia”, sino “America”.
El reducido grupo de impresores de Saint-Dié cumplió de manera puntillosa y
eficaz el plan de publicar una muy novedosa introducción a la Geografía de
Ptolomeo, obra fundamental del saber de la época. Incorporaron algunas frases que
advertían acerca de la existencia de importantes nuevas referidas a un espacio
terrestre que, de ahora en más, debía ser explorado y conocido. Los dos mapas
mostraban incontables lugares agregados a los imaginados mil trescientos años atrás
por el gran geógrafo y astrónomo alejandrino. Desde entonces los hombres no habían
averiguado demasiado respecto de lo que él mismo no se había atrevido a imaginar:
en su mapa del mundo, hacia el oeste de Europa y de África, Ptolomeo no había
representado nada, y era acerca de esa materia que versaban las noticias que en Saint-
Dié deseaban hacer públicas.
Los impresores compusieron un gran planisferio rectangular, de 2,32 m x 1,29 m,
montando doce xilografías sobre hojas de papel. Para ello emplearon unos tacos de
madera esculpidos en Estrasburgo. A su vez, el globo terráqueo representaba un mapa
completo del mundo, dividido en doce sectores o husos de pequeño tamaño, convexos
como gajos, impresos sobre papel y luego pegados sobre una esfera.
Martin Waldseemüller diseñó ambos mapas, tanto el planisferio como el del globo,
y para ello se inspiró en unas cartas, en un mapa y en el relato de los supuestos viajes
de un mismo hombre: Amerigo Vespucci. Vespucci mencionaba la existencia de una
cuarta parte del mundo y Waldseemüller, en una suerte de homenaje, decidió emplear
su nombre para referirse a aquel conjeturado continente.
Esa tarde primaveral, las máquinas grabaron con firmeza las frases y los trazos que
se les había ordenado imprimir. Fue el desliz definitivo hacia lo que se convertiría en
una verdad terminante. Las ideas, desplegadas palabra por palabra y línea por línea
en latín, en español hubiesen sonado de esta manera: “INTRODUCCIÓN A LA
COSMOGRAFÍA CON AQUELLOS PRINCIPIOS DE GEOMETRÍA Y ASTRONOMÍA NECESARIOS A
ESTE FIN. Además las cuatro navegaciones de Amerigo Vespucci. Descripción de la
Cosmografía Universal, tanto en sólido como en plano, incluyendo también los
recientes descubrimientos ignorados por Ptolomeo. DÍSTICO: Con Dios que rige los
astros y el Emperador las comarcas de la Tierra. Ni la Tierra ni los mismos astros
tienen nada mejor”.
Vespucci, mercader y comerciante florentino que por entonces tenía cincuenta y
seis años, decía haber realizado cuatro viajes hacia el oeste, lo que no era del todo
cierto. Participó en verdad de una expedición al mando de Alonso de Ojeda entre
1499 y 1500 y más tarde realizó otro viaje financiado por Portugal en el que se
exploró casi toda la costa de Brasil. Vespucci sostenía haber comandado unas
carabelas por cincuenta días y haber navegado hacia el sur a lo largo de la actual
costa argentina, sin haberla tocado, hasta el paralelo 50, buscando el paso hacia Asia
Oriental. Llegó a unos trescientos kilómetros del estrecho que Magallanes descubriría
en 1520. Regresó, según dijo, a causa de un temporal.
A un diario escrito por él mismo antes de su verdadero primer viaje, Vespucci le
había puesto como título Mundus Novus. Mundus Novus se había hecho popular en
toda Europa, más que nada, debido a la descripción pintoresca de algunos pueblos
que habitaban las nuevas tierras. En 1502 Vespucci le envió una carta a un banquero
florentino, Lorenzo di Pier Francesco de Medici, su antiguo patrón, donde le refirió un
tercer viaje, sugiriendo que con el descubrimiento de ese nuevo mundo se excedía el
conocimiento y la opinión de los antepasados, que decían que hacia el Mediodía no
había un continente sino solamente un mar llamado Atlántico. Vespucci sostenía que el
nuevo continente estaba más habitado por gentes y animales que Europa, Asia y
África, y que era digno de aires más templados y agradables que los que pudiese
hallarse en cualquier región de la Tierra. Las versiones en latín, italiano y alemán de
su carta registraron unas veinticinco ediciones entre 1503 y 1507, además de formar
parte de otras que incluían diferentes relatos de viajes.
La Introductio de Waldseemüller en su segundo párrafo refería: “Verdaderamente
ahora que estas tres partes de la Tierra, Europa, Asia y África han sido más
ampliamente descriptas, y que otra cuarta parte ha sido descubierta por Américo
Vespucio (como se oirá enseguida), no veo con qué derecho alguien podría negar que
por su descubridor Américo, hombre de sagaz ingenio, se la llame Ameriga o bien
America, como si se dijera tierra de Américo; tal como Europa y Asia tomaron sus
nombres de mujeres. Por las cuatro navegaciones de Américo que siguen han sido
conocidos fácilmente aquellos sitios y las costumbres de las gentes”.
En aquellos tiempos proliferaba la producción de mapas como los de
Waldseemüller. Alternaban las más diversas ambigüedades acerca de la disposición
de nuevas tierras, de su forma y de su distancia de Europa. Incorporaban consignas
temerarias, imaginaban las costas más extrañas como límite de las tierras con el mar,
representaban de manera velada el antiguo terror al vacío sugerido por el inabarcable
Océano. Se sembraban islas por doquier. Algunos insinuaban un continente de un
tamaño más alegórico que preciso, de un largo exagerado o de una extensión exigua,
un territorio de vaga existencia.
En su planisferio, Waldseemüller presentó lugares descubiertos o visitados por
naves españolas y portuguesas y señalados con el escudo de Castilla y Portugal. El
nuevo continente fue trazado a la izquierda del planisferio y el nombre “America” (tal
como lo previera Colón) se estampó a la altura del trópico de Capricornio en lo que
hoy sería Brasil. Adornaba el mapa una gran orla dibujada por un discípulo de
Durero. En su parte superior se destacaban los retratos imaginados de Ptolomeo y
Vespucci y, entre ambos, un medallón con una representación más pequeña y más
exacta de todo el mundo, con la curiosidad de que América se hallaba a la derecha
junto a Vespucci y Europa y África a la izquierda junto a Ptolomeo, a la inversa que
en el mapa mayor. Lo notable era la inclusión de una parte del Océano Pacífico seis
años antes de que fuera descubierto y mucho antes de que la costa occidental de esas
tierras fuese siquiera explorada. En consecuencia, la costa occidental de América del
Sur poseía un trazado a todas vistas conjetural, lo que desembocaba en una curiosidad
aun mayor y más extraña: Waldseemüller había ordenado dibujarla con una línea casi
recta, sin mostrar accidente geográfico alguno, de manera increíblemente parecida a
como es en realidad.
Mapas de Walseemüller (año 1507)
Al año siguiente de la muerte de Vespucci acontecida en 1512, en una nueva
edición de la Geografía de Ptolomeo publicada esta vez en Estrasburgo,
Waldseemüller suprimió el nombre de “America”. ¿Reconoció un error? ¿Quiso
salvar un malentendido?
Ese mismo año, el español y buscador de oro, don Vasco Núñez de Balboa
descubrió el Pacífico. Balboa trepó la ladera de una colina en el istmo de Panamá y al
llegar a una parte muy alta contempló con asombro lo que supuso un océano. Con su
espada y tomando el estandarte de Castilla, descendió hasta la costa con premura
penetrando en el mar hasta que el agua le llegó a las rodillas. Allí pregonó, gritando
con rabia y exacerbadamente, el derecho de su rey a poseer toda esa enorme masa de
agua. Nadie se opuso; muy pocos allí escucharon sus palabras.
Cuatro años después, ya en 1516, Waldseemüller confeccionó una nueva carta
marina del mismo tamaño que el planisferio de 1507, también en Saint-Dié,
empleando el mismo tipo de papel. Pero ahora que el océano Pacífico había sido
descubierto, lo suprimió de su representación del mundo. Sobre el trópico de
Capricornio, donde antes se leía “America”, ordenó escribir “Brasil o tierra de
papagayos”. Debajo de la línea del Ecuador y de la “Tierra de parias”, indicó que se
anotase el nombre “Terra Nova”. En el norte de esas tierras nuevas, entre el trópico
de Cáncer y el paralelo 46, apareció una extensión importante de tierra firme que en
1507 había sido señalada con una leyenda que en español hubiese rezado: “Más allá
tierra desconocida”, y que esta vez fue reemplazada por “Tierra de Cuba”. Un
llamativo agregado decía: “Parte de Asia”.
Waldseemüller, quien en 1507 había bautizado esas tierras con el nombre de
“America”, nueve años después aceptaba la tesis de Colón: las tierras descubiertas no
serían otras que la costa oriental de Asia. Así, un viejo malentendido –introducir el
nombre de “America” en los mapas de 1507– fue luego reemplazado por un nuevo
malentendido –haberlo quitado suponiendo que no era un continente–, y ambos
malentendidos habían sido previstos y provocados por Colón.
Colón había muerto diez años atrás y aún perduraba la creencia de que había
llegado a las Indias; esta creencia perduró por unos años. Lo más asombroso es que
haya perdurado hasta hoy la creencia de que él mismo lo creyó…

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