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Libro PDF Escalando el monte improbable Richard Dawkins

Escalando el monte improbable  Richard Dawkins

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Nos encontramos aquí en los altos y
al parecer inabordables riscos de un
supuesto monte, el Monte
Improbable. Sus cimas representan,
para Richard Dawkins, la
combinación de perfección e
improbabilidad que cualquiera
puede encontrar en los seres vivos.
Desde la conjunción de fuerza y
sensibilidad de la trompa de un
elefante hasta el camuflaje vital de
una hormiga escarabajo, el mundo
viviente está poblado de criaturas
que parecen milagrosamente
«diseñadas» para la vida que
llevan, criaturas todas ellas que
parecen haber alcanzado su punto
óptimo, la cúspide imposible.
Gracias a Dawkins comprobamos
que estos complejos y brillantes
rasgos no se han conseguido por
casualidad —lo que equivaldría a
escalar con un simple salto la cara
escarpada, cortada a pico, de la
montaña—, sino por una evolución
acumulativa y gradual —que
representa la pausada y larga
senda que asciende a la cumbre—,
infinitamente lenta para los
parámetros de la historia humana.
Para ello, Dawkins conduce al lector
a través de los espectaculares
paisajes montañosos del mundo
natural y nos invita a visitar, por
ejemplo, el fascinante mundo de las
telas de araña o a contemplar los
higos como si fueran un jardín para
una concurridísima colonia de
insectos.
Ya en sus libros anteriores, Richard
Dawkins ha revelado la gloriosa
variedad y la unidad que subyace
en la vida sobre la Tierra. En
Escalando el Monte Improbable
contagia al lector su pasión por la
interminable variedad y
adaptabilidad de los genes y sus
asombrosas consecuencias,
ofreciéndonos una atractiva y
erudita descripción de muy variados
fenómenos biológicos para los que
propone explicaciones sencillas.
Richard Dawkins
Escalando el
monte
improbable
Metatemas – 53
ePub r1.1
Titivillus 07.02.16
Título original: Climbing Mount
Improbable
Richard Dawkins, 1996
Traducción: Joandomènec Ros
Ilustraciones: Lalla Ward
Editor digital: Titivillus
Corrección de erratas: ejbc1971
ePub base r1.2
A Robert Winston, un buen
doctor y una buena persona
Agradecimientos
Este libro tiene su origen en mis
Christmas Lectures de la Royal
Institution, televisadas por la BBC con
el título general de Growing up in the
Universe [Creciendo en el universo].
Tuve que abandonar este título porque
desde entonces han aparecido al menos
otros tres libros con nombres casi
idénticos. Además, mi libro ha crecido
también y ha cambiado, de manera que
no es justo decir que es el libro de las
Christmas Lectures. No obstante, me
gustaría dar las gracias al director de la
Royal Institution por haberme honrado
con la invitación a unirme al linaje
histórico de conferenciantes de Navidad
que se remonta a Michael Faraday.
Bryson Gore, de la Royal Institution,
junto con William Wollard y Richard
Melman, de Inca Televisión, ejercieron
una gran influencia en mis conferencias,
que todavía se deja sentir en este libro a
pesar de sus muchas transformaciones y
ampliaciones.
Michael Rodgers leyó e hizo una
crítica constructiva de los borradores
iniciales, que tenían más capítulos, y sus
consejos fueron decisivos para la
reconstrucción de todo el libro. Fritz
Vollrath y Peter Fuchs realizaron
lecturas expertas del capítulo 2,
mientras que Michael Land y Dan
Nilsson hicieron lo mismo para el
capítulo 5. Estos cuatro expertos me
ofrecieron generosamente su saber
cuando lo pedí en préstamo. Mark
Ridley, Matt Ridley, Charles Simonyi y
Lalla Ward Dawkins leyeron todo el
borrador del libro y me proporcionaron
estímulo alentador y críticas útiles en
las proporciones necesarias. Mary
Cunnane, de W. W. Norton, y Ravi
Mirchandani, de Viking Penguin,
mostraron hacia mí una bondadosa
tolerancia y un criterio generoso a
medida que el libro crecía, adquiría
vida propia y finalmente se reducía de
nuevo a un formato más manejable. John
Brockman acechaba alentadoramente en
un segundo plano, nunca interfiriendo
pero siempre dispuesto a dar su apoyo.
Los expertos en ordenadores son héroes
de los que muy raramente se cantan sus
gestas. En este libro he utilizado los
programas de Peter Fuchs, Thiemo
Krink y Sam Zschokke. Ted Kaehler
colaboró conmigo en la concepción y la
escritura del difícil programa de los
artromorfos. En mi propio séquito de
programas de «relojero» me he
beneficiado con frecuencia del consejo y
la ayuda de Alan Grafen y Alun ap
Rishiart. El personal de las colecciones
zoológica y entomológica del Museo
Universitario de Oxford me cedió
especímenes y consejos de experto.
Josine Meijer fue una documentalista de
ilustraciones dispuesta e ingeniosa. Mi
esposa, Lalla Ward Dawkins, hizo los
dibujos (pero no los esquemas), y su
amor por la creación darwiniana
resplandece en cada uno de ellos.
Debo dar las gracias a Charles
Simonyi, no sólo por su inmensa
generosidad al crear la plaza de
comprensión pública de la ciencia que
en la actualidad ocupo en Oxford, sino
también por articular su visión (que
coincide con la mía) del arte de explicar
ciencia a una audiencia numerosa: no
hablar con prepotencia; intentar inspirar
a todos con la poesía de la ciencia y
hacer las explicaciones tan fáciles como
lo permita la propia integridad, pero sin
descuidar las dificultades, y realizar un
esfuerzo explicativo adicional de cara a
aquellos lectores dispuestos a dedicar
un esfuerzo comparable a comprender.
Frente al monte
Rushmore
Acabo de asistir a una conferencia
en la que el tema de debate era el higo.
No era de carácter botánico, sino
literario. Se habló del higo en la
literatura, el higo como metáfora, las
percepciones cambiantes del higo, el
higo como símbolo de las partes
pudendas y la hoja de higuera como
modesta ocultadora de las mismas,
«higo» como palabra gruesa, la
construcción social del higo, cómo
comer un higo en sociedad según D. H.
Lawrence, «la lectura del higo» y, si mal
no recuerdo, «el higo como texto». La
pensée final del conferenciante fue la
siguiente. Nos recordó el relato del
Génesis en el que Eva tienta a Adán
para comer el fruto del árbol de la
ciencia. El Génesis no especifica, nos
recordó, de qué fruto se trataba; por
tradición, se acepta que era una
manzana. Pero el conferenciante
sospechaba que de hecho era un higo, y
con este pequeño dardo picante terminó
su charla.
Esta clase de cosas forma parte del
repertorio de un determinado tipo de
mente literaria, pero a mí me provoca
una propensión a la literalidad. Era
evidente que el conferenciante sabía que
nunca existió un Jardín del Edén, ni
tampoco un árbol de la ciencia del bien
y del mal. Así pues, ¿qué intentaba
comunicar realmente? Supongo que
debía tener una vaga sensación de que
«de alguna manera», «si se quiere», «en
algún nivel», «en cierto sentido», «si así
puede decirse», es en cierto modo
«correcto» que el fruto del relato del
Génesis «pudiera» haber sido un higo.
Ya es bastante. No se trata de ser
literalistas y puntillosos hasta el
extremo, pero hay que decir que nuestro
refinado conferenciante se dejó
muchísimas cosas. En el higo subyace
una paradoja genuina y una poesía real,
con sutilezas capaces de ejercitar una
mente inquisitiva y maravillas que
harían las delicias de una mente estética.
En este libro quiero situarme en una
perspectiva desde la que poder explicar
la verdadera historia del higo. Ahora
bien, aunque figure entre las más
cabalmente complejas de toda la
evolución, la historia del higo es sólo
una entre millones, todas las cuales
comparten la misma gramática y la
misma lógica darwinianas. Para
anticipar la metáfora central del li

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