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Libro PDF En el invierno de las ciudades – Sylvia Iparraguirre

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En el andén catorce, el reloj marcaba la hora
de salida del tren nocturno a Olavarría. Casi
alzada por el hombre de barba que venía con ella,
Jorgelina subió en la última puerta del último
vagón; él le alcanzó un bolso, dudó un momento y
también subió. Se miraron, incómodos y agitados.
El hombre de barba fue el primero en apartar los
ojos. La chica llevaba en uno de los brazos un
grueso saco de invierno; en el otro, varios libros,
una carpeta enorme y un bolso que le colgaba del
hombro. En realidad no era una chica, tenía treinta
años. La figura delgada y el pelo largo y lacio
sobre la cara le daban el aire de una adolescente
un poco atolondrada. El hombre le hizo unas
recomendaciones apresuradas que se perdieron
entre otras voces y el silbato estridente del guarda.
El tren dio una sacudida. Dios mío, pensó ella,
cómo hago ahora para llegar al vagón diecisiete.
Un soldado los miraba apaciblemente desde la
puerta del pasillo.
—Por favor —decidió de pronto el hombre—.
¿La podrías ayudar con todo esto hasta el asiento?
El soldado, sin moverse, dijo que sí con la
cabeza. Tenía el birrete sobre el hombro, sujeto
por la tira de la charretera. El hombre y Jorgelina
se besaron fugazmente. Esta vez no era culpa de
ella; a pesar de su costumbre de salir siempre a
última hora, corriendo trenes y ómnibus de larga
distancia, esta vez no era su culpa. El hombre bajó
y ella se asomó a la puerta del vagón, agitó la
mano y durante un largo rato se quedó mirando
hacia atrás, hasta que el gigantesco andén de
Constitución se hundió en la noche y las luces de
Buenos Aires empezaron a correr en la oscuridad,
a los costados del tren. Cuando se dio vuelta, la
presencia del soldado la sobresaltó: lo había
olvidado por completo. El chico, con el bolso en
la mano, tenía un aspecto marcial como el que
espera órdenes para salir rumbo a una misión. Era
alto y corpulento, con una incongruente cara de
niño. Uniformes, bolsas de dormir, conversaciones a
los gritos, humo de cigarrillos. El soldado iba
adelante, abriendo paso con su corpachón.
Jorgelina, ausente, se dejaba guiar; ya sabría el
chico cuál era el vagón diecisiete y cuál el asiento.
Lo peor ahora eran el viaje interminable y los
primeros momentos de la ausencia de Nicolás.
Unos vagones después, el soldado se agachó,
constató el número correcto del asiento y, sin
ningún esfuerzo, acomodó el bolso en el
portaequipaje. Jorgelina amontonó sus cosas de
cualquier modo y se dejó caer junto a la ventanilla.
El chico, de pie, la miraba desde arriba. Parecía
esperar algo, algo para hacer. Tal vez otra orden, y
allí saldría el soldado, dispuesto a todo pero sin
ostentación. Una idea súbita cruzó por la cabeza
de Jorgelina.
—¿Tenés boleto?
El chico se puso colorado.
—¿Querés sentarte acá? —dijo ella—. Por
ahora parece que no lo ocupa nadie. Después
arreglamos con el guarda.
No terminó de decirlo, cuando ya se había
arrepentido. Iba a ser insoportable, esa noche,
tener que conversar con alguien. Sobre todo,
sabiendo de antemano que el soldado iba a
Olavarría o, en el mejor de los casos, a Azul, lo
que apenas le dejaba a ella una hora de soledad.
De todos modos, siempre está el comedor, pensó.
Con un suspiro involuntario, Jorgelina sacó los
cigarrillos y le extendió el paquete; un momento
después, mientras le daba fuego pudo ver sus
manos grandes y curtidas, con los bordes de los
dedos cruzados de rayitas negras.
El soldado se recostó en el asiento; había
abandonado la actitud expectante. Una sonrisa
bonachona flotaba en su cara redonda.
—¿Sos de Buenos Aires? —preguntó.
Ella contestó que sí.
—¿Y vos?
—Yo también soy de Buenos Aires. Ahora voy
a Azul… Lógico —se rió—, adónde voy a ir con
este uniforme y en este tren. Hace seis meses que
estoy adentro.
—Tendrás muchos amigos en el cuartel —dijo
Jorgelina por decir algo.
El chico la miró y sacudió la cabeza. Ya no
parecía tímido sino dispuesto a la conversación.
—No, yo amigo tengo uno solo. Yo soy muy
familiar, muy casero; por eso amigo amigo, tengo
uno solo. Y lo que son las cosas de la vida, a él
también le tocó Azul, pero como es de la clase del
sesenta, cuando yo entraba él salía.
Las cosas de la vida, se repitió irónicamente
Jorgelina. Y, por alguna razón, casi se sintió de
buen humor.
—Un mes estuvimos juntos. Me puse medio
triste cuando lo dieron de baja.
Ella lo miró de reojo. Había algo que la
predisponía bien hacia ese chico, era algo
indefinible; una inocencia real en su manera de
comportarse, de hablar. Se lo veía tan cómodo en
el asiento, sacudiendo la ceniza del cigarrillo.
—Mi vida íntima —estaba diciendo ahora—,
quiero decir, cuando salgo con una chica…
Por el pasillo avanzaba ruidosamente un grupo
de soldados. El más bajo, embolsado en el
uniforme, parecía recién salido de la escuela
primaria. Cuando lo vieron, el embolsado le dio
dos ostensibles codazos al que tenía más cerca. Al
llegar a la altura del asiento, guiñó un ojo y dijo:
—Chau, Tito.
Se oyeron risas y un silbido admirativo. Tito
bajó los ojos; entre halagado y displicente contestó
el saludo con la mano. No tenía ganas de que lo
interrumpieran.
—Como te decía, mi vida íntima se la cuento
solamente a mi amigo. Después, que yo vivo con
mi viejo y mi abuelo. Como están hoy las cosas
qué les voy a contar. Mi abuelo es italiano, sabés
cómo habla de las mujeres. Se salvan las que se
visten de negro y no levantan los ojos del piso. Por
eso yo pienso que como están hoy las cosas, con
las mujeres que se quieren parecer a los hombres
en todo, bueno, pienso que las mujeres tendrían
que hacer el servicio militar. Vos te reís, pero sí.
Seis meses. Si no mata a nadie. Para mí, es una
experiencia que hay que tener. —Las palabras y
las actitudes del soldado le quedaban grandes,
como esa ropa que madres previsoras compran
dos números más arriba, para cuando sus hijos
crezcan—. Ahora que yo no soy un tipo muy dado.
Como decía Perón: de casa al trabajo y del trabajo
a casa. ¿Vos trabajás?
—Sí —dijo ella, y dudó.
—En qué.
—Soy profesora.
—Ah —dijo el soldado. Pareció que no iba a
hablar más pero volvió a tomar impulso—. Yo
terminé séptimo y no quise saber más nada con
estudiar. Ahora trabajar sí. Eso sí. Cuando salga
sigo con mi trabajo de antes, en una fábrica de
muebles, en Lomas de Zamora. En el verano,
cuando cierra, vendo helados en La Salada —de
golpe se entusiasmó—. ¿Conocés La Salada?
Jorgelina no tenía mucha idea de dónde
quedaba La Salada pero igual dijo que sí, que
había estado una vez, de paso.
—¿Sí? Bueno, ahí nos juntamos con los
muchachos. Tenemos muchos obis: uno y principal
—con el índice tiraba para atrás el meñique de la
otra mano—, el mate amargo. El otro obi, el
cigarrillo. Ah, y el más importante: el obi de los
pájaros.
—¿Los pájaros? —Jorgelina se sentía
amodorrada por el traqueteo del tren—. ¿Crían
pájaros en La Salada?
—No, no. El año pasado aprendí lo de los
pájaros. Porque ahora está de moda. Sí, sobre todo
el jilguero está de moda. Hay que tener paciencia,
me enseñó mi abuelo. Mi abuelo tiene un puesto en
Pompeya, en la Feria de los Pájaros. Él antes se
acordaba siempre de Italia, de la guerra. Cuando
yo era chico me decía: ¿Sai lo que es la paúra di
güerra, el famme di güerra? Porque allá iban a la
olla los pajaritos y a mi abuelo le quedó la
costumbre. Cada tanto le hacía sonar un jilguero o
un mixto a mi tío. Lo buscaba, lo buscaba y lo
encontraba en el plato. Pero después no, después
el que se encariñó con los pájaros fue mi abuelo, y
ahora no te podés ni acercar a la jaula. Yo, el año
pasado, hasta vendí uno. Ahora, si refala en el
canto no sirve. Yo me iba al campo con el que
pintaba bien en una jaulita. Hay que ponerlo en el
campo para que aprenda a cantar: está el repique,
el completo. El repique está más de moda.
Se abrió la puerta del vagón y una voz
autoritaria dijo:
—Todos los boletos.
El soldado se movió incómodo en el asiento.
—Ahí viene el chancho —dijo.
—No te preocupes —dijo Jorgelina.
Como impulsado por la autoridad del uniforme
y de la mano extendida, el chico se había puesto de
pie.
—Este soldado estaba detrás mío, en la
boletería —explicó Jorgelina extendiendo su
pasaje—. No tuvo tiempo de sacar el boleto, tuvo
que correr y subirse al tren.
—Si usted lo dice —dijo el guarda. Jorgelina
le dedicó una sonrisa—. Está bien —se resignó el
guarda, y pasó al asiento de atrás.
El soldado ahora estaba eufórico y la miraba
como si formaran parte de vaya a saber qué
conspiración.
—¡Así que conocés La Salada! —dijo—. Pero
—se dio una repentina palmada en la frente—,
todavía no sé cómo te llamás. Yo me llamo Mario,
pero me dicen Tito.
—Yo me llamo Jorgelina. Pero no te rías.
El chico parecía asombrado de que Jorgelina
pensara que alguien podía reírse de su nombre.
—Es un nombre raro pero muy lindo —dijo—.
Me gusta mucho. De verdad, me gusta mucho. Hoy
en día las chicas tienen esos nombres, qué sé yo.
Marta, Alicia, tan… —se quedó en suspenso;
buscaba una palabra como «vulgares» pero le era
imposible encontrarla— tan… —de golpe dijo—:
pedestres. —Se quedó maravillado mirando el
vacío. Cuando se repuso de la sorpresa, continuó
—: En La Salada conozco cualquier cantidad de
chicas. Yo tengo doble personalidad.
Dio la noticia sin ninguna alteración visible.
—¿Cómo? —preguntó Jorgelina.
—Tengo doble personalidad —dijo el chico,
satisfecho por el efecto que había causado—. Pero
antes, por qué no anotás mi dirección del cuartel,
por si un día… qué sé yo, por si alguna vez te dan
ganas de escribirme.
Jorgelina anotó una dirección complicada en la
que figuraban regimientos y escuadrones. Tito
observaba de cerca, vigilando que no se deslizara
ningún error.
—Y sí, yo soy así. Por un lado muy familiar,
con mi vida íntima y todo, y por el otro con los
muchachos de La Salada. —Se recostó en el
asiento y la miró. Se había puesto serio—. Vos,
¿tenés novio?
Jorgelina sintió un súbito afecto por la cara
redonda del chico, su pelo rapado.
—No tengo novio. Soy casada.
El soldado se quedó mirándola. Ella pensó que
ahora vendría la otra pregunta: cuántos años tenés.
El chico tenía dieciocho, ella treinta. Se iba a
sentir desilusionado y, tal vez, hasta estafado por
ella; y quizá no sabría si seguir tratándola de vos.
Decidió que si le preguntaba, su respuesta sería:
Te llevo diez, tengo veintiocho. Pero por algún
motivo que no pudo precisar esto era peor.
—El hombre de barba que te vino a despedir,
¿era tu marido? Yo creí que era tu papá.
Jorgelina, tomada por sorpresa, dio un
respingo. Nicolás le llevaba quince años, era
cierto, pero ese último «papá» era demasiado.
Podría haber dicho «padre». Pensó que «padre»
no entraba en las posibilidades del chico, pero
igual se sintió ofendida. La palabra papá
contaminaba todo: café con leche a las mañanas y
a la noche no vuelvas tarde. El chico había dado
en el clavo.
—¿Te parece que me iba a despedir así de mi
papá? —El tono de Jorgelina fue agresivo y
acentuó deliberadamente la última palabra. Al
borde de ponerse furiosa, alcanzó a comprobar la
incoherencia entre lo que acababa de decir y lo
que realmente había ocurrido. Su despedida de
Nicolás había sido cosa de un minuto, sin contar
con que él detestaba cualquier tipo de efusión en

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