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Libro PDF En movimiento. Una vida – Oliver Sacks

En movimiento. Una vida - Oliver Sacks

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un niño, me mandaron a un internado, me
invadió una sensación de confinamiento
e impotencia y lo que más deseaba era
movimiento y poder, libertad de
movimiento y poderes sobrehumanos.
Disfrutaba de ambas cosas, al menos
durante un rato, cuando soñaba que
volaba, y, de una manera distinta,
cuando iba a montar a caballo por el
pueblo que había cerca de la escuela.
Adoraba el poder y la agilidad de mi
montura, y todavía puedo evocar sus
movimientos desenvueltos y ufanos, su
calor y el dulce olor a heno.
Pero, sobre todo, me encantaban las
motos. Antes de la guerra, mi padre
tenía una: una Scott Flying Squirrel, con
un gran motor enfriado por agua y un
tubo de escape divertidísimo, y yo
también quería una moto poderosa. En
mi cabeza se mezclaban imágenes de
motos, aviones y caballos, y también
imágenes de motoristas, vaqueros y
pilotos, a los que imaginaba controlando
de manera precaria pero jubilosa sus
poderosas monturas. Mi imaginación
infantil se alimentaba de películas del
Oeste y de combates aéreos heroicos:
veía cómo los pilotos arriesgaban su
vida en sus Hurricanes y Spitfires,
protegidos tan sólo por sus gruesas
chaquetas de vuelo, al igual que apenas
una chaqueta de cuero y un casco
protegían a los motoristas.
Cuando en 1943 regresé a Londres, ya
tenía diez años, y me encantaba sentarme
en el asiento de la ventana de nuestra
sala que daba a la calle, y observar e
intentar identificar las motos que
pasaban a toda velocidad (después de la
guerra, cuando la gasolina era más fácil
de conseguir, se hicieron mucho más
frecuentes). Era capaz de identificar una
docena de marcas o más: AJS, Triumph,
BSA, Norton, Matchless, Vincent,
Velocette, Ariel y Sunbeam, así como
alguna que otra moto extranjera, como
las BMW y las Indians.
Cuando era adolescente, iba
regularmente a Crystal Palace con un
primo que compartía mi afición para ver
las carreras de motos. A menudo hacía
autostop hasta Snowdonia o subía hasta
el Distrito de los Lagos para nadar, y a
veces alguien me llevaba en moto. Me
entusiasmaba ir en el asiento de atrás, y
comenzaba a imaginar la moto estilizada
y poderosa que me compraría algún día.
La primera moto que tuve, a los
dieciocho años, fue una BSA Bantam de
segunda mano con un pequeño motor de
dos tiempos y –como comprobé más
tarde– unos frenos defectuosos. Fui con
ella hasta Regent’s Park en el viaje
inaugural, cosa que fue una suerte y
posiblemente me salvó la vida, porque
el acelerador se atascó cuando iba a
toda pastilla y los frenos no tuvieron
fuerza suficiente para detener el
vehículo y apenas conseguí aminorar un
poco la velocidad. Regent’s Park está
rodeado por una carretera, y me
encontré dando vueltas y vueltas,
montado en una moto que no podía
detener de ninguna manera. Hacía sonar
la bocina o chillaba para gritar a los
peatones que se apartaran de mi camino,
pero después de haber dado dos o tres
vueltas todo el mundo me dejaba vía
libre y me lanzaba gritos de ánimo
cuando veían que pasaba otra vez. Sabía
que la moto acabaría parándose cuando
se agotara la gasolina, y después de
docenas de involuntarias vueltas al
parque el motor petardeó y se detuvo.
Para empezar, mi madre había
manifestado su enérgica oposición a que
me comprara una moto. Eso ya me lo
esperaba, pero me sorprendió la
oposición de mi padre, pues él también
tenía una. Intentaron disuadirme de que
me comprara una moto regalándome un
pequeño coche, un Standard 1934 que
apenas alcanzaba los sesenta kilómetros
por hora. Llegué a odiar aquel
cochecillo, y un día, de manera
impulsiva, lo vendí y utilicé las
ganancias para comprarme la Bantam.
Ahora tenía que explicarles a mis padres
que un coche o una moto pequeños y
poco potentes eran peligrosos porque no
tenían la potencia necesaria para sacarte
de un apuro, y que resultaba mucho más
seguro ir en una moto más grande y
potente. Accedieron a regañadientes y
me financiaran una Norton.
Con mi primera Norton, que tenía un
motor de 250 cc, estuve a punto de tener
un par de accidentes. El primero tuvo
lugar cuando me acerqué a un semáforo
en rojo demasiado deprisa y, al
comprobar que no sería capaz de frenar
ni girar con seguridad, seguí en línea
recta y de manera un tanto milagrosa
pasé entre dos hileras de coches que
avanzaban en direcciones opuestas. La
reacción llegó un minuto después:
recorrí otra manzana, aparqué la moto en
una calle lateral y me desmayé.
El segundo incidente ocurrió una
noche de fuerte lluvia en una sinuosa
carretera rural. Un coche que venía en
sentido contrario no puso las luces
cortas y me cegó. Pensé que íbamos a
chocar de frente, pero en el último
momento salté de la moto (una expresión
de ridícula suavidad para una maniobra
que podía salvarme la vida, pero que
también podía ser fatal). Dejé que la
moto fuera en una dirección (no
colisionó contra el coche, pero quedó
destrozada) y yo en otra. Por suerte,
llevaba casco, botas y guantes, así como
un traje completo de cuero, y aunque me
deslicé unos veinte metros sobre la
carretera resbaladiza por la lluvia, al ir
tan bien protegido no me hice ni un
rasguño.
Mis padres se quedaron horrorizados,
pero también contentos al verme de una
pieza, y, por extraño que parezca, no
pusieron ninguna objeción a que me
comprara otra moto más potente: una
Norton Dominator de 600 cc. Por
entonces ya había acabado mis estudios
en Oxford y estaba a punto de
trasladarme a Birmingham, donde había
conseguido un trabajo de cirujano
residente para los primeros seis meses
de 1960. Tuve la precaución de alegar
que, ahora que acababan de inaugurar la
autopista M1 entre Londres y
Birmingham, con una moto rápida podría
pasar todos los fines de semana en casa.
En aquella época no había límite de
velocidad en las autopistas, de manera
que podía hacer el viaje en poco más de
una hora.
En Birmingham conocí a unos
motoristas, y probé el placer de formar
parte de un grupo, de compartir un
entusiasmo; hasta ese momento había
sido un motorista solitario. La campiña
alrededor de Birmingham conservaba
todavía su belleza, y me encantaba
desplazarme hasta Stratford-on-Avon
para ver cualquier obra de Shakespeare
que se estuviera representando.
En junio de 1960 incluso estuve en la
TT, la gran carrera de motos Tourist
Trophy que se celebraba anualmente en
la Isla de Man. Conseguí hacerme con un
brazalete del Servicio Médico de
Emergencia, lo que me permitió visitar
los boxes y ver a algunos de los
participantes en la carrera. Tomé notas
detalladas, e incluso planeé escribir una
novela sobre carreras de motos
ambientada en la Isla de Man –para la
cual investigué muchísimo–, aunque la
cosa nunca llegó a cuajar.1
En la década de 1950, en la North
Circular Road que da la vuelta a
Londres no había límite de velocidad,
por lo que resultaba muy atractiva para
aquellos a los que les gustaba correr.
Había un famoso café, el Ace, que era
básicamente un lugar frecuentado por
motoristas de máquinas rápidas. «Coger
los cien» –ir a cien millas por hora– era
el criterio mínimo para formar parte del
grupito principal, los Chicos a Cien.
En aquella época había muchas motos
que podían llegar a los cien, sobre todo
si se retocaban un poco: se les quitaba
algo de sobrepeso (incluyendo el tubo
de escape) y se les ponía gasolina de
alto octanaje. Más arriesgado era el
«quemar motores», una carrera por las
carreteras secundarias, y nada más
entrar en el café corrías el riesgo de que
te lanzaran ese desafío. «Hacerse el
gallito», sin embargo, tampoco estaba
bien visto; en la North Circular, incluso
en aquella época, a veces había mucho
tráfico.
Yo nunca me hice el gallito, pero me
encantaba participar en alguna carrera
por carreteras secundarias; mi
«Dommie» de 600 cc tenía un motor un
poco trucado, pero no podía alcanzar a
una Vincent de 1.000 cc, la preferida del
grupito principal del Ace. Una vez me
monté en una Vincent, pero la encontré
terriblemente inestable, sobre todo a
poca velocidad, muy distinta de mi
Norton, que tenía una estructura de
«colchón de plumas» y era
maravillosamente estable a cualquier
velocidad. (Me preguntaba si se podría
colocar el motor de una Vincent en el
chasis de una Norton, y años más tarde
descubrí que se habían construido
«Norvins» como las que yo imaginaba.)
Cuando introdujeron los límites de
velocidad, ya no se podían coger los
cien; se acabó la diversión, y el Ace ya
no fue lo mismo que antes.
Cuando tenía doce años, un perspicaz
maestro de escuela escribió en su
informe: «Sacks llegará lejos, si no va
demasiado lejos», y así ha ocurrido
muchas veces. De niño, a menudo fui
demasiado lejos con mis experimentos
de química y llené la casa de gases
tóxicos; por suerte, nunca llegué a
quemarla.
Me gustaba esquiar, y a los dieciséis
años fui a Austria con un grupo de la
escuela para practicar esquí alpino. Al
año siguiente viajé solo para practicar
esquí de fondo en Telemark. El esquí fue
bien, y antes de tomar el ferry para
volver a Inglaterra me compré dos litros
de aquavit en el duty-free y luego me
dirigí al control de fronteras noruego. A
los oficiales de aduanas noruegos les
daba igual el número de botellas que me
llevara, pero me informaron de que sólo
podría entrar una botella en Inglaterra, y
que los agentes de aduanas británicos
confiscarían las demás. Subí a bordo
con las dos botellas y me encaminé a la
cubierta superior. Era un día luminoso y
despejado, muy frío, pero como llevaba
puestas las cálidas prendas de esquiar,
eso no me pareció ningún problema;
todo el mundo se quedó dentro, y tuve
toda la cubierta superior para mí solo.
Tenía mi libro –estaba leyendo
Ulises, muy lentamente– y mi botella de
aquavit. No hay nada como el alcohol
para calentarte por dentro. Arrullado
por el movimiento suave e hipnótico del
barco, y dando un sorbito de aquavit de
vez en cuando, me quedé en cubierta,
absorto en el libro. En cierto momento
me sorprendió descubrir que me había
bebido, a sorbitos cada vez más largos,
casi la mitad de la botella. No noté
ningún efecto, por lo que continué
leyendo y bebiendo, inclinando la
botella cada vez más ahora que estaba
medio vacía. Me sorprendió bastante
comprobar que estábamos atracando; tan
absorto había estado en la lectura del
Ulises que el tiempo me había pasado
volando. Ahora la botella estaba vacía.
Seguía sin notar ningún efecto; el licor
debía de ser más suave de lo que decían,
me dije, aun cuando la etiqueta afirmaba
que tenía «50 grados». No aprecié
ningún problema, hasta que me puse en
pie y enseguida me caí de bruces.
Aquello me sorprendió enormemente:
¿acaso el barco de pronto había dado un
bandazo? Así que me levanté y de
inmediato me volví a caer.
Sólo entonces comencé a comprender
que estaba borracho –muy muy
borracho–, aunque la bebida había ido
directamente al cerebelo, sin afectar al
resto de la cabeza. Cuando un miembro
de la tripulación subió para comprobar
que todo el mundo había abandonado el
barco, me encontró intentando caminar y
utilizando los esquís para apoyarme.
Llamó a un ayudante y entre los dos, uno
a cada lado, me ayudaron a bajar del
barco. Aunque me tambaleaba de mala
manera y llamaba la atención (casi todo
el mundo me miraba divertido), me dije
que había derrotado al sistema, pues
había salido de Noruega con dos
botellas y había llegado con una. Había
conseguido colar en la aduana de Gran
Bretaña una botella que, supuse, los
funcionarios se habrían quedado
encantados.
Mil novecientos cincuenta y uno fue
un año rico en acontecimientos, y en
cierto modo doloroso. Mi tía Birdie, que
había sido una presencia constante en mi
vida, murió en marzo; había pasado toda
su vida con nosotros, y nos quería de
una manera incondicional. (Birdie era
una mujer menuda y de una inteligencia
moderada, la única que sufría esa
minusvalía entre los hermanos de mi
madre. Nunca me quedó del todo claro
qué le había ocurrido en su vida
anterior; se hablaba de una herida en la
cabeza cuando era una niña pequeña, y
también de una deficiencia tiroidea
congénita. Nada de eso nos importaba;
ella era simplemente la tía Birdie, una
parte esencial de la familia.) La muerte
de la tía Birdie me afectó enormemente,
y quizá sólo entonces comprendí lo
mucho que ella formaba parte de mi
vida, de la vida de todos nosotros.
Cuando, unos meses antes, obtuve una
beca para ir a Oxford, fue Birdie

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