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Libro PDF Frozen Hollie A. Deschanel

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Agradecimientos
Hay muchas cosas que agradecer cuando un proyecto en el que inviertes tanto tiempo es apoyado por tantas personas, incluso los días en que tú misma desearías
dejarlo. Frozen comenzó como una novela con la que pasar el rato; nunca fue mi intención que saliera publicada, pero fue gracias a Carla, Carmen, Sandra y a otras
tantas chicas que siempre han estado ahí que hoy día la novela es lo que es. Todas leyeron el documento a medida que yo lo escribía; me iban dando su opinión y eso,
para mí, fue increíble. Por eso agradezco a quienes fueron lectores de apoyo en su creación, que espero estéis al otro lado de estas páginas cuando Frozen sea una
realidad. De verdad, GRACIAS. Fuisteis las lectoras más increíbles del mundo, y muchas seguís siéndolo. Gracias por la confianza depositada en esta novela.
A Carla y Carmen, porque cuando íbamos a contrarreloj, ellas me ayudaron a que la novela estuviera increíble. También por escucharme, apoyarme y ayudarme cuando
no sabía cómo continuar o cuando las fuerzas me fal aban. El as tuvieron más fe en Frozen que yo misma, y su entusiasmo y amor me hacían sonreír a cada momento.
Nadie creyó en esta historia más que el as. Por eso gracias, GRACIAS por apoyar a Frozen y a la loca de su escritora. Nada de esto sería como es sin vuestra ayuda.
A Sandra C. Gallegos, con quien no sólo comparto editorial y ciudad, sino también una amistad que se basa en ayudarnos los unos a los otros. Gracias a el a Frozen
ahora no estaría siendo una realidad, pues fue el a quien, dispuesta a que viera la luz, me ayudó a buscar el camino correcto. GRACIAS. Sé que me repito mucho, pero
tú me ayudaste desinteresadamente muchas veces, también con Frozen, y quería que supieras que, aunque no pueda pagártelo con nada, tendrás mi agradecimiento y
amistad por siempre.
Por último, quería agradecer a todas las personas que están apoyando Frozen. La editorial desde la que saldrá, que hacen un gran trabajo y son muy pacientes al
respecto; a mi madre, que le dice a todo el mundo “¡mi hija sacará una novela este año!”; a mi padre, que aunque ya no esté, es parte de esto también; a la gente que me
sigue en Twitter y Facebook porque creen en mí como autora y esperan con ansias esta novela, y a otros tantos que elegirán el libro al azar. ¡Espero que no os defraude!
A mi gato Coco, quien siempre es un fiel compañero cuando escribo, y estuvo presente en la creación de Frozen, siempre dormido sobre mis piernas, siempre
sacándome sonrisas cuando la historia me ponía mal. GRACIAS,DE VERDAD GRACIAS. Frozen es mucho mejor con vosotros formando parte de esto.
A Carla, Sandra y Carmen.
Gran apoyo, mejores amigas.
1
—¿Tienes que trabajar incluso por la mañana? —le reprochó su mujer, mirándole con los labios fruncidos.
Ravn sonrió con culpabilidad. Una noche más había olvidado dormir y despertar junto a su nueva pareja. Ella empezaba a desesperarse, sin comprender por qué hacía lo
que hacía. Y no es que él le culpase, simplemente necesitaba tiempo para sí mismo y su investigación.
—Lo siento —se disculpó, desperezándose igual que un gato—. Hay mucho trabajo últimamente.
—Solo tú trabajas más horas de las que duermes —dijo—. ¿No puedes pasarle ese trabajo a cualquiera de tus compañeros? Yo también te necesito, ¿sabes?
—Vamos, Freyka, no te enfades. Ambos sabemos lo que significa para mí todo esto —señaló el montón de papeles que cubría su escritorio—. Déjalo estar.
Freyka apretó los puños, saltó de la cama y se marchó a la pequeña cocina que tenían en el apartamento donde vivían. Él suspiró, frotándose la nuca. Estaba metiendo
muchísimo la pata con ella, y no le extrañaría en absoluto que algún día decidiera largarse y dejarle solo.
Preocupado por su relación, tomó un descanso y fue detrás de Freyka. La mujer cocinaba de espaldas a él, haciendo movimientos muy bruscos, signo de que estaba
irritada.
—Freyka —murmuró, acariciándole las caderas y besándole la nuca—. Perdóname.
—¿Perdonarte? ¡No hay nada que perdonar, Ravn! —gritó, dejando las cosas de malos modos sobre la encimera—. Lo único que deseo es que te impliques de la misma
forma que yo en esta relación. No abandoné mi vida en Irlanda para esto, maldita sea.
A pesar de todo, él la giró y la aprisionó contra el mueble. Besó suavemente sus labios, primero tanteando el terreno, esperando que ella le apartarse, pero al ver que no
se movía, siguió. Lentamente, Freyka fue cediendo a sus caricias y a su atención, y lo besó con la misma ansia que él.
—No me gusta cuando te enfadas —confesó él, mirándola a los ojos—. Hago todo lo que puedo para ofreceros atención tanto a ti como a mi investigación.
—Bien —volvió a fruncir los labios—, entonces no te importará que te deje un tiempo a solas con ella, así intimaréis mejor.
Atrapó uno de sus mechones castaños entre sus dedos y jugueteó con él mientras buscaba las palabras adecuadas para solucionar aquello de una vez.
—Si necesitas tiempo para ti misma, lo comprenderé, pero no me abandones porque estás celosa de un estúpido trabajo.
—¡Es que no es estúpido para ti, Ravn! Siempre estás pegado a tu móvil y a tu portátil, nunca tienes tiempo para mí.
Iba a responder a esa acusación cuando su teléfono móvil sonó, interrumpiéndolo. Ravn maldijo en su interior. ¿No tenían otro momento para importunarlo?
—¿Ves lo que digo? —dijo ella, ya sin rastro de enfado en su voz—. Cógelo y lárgate, como haces siempre. No te quiero a mi lado hoy.
Antes de que la sujetara por el brazo ella se largó de la cocina. Ravn, cabreado, descolgó el móvil y se lo puso entre la oreja y el hombro para poder tener las manos
libres y terminar de hacer el desayuno.
—Tenemos los pasaportes falsos —dijo al otro lado Sander, su compañero de investigación, emocionado—. Imre nos ha dado vía libre para entrar en FROZE hoy
mismo. ¡Lo hemos conseguido!
Casi se le cayó el teléfono por los nervios y la felicidad. Apagó la tostadora y fue hasta la puerta de la cocina; sobre el sofá, con la bata aún puesta, estaba Freyka,
seguramente atenta a la conversación que mantenía con Sander.
—¿Lo dices en serio? ¿Hoy mismo?
—Claro que sí. ¿No me estás escuchando? Imre dice que ya es hora de que demos el paso definitivo y consigamos pruebas concluyentes para encerrar a los de FROZE.
—Eso es… bueno —dijo Ravn, conmocionado.
—¡Buenísimo! A las cuatro tenemos que quedar en el puerto, un barco nos llevará hasta allí. No tienes que traer nada de equipaje. Solo una chaqueta donde esconder
bien las armas. Veremos si allí no te registran nada más entrar.
—De acuerdo, nos vemos luego. Adiós.
Colgó. Freyka seguía tensa y molesta. Él se acercó al sofá y se le quedó mirando largo rato, hasta que ella, sin poder aguantarlo más, suspiró y se sentó bien.
—Te vas —no había rastro de pregunta o reproche.
—Sí, esta noche. Nos han dado luz verde.
—Me abandonas.
—Freyka, en serio, no puedo irme si estás enfadada conmigo. No te dejo. Tengo que hacer mi trabajo, es lo único que nos mantiene.
—Puedo buscar un trabajo y lo sabes, no tienes por qué ir directo a la horca solo porque te hayan prometido un montón de dinero.—Sabes que no hago esto por dinero
—dijo, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón de pijama—. Llevo mucho tiempo y trabajo invertido en esta investigación, no voy a echarlo por la borda ahora.
Freyka sacudió la cabeza. De repente no comprendía a ese hombre cabezota. ¿Qué había visto en él? No podía pensar en la de veces que se había hecho esa pregunta en
las últimas semanas.
—Ravn, tú sabrás —dijo finalmente, encarándole—. Dejé Irlanda por un sueño que no he conseguido, quizás sería recomendable que volviera con mis padres y
reflexionara un tiempo.
—Así que esta es tu única salida: dejarme —comprendió él, incrédulo. Alzó una ceja—. Estás cometiendo un gran error, Freyka.—Yo creo que no —negó con la cabeza
—. Nos vendrá bien a los dos estar un tiempo separados. Cuando salgas de tu misión imposible, llámame. Voy a recoger mis cosas.
Ravn ni se molestó en seguirla. Si ella quería romper la relación, estaba en su derecho. Quizás era lo mejor, pensó, cogiendo una lata de cerveza de la nevera; perderse de
vista durante algunas semanas decidiría si se querían lo suficiente para seguir con la relación o dejarlo definitivamente.
* * * *
A las cinco de la tarde, en el puerto de Stavanger, Ravn se encontró con su viejo compañero de trabajo y otras juergas memorables. Había pasado todo el día de viaje,
justo después de dejar a Freyka en el aeropuerto y despedirse con un café frío en la mano derecha y un beso en la lejanía de ella. La echaría de menos, por supuesto,
pero tenía otras cosas que requerían su atención.
Viajar de un lado para otro no era plato de buen gusto para nadie, sobre todo teniendo en cuenta que aún quedaba un último paseo en barco.
—¡Ravn! —gritó Sander nada más verlo. Llevaba un gordo abrigo oscuro y una bufanda en el cuello. También lucía guantes a juego. Su pelo color miel era revuelto por la
brisa portuaria, que a su vez también le atacaba las mejillas, enrojeciéndolas—. Por aquí.
Estaba junto a uno de los barcos más grandes del puerto de Stavanger. Carecía de nombre, lo que le sorprendió muchísimo a Ravn, y solo iban dos hombres a bordo.
—¿Iremos aquí? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Sí. Imer ha pagado una buena suma para que parezcamos dos personas huyendo de algo. Esa es la política de FROZE.
Ravn asintió, comprendiendo. Le molestaba un poco que su jefe no le hubiera contado nada de aquello personalmente, pero confiaba en Sander, y eso bastaba. Si tenía
alguna duda llamaría a Imer y hablaría personalmente con él.—Subamos ya, pronto habrá una tormenta.
—Eso no me tranquiliza —dijo Ravn, caminando por la escalera de madera—. FROZE está bastante alejada de aquí —se colocó la mano a modo de visera para poder
ver mejor a través del mar anaranjado.
FROZE se encontraba en el mar de Noruega, a varios kilómetros de allí, en medio de varias islas, donde no podía destacar demasiado. Pocas personas sabían su
ubicación, se habían encargado de esconderla bien.
—Déjalo todo en mis manos. Llegaremos mucho antes de la tormenta —aseguró, optimista.
Se acomodaron en la parte de proa, mientras el capitán, que ni siquiera se molestó en hablar con ellos, manejaba el barco. Ravn observó Stavanger antes de despedirse
mentalmente de los años que había pasado allí, a pesar de que odiaba Noruega con todas sus fuerzas. Solo tenía malos recuerdos de ella.—¿Cómo se lo ha tomado
Freyka? —preguntó Sander pasado un rato, fumando un pitillo y con los codos apoyados en la barandilla.
—Se ha marchado hoy a Irlanda.
—¿En serio? —abrió mucho los ojos, sorprendido—. ¿Por qué?
—Está harta de mí y de mi trabajo. Dice que no le hago caso, y tiene razón, he pasado mucho tiempo con la mente absorbida en este proyecto. Igual es un error que esté
aquí ahora mismo.
—¡Claro que no! —exclamó—. Mira, Freyka está muy colgada, pasada de rosca, ¿comprendes? Te dije que no te liaras con ella, solo le interesa su mierda de arte que no
se vende y tenerte amarrado a ella todo el día. No podía atarte y eso le ha jodido. Lo mejor es que se vaya con cualquier irlandés idiota y forme su familia lejos de ti.
Ravn soltó una carcajada. Sacó un cigarrillo y lo encendió. La nicotina le inundó los pulmones. Hacía días que no disfrutaba de un placer semejante.
—Puede ser —exhaló un largo suspiro y dejó caer las cenizas al agua oscurecida por el anochecer.—No te dejes arrastrar por eso, tenemos una gran misión por delante.
Destrozar FROZE de una vez por todas es nuestro sueño desde que tengo memoria. Por eso nos conocimos, para luchar juntos.
Era cierto. Ravn había llegado un par de años atrás a Oslo con la intención de sentar la cabeza. En el pasado había trabajado en la policía de Italia y de Grecia, pero
ninguna le había llenado tanto como trabajar en las Fuerzas Secretas de Noruega, donde podía conseguir estar mano a mano con el rey.
El trabajo era duro, pero valía la pena. En cuanto sus ojos se posaron en el misterioso caso de aquella ciudad fantasma, supo que aquél era su destino: llegar al alma de
FROZE y destapar sus más oscuros secretos.
Y Sander siempre había peleado a su lado.
—Sí —dijo, y centró su completa atención en las nubes que iban arremolinándose en el horizonte, cubriendo todo el cielo.
Tal y como había dicho Sander, llegaron a la isla antes de que la tormenta arrancase, a pesar de que comenzaba a chispear. FROZE ocupaba gran parte de la isla, dejando
libre solo la orilla y los pequeños bosquecillos que crecían en libertad. En derredor, protegiendo la ciudad, había un enorme muro de la piedra más grande y maciza que
existía. No había una maldita forma de traspasarla, a menos que tuvieras una bomba de varios kilotones.
Los edificios no eran más altos que el muro, exceptuando la central general, edificada en el medio, igual que una torre, pero hecha de cristal. Bastante irónico teniendo en
cuenta la robustez de la muralla.
Según los informes que habían llegado a sus manos, la central servía únicamente para mover los papeles acerca de los ciudadanos que vivían dentro o desaparecían. Allí
se cedían los números y quedaba grabado para siempre.—Impresionante. Esto no puede compararse a las fotografías de satélites.
—Ya —fue lo único que Ravn dijo.
Echó a andar hacia la puerta. El barco quedó en la orilla hasta después de la tormenta. El capitán y su acompañante decidieron parar bajo el resguardo de la torre de
control exterior de FROZE.
Uno de los cuatro guardias que protegían la puerta principal -la única que había allí- los detuvo.
—Identificación.
—Sí, un segundo —Sander sacó los pasaportes falsos y se los entregó.
El guardia echó un vistazo rápido y lo dio por válido.
—Pasaréis a la torre de control interna, allí os concederán vuestro número y habitación.
—Gracias.
Ravn no tuvo que fingir que estaba afligido y dispuesto a terminar con aquellos pensamientos y sentimientos que lo invadían; lo cierto es que necesitaba desconectar. El
único problema que encontraba al plan es que no sabía exactamente cómo se congelaba un corazón, que era la única función de la ciudad: bloquear las emociones
humanas.
Pasaron dentro, y lo que vio le dejó conmocionado. Todos los edificios eran blancos. Sin excepción alguna. Reinaba la armonía allí dentro. Ni siquiera había gente en el
exterior. Lo que más llamaba la atención, aparte de la central, era el enorme edificio, muy parecido al Palacio de Storting, con un enorme jardín que tendría al menos dos
kilómetros a la redonda.
—Joder —murmuró a su lado Sander, quitándose el abrigo, la bufanda y los guantes—. Parece una dimensión diferente.
Ravn cabeceó, dándole la razón. De repente quería quedarse allí toda la vida.
—Esperen aquí —ordenó el guardia del interior, parándolos en seco—. Tendréis que dejar aquí la identificación.
—¿Por qué?
—Órdenes de arriba. Es la mejor forma de recoger información para concederos un número fijo.
—Pensábamos que nos concedían el número nada más entrar —comentó Ravn.
—Y es así, pero luego tiene que ir al archivo de la ciudad —explicó el guardia. El uniforme que lucía era oscuro, casi negro, con un símbolo de estrella de hielo y un
círculo rojo justo en medio. Tapaba sus ojos con unas enormes gafas de sol, igual que el resto, y sobre su oreja izquierda llevaba un pinganillo negro.
«Qué raro». Ravn metió las manos en los bolsillos del pantalón, esperando a que viniese alguien. Estaba muy perdido en cuanto al procedimiento de entrega de
números. Su investigación no había llegado a tanto. Ni siquiera Sander, quien se había infiltrado más entre las personas que supuestamente habían salido de allí hacía
tiempo, conocía el asunto. Estaban completamente perdidos.
Pasaron diez minutos sin que ocurriera nada, y cuando ambos hombres comenzaban a desesperarse, llegaron en un coche pequeño, de color negro y cristales tintados,
dos guardias más y un tipo trajeado y repeinado que esbozaba una sonrisa enorme.
—¡Bienvenidos a FROZE! —saludó alegremente el tipo—. Para nosotros es todo un honor que la gente confíe en nosotros. Aquí todo va tan bien que a veces tenemos
que añadir nosotros algo de emoción.
«¿De verdad? », pensó Ravn, entrecerrando los ojos sobre él.
—Como ya os habrán explicado, aquí funcionamos por números. Es mucho más fácil. Buscamos la manera de romper con nuestro pasado, y para eso, hay que hacerlo
por completo. Por ello debéis despojaros de vuestro nombre y apellidos y cualquier forma de reconocimiento. A partir de ahora seréis una serie numérica.
—Lo entendemos —dijo Sander, muy seguro de sí mismo.
Ravn, en cambio, dudaba de que aquello fuese una buena idea.
—¡Perfecto! —exclamó el tipo, sacando un par de hojas plastificadas—. En estos panfletos encontraréis las normas de FROZE. Son bastantes sencillas, ya lo veréis, y
mientras las cumpláis todas, no habrá problemas. Ante todo queremos que la vida en FROZE sea apacible, sin sobresaltos. La vida fuera de aquí ya es suficientemente
mala como para añadir más, ¿verdad?
Les sonrió durante un par de minutos, mirándolos de hito en hito, asegurándose de que no había nada raro en ellos dos. Y cuando se hubo aseguro de que todo estaba en
orden, chocó las manos y le pidió a uno de sus acompañantes que le entregasen dos pequeñas cajas de madera.
—Aquí están vuestras identificaciones. Son solo dos chapas que deberéis llevar en la ropa para que la gente sepa llamaros por el número correcto. En caso de pérdida
tendréis que avisar inmediatamente para ofreceros otra. Es importante que lo recordéis —insistió.
Ambos hombres cogieron las cajas con el ceño fruncido. Habían esperado algo más espectacular, como chips bajo la piel o algo por estilo. Hasta el momento, FROZE
solo era un lugar para colgados.
—¿Todo en orden? —preguntó.
—Sí, gracias —dijo Sander.
—Bien. Vuestro nuevo hogar es aquella mansión de allí. Se llama Ishtaki, en honor al creador de FROZE. Allí viven los más privilegiados. Cada miembro tiene su propia
habitación y horario. Lo más conveniente es que os leáis las normas y descanséis. Tardaréis un poco en acostumbraros a la vida en FROZE.
—De acuerdo —Sander guardó la cajita en el bolsillo del abrigo.
—Estos dos guardias os acompañarán a la mansión en el coche. Así iréis más rápido. Espero veros en la próxima reunión, en la Central. ¡El director de FROZE estará
encantado de ver nuevas caras!
Ravn dejó pasar el hecho de que el tipo trajeado pareciese un colgado que desayunaba cosas extrañas. No es que le extrañase, después de todo; las cosas en FROZE no
iban bien. Algo muy malo sucedía allí y por eso se encontraba en la ciudad en ese momento. El ambiente que se respiraba en la ciudad no concordaba con lo que se decía
de ella.
Se moría de ganas por empezar a investigar más a fondo.
Siguieron a los dos guardias al interior del coche, y permanecieron en silencio todo el trayecto. A los guardias ni siquiera les importó, actuaban como si ellos no
estuviesen allí dentro. Ravn y Sander intercambiaron una mirada con la intención de hacer saber al otro que tenían mucho que decir al respecto, y eso que no llevaban ni
una hora allí.
Les dejaron en la puerta principal de la mansión. Frente a ellos había más guardias, y también varias personas que tomaban el té en silencio, sin emoción alguna en sus
rostros pálidos y ojerosos.
—Tío, esto apesta por todos lados —Sander silbó, recorriendo con sus ojos la estructura de la que sería su nueva casa—. Mira a todos esos ahí parados como si nada.
—Dan la impresión de estar drogados. No puedo creer que realmente no sientan nada.
—Bueno, para eso estamos aquí ¿no? Si algo va mal, nosotros lo descubriremos.
Pasaron al interior, que era mucho más lujoso que a simple vista. Las paredes estaban desprovistas de cuadros o pinturas, pero eso no significaba que dejara de llamar la
atención; el color beige, los muebles robustos llenos de inscripciones y las vetustas alfombras del suelo daban a entender en un simple vistazo que allí sobraba el dinero
y la buena intención de usarlo.
—Demonios —masculló Ravn—, con lo que vale todo esto podría costearme una mansión en mitad de Noruega.
Sander soltó una carcajada.
—Impresiona ¿eh? No tengo ni idea de por qué la gente se larga de aquí, yo podría vivir mi vida en este lugar y ser el rey.
—¿Y qué harías cuando no tuvieras sentimientos?
—Tomar el té por la noche mientras llueve —bromeó.
Caminaron con lentitud hacia el final del pasillo con la intención de preguntar cuáles ib

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