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Libro PDF Hueles a lluvia – Dona Ter

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hacerla. Lo suyo eran las esencias, la burocracia
no le inspiraba nada.
Sacó el teléfono y se puso a revisar los
mensajes y llamadas, solo levantó la cabeza para
fijarse en que había un taxi parado frente a ella.
Abrió la puerta y se subió en él. Estaba tan
despistada, algo que su madre le recriminaba
desde niña, que ni se dio cuenta que el taxista no
esperó a tener un destino para perderse entre las
callejuelas de la ciudad. Otro problema que su
progenitora le recordaba continuamente, dejarse
llevar y no ser consciente de lo que pasaba a su
alrededor. Cerca de ella, una melodía
distorsionada, y bastante mal afinada, la hizo
reaccionar.
—Perdone, pero no recuerdo haberle dicho a
dónde quiero ir —advirtió Chloé al volver a la
realidad pero sin despegar los ojos del teléfono.
Estaban parados en un semáforo, y a pesar de la
llovizna, un ciclista estaba parado junto a ella
apoyándose en el cristal y canturreando una
canción. Le pareció que era un villancico, un aviso
en forma de canción de la época en la que estaban.
No había más hojas en el calendario, otro año más
que pasaba, pero ese había sido tan especial que
aún le costaba reaccionar y asimilar todo lo
ocurrido.
—Lo sé, pero sé donde llevarla.
Esa voz eclipsó a Chloé, sin ser consciente,
sus labios esbozaron una sonrisa, cerró los ojos y
su mente se perdió en los recuerdos.
Dos años antes.
Nervioso y loco. Sobre todo un “loco
chiflado” es lo que se repetía una y otra vez Paul,
sentado en su taxi esperando en la calle frente a un
hotel.
En lugar de aprovechar el mal tiempo que
hacía aquel domingo por la tarde de mediados de
marzo en París y hacer algo de dinero, sobre todo
llevando a turistas que no querían mojarse, él
había decido esperar allí sentado. Creía en las
casualidades, pero también que a veces hay que
provocar la situación para que ocurran. Por eso
estaba allí, “esperando” su oportunidad.
El amor incita a hacer locuras, eso todo el
mundo lo sabía, fueran, o no, creyentes de Cupido;
además estaba en la Ciudad del Amor, ¿qué se
podía esperar? Que ocurriera, era solo cuestión de
tiempo y parecía que había llegado su momento.
Tentado estuvo, pero aún no lo había hecho, de
llamar a su hermana Marion y contárselo. Ella, que
con sus veinte años era un romántica de libro, ella
que creía ver amor, miradas dilatadas, almas de
colores buscando su gemela en cada hombre que
se cruzaba, estaría entusiasmada de que por fin él
hubiera sucumbido. Refunfuñó para sí mismo, pero
una sonrisa ladeada escapó de sus labios.
Si hasta se había puesto una camisa, que había
planchado instantes antes de salir de casa, lo nunca
visto. Él que era de camisetas con todo tipo de
logos y colores, él de tejanos y zapatillas, él que
lo de afeitarse era algo semanal y no ir a cortarse
el pelo hasta que no le tapaba los ojos… se miró
en el espejo del retrovisor como si con ese gesto
pudiera ver algo que no hubiera visto en los
últimos veintiséis años…
Sabía que no era feo, pero tampoco un
hombre irresistible. Era alto y delgado, pero no
porque se privara ni machacara su cuerpo en
gimnasio, había nacido así. Moreno, ojos verdes,
nariz un poco aguileña, cara cuadrada, labios
gruesos… nada resaltable, un conjunto de lo más
banal. Marion siempre le recordaba que no
esperara que las chicas se le tiraran encima a la
primera, “tú tienes “charme” ese encanto para
seducirlas cuando te conocen, y esa es tu arma,
porque luego no querrán soltarte”.
«Es de locos», se repetía Paul, pero la
sobrecarga adrenalina que llevaba desde el
viernes le hacía sentir de algún modo más vivo y
con ganas de seguir esa aventura. Todo había
empezado el viernes noche cuando sobre las ocho
había acompañado a una chica desde la estación
de Montparnasse hasta su hotel en la zona de le
Marais.
La gente no presta atención a lo que dice en
un taxi, hablan por teléfono como si estuvieran
solos, detalles que frente a un desconocido nunca
se les ocurriría hablar, allí dentro, parecían
olvidarlo. Había escuchado de todo, cerrar temas
espinosos de contratos, citas clandestinas, peleas,
palabras de amor, donde esconder las llaves o
hasta la clave de ordenador de oficina… Todo ello
era lo que había llevado a escoger ese trabajo.
Paul tenía una libreta siempre a mano, donde iba
apuntando algunas frases, anécdotas. La
inspiración nunca sabía por dónde podía aparecer.
Y la chica de aquel viernes era todo un
enigma. Había algo en aquella mujer que cada vez
que pensaba en ella le era imposible no suspirar
como un adolescente. Desde que se subió al coche
y la vio deshacerse el pañuelo que llevaba en el
cuello, sus ojos se habían quedado prendados por
la sonrisa que ella le ofreció al darle la dirección
del hotel. El teléfono de la pasajera sonó y Paul se
obligó a mirar hacia delante y hacer su trabajo.
Con más interés que otras veces, prestó
atención a todo lo que ella decía mientras
contestaba la llamada. Era una tal Annette, pronto
entendió que era una amiga. En un viaje de media
hora escasa, sabía que sus abuelos se habían ido a
Benidorm en busca del sol y le habían dejado a
ella a Cocó, un loro parlanchín que tenía
predicción por Edith Piaff y desde entonces en
casa solo se oía a la reina de la musette
[1]francesa. Que esa misma mañana se había
peleado con el que imaginaba era su novio, un tal
René, él había esperado hasta el último momento
para decirle que no la acompañaba en su viaje a
París, y ella, harta de harta de tanta discusión,
había decidido poner fin y con palabras texturales
“ir sin equipaje a la ciudad del amor”.
Y allí estaba él ahora, apurando el segundo
café, ya frío de aquella tarde. Un paquete de
galletas ya vacío tirado sin miramientos sobre el
asiento del copiloto, junto a una libreta… y la
música de la radio sonando bajito para que no le
impidiera pensar y afectara a sus frescos
recuerdos.
En la conversación le recordó a Annette la
hora exacta de llegada para que la fuera a buscar a
la estación, las nueve y treinta y seis minutos. Eso,
junto el comentario “al pasar por Poitiers he
saludado con la mano como me dijiste, aunque
dudo que tu madre me viera” y algo sobre una
pâtisserie [2] llamada David y sus famosos
éclairs que no tenían nada que envidiar a

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