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Libro PDF Hijos de Alcant Despertares Sonia Córdoba

Hijos de Alcant Despertares Sonia Córdoba

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Dicen que Dios creó un universo infinito, un espacio del cual por definición el hombre nunca encontrará sus límites. Un lugar que existe desde tiempo inmemorable.
Nadie está en condiciones de afirmar, intuir, o juzgar el propósito de Dios al crear al hombre. La iglesia infiere que es la perfección absoluta, por lo cual quedaría
exento de cualquier necesidad. Ningún ser humano está capacitado para indagar en el propósito de un dios, de “Dios”, el ser supremo.
Toda acción del Señor, dada su perfecta pureza, conlleva el significado de algo bueno, del bien más ilimitado que pudiera existir. Así que el hombre entiende este
hecho como una prueba del acto más desinteresado y perfecto de altruismo y amor. Lejos de cualquier grado de autosatisfacción, debido a que su absoluta perfección le
exonera de necesidad alguna.
Siquiera de la creación.
Al contrario, realizó lo que la iglesia llama “un acto de misericordia pura e infinita”.
¿Por qué lo hizo?
En un principio nadie, cristiano o no, puede dudar del regalo otorgado: La vida. Pero no conocemos los motivos de algo que, con total seguridad, se gestó durante
millones de siglos antes de nuestra existencia.
Nuestra historia parte de ese instante de bondad magnánima y absoluta.
La iglesia nos aferra a él, solo dando valor al regalo, haciendo hincapié constante en ese acto de sublime misericordia. Un acto del que el hombre, en su fingido libre
albedrío, nunca conocerá con exactitud el origen, el motivo del mismo. Aquello que la iglesia, por inexplicable para ella misma, denomina “el plan divino”.
Una iglesia que, distrayéndonos con la sublime importancia de ese hecho que nos otorgó sin nada a cambio, jamás nos hablará de las consecuencias reales que tuvo
aquella decisión. Porque en el fondo, muy pocos de los que conforman la misma las conocen.
En los momentos de dudas y falta de fe, la iglesia nos repite una y otra vez que fuimos creados a su imagen y semejanza, cuando el mundo tiene claro que ninguno de
sus habitantes guarda parecido alguno con un dios. En momentos caóticos, en los que el mundo se revuelve en sus mismas entrañas, viendo como esa creación se dirige
sin remisión a su propia autodestrucción, asolada por guerras, hambre, injusticias, vanidades y todo tipo de perversiones, la iglesia pide que nos alejemos del mal.
Pero no nos cuenta porque el mal nos acecha. El error que supuso que, el hasta el momento único universo que existía, aquel que no podemos ver, se fracturara
dividiéndose en tres partes. Un error con el que acabaría por convertir su nueva creación, desde el mismo instante de su gestación, en el objetivo principal a través del
cual serle arrebatado su reinado.
Si fuimos creados de su yo, ¿por qué el mal nos corrompe extendiendo su sombra sobre aquello que nació de la luz? Si nos creó con esa equivalencia, si Dios es tan
“terrenal” como nosotros en su interior, entonces cometió un error tremendamente humano.
El hombre jamás conocerá los motivos.
Muy pocos conocen la realidad en la que estamos inmersos. La batalla constante que se cierne sobre nosotros, y que nos sitúa justo en medio. Del lento movimiento
de las sombras, que tratan de acercarse cada vez más a ese arma que les permita enfrentarse cara a cara con Dios. La única llave que le abrirá de nuevo las puertas del
paraíso a través del hombre, lo hará a través de la destrucción del mismo. La manera de provocarle, de hacer que él quebrante esas leyes que le obligan a mostrarse
oculto, es hacerlo a través de su propia esencia. Martilleando, una y otra vez, esa infinita bondad que le consume por dentro. Haciéndole daño a través del dolor que le
provoca ver nuestro sufrimiento. Observando la perversión de su creación.
El ser bueno, magnánimo y misericordioso, llegará un instante en el que no pueda soportar su propia angustia. Acabará consumiéndose toda su benevolencia y
mostrará el reducto de su ira. Y entonces, solo entonces, volverán a abrirse de nuevo las puertas del cielo. Y como consecuencia de ello también lo harán las del infierno,
aquellas que en su interior albergan a los más de trescientos mil ángeles que siguieron a Lucifer en su descenso al inframundo.
Cuando llegue ese instante, la humanidad quedará en el centro.
Si el Diablo consigue los sellos, y Dios no acaba por mostrarse, entonces seremos historia. Nuestra raza será aniquilada, o subyugada bajo el látigo del Anticristo.
Durante siglos han guardado una verdad, oculta tras el velo de una mentira que solo unos pocos conocen. La iglesia silencia todo eco de esa verdad, la misma que nos
acecha tras la sombra de la llegada del falso dios.
Todo comenzó con el pecado original. La mancha que Lucifer consiguió que fuera parte de nuestro ser, con la aquiescencia de Dios. Esa mancha oscura que en unos
prevalece sobre el resto de nuestra esencia, instigada por ese erróneo mal albedrío, cambiando casi desde su mismo origen la perfecta concepción con la que Dios nos
creó.
Ya no todos los hombres éramos buenos.
Luego fueron Los Jinetes. Ellos se encargaron de alimentar esa semilla, expandiéndola sobre la faz de la tierra.
Mientras continúa la búsqueda, y su presencia entre nosotros, el mal seguirá extendiendo su manto, haciendo que el mundo se desangre, supurando poco a poco de
esa herida que hace que nos destruyamos los unos a los otros.
Nunca sabremos los motivos que llevaron a Dios a tener que crear simultáneamente otro mundo: El infierno.
Las sagradas escrituras solo indican la causa que influyó en el ser humano. Es la Profecía la que nos anuncia las consecuencias del error.
¿Por qué creo Dios una vida, cuando ya existía vida?
En ese otro mundo, el primero de todos, al que la iglesia denomina genéricamente Cielo, porque lo único conocido es que se encuentra en algún lugar por encima del
nuestro, ya existía vida. Los ángeles lo poblaban en absoluta armonía.
Criaturas bellas, obedientes, reverentes e inteligentes, dotadas de dones, creados de la nada por el infinito poder de Dios, para servir y adorar a este. Tal vez esa
misma armonía, esa casi perfección de unos seres más asemejados a su imagen que nosotros, fue la que hizo dudar a Dios de su propia magnanimidad. Plantearse una
cuestión que ahondaba en lo más profundo de su ser…. ¿Le adoraban por voluntad propia, o porque así lo había decidido él? ¿Reconocían su misericordia, o solo lo
hacían porque por su propia naturaleza se veían obligados a ello?
Tal vez Dios decidió crear una nueva raza, cuestionándose que no podía existir ningún tipo de albedrío cuando los ángeles reconocían que eran parte de algo superior
a ellos. Algo capaz de haberlos creado.
Los ángeles vivían constantemente observando el poder supremo de Dios. Nacidos con el único fin de rodear y alabar a su creador. Por el contrario el hombre, frágil y
desprovisto de don alguno a diferencia de los ángeles, sin ningún tipo de atributo divino, viviría lejos del permanente reflejo de su poderoso yugo. Sin ninguna influencia
externa, viviendo una vida que no iría dedicada a Dios en exclusiva. Él debería ser el fin último al que ellos mismos se dirigieran por propia voluntad. Podrían construir
su propio mundo y, desde su evolución, Dios sabría si lejos de él elegían su senda, si su naturaleza nacida de un designio divino, les conducía por ese mismo camino de
armonía por el que transitaban los ángeles bajo su presencia.
Por otra parte, esa nueva creación le permitiría ofrecerles una nueva razón de ser a sus ángeles, otorgándoles una misión diferente a aquella que pensaba había
provocado ese primer error, adorarle y servirle. Dado que él limitaría su intervención directa, serian estos los encargados de proteger, aconsejar y salvaguardar la nueva
raza, convirtiéndoles en mediadores, custodios, protectores y ministros de la justicia divina.
Los ángeles pasarían a ser los llamados “Ángeles de la Guarda” de la humanidad. Los mensajeros del designio de Dios. Mientras que los Siete Arcángeles, príncipes
rectores de la jerarquía angelical; los representantes directos de Dios; Lo arquitectos del Orden Universal; los siete iluminados, cada uno de ellos con una misión por
encima de sus hermanos los ángeles, velarían por todos ellos.
El hombre debería creer por sí mismo, porque aunque en ocasiones Dios sugiriera su presencia, se impuso no mostrarse.
Para asegurarse, creó el Pergamo.
Un rulo lacrado por siete sellos, a través de los cuales limitó su propia intervención, como pautas o avisos para la humanidad en caso de necesidad. Cada uno de ellos
con una consecuencia, serían advertencias a través de las cuales Dios indicara al hombre la necesidad de corregir su camino. Pruebas que este debiera interpretar y
superar para demostrar la pureza de su alma. La reciprocidad para con su prójimo, de esa misericordia por la que fuimos creados.
A ese Pergamo, Dios añadió posteriormente otra cosa…
Nadie sabe en realidad que se esconde tras el “plan divino”. No sabemos si lo que acontece es fruto de un error, o tal vez lo dispuso así. ¿Por qué justo antes de que
Lucifer regresara a los cielos, tras cumplir el encargo de su creador, Dios escribió con su propia sangre una profecía que adjuntó al Pergamo? Una profecía que advertía al
hombre del terrible futuro que acabaría acechándole.
Si Dios sabía de ello, si predijo el inquietante cambio que el contacto de Lucifer con los humanos iba a provocar… ¿Cuál es el papel del hombre en esa batalla, y por
qué consintió ese acercamiento?
Tras completar su creación, cuando creó el mundo que el hombre iba a habitar, y con posterioridad a este, cayó en la cuenta de que el ser humano, aunque carente de
las virtudes de los ángeles, contenía la misma naturaleza que le impedía comprobar la razón de sus actos. Nacidos del ser supremo que no alberga mal alguno, el hombre
quedaba desprovisto de la opción de elección, ya que no conocía el mal. Por lo que para ellos solo había una clara dirección…, el bien. No solo eran sus hijos, sino que
su esencia reflejaba la de él. Una creación que vulneraba el principal objetivo de la misma. Como los ángeles, tenían el camino señalado. No serían ellos quienes lo
encontraran.
El error fue que, al igual que no transmitió el libre albedrío de origen entre los ángeles, tampoco lo hizo con el hombre. Ni siquiera Dios, en su absoluta misericordia,
era capaz de transmitir un ápice de maldad o tentación en ninguna de sus creaciones. No podía extrapolar a sus hijos algo que en realidad no habita en él. Por pura
definición, le era imposible provocarlo de forma directa.
Desde el inicio nos puso la primera prueba, disfrutar del paraíso a nuestro antojo. Un lugar libre con una única excepción, el árbol prohibido, el árbol del
conocimiento. Nos lo mostró y nos advirtió, y el hombre, despojado de toda maldad y de cualquier capacidad de ser tentado, cumplió la norma. Éramos como él, y
hacíamos lo que el dictaminaba. Aquella propuesta ni siquiera supuso un leve conflicto interno en las cabezas de Adán y Eva. Si aquella presencia que decía ser nuestro
creador decía que así era, así sería.
La solución elegida para corregir este defecto, esa carencia, fue el desencadenante de todo lo que aconteció después. El momento en que Dios alteró la conciencia de
sus creaciones, después de darlas por finalizadas, y lo hizo poniendo a ambas en contacto por primera vez.
Lucifer, dotado por el Creador con su propia gloria, majestad y poder, su ángel predilecto, fue el elegido para tentar al hombre. Su extensa inteligencia le permitía
conocer a su creador como ningún otro ser puede hacerlo, ya que era él, el guardián de su trono, quien estaba más cerca de Dios. Aquel Querubín ungido, el más exaltado
de los seres celestiales creados y en el que más confiaba. Íntimamente ligado e identificado con la administración del gobierno de Dios, era conocedor del plan de este
para el hombre…, y de las reglas que se había auto impuesto.
Lucifer era el más claro exponente de la luz y la bondad, así que tampoco albergaba en su interior la capacidad de provocar no solo mal, sino siquiera duda alguna. Fue
Dios quien le otorgó las capacidades necesarias para poner a prueba a su nueva creación, y quien dotó de ese poder oscuro a un ángel…
… que ya era el más poderoso de por sí.
I
El comienzo de
todas las eras.
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La historia de la humanidad comenzó a escribirse justo antes de su propio nacimiento. Un único libro en una librería enclavada en algún recóndito lugar de ese universo
infinito, situada en otra dimensión diferente a la que el hombre habita, para de esta manera creerse aún más poseedor de su propio destino.
Un lugar construido de un material similar al más puro de nuestros mármoles, formando las paredes más inmaculadas y simétricas que el ser humano haya sido capaz
de imaginar jamás. Sin aristas, grietas, ni una sola impureza o veta en los ángulos que pudiera hacernos pensar que se construyera con más de una pieza. Coronada en
una cúpula del cristal más transparente, en el cual ningún reflejo pudiera hacernos intuir que se encuentra ahí. Un techo por el cual la luz entra golpeando las paredes,
haciendo brillar su interior con la más cálida y pura de las luces. La misma que sus refulgentes paredes siguen haciendo notar incluso cuando la oscuridad se cierne sobre
la cúpula, alentadas con timidez por el brillo de la luna. Como una luciérnaga brillando en las profundidades de la noche, o la última estrella que brilla refulgente en lo
más recóndito del infinito.
En el interior de esa edificación repleta de luz y embriagadora paz, una única mesa cuadrada se levantaba construida del mismo material que las paredes, en el
epicentro exacto de la misma, convirtiéndose en el único mobiliario, acompañada de un sencillo y pequeño taburete que, como ella, simulaba nacer del mismo suelo o
fundirse con él. Sobre la mesa, en perfecta alineación, justo en el centro, un libro. Un libro cuya portada negra, sin letras, solo adornada por una cruz dorada cuyo stipes
y patibullum alcanzaban los márgenes vertical y horizontal de la misma, resaltaba con notoriedad entre los destellos blanquecinos del lugar.
De repente, la cúpula explotó con gran estruendo, proyectando los cristales hacia el interior, como si hubiera sido golpeada por el huracán más potente jamás
imaginado, capaz de reventar aquella estructura tan frágil en apariencia como férrea en realidad. Un huracán acompañado de una oscuridad que de la misma nada en que
se oculta ese lugar, pareció inundarlo todo de súbito. Tal eran las tinieblas que arrastraba, que el propio lugar, nacido y construido sobre la luz, dejó por un instante de
brillar, como si aquel extraño mármol se volviese opaco de pronto.
Como un fatal presagio de la tormenta que iba a desatarse en aquel lugar, y que removería los cimientos de todo el universo.
La corriente hizo abrirse el libro justo por su primera página. Una página en blanco de un libro que aún no había sido empezado, y que ahora tenía incrustado un
cristal que, como una daga, lo había herido antes de nacer.
Quién sabe si de muerte.
El mismo día en que ese libro debía iniciarse, el día que Dios creó la raza humana, los renglones sobre los que se haría ya habían sido rasgados de antemano.
Las puertas de san Pedro son un título humano otorgado de forma honorifica para resaltar y recalcar la autoridad de Simón “el pescador”, el Apóstol considerado el
primer Papa. Como humana es la representación de esas mismas puertas, simbolizadas como una brillante entrada de barrotes dorados. Ese lugar ya existía antes de
Pedro, antes que el propio mundo que conocemos como tal. Es más, ni siquiera son unas puertas. Es una entrada que surge en un lugar de la nada, donde un pasadizo de
suelos tan blancos y radiantes que su propia luz los oculta bajo los pies, un pasillo destellante entre la oscuridad, nos dirige al final de un túnel donde esa luz parece
estallar por doquier. Un lugar creado no precisamente para que las almas que eligieran su camino llegaran al creador a través de él, sino con la finalidad de que su enviado
pudiera llegar a nosotros para poder llevar a cabo la tarea que le había sido encomendada. La misma puerta que, una vez abierta, abre también las puertas de aquel otro
lugar que sobre la marcha mando construir, anticipándose a los acontecimientos posteriores, alejado de su cielo y a la vez del mundo del hombre.
Pero que confluye en un mismo trayecto cada vez que el cielo se abre.
De manera metafórica, sin imaginarse lo que esa simbología representa en realidad, el hombre imagina el cielo como un paraíso que de alguna manera se sustenta sobre
nuestras cabezas, sobre la tierra, y el infierno como el inframundo que arde de manera constante bajo nosotros, situándonos justo en medio de ambos. En medio de dos
mundos destinados a enfrentarse durante toda la eternidad.
El enviado regresó tras llevar a cabo su cometido. De la forma más eficiente siquiera imaginada por aquel que se lo encargó. Luzbel se mostraba radiante, pleno y
orgulloso de lo que había logrado, y sobre todo de lo que había sentido en aquel lugar llamado tierra, rodeado de aquellos mortales frágiles y moldeables, al amparo de lo
que había descubierto.
Se trataba de un mero placebo, de un libre albedrío mal interpretado por puro desconocimiento.
Henchido de una desconocida vanidad ante el descubrimiento de un mundo que seguiría siendo dirigido, fuese cual fuese sus decisiones. A diferencia de ellos, sus
ángeles, no podrían ser conscientes ante la no intervención directa del padre de todos ellos. Esas mismas elucubraciones, durante su regreso, le hicieron caer en la cuenta
de que él mismo no era dueño de su propio destino. No eran tan libres como estaban convencidos. Convencidos por él. Conocedor desde un principio, dada su posición
prioritaria entre los Arcángeles, del ideario de la nueva obra desde el preciso instante en que fue concebida, sabía muy bien qué y cómo se encargaría de pastorear al
rebaño desde la invisibilidad, desde el más absoluto de los incognitos, manipulando al redil si este se torcía más allá de lo previsto. Consciente de lo que el propio
Luzbel fue encargado de implantar.
Conocía de primera mano la existencia de El Rulo y lo que este contenía, Los Sellos.
No es lo mismo dotar al humano débil y frágil de ese sentido, que hacerlo en aquel que es llamado «El portador de la luz», el único capaz de hacer brillar esta en la
más decadente de las penumbras.
No le extrañó que en el momento de su regreso solo fuese recibido por Raguel, “El Amigo de Dios”, el ángel del orden, la justicia, la esperanza y la armonía. El ser
celestial ideal para sanar argumentos y resolver pequeños conflictos que, como una gota en el desierto, salpicaban de manera tan efímera como inhabitual aquel mundo
armónico. Este era uno de los siete arcángeles de un grupo en principio compuesto por ocho, y cuyo principal referente era aquel que fue recogido tras su ascensión de
la tierra, donde hubo completado la misión que su señor le había encomendado.
Siempre fue Raguel el encargado de mantener la paz.
Nunca ninguna vulneración de las normas, ninguna conducta fugazmente inapropiada, ningún acto inusual, requirió más justicia que la que su razón y presencia
imponían. Nunca antes debió llevar a un semejante ante el mismísimo Creador, y menos imaginó que de hacerlo sería con, hasta ese instante, uno de los ocho arcángeles.
Aquel cuya jerarquía, cercanía, y confianza divina, se imponía sobre la de los otros siete.
Tras cruzar la pasarela escoltado por Raguel, un infinito remanso de paz y cálida luminosidad se extendía más allá de donde la vista pudiera alcanzar. Un mundo
compuesto en su totalidad por la armonía y el fulgor que lo inundaba por completo, sin dejar apreciar siquiera los cimientos sobre los que se sustentaba. Una extensa
llanura sin fin, que, como una fina lamina de hielo puro, desprendía una especie de vaho que emergía simulando acolchar el suelo. Situándose sobre el destello que todo
lo envolvía, delimitaba en algún lugar con aquello que bajo ella no se veía, y con el azul celeste y constante que presidia sus cabezas.
Un mundo perfecto y equilibrado, lleno de paz, cuya eterna tranquilidad estaba a punto de verse quebrantada para siempre.
Durante varios centenares de metros, los dos arcángeles caminaron sin romper un silencio que no había sido retado hasta el momento. Miles de ángeles se agolpaban a
ambos lados, observándolos caminar, sin que sus bellos rostros pudiesen ocultar un gesto de preocupación desconocido hasta el instante. Cuerpos con el torso
perfectamente esculpido. Fibrosas piernas y brazos donde se podía apreciar cada músculo. Solo el color de su pelo, rostro y manos, quedaban visibles. Envueltos en un
ajustado traje de un blanco inmaculado que parecía una segunda piel, y los camuflaba con aquel entorno repleto de pureza. Con un físico similar al de la raza humana, a
la que con seguridad sirviera de patrón. Hombres y mujeres que no se distinguían entre sí por ese motivo, dado que entre ellos no existía sentido de la sexualidad. Todos
ellos con sus grandes alas, formadas por aquellas suaves plumas inmaculadas, cuya apariencia destilaba placer con solo imaginar su mullido y suave tacto, plegadas
formando un corazón a sus espaldas, dibujado entre aquel tupido vellón que coronaba sus omóplatos. Sus cuerpos eran bellos, cercanos a la perfección absoluta con que
su creador les hizo. Sus rostros, hermosos, carecían de impurezas, y sus ojos transmitían el brillo de una existencia plena de la que solo conocían aquello para lo que
habían sido creados. Disfrutando sin incertidumbre, sin dudas ni preguntas, orgullosos de saberse elegidos por aquel que todo lo puede y todo lo dicta.
En algún punto de aquel océano de luz, al final de aquel pasillo angelical, este se abría y cientos de miles de figuras se agrupaban creando un inmenso semi círculo. Se
agolpaban curiosos, reunidos a punto de presenciar algo que sus mentes jamás pudieron siquiera imaginar.
Un primer juicio cuyo efecto sería el que acabaría condenando a la humanidad, precipitándola sin remisión a un irremediable e insalvable juicio final.
El ser supremo, el ser magnánimo y misericordioso, había sido ofendido. Negado. Y estaba a punto de verse traicionado. No había ocurrido aún, pero él era el creador
de aquél basto universo, y conocía las consecuencias de nuestros actos incluso antes de que estos mismos se produjeran.
Pudo observarle desde su trono en algún lugar de aquel paraíso. Mientras susurraba a sus primeros humanos, corrompiéndoles en su propio nombre hasta conseguir
que le negaran a él. Observó cada uno de sus gestos, el hilo de su argumentación, cada sentimiento y vehemencia con que ponía énfasis en cada palabra, trenzando de ese
modo el influjo nefasto que iba tejiendo con aquel pequeño halo de vanidad y perversión que Dios le insufló para llevar a cabo su cometido. Aquella altivez se extendía
dentro de él, alimentando una conciencia de la que antes carecía. Un pensamiento único y liberado, putrefacto y exento de caridad, que avanzaba por dentro de sus
entrañas, como una sombra capaz de aplastar aquella luz divina que le acompañara desde su creación.
Aquel encargo, aquella en principio simple tarea que debía activar en el ser humano el libre albedrío, había alumbrado unas consecuencias inesperadas.
El elegido fue dispuesto conforme a las necesidades de su misión. Le fue permitido pensar mucho más allá de lo que hasta ahora su destino entre los ángeles le exigía.
Fue liberado del continuo abrazo de Dios, para poder actuar contra su palabra. Le fue permitido aquello que ningún otro jamás había osado siquiera imaginarse. Negar a
Dios, y utilizarlo como arma contra la propia conciencia de su nueva creación. Debía darles la opción de no seguirle, de contravenir sus normas y vulnerar su palabra,
para que ellos mismos eligiesen el camino a seguir. Debía crear en ellos unas necesidades que fueran más allá de las que su propio creador les había advertido. Debía
hacer que la única obligación predominante fuera la que ellos mismos sintieran en cada instante. Sus necesidades y deseos por encima de las normas de Dios.
Convencerles de que no tenían que temer a aquello que no podían ver, que no se mostraba.
Aquel encargo hizo que su enviado fuera consciente de algo que entre sus congéneres, a pesar de saberlo, no era tan evidente como ante los humanos. Su potestad y
su incomparable creación ante ellos.
¿Qué mejor manera de corromperles, y hacerles errar, que mostrarse ante aquellas criaturas vulnerables en lugar de aquel que no se mostraría? Para hacerles dudar
respecto a Dios, el ángel necesitaba ofrecerles algo a cambio. Algo que contrapusiera su figura.
Fue entonces cuando decidió ofrecerse a sí mismo.
Verían ante sus ojos. Escucharían de su boca las palabras de un dios. Un dios que les permitía disfrutar a su antojo de aquello que les rodease, sin ninguna limitación.
Que les obsequiaba con una vida dedicada a uno mismo, y no a ningún prójimo. Que les abriría un mundo de placeres sin restricción, cuyo único límite lo marcase la
conciencia de cada cual. No la de un ser distante cuyas normas se ajustaban a su propio capricho, sin liberar la mente de aquellos que creaba solo para seguirle y
adorarle. Aquel dios egoísta que les ofrecía una vida insulsa, destinada a ser siervos. Un tirano que creaba un paraíso, para hacerles vivir rodeados de normas. Él, en
cambio, les regalaba el verdadero libre albedrío que en la practica el creador no se había atrevido a proporcionarles. Un dios que contradecía su bondad y su infinito
amor, amenazando con desatar su ira redentora si sus leyes eran transgredidas, frente a un dios que les disponía aquella tierra pura y fértil, donde podrían marcarse sus
propias normas, seguir su propio designio.
El humano era un ser débil. Virginal en su concepción. Dulce y dócil, amedrentado y admirado frente a aquel ser que decía ser su creador, frente a aquella luz que salió
de la nada y de la que emergió la voz que les dictó las obligaciones de su existencia. Así que para influir de igual manera en los humanos, el Arcángel decidió mostrar aún
más de lo que aquella luz, condenado a ello por su propia ley, había podido mostrarles.
Entró en sus mentes de forma sibilina como una serpiente, hasta convertir una idea en una duda. Y luego está en una necesidad. Pervirtió su inocencia hasta hacerles
creer que aquel que se decía su creador, les ocultaba en realidad el verdadero significado de la vida. Negándoles unos placeres para los que en contraposición, sí habían
sido dispuestos. Placeres que se convertirían en tentaciones prohibidas que podrían sentir, desear, pero que aquel que se hacía llamar Dios les obligaba a negarse.
Las injuriosas palabras pronto comenzaron a sembrar aquellas dudas que Dios ansiaba en su nueva creación. Activando en ellos una moral propia.
Una moral que aquel poderoso ser, tan diferente ahora gracias al encargo para el que fue requerido, no tardó en quebrar, alcanzando una vez más la perfección en su
labor. Tal y como había hecho siempre. Tal y como fue creado.
En el mismo momento en que hubo cumplido su misión, su presencia fue requerida en el cielo. Justo antes de que aquella pareja humana engendrara el primero de sus
descendientes, ya con la mancha oscura incrustada en lo más profundo de sus almas.
Ahora, todos aquellos miles de cientos de ángeles permanecían expectantes ante el hecho insólito que aquella especial convocatoria anunciaba.
Abandonado por Raguel, el enviado permanecía en el centro de aquel círculo formado por miles de figuras.
Tras todos aquellos que se congregaban frente a él, al cobijo de sus siete arcángeles, se elevaba la figura de un ser de apariencia parecida a la de ellos. Permanecía de
pie, como si aquel aire azulado que se levantaba sobre la virginal pureza del cielo, fuese el suelo que le sustentaba. Envuelto en una inmaculada túnica blanca, su rostro
permanecía oculto tras una embriagadora luz que lo envolvía. Adivinándose su belleza. Una belleza tal, que era expresada por aquella simple luminosidad que parecía
emanar de su cuerpo, e invadía todo cuanto le rodeaba. Como un halo radiante que se proyectaba desde los poros de su piel, salpicando su exterior más próximo,
recubriendo aquella presencia pura de un aura amarillenta que se hacía física ante los presentes.
El Octavo Arcángel giró a su alrededor con lentitud, observando en la distancia los rostros de aquellos hermanos que podía distinguir en las primeras filas. Sus
cuerpos puros e inmaculados, junto con la reluciente palidez de sus vestimentas, se fundían con aquel celestial entorno de luz y tierna espesura nubosa. Solo el color de
sus cabellos, y la extrema brillantez de sus ojos, permitían adivinar sus facciones en la lejanía. Frente a é

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