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Libro PDF Escándalo Ada Martín

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despertó con resaca y de mal humor. No estaba acostumbrado a beber ni a acostarse tarde. La mezcla le había producido un palpitante dolor
de cabeza y unas ganas crecientes de estrangular a Adam.
Sentado en la mesa del desayuno, maldijo la luz que entraba a raudales por la ventana. Mientras tomaba con asco una taza de café, se juró que jamás volvería a ir con
su amigo a ninguna parte. Y mucho menos al club Davis, pensó con una mueca de fastidio.
Bajo la fachada de un club de caballeros al uso, en realidad no era más que un tugurio de clase alta, situado en una buena calle, pero donde un hombre podía ver bien
cubiertos sus más bajos instintos. Tabaco, juego, mujeres y alcohol. Para algunos de sus semejantes, el Davis era sin duda el paraíso.
Pese al dolor de cabeza y la bruma que empañaba los recuerdos de la noche anterior, estaba seguro de haber perdido una considerable cantidad de dinero en aquel
antro. Casi podía afirmar que incluso había pedido un crédito de juego, algo impropio de él.
Anotó mentalmente que debía mandar a Gibbs a pagar antes de que la noticia de su morosidad se extendiera por todo Londres.
Terminó el escueto desayuno y se arrastró sin ánimo hasta el despacho, situado a una distancia ridículamente larga.
Cuando había decidido pasar la temporada en Londres, su primera idea había sido alquilar una casa propia, pero su padre se había opuesto de forma tajante. Su casa
de la ciudad estaba vacía, dijo, y lo apropiado era que la usara su heredero.
Así que, para no contrariar al hombre que más admiraba en el mundo, Robert se veía confinado en aquella mansión demasiado grande para él solo, rodeado de
recuerdos de su infancia.
El estudio era uno de los pocos lugares que le gustaban de aquella casa. Era una estancia amplia y luminosa, con una imponente chimenea que recordaba siempre
encendida. Varias estanterías altas, llenas de libros, eran prueba de la afición del marqués de Laurens por la lectura.
Robert había pasado muchas horas de su niñez jugando sobre la alfombra del despacho o leyendo en el amplio diván. Recordaba a su padre inclinado durante horas,
trabajando sobre la mesa de caoba que presidía la estancia. Suponía que su madre, quien nunca aparecía en los recuerdos, habría estado demasiado ocupada arrastrando el
buen nombre de la familia por el fango junto a alguno de sus múltiples amantes.
Torció el gesto y trató de deshacerse de aquellos pensamientos. No tenía sentido remover el pasado. La marquesa había muerto algún tiempo atrás y Robert apenas
había tenido contacto con ella sus últimos años de vida.
Pero a pesar de la edad que tenía y del tiempo trascurrido, al pensar en el abandono de su madre aún se sentía como si volviera a tener cinco años.
Y odiaba aquella sensación.
Recorrió el despacho, agradablemente menos iluminado que la salita del desayuno, y tomó asiento tras del escritorio. Se permitió cerrar los ojos unos segundos,
rezando para que el malestar que lo acometía decreciera.
Un par de golpes en la puerta lo hicieron gruñir.
—¿Quién? —espetó de mal humor.
Su mayordomo entró en la estancia, imperturbable.
—Perdone, milord. —Gibbs, un hombre de mediana edad y aspecto severo, había sido su mayordomo desde que se hiciera cargo del condado, diez años atrás—. Han
llegado las invitaciones para los próximos actos sociales.
—Déjelas sobre la mesa —respondió, señalando el amplio escritorio.
Gibbs hizo lo que le pedía y después desapareció con discreción.
Robert bajó la vista. Las invitaciones, diminutos sobres en diferentes tonos de beis, formaban un ordenado montoncito sobre la bandeja. No se molestó en mirar a qué
lo invitaban. Debía aceptarlas todas, lo sabía y el solo pensamiento le provocaba un considerable sopor.
Lo que realmente quería era volver al norte. Había recibido un informe de su administrador informándole de algunos problemas entre los trabajadores.
Sabía que no era demasiado habitual entre los pares del reino desempeñar el papel de terrateniente. La mayor parte de ellos solo se sentaba en su casa de la ciudad y
esperaba que los beneficios cayeran del cielo. Robert no era así. Le gusta sentirse útil. Trabajar la tierra, aprender a mejorarla, verla prosperar. Era su manera de
realizarse.
Sin olvidar todas las bocas que dependían de lo buenas que fueran las cosechas y el precio que se consiguiera por los productos en el mercado. Era una carga enorme
que a veces lo abrumaba, pero, por sobre todas las cosas, era su responsabilidad. Estaba impaciente por volver al lugar donde se le necesitaba.
Un nuevo toque en la puerta interrumpió sus pensamientos. Ni siquiera se molestó en responder.
Gibbs volvió a aparecer con expresión pétrea.
—Milord, la condesa de Blessing solicita ser recibida.
—Hazla pasar —respondió, conteniendo un gemido mientras se ponía en pie.
Amaba a su hermana, pero sabía que el motivo de la visita de Elizabeth no le iba a gustar. Su temor se hizo realidad un minuto después cuando una mujer menuda de
andar enérgico irrumpió en el despacho.
Nadie que no los conociera podría haber intuido el parentesco, salvo por los ojos. Robert era delgado, alto y rubio, mientras Elizabeth era rolliza, bajita y muy
morena. Pero ambos poseían los inconfundibles ojos verdes de la familia Wilts. Dado el carácter libertino de su madre, era una verdadera suerte, ya que había evitado
más de un desagradable rumor.
—¡Creo que hemos encontrado a la candidata perfecta! —anunció su hermana deteniéndose frente a él para besarlo en la mejilla.
Aunque desde diez años atrás ostentaba uno de los títulos nobiliarios más antiguos del Imperio, la formalidad no constituía parte del carácter de Elizabeth.
—No me digas —dijo Robert, sarcástico, invitándola a sentarse con un ademán—. ¿Cuándo? Y, más importante aún, ¿dónde estaba yo cuando eso ocurrió?
Elizabeth se las arregló para fulminarlo con la mirada mientras tomaba asiento frente a él.
—Como ya te dije antes de que todo este lío comenzara, si quieres mi ayuda tendrás que mostrarte cortés. Una vez en la vida no te matará.
—Yo no estoy tan seguro de eso, pero lo intentaré.
Su hermana ignoró el comentario.
—Ayer, en el baile, no pude evitar fijarme en la buena pareja que hacéis lady Pomona y tú. He estado indagando por ahí, muy discretamente, por supuesto, y creo
que ella es nuestra mejor candidata. —Hizo una pausa para tomar aire antes de añadir, soñadora—: Y no puedes negar que es bellísima. ¡Una beldad! Tan rubia y
perfecta, ¡tendremos unos bebés preciosos!
—¿Tendremos? —preguntó divertido.
—Tendrás que permitirme malcriar a mis sobrinos, Robert. Sabes que Edgar y yo no hemos tenido la fortuna de tener hijos.
—Todavía —la interrumpió con firmeza.
Elizabeth le dedicó una mirada agradecida.
—Después de diez años de matrimonio, comienzo a hacerme a la idea de que nunca pasará. —Por un segundo, un velo de tristeza empañó sus ojos verdes—. Pero no
importa, ¡en breve tendremos una patulea de pequeños Wilts correteando a nuestro alrededor!
Robert trató de centrarse en las noticias de su hermana. Con Elizabeth siempre era así, la información llegaba de forma caótica, a ráfagas.
—¿Cuál de todas era Pomona?
—La antepenúltima con la que bailaste. Llevaba un vestido rosa. ¿Cómo puedes no recordarla?
—¡Ni siquiera tú puedes describírmela con detalle! —se defendió—. ¿Te refieres a la hija de Montford?
—¡Esa misma!
—Tenía una sonrisa bonita.
Al otro lado de la mesa, Elizabeth hizo un gran esfuerzo para no poner los ojos en blanco.
—También tiene una belleza natural muy admirable, ha sido educada en las artes nobles, toca el violín y el piano, y domina el francés. Por no hablar de su familia. Su
linaje es inmejorable y su hermano es soldado.
—¿Duncan? Lo conozco, fuimos juntos a Eton.
—¿Y qué te parece convertirlo en cuñado?
Robert reflexionó durante un momento.
—Está bien. Pomona me pareció educada y elegante. Creo que a papá le gustará.
—¡Robert, por Dios! ¡El que se va a casar eres tú!
—¿En serio, Elizabeth? Durante un momento he pensado que estábamos buscándote esposa a ti.
La mirada que le dirigió su hermana hizo que Robert agradeciera la maciza mesa que se interponía entre ellos.
—¿Por qué estás tan segura de que me aceptará como esposo? —preguntó, tratando de distraerla—. Hasta donde yo sé puedo resultarle repulsivo a la dama en
cuestión.
—¡No puedes decirlo en serio! Por si aún no te has dado cuenta, un conde heredero de un marquesado, con dinero, educación y una reputación intachable, no es algo
que abunde estos días en Londres.
—Quizás yo sea irreprochable —se vio obligado a decir —, pero no se puede decir lo mismo de todos los miembros de nuestra familia. La aristocracia tiene buena
memoria para algunas cosas. Sobre todo si se trata de cosas escandalosas.
La mención de las indiscreciones de la madre de ambos hizo que Elizabeth frunciera los labios.
—Hace mucho tiempo de eso, Robert. Muchos años. Nadie se acuerda ya.
«Yo sí», quiso decir. Su hermana, sin embargo, pareció leerle el pensamiento.
—Tienes que aprender a perdonarla. No puedes vivir con eso dentro.
—Jamás voy a perdonarle lo que le hizo a papá —masculló Robert con furia—. Lo que nos hizo a nosotros.
—Robert, te quiero, pero a veces tu cabezonería me da ganas de sacudirte. Deja el pasado atrás. Olvidas que yo me casé con un conde y te puedo asegurar que nadie
se atrevió a decir nada malo de nuestra familia entonces, y nadie lo hará ahora. Además —añadió con picardía—, es la segunda temporada de lady Pomona. El conde de
Montford debe estar desesperado.
—Entonces me aceptarán porque soy su último recurso. Me siento halagado.
—¿Acaso no puedes tomarte nada en serio?
—Sabes de sobra que me lo tomo todo en serio, pero en este caso me siento fuera de mi elemento. Hazme elegir entre diferentes tipos de abono y te aseguro que
sabré darte una buena recomendación. ¿Damas casaderas? Ni siquiera sé qué estoy buscando. —Al ver que iba a interrumpirlo, le pidió que aguardara con un gesto—.
Ahora bien, tu opinión es lo que más valoro. Si piensas que lady Pomona será una buena esposa para mí, estoy de acuerdo.
Los ojos de Elizabeth se iluminaron cuando comprendió lo que su hermano quería decir.
—Si lo dices en serio incluso pasaré por alto tu maleducada referencia al abono.
Robert asintió, solemne.
—Empezaré las gestiones de inmediato. Esta misma tarde visitaré a su padre.
—¡No! —exclamó Elizabeth.
—¿Por qué no? —La miró, confundido.
—No sabes nada de esto, ¿verdad?
—Te lo acabo de decir —masculló, enfurruñado.
—Si ayer bailabas con todas las chicas y esta tarde te declaras, ¿cómo convencerás a la familia de que estas seguro sobre el compromiso?
—¡Porque lo estoy!
Elizabeth lo miró con dulzura.
—El conde es un hombre orgulloso —explicó—. No conseguirás nada si te limitas a señalar a su hija con el dedo y pides su mano en matrimonio. No estás
comprando una yegua, Robert. Deja que yo me encargue. Extenderé el rumor de que ya te has decidido y que Pomona es la candidata. A partir de ahora, intenta
mostrarte solícito en los bailes.
Robert casi gimió.
—¿Bailes?
—Por supuesto que sí, debes ir a los mismos que ella y asegurarte de prestarle atención en exclusiva. El rumor correrá tan rápido que, para cuando te declares, todo
Londres estará convencido de que ha sido amor a primera vista. Sobre todo, tus futuros suegros.
—¿Qué tiene que ver el amor en todo esto? —inquirió molesto.
Su hermana se encogió de hombros.
—A la alta sociedad le gusta fingir que se une por motivos menos prosaicos que los títulos o el dinero.
Robert meditó en la decisión que acababa de tomar. Ni nervios ni emoción
—Lady Pomona, condesa de Dain —suspiró Elizabeth, ajena a sus pensamientos. Se la veía tan satisfecha consigo misma que Robert no pudo evitar añadir:
—¿No podían haberle puesto un nombre más feo?
—¡Oh, cállate!
Capítulo 4
La mujer que nunca corre riesgos vive una larga vida.
O, al menos, eso le parecerá.
Extracto de El panfleto de lady Indiscreta.
Annabelle recorría su dormitorio una y otra vez, agitada.
La habitación, de inconfundible toque infantil, no la tranquilizaba en absoluto. Cada uno de aquellos muebles, las cortinas y hasta la ropa de cama a juego habían sido
escogidos por su madre. Incluso las piezas de adquisición más recientes, pagadas por ella con su propio dinero, habían sido compradas sin su aprobación.
Jamás le había gustado aquella habitación, pero aquel día estaba realmente desesperada por salir de allí.
El tiempo había pasado con exasperante lentitud toda la semana y ahora que por fin el momento estaba cerca, las horas se eternizaban en el reloj. Sentía mariposas en
el estómago y algo, dentro de ella, que identificó como pánico.
Todavía estaba a tiempo de echarse atrás, se recordó, pero desechó la idea de inmediato. La decisión estaba tomada, y la llevaría a cabo con todas sus consecuencias.
La parte lógica de su cerebro le indicaba que iba a cometer una estupidez sin ninguna justificación válida. Pondría su reputación en juego y se arriesgaría a quedar en
ridículo para nada.
¿Cómo podía estar segura de que Dain fuera diferente?
De hecho, no conocía al conde lo suficiente para saber cómo reaccionaría. ¿Podía simplemente confiar en que, en el peor de los casos, él callase? ¿Y si incitaba un
escándalo y quedaba arruinada de cara a la sociedad? Su madre nunca se lo perdonaría.
Se obligó a serenarse. Nada malo pasaría. Con toda probabilidad el conde de Dain no caería fulminado de amor a sus pies, por más arrojo que ella mostrase, pero,
pese a todo, él estaba a punto de casarse.
La rotundidad de aquel pensamiento la golpeó.
Él iba a pertenecer a otra. Y entonces admirarlo ya no sería correcto. Tendría que olvidarse de él y limitarse a su insulsa vida de solterona.
Si no hacía algo aquella noche tal vez nunca tuviera la oportunidad. ¿De verdad quería vivir sin saber qué se sentía? Annabelle estaba segura de que no. Corriera el
riesgo que corriese, estaba decidida.
Se tumbó en la cama, sintiendo como el corazón le palpitaba con rapidez en el pecho. Iba a hacerlo. Sonrió, presa de los nervios y la emoción.
Recordaba con absoluta precisión el momento en el que había visto a Robert por primera vez, cuatro años atrás.
Annabelle había estado nerviosa, de un modo similar a como lo estaba aquella misma tarde, mientras se dirigían al baile. Era su segundo acto oficial, de adulta, y la
emoción amenazaba con desbordarla. Una semana antes, en su primer acto oficial, había descubierto con sorpresa que le encantaba ser una dama.
Le encantaba Londres, le encantaban los bailes, la música, los vestidos elegantes y la galantería de los caballeros. Se sentía en una nube. Lejos de su madre, entre sus
iguales, Annabelle había tenido la oportunidad de conocer a chicas como ella. Muchachas alegres y amables que la habían acogido como una igual. Tal vez no tenían una
conversación muy estimulante, pero eran simpáticas.
El salón de los duques de Severn había brillado aquella noche. La duquesa era una anfitriona famosa y todos los años conseguía superarse. Annabelle había encontrado
a sus amigas y reído con ellas. Algunos chicos la habían invitado a bailar y comenzaba a pasárselo realmente bien cuando el hombre más impresionante que había visto
jamás entró en su campo de visión.
Apenas consiguió esbozar un leve saludo cuando fueron formalmente presentados, y cuando él se inclinó ante ella y solicitó un baile casi se desmaya. El codazo de
una de sus amigas la había sacado de la ensoñación y, antes de darse cuenta, los fuertes brazos del conde la rodeaban y la hacían girar con garbo bajo la atenta mirada de
la aristocracia londinense en pleno.
Un solo baile. Eso era todo lo que Annabelle había compartido con Robert y, años después, aún sentía la emoción y el anhelo profundo que había despertado en ella.
Recordaba de forma nítida la sensación de los brazos de él rodeándola, la seguridad que sintió en su abrazo. Lo erótico de la danza.
Durante años había tratado de entender qué había pasado por la cabeza de Robert aquella noche. ¿Por qué se había acercado a ella, forzando la presentación? ¿Por qué
la había sacado a bailar?
A pesar de contravenir una de las normas sociales más básicas, habían hablado durante toda la pieza. Él le había preguntado si disfrutaba de la temporada social. La
había hecho reír contándole una divertida anécdota sobre un profesor de baile que había tenido de joven. Fue encantador y elocuente.
Annabelle había disfrutado de la sensación de haber cautivado la atención de un hombre tan magnífico. Le había contado que estaba entusiasmada y que todo era
mucho mejor de lo que había esperado.
Aquella fue la primera vez que habló con el conde. Y también la última.
Él había sido un perfecto caballero, desplegando ante la inexperta Annabelle todo el potencial de su masculinidad. Y ella había caído en su red como un pajarillo.
Por primera vez en su vida, se había permitido fantasear con cosas típicas de damas. Había soñado con bodas, con ducados y niños de ojos imposibles. Y lo había
deseado todo.
Pero, como si de un sueño se tratara, Robert desapareció del baile justo después y nunca más pareció mostrar interés en ella.
No la visitó a la mañana siguiente, para decepción de su madre. Igual que recordaba de forma vívida la sensación de sus brazos rodeándola, tampoco había olvidado
los enconados reproches de la vizcondesa. Pasaron varias semanas hasta que volvió a encontrarse con él en un baile y, para entonces, ella había vuelto a ser una de todas
aquellas damas sin nombre.
A pesar de la desilusión, Annabelle no había podido huir de la fascinación que el conde le provocaba. Desde ese momento, si él estaba en el salón de baile, ella no
podía fijarse en nadie más; si estaba ausente, añoraba su presencia y todos los caballeros le parecían insulsos en comparación.
Y ahora, después de tanto tiempo, iba a cometer una locura que la acercaría a él.
En parte, se reprochaba haber tardado tanto tiempo. En su fuero interno, había deseado acercarse a él desde el principio. ¿Por qué había esperado hasta el mismo
final?
Aunque moriría antes de confesarlo en voz alta, la realidad era que parte de ella había guardado la absurda esperanza de que el conde volviera. Cada vez que él entraba
en un baile, algo odioso e inocente en Annabelle se revolvía de entusiasmo, y esperaba el momento en que él la buscara con la mirada entre la multitud.
—Estúpida imaginación —murmuró, despechada.
Un fuerte golpe la sobresaltó. Se sentó en la cama y se acomodó el vestido y el peinado. El ama de llaves, la recia señora Prudence, apareció en la puerta.
—Lady Lydia Blount está aquí, señora.
—Hazla subir.
Varios minutos después, Lydia entró en su dormitorio ataviada con un bello conjunto de paseo azul oscuro y los rizos rubios recogidos a un lado de la cabeza.
Annabelle la miró con admiración.
—¿Cómo puede quedarte bien un peinado tan ridículo?
—¿Eso es un cumplido? —rio la recién llegada.
—Sabes que sí. —Se hizo a un lado en la cama, haciéndole hueco—. Ven. Quiero pedirte algo.
—¿Qué es eso tan importante como para que te saltes todas las normas de cortesía existentes y no me ofrezcas ni una triste taza de té? —se quejó Lydia,
dedicándole un mohín antes de obedecer.
Annabelle respiró hondo y se armó de valor.
—Necesito que me ayudes a buscar un vestido adecuado para esta noche.
Lydia la contempló inexpresiva un instante. Después, pareció llegar a una conclusión nada agradable y frunció el ceño con suspicacia.
—¿Aún con eso? ¡Deberías quitarte la idea de la cabeza!
—¿Crees que no lo intento? —exclamó, exasperada—. Pero no encuentro ninguna razón válida para no hacerlo. ¿Qué es lo peor que puede pasar?
Había tratado de lanzar una pregunta retórica, pero Lydia parecía haberla estado esperando. Hasta tomó aire antes de lanzar su alegato:
—¿Acaso tengo que recordártelo? Podrías sufrir una terrible humillación. ¡Todo el mundo lo sabrá! Serás presa de los chismes de la sociedad, tu reputación quedará
arruinada. Por no hablar del escándalo. —La voz se fue apagando hasta convertirse en un susurro—. Y, sobre todo, pueden hacerte daño.
Annabelle sonrió. Por la mirada preocupada que le dirigía, sabía que a Lydia le importaba muy poco el escándalo social. Pensó en lo afortunada que era por tener a
alguien como ella.
Asió la mano de su amiga y le dio un apretón reconfortante.
—No va a pasar nada de eso, Didi, puedes estar tranquila. Será una aventura. Nadie lo sabrá nunca.
—Entonces, ¿por qué te arriesgas?
Suspiró, buscando las palabras adecuadas para expresar lo que sentía.
—¡Porque debo hacerlo! Yo no soy tan optimista como mi madre. He perdido la esperanza de casarme algún día y tener una familia propia.
—¡Eso no es verdad! Si de verdad quisieras casarte no te costaría demasiado encontrar a un buen hombre. Es tu obsesión con Dain la que te lo impide. Si pudieras
olvidarte de él…
—Esta es mi cuarta temporada en sociedad ¡y ni siquiera tuve mucho éxito la primera! No tiene nada que ver con Dain. Ningún hombre se ha mostrado interesado y,
con sinceridad, me parece bien. Como sabes, antes de morir, mi padre me dejó un pequeño fideicomiso, suficiente para mantener una vida cómoda y no tener que
preocuparme por el dinero aunque no me case. —Omitió confesarle que su fondo se había reducido considerablemente después de que su hermano perdiera toda la
fortuna familiar, poco después de heredarla—. Y dado mi carácter, es probable que sea mejor que no me case. Condenaría a un hombre a sufrirme para siempre. —
Ambas sonrieron, sabedoras de que al menos esa parte era verdad—. Tienes razón en que jamás he encontrado interesante a ningún otro, pero no puedo evitar sentirme
como me siento. Dain es el único al que realmente he deseado alguna vez. El único que me provoca anhelo. Ni siquiera entiendo por qué, pero hace mucho que dejé de
luchar contra esta estúpida sensación.
—¿Y eso es suficiente motivo para que te arriesgues a cometer una locura?
—¡Sí! Tengo que arriesgarme Didi, ¿acaso no lo ves? No puedo vivir toda mi vida preguntándome qué hubiera pasado. No puedo sentarme en salones de baile de aquí
a la eternidad para ser martirizada por la idea de qué habría ocurrido si hubiera sido un poco más valiente.
Lydia parecía tratar de comprender su punto de vista. Finalmente suspiró.
—Está bien —concedió, dirigiéndose hacia el vestidor de Annabelle—. Elijamos ese vestido. ¿Qué te parece el que llevaste una vez a la ópera? El azul resalta el tono
de tu piel.
—¿Crees que podrías peinarme? Prudence solo sabe peinar de un modo: con moño.
Lydia rio.
—Puedo intentarlo, aunque no te prometo nada. Jamás he peinado a nadie.
Annabelle podría haber saltado de la alegría. Con Didi ayudándola, nada podía ir mal.
Capítulo 5
Una dama siempre debe estar preparada para responder con elegancia a una propuesta de matrimonio.
Sobre todo si el primer pensamiento tras ella es:
«ni lo sueñes, cretino».
Extracto de El panfleto de Lady Indiscreta
Contraviniendo las órdenes directas de Elizabeth, había decidido declararse a Pomona aquella misma noche. Su hermana podría saber mucho de protocolo y cortejos,
pero no tenía ni idea de cómo seducir a una mujer.
Por suerte para ambos, él sí. Una vez que hubiera besado a Pomona bajo la luz de la luna, la chica caería rendida a sus pies y sería una baza a su favor cuando se
enfrentara a su padre.
Mientras volvía a bailar con ella, analizó a su futura esposa. Era una chica hermosa. Verdaderamente bella, de hecho. Tenía unos hermosos ojos almendrados del tono
azul de las turquesas, un rostro fino y un bonito cabello rubio. Mostraba un aspecto cándido, pero no rehuía su mirada. Robert solía impresionar a hombres adultos que,
a menudo, se sentían intimidados por su posición social. Pero aquella mujer le sonreía con dulzura y tenía una gracia natural para hablar mucho sin parecer pesada.
Su hermana tenía razón al decir que la belleza sutil de la chica era notable y sus aptitudes sociales a prueba de toda duda. Sería una condesa perfecta.
La danza terminó con una floritura y Robert se apresuró a inclinarse frente a ella.
—Siempre es un placer ser su pareja, milord.
—El sentir es mutuo, lady Pomona.
—Si me disculpa, he concedido el siguiente baile.
Robert comprendió que ella pensaba irse y le bloqueó el paso, colocando su cuerpo frente al de ella.
Estaban más cerca de lo correcto, pero no le importó. Se dio cuenta de que ella era realmente bajita.
—Lady Pomona, un segundo, por favor —carraspeó—. He oído decir que los jardines de los Winchester son espectaculares. Me preguntaba si le gustaría
descubrirlos conmigo.
—Me temo que no lo entiendo, milord.
Se obligó a aclararse la garganta y pensar. En el lugar del que él venía, si uno tenía que decir algo, simplemente lo decía. Todos aquellos ardides sociales para
comunicarse sin expresarse del todo lo volvían loco.
—Me gustaría mantener una conversación a solas con usted, si fuera posible. Quiero hacerle una proposición.
Los ojos de la chica se abrieron desmesuradamente y Robert se dio cuenta de varias cosas. La primera, que esta vez ella había entendido a la perfección lo que él
quería decirle.
Y, la segunda, que lejos de hallarse emocionada, un velo de pánico había cubierto por completo sus ojos del color de las turquesas.
—¿De verdad? —atinó a preguntar, boquiabierta—. ¿Por qué?
Robert se sintió incomodo ante su incredulidad. Una vez más, su hermana había tenido razón al indicarle que esperara. Pomona era una dama. No aceptaría nada
menos que un galanteo adecuado.
—Desde luego, lady Pomona, mis sentimientos hacia usted… —comenzó a explicar, pero calló al darse cuenta de que no podía decir nada más sin mentir. Sintiendo
que se había metido a sí mismo en una trampa, probó de nuevo—. Realmente creo que deberíamos pasear. Solos usted y yo. Quizás a la luz de la luna pueda encontrar
las palabras que busco.
—Milord, debe saber que es un inmenso honor para mí, lamentablemente he reservado los dos siguientes bailes.
El malestar de Robert aumentó al comprobar como un caballero entraba en la pista y miraba a su alrededor. Cuando clavó los ojos en Pomona y comenzó a andar
hacia ellos supo que no le quedaba demasiado tiempo.
Y, maldita fuera, no se le iba a escapar con tanta facilidad.
—Por supuesto, no espero que falte usted a su palabra por mi causa. —Hizo una pausa para dirigir a la joven una mirada evidente—. Sin embargo, yo sí daré ese
paseo por el exterior. Tengo pensado volver pronto a mi tierra, así que puede que esta sea la última vez que puedo disfrutar de la noche londinense. Espero que una vez
su carné de baile se desocupe tenga a bien concederme el honor de su compañía. Esperaré encantado… Esta noche.
Robert abandonó el salón, ofuscado. No es que tuviera ningún sentimiento por Pomona en absoluto pero, ¿no debería haberse sentido ella un poco más halagada? ¿No
hubiera sido más correcto que se disculpara ante quien fuera que tuviera concertado el siguiente baile y lo hubiera acompañado al jardín?
¿No se suponía que las damas casaderas estaban desesperadas por encontrar esposo?
Durante un segundo, meditó profundamente la idea de abandonar el baile. Sin embargo, tuvo que recordarse el motivo por el que aquello era necesario. Necesitaba una
esposa y conseguiría una pronto. Le daría a Pomona el beneficio de la duda. Si ella no se presentaba, pasaría a otra candidata.
El jardín era bonito y cuidado y tres minutos después de caminar por él, comprendió con horror que los Winchester habían caído en la absurda moda de convertir
parte de él en una réplica en miniatura del laberinto de Minos.
Maldita fuera la alta sociedad y sus ideas peregrinas. Aquello solo mostraba una alarmante cantidad de tiempo libre, pensó, retrocediendo sobre sus pasos, con lo que
lejos de encontrar la salida solo consiguió adentrarse más entre las altas paredes de setos.
Recorrió algunos metros más hasta que el sonido del agua lo sorprendió. Una bonita fuente de piedra coronaba aquella zona. Se relajó, seguramente aquello fuera el
centro. Sería más fácil salir de allí sabiendo a qué altura se encontraba.
Se giró, dispuesto a marcharse. Y entonces la vio.
No es que fuera muy difícil percatarse de su presencia. Ella estaba parada a varios metros de él, oculta a la sombra de los setos. Robert tuvo la impresión de que no le
resultaba familiar.
No era, desde luego, ninguna de las muchachas con las que había tenido tratos en los últimos días. Aquella era más voluminosa que cualquiera de ellas. Además,
llevaba un vestido oscuro muy diferente a los rosas y blancos de las damas casamenteras.
Sintió un regusto amargo en la boca al comprender que solo había un motivo por el cual una dama escaparía de un baile para adentrarse sola en la noche. Sin duda
asistía a un encuentro clandestino con su amante.
Quiso preguntarle si estaba casada, si tenía hijos. Si pensaba en ellos antes de cometer semejante inmoralidad. El ramalazo de furia que sintió fue tan profundo que
tuvo que recordarse que lo que hiciera aquella mujer no era asunto suyo.
—Me temo que usted también ha sido víctima del laberinto de los Winchester —se obligó a decir con estudiada falta de interés, intentando controlar la ira que sentía.
Esperaba que entendiera el mensaje implícito y tuviera la decencia suficiente de salir de allí sin avergonzarlos aún más a los dos.
La figura caminó hacia él y la luz de la luna le iluminó el rostro. A pesar de su cólera, no pudo dejar de pensar que era bonita. Analizó el recogido elegante de ella,
demasiado serio para su gusto, los altos pómulos y la curva generosa de sus senos, evidentes a pesar del vestido.
En algún lugar de aquel laberinto había un hombre muy afortunado.
—Me temo que no me he perdido, lord Dain.
La sorpresa dejó paralizado a Robert uno segundos.
—Sabe usted mi nombre. ¿He de suponer que yo conozco el suyo?
—Es evidente que no, milord, o no estaríamos manteniendo esta conversación.
—Entonces, milady, es hora de que solucionemos eso. ¿No le parece? —avanzó hacia la dama y se detuvo demasiado cerca a propósito.
Se dio cuenta de que se había equivocado. Ella no era bonita, era preciosa. Incluso a la escasa luz de la luna pudo ver las pecas que descansaban graciosamente sobre
su nariz y el grosor apetecible de sus labios.
A pesar de su horrible memoria para los nombres, era bueno recordando rostros. Sin embargo, a ella no conseguía ubicarla. ¿Acaso no sería una dama? ¿Una viuda de
provincias, tal vez?
Robert hizo una reverencia formal frente a la mujer.
—Robert Wilts, conde de Dain. A su servicio.
La mujer lo miró anonadada durante unos segundos. Después imitó su reverencia.
—Lady Annabelle Weymouth.
—Weymouth —reflexionó él—. ¿Cómo el vizconde?
—El vizconde Weymouth es mi hermano.
Robert asintió en silencio.
—Conocí a su padre. Era un caballero respetable —aseguró, casi escupiendo la última palabra—. Así que tiene usted un hermano. Sin duda a estas alturas se
preguntará por usted. Tal vez debería volver a entrar.
—Todavía no.
La miró sin comprender. Antes de que pudiera intuir lo que se proponía, la joven acortó la escasa distancia que los separaba, se puso de puntillas y lo besó.
Sus cuerpos no se tocaban, ella no lo rodeó con sus brazos, apenas fue el simple contacto de sus labios. Era evidente que, a pesar de su comportamiento descarado, la
chica no tenía demasiada experiencia. La posición de su boca no era la correcta y mantenía los labios firmemente apretados contra los de él.
Por reflejo, Robert inclinó la cabeza y sus bocas encontraron el ángulo perfecto. Sin saber cómo, se encontró respondiendo con entusiasmo.
Hacía demasiado tiempo que no besaba a una mujer y casi no podía recordar cuándo fue la última vez que una lo había besado a él.
La chica era cálida y exuberante, y no pudo evitar la tentación de apretar su cuerpo contra el de ella mientras su boca tomaba el control. Le tomó la cabeza con las
manos, sujetándola firmemente en el lugar, y deslizó la lengua por el labio inferior de la joven, convirtiendo el beso en algo más íntimo.
Sintió que ella trataba de apartarse, probablemente asustada por su vehemencia, pero no se lo permitió. Depositó un reguero de besos ardientes sobre su labio
interior.
Era él quien había sufrido el asalto y sería quien le pusiera fin. Suavizó la presión, rozando con sus labios una y otra vez, hasta que la joven suspiró y murmuró algo
ininteligible. Robert aprovechó para deslizarle la lengua en la boca, instándola a abrir los labios.
Cuando lo hizo, la humedad que encontró al otro lado lo hizo gemir. Mientras su boca la tomaba, le acarició la espalda con las manos y dejó que estas se deslizaran
hacia abajo a través del vestido. Rodeó con dulzura la firme curva de sus glúteos, atrayéndola firmemente hacia sí. Sintió como un triunfo cuando los brazos de la joven
lo rodearon, devolviéndole el abrazo.
Su erección palpitó, expectante, y Robert, perdido todo control, ahogó un gemido mientras profundizaba el beso…
El carraspeo sonó tan alto y potente como un tiro en mitad de la noche. En contra de su voluntad, interrumpió el beso y miró sobre la cabeza de la joven hacia la
entrada del laberinto.
Robert se consideraba un hombre inteligente, pero en aquel momento le costó un triunfo discernir qué estaba viendo. Finalmente, comprendió que, aunque tarde,
Pomona había decidido aceptar su invitación a dar un paseo. Y, por algún motivo desconocido para él, la había hecho extensiva a su augusta madre.
Solo así se podía explicar que ambas mujeres se encontraran allí, contemplando horrorizadas como él compartía un excitante abrazo con una dama en el jardín de los
Winchester.
Mientras la condesa de Montford parecía a punto de desmayarse y Pomona se tapaba la boca con las manos, Robert giró la cabeza lentam

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