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Libro PDF Hija De La Fortuna – Isabel Allende

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talento especial y Eliza Sommers
descubrió temprano que ella tenía dos:
buen olfato y buena memoria. El primero
le sirvió para ganarse la vida y el
segundo para recordarla, si no con
precisión, al menos con poética
vaguedad de astrólogo. Lo que se olvida
es como si nunca hubiera sucedido, pero
sus recuerdos reales o ilusorios eran
muchos y fue como vivir dos veces.
Solía decirle a su fiel amigo, el sabio
Tao Chi´en, que su memoria era como la
barriga del buque donde se conocieron,
vasta y sombría, repleta de cajas,
barriles y sacos donde se acumulaban
los acontecimientos de toda su
existencia. Despierta no era fácil
encontrar algo en aquel grandísimo
desorden, pero siempre podía hacerlo
dormida, tal como le enseñó Mama
Fresia en las noches dulces de su niñez,
cuando los contornos de la realidad eran
apenas un trazo fino de tinta pálida.
Entraba al lugar de los sueños por un
camino muchas veces recorrido y
regresaba con grandes precauciones
para no despedazar las tenues visiones
contra la áspera luz de la consciencia.
Confiaba en ese recurso como otros lo
hacen en los números y tanto afinó el
arte de recordar, que podía ver a Miss
Rose inclinada sobre la caja de jabón de
Marsella que fuera su primera cuna.
–Es imposible que te acuerdes de
eso, Eliza. Los recién nacidos son como
los gatos, no tienen sentimientos ni
memoria -sostenía Miss Rose en las
pocas ocasiones en que hablaron del
tema.
Sin embargo, esa mujer mirándola
desde arriba, con su vestido color
topacio y las hebras sueltas del moño
alborotadas por el viento, estaba
grabada en la memoria de Eliza y nunca
pudo aceptar la otra explicación sobre
su origen.
–Tienes sangre inglesa, como
nosotros -le aseguró Miss Rose cuando
ella tuvo edad para entender-. Sólo a
alguien de la colonia británica se le
habría ocurrido ponerte en una cesta en
la puerta de la “Compañía Británica de
Importación y Exportación”. Seguro
conocía el buen corazón de mi hermano
Jeremy y adivinó que te recogería. En
ese tiempo yo estaba loca por tener un
hijo y tú caíste en mis brazos enviada
por el Señor, para ser educada en los
sólidos principios de la fe protestante y
el idioma inglés.
–¿Inglesa tú? Niña, no te hagas
ilusiones, tienes pelos de india como yo
-refutaba Mama Fresia a espaldas de su
patrona.
El nacimiento de Eliza era tema
vedado en esa casa y la niña se
acostumbró al misterio. Ése, como otros
asuntos delicados, no lo mencionaba
ante Rose y Jeremy
Sommers, pero lo discutía en
susurros en la cocina con Mama Fresia,
quien mantuvo invariable su descripción
de la caja de jabón, mientras que la
versión de Miss Rose fue adornándose
con los años hasta convertirse en un
cuento de hadas. Según ella, la cesta
encontrada en la oficina estaba
fabricada del mimbre más fino y forrada
en batista, su camisa era bordada en
punto abeja y las sábanas orilladas con
encaje de Bruselas, además iba
arropada con una mantita de piel de
visón, extravagancia jamás vista en
Chile. Con el tiempo se agregaron seis
monedas de oro envueltas en un pañuelo
de seda y una nota en inglés explicando
que la niña, aunque ilegítima, era de muy
buena estirpe, pero Eliza nunca
vislumbró nada de eso. El visón, las
monedas y la nota desaparecieron
convenientemente y de su nacimiento no
quedó rastro. La explicación de Mama
Fresia, sin embargo, se parecía más a
sus recuerdos: al abrir la puerta de la
casa una mañana a finales del verano,
encontraron una criatura de sexo
femenino desnuda dentro de una caja.
–De mantita de visón y monedas de
oro, nada. Yo estaba allí y me acuerdo
muy bien. Venías tiritando en un chaleco
de hombre, ni un pañal te habían puesto,
y estabas toda cagada. Eras una mocosa
colorada como una langosta recocida,
con una pelusa de choclo en la coronilla.
Ésa eras tú. No te hagas ilusiones, no
naciste para princesa y si hubieras
tenido el pelo tan negro como lo tienes
ahora, los patrones habrían tirado la
caja en la basura -sostenía la mujer.
Al menos todos coincidían en que la
niña entró en sus vidas el 15 de marzo
de 1832, año y medio después de la
llegada de los Sommers a Chile, y por
esa razón designaron la fecha como la
de su cumpleaños. Lo demás siempre fue
un cúmulo de contradicciones y Eliza
concluyó finalmente que no valía la pena
gastar energía dándole vueltas, porque
cualquiera que fuese la
verdad, de ningún modo podía
remediarse. Lo importante es lo que uno
hace en este mundo, no cómo se llega a
él, solía decirle a Tao Chi´en durante los
muchos años de su espléndida amistad,
pero él no estaba de acuerdo, le
resultaba imposible imaginar su propia
existencia separado de la larga cadena
de sus antepasados, quienes habían
contribuido no sólo a darle sus
características físicas y mentales, sino
que también le habían legado el karma.
Su suerte, creía, estaba determinada por
las acciones de los parientes que habían
vivido antes, por eso se debía honrarlos
con oraciones diarias y temerlos cuando
aparecían en espectrales ropajes a
reclamar sus derechos. Tao Chi´en podía
recitar los nombres de todos sus
antepasados, hasta los más remotos y
venerables tatarabuelos muertos hacía
más de un siglo. Su mayor preocupación
en los tiempos del oro consistía en
regresar a morir en su pueblo en China
para ser enterrado junto a los suyos; de
lo contrario su alma vagaría para
siempre a la deriva en tierra extranjera.
Eliza se inclinaba naturalmente por la
historia de la primorosa cesta -a nadie
en su sano juicio le gusta aparecer en
una caja de jabón ordinario- pero en
honor a la verdad no podía aceptarla. Su
olfato de perro perdiguero recordaba
muy bien el primer olor de su existencia,
que no fue el de sábanas limpias de
batista, sino de lana, sudor de hombre y
tabaco. El segundo fue un hedor montuno
de cabra.
Eliza creció mirando el mar Pacífico
desde el balcón de la residencia de sus
padres adoptivos. Encaramada en las
laderas de un cerro del puerto de
Valparaíso, la casa pretendía imitar el
estilo en boga entonces en Londres, pero
las exigencias del terreno, el clima y la
vida de Chile habían obligado a hacerle
modificaciones sustanciales y el
resultado era un adefesio. Al fondo del
patio fueron naciendo como tumores
orgánicos varios aposentos sin ventanas
y con puertas de mazmorra, donde
Jeremy Sommers almacenaba la carga
más preciosa de la compañía, que en las
bodegas del puerto desaparecía.
–Éste es un país de ladrones, en
ninguna parte del mundo la oficina gasta
tanto en asegurar la mercadería como
aquí. Todo se lo roban y lo que se salva
de los rateros, se inunda en invierno, se
quema en verano o lo aplasta un
terremoto -repetía cada vez que las
mulas acarreaban nuevos bultos para
descargar en el patio de su casa.
De tanto sentarse ante la ventana a
ver el mar para contar los buques y las
ballenas en el horizonte, Eliza se
convenció de que era hija de un
naufragio y no de una madre
desnaturalizada capaz de abandonarla
desnuda en la incertidumbre de un día de
marzo. Escribió en su diario que un
pescador la encontró en la playa entre
los restos de un barco destrozado, la
envolvió en su chaleco y la dejó ante la
casa más grande del barrio de los
ingleses. Con los años concluyó que ese
cuento no estaba mal del todo: hay cierta
poesía y misterio en lo que devuelve el
mar. Si el océano se retirara, la arena
expuesta sería un vasto desierto húmedo
sembrado de sirenas y peces agónicos,
decía John Sommers, hermano de
Jeremy y Rose quien había navegado por
todos los mares del mundo y describía
vívidamente cómo el agua bajaba en
medio de un silencio de cementerio,
para volver en una sola ola descomunal,
llevándose todo por delante. Horrible,
sostenía, pero al menos daba tiempo
para escapar hacia las colinas, en
cambio en los temblores de tierra las
campanas de las iglesias repicaban
anunciando la catástrofe cuando ya todo
el mundo escapaba entre los escombros.
En la época en que apareció la niña,
Jeremy Sommers tenía treinta años y
empezaba a labrarse un brillante futuro
en la “Compañía Británica de
Importación y Exportación”. En los
círculos comerciales y bancarios gozaba
fama de honorable: su palabra y un
apretón de manos equivalían a un
contrato firmado, virtud indispensable
para toda transacción, porque las cartas
de crédito demoraban meses en cruzar
los océanos. Para él, carente de fortuna,
su buen nombre era más importante que
la vida misma. Con sacrificio había
logrado una posición segura en el
remoto puerto de Valparaíso, lo último
que deseaba en su organizada existencia
era una criatura recién nacida que
viniera a perturbar sus rutinas, pero
cuando Eliza cayó en la casa no pudo
dejar de acogerla, porque al ver a su
hermana Rose aferrada a la chiquilla
como una madre, le flaqueó la voluntad.
Entonces Rose tenía sólo veinte
años, pero ya era una mujer con pasado
y sus posibilidades de hacer un buen
matrimonio podían considerarse
mínimas. Por otra parte, había sacado
sus cuentas y decidido que el
matrimonio resultaba, aún en el mejor de
los casos, un pésimo negocio para ella;
junto a su hermano Jeremy gozaba de la
independencia que jamás tendría con un
marido. Había logrado acomodar su
vida y no se dejaba amedrentar por el
estigma de las solteronas, por el
contrario, estaba decidida a ser la
envidia de las casadas, a pesar de la
teoría en boga de que cuando las
mujeres se desviaban de su papel de
madres y esposas les salían bigotes,
como a las sufragistas, pero le faltaban
hijos y ésa era la única congoja que no
podía transformar en triunfo mediante el
ejercicio disciplinado de la
imaginación. A veces soñaba con las
paredes de su habitación cubiertas de
sangre, sangre ensopando la alfombra,
sangre salpicada hasta el techo, y ella al
centro, desnuda y desgreñada como una
lunática, dando a luz una salamandra.
Despertaba gritando y pasaba el resto
del día desorbitada, sin poder librarse
de la pesadilla. Jeremy la observaba
preocupado por sus nervios y culpable
por haberla arrastrado tan lejos de
Inglaterra, aunque no podía evitar cierta
satisfacción egoísta con el arreglo que
ambos tenían. Como la idea del
matrimonio jamás se le había pasado
por el corazón, la presencia de Rose
resolvía los problemas domésticos y
sociales, dos aspectos importantes de su
carrera. Su hermana compensaba su
naturaleza introvertida y solitaria, por
eso soportaba de buen talante sus
cambios de humor y sus gastos
innecesarios. Cuando apareció Eliza y
Rose insistió en quedarse con ella,
Jeremy no se atrevió a oponerse o
expresar dudas mezquinas, perdió
galantemente todas las batallas por
mantener al bebé a la distancia,
empezando por la primera cuando se
trató de darle un nombre.
–Se llamará Eliza, como nuestra
madre, y llevará nuestro apellido –
decidió Rose apenas la hubo
alimentado, bañado y envuelto en su
propia mantilla.
–¡De ninguna manera, Rose! ¿Qué
crees que dirá la gente?
–De eso me encargo yo. La gente
dirá que eres un santo por acoger a esta
pobre huérfana, Jeremy. No hay peor
suerte que no tener familia. ¿Qué sería
de mí sin un hermano como tú? – replicó
ella, consciente del espanto de su
hermano ante el menor asomo de
sentimentalismo.
Los chismes fueron inevitables,
también a eso debió resignarse Jeremy
Sommers, tal como aceptó que la niña
recibiera el nombre de su madre,
durmiera los primeros años en la pieza
de su hermana e impusiera bullicio en la
casa. Rose divulgó el cuento increíble
de la lujosa cesta depositada por manos
anónimas en la oficina de la “Compañía
Británica de Importación y Exportación”
y nadie se lo tragó, pero como no
pudieron acusarla de un desliz, porque
la vieron cada domingo de su vida
cantando en el servicio anglicano y su
cintura mínima era un desafío a las leyes
de la anatomía, dijeron que el bebé era
producto de una relación de él con
alguna pindonga y por eso la estaban
criando como hija de familia. Jeremy no
se dio el trabajo de salir al encuentro de
los rumores maliciosos. La
irracionalidad de los niños lo
desconcertaba, pero Eliza se las arregló
para conquistarlo. Aunque no lo admitía,
le gustaba verla jugando a sus pies por
las tardes, cuando se sentaba en su
poltrona a leer el periódico. No había
demostraciones de afecto entre ambos,
él se ponía rígido ante el mero hecho de
estrechar una mano humana, la idea de
un contacto

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