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Libro PDF Infierno en sus vidas Vicente Capilla

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Andaba revuelto el continente europeo como las mariposas andan revoloteando cuando acaba el duro invierno y empieza a aflorar la colorida primavera. Aunque en
este caso el cambio sería de buen tiempo a muy malos tiempos. Naturalmente me refiero a malos tiempos bélicos, sociales y financieros; nada que ver con la climatología
del continente.
No cabe duda de que fueron tiempos terriblemente duros y ruinosos los pasados desde el año 1936 al 1945, en el que acabó la Segunda Guerra Mundial,
especialmente para el continente europeo. Esas fechas de dolor y de sinrazón, junto a otras muchas fechas desde que el planeta Tierra está habitado por el hombre,
guerras por la locura y el ansia de poder del hombre a través de los tiempos y de la historia.
Los hermanos Kent y Robert, pertenecientes a la prestigiosa familia Warren, mantenían una complicada y triste conversación recordando amargamente la diferencia
para ellos, social y financiera, a partir de mediados del año 1936 hasta mediados del año 1948, año en el que se encontraban en el momento de la conversación. Quedaba
una vez más demostrada para ellos y para la humanidad, la notable diferencia entre el hombre y lo que el hombre denomina bestias, posiblemente si hiciésemos hincapié
en esa denominación, y puestos a comparar, tendríamos que cambiar los sinónimos de hombre superior a bestia por bestia igual a hombre.
Primero, 1936: terrible oscuridad para España que cambiaría todos sus designios, pasando de una república ingobernable e inestable en todos los sentidos, a una
vergonzosa y sangrante guerra civil entre hermanos padres y vecinos. Luego 1939, la Segunda Guerra Mundial, que dejó tambaleándose al viejo continente.
Posiblemente sufriremos una lamentable tercera guerra mundial porque el hombre, lejos de aprender, cada vez trabaja con más afán por destruir la naturaleza y a él
mismo arrasando a su paso, de alguna manera, toda forma de vida creada.
Por ese triste motivo no debemos juzgar a nadie de todas las locuras que se han hecho y de las que se harán, porque todos somos igual de culpables, juzgamos pero
permitimos que se siga trabajando para destruir nuestra sociedad y el planeta entero. Siempre pensamos que los sacrificios los tienen que hacer los demás porque son
los únicos culpables.
―Tienes mucha razón Kent ―decía Robert, quince años menor que su hermano―. Deberíamos aprender a vivir y a seguir muchas de las reglas de convivencia y
de respeto de los animales. Nos iría mucho mejor a los seres humanos. Sé que ese discurso iba también dirigido con segundas a mí. Estoy seguro de que no te haría daño
amoldarlo a tu miserable y loca manera de vivir. ¡No lo dudes hermano!
―Deseo con toda mi alma que pase este fatídico año de ruinosas guerras que hemos padecido. El año pasado, siendo el segundo año tras la posguerra, después de
haber pasado las dos terribles contiendas, no fue ni la mitad de malo que está siendo este.
―Ten en cuenta, Kent, que este año estamos ajustando mucho el dinero. Estamos pagando las hipotecas de la maquinaria que compramos sin ingresar apenas nada
en nuestras arcas. El año pasado prácticamente nos dedicamos a desmantelar y a vender lo que pudimos salvar en España y en Alemania, por eso nos pudimos
recuperar bastante.
―Tienes toda la razón Robert. Es cierto, pero el dinero recogido no cubrió la totalidad de las deudas que nos quedaron. Aunque sí que nos han aliviado mucho.
Con los últimos pagos realizados estos meses hemos saldado prácticamente casi todas nuestras deudas.
Kent tenía una edad complicada. No era viejo pero tampoco era joven para empezar a levantar un imperio como el que habían perdido. La preocupación y la
responsabilidad por el lamentable estado en que había quedado el patrimonio familiar no le permitían conciliar el sueño.
En el año 1934, la familia Warren poseía un diez por ciento de la producción de trigo que se producía en Europa y otro quince por ciento repartido en acciones de
empresas de metalurgia del norte de España más las fábricas de telares e hilaturas de Cataluña, junto a varias fábricas de calzado en Alemania. La familia Warren poseía,
junto a sus socios alemanes, un verdadero imperio de negocios honrados y legales, pero tras las contiendas quedaron arruinados.
No cabe duda de que la suerte es muy importante en la vida de cada persona porque rige, de alguna manera, el destino de cada cual.
Los padres de los dos hermanos nunca vivieron en Londres. Sin embargo Kent vivió largas temporadas allí, al igual que su hermano, aunque tenían su
impresionante residencia en las afueras de Tonbridge donde compartían, junto a sus padres, uno de los tres edificios que en su conjunto formaban la mansión de los
duques de Warren.
El majestuoso edificio, que estaba en medio de los otros dos restantes, destacaba extraordinariamente entre los dos y lo habitaba Kent con su familia. El segundo
edificio lo habitaban los padres y era un poco mayor que el tercero, en el que vivía el calavera de Robert, que así le llamaba Kent, cuando se enfadaba con el benjamín, su
único hermano. Robert era la oveja negra de la familia.
El título de duque venía heredado de los abuelos de Kent y Robert, pasando a sus padres, que lo recibieron ya ancianos y fallecieron uno detrás de otro con una
diferencia de seis meses, pues el cáncer segó la vida de ambos.
Kent vivía con su esposa Margaret y sus dos hijas en la inmensa casa que él había heredado de sus padres, al igual que el título de duque y casi la totalidad de la
herencia, a excepción de la casa en la que vivía su hermano y un almacén en Londres que correspondería también a Robert.
Sin embargo a Kent no le interesaba mucho el título de duque porque conllevaba obligaciones que no podía asumir, al igual que no podía controlar a su hermano y
pidió a sus ancianos y cansados padres que desheredaran a su hermano para controlar los bienes familiares antes de que acabara con todo, petición con la que Margaret
estuvo totalmente de acuerdo con él. No dudó ni se escondió a la hora de apoyar el consejo de su marido de desheredar a su cuñado Robert, consejo en el cual estaban
también de acuerdo los ancianos antes de fallecer, aunque nunca llegaron a desheredarle pues pensaban que crearía un mal precedente entre sus hijos pudiendo
desintegrar la unión familiar entre ellos.
La decisión de Kent de no querer continuar manteniendo el título de sus abuelos y de sus padres no gustó al resto de la familia, y sus tíos por parte paterna le
retiraron el habla y toda clase de relación. Tampoco podía delegar el cargo a su hermano Robert, pues no era merecedor de ostentar un título que acabaría manchado y
deshonrado por su irresponsabilidad y desordenada vida nocturna, con malas compañías y problemas con las autoridades a causa de un sinfín de visitas a la comisaría
por peleas y consumo de alcohol y otras sustancias; decisión por la cual la familia sí estuvo de acuerdo con Kent dándole su apoyo total. Robert no estaba de acuerdo
con la decisión de su hermano pero respetó el mandato para mantener el buen nombre y respeto que merecía el título. De la obligada renuncia de Robert impuesta por su
hermano surgió una mala relación entre ambos.
Kent y su primera pareja vivieron en pecado al convivir sin estar casados legalmente. Eso era lo que decían los ancianos de la comarca. Claudia era de nacionalidad
francesa. Tuvieron tres hijos: dos niñas y el único barón a quien Kent no llegó a conocer.
Robert era un solterón empedernido porque no era persona de estar sujeto a nadie y mucho menos a una sola mujer. Su próximo cumpleaños le haría pasar la
barrera de los cuarenta y cinco años. Aquella atrocidad le quitaba más el sueño que la terrible ruina en la que se encontraban él y su hermano, y no por la mala gestión
empresarial llevada por Kent ya que, al igual que a otros muchos empresarios europeos, la ruina fue consecuencia de los terribles acontecimientos bélicos acontecidos en
el viejo continente.
Robert perdió la casa y el fabuloso almacén que tenía en Londres. Pero de esas pérdidas sí que había una culpa reconocida por él mismo: prostitutas, alcohol, y
casinos.
A Robert no se le conocía ni trabajo ni estudio alguno, siempre vivió a la sombra de los padres y actualmente vivía con Kent y su familia en la casa grande. La
mujer de Kent no soportaba la presencia de su cuñado en la casa. De hecho mantuvieron discusiones muy fuertes a espaldas de su marido. Incluso en dos ocasiones
Robert fue golpeado por su cuñada muy merecidamente, como él reconoció, echándole la culpa de su proceder al alcohol.
La única propiedad que le quedaba a Kent era la casa en la que vivían y ciento treinta mil libras esterlinas de la herencia de sus padres, de las cuales la mitad
pertenecían a Robert. Esas libras estaban a buen recaudo en un banco londinense a plazo fijo. Ese dinero no podía ser retirado del banco hasta el día 4 de junio de 1955.
La casa donde vivían los padres fue vendida con anterioridad a la crisis económica que les llevó posteriormente a la ruina por las causas ya conocidas. Tras la muerte de
sus padres vendieron la casa; una venta muy rápida y directa a un personaje enemigo de ambos hermanos
Repartieron el dinero que les quedó de la misteriosa venta a partes iguales como buenos hermanos; operación que no gustó ni convenció a Margaret. Aquella venta
guardaba un oscuro misterio que fue muy comentado por todos los vecinos de Tonbridge. No cabe duda de que guardaban muchas cartas para jugar y ganar, o todo lo
contrario, si estuviésemos hablando de una partida de póquer.
Kent era un hombre interesante para ser estudiado. Podía ser todo un caballero o todo lo contrario. Era un hombre muy alto, de complexión muy fuerte. Bien
parecido y muy inteligente. Y terriblemente temperamental y cambiante.
―Hermano, tenemos que hablar de responsabilidades y de futuro ―le dijo Kent a Robert.
―¿Toda esta charla sobre la poca humanidad del ser humano era para llegar hasta aquí?
―En principio sí pero tú sabes que no necesito excusas ni intermediarios para decirte lo que sea. Por muy fuerte que sea ―replicó Kent―. Por cierto, se me
olvidaba: esta tarde tengo una cita con mi abogado y con el director del banco donde tenemos el dinero a plazo fijo.
―¿Va a venir el estirado y estúpido director desde Londres sólo para hablar contigo?
―No viene a propósito. Está aquí, en Tonbridge, en casa de su hermana y he aprovechado para citarle a él y a mi abogado.
―Nuestra situación económica es más que preocupante, se agrava por momentos.
―Perdóname hermano pero si no te he entendido mal, me has comentado antes que teníamos las deudas casi pagadas. Es cierto pero los gastos nos superan y no
tenemos, a partir de ahora, ingresos de dinero suficientes para hacerles frente. No podemos dejar pasar ni un día más sin tomar medidas y decisiones. A partir de
mañana, lleguemos al acuerdo que lleguemos en la reunión con estos señores, tu vida va a cambiar mucho, al igual que la de Soledad y tus sobrinas.
―Esta tarde, a las cinco, quiero que estés en mi despacho. No admitiré ninguna escusa. Si se te ocurre no presentarte conocerás la ira y la dureza de los puños de
tu hermano mayor. Hay que tomar medidas urgentes para reducir gastos: el jardinero, la cocinera y el ama de llaves, junto a su marido el señor Cárter… lamentándolo en
el alma después de tantos años a nuestro servicio, serán despedidos y esos puestos serán ocupados por mi esposa, por Soledad y por mí mismo.
―¿También tienes ocupación para mí?
―Claro que sí y seguramente no te va a gustar.
Kent no sentía ninguna estima por su hermano pero aun así le había sacado de innumerables problemas de toda índole. Prometió a sus padres que cuidaría y
protegería de su hermano; promesa que cumpliría a rajatabla pese al mal pago que le daba Robert y de no hablarse nada más que cuando era necesario.
―Es temprano, aprovecharé la mañana para llevar a cabo unos asuntos relacionados con la visita del abogado y del director del banco ―le dijo Kent a Robert, sin
dar opción a replica.
Sin ni siquiera despedirse del hermano se marchó en busca de su coche. La verdadera razón de marchar a Tonbridge no era la de arreglar papeles, que tenía más que
arreglados y estudiados, sino la de buscar la compañía de Barbara, su único amor verdadero, refugio y amparo de Kent desde que eran unos adolescentes.
Por circunstancias de la vida nunca pudieron sacar a la luz su idilio pero nunca perdieron el contacto pese a las adversidades que sufrieron. Unas veces se amaban y
otras se odiaban pero siempre acababan juntos en la oscuridad de una u otra alcoba.
Barbara quedó viuda del primer matrimonio al poco tiempo de casarse, después de algo más de un año. Pasó por la vicaría dos veces, al igual que Kent,
prometiendo ambos un amor a sus parejas que no sentían. Barbara era una mujer fría, calculadora y muy inteligente. Exactamente como él. Eran dos gotas de agua con
una sola diferencia: la que hay genéticamente entre un hombre y una mujer.
Toda la gente del condado conocía muy bien su relación pero nadie jamás se atrevió a hacer comentario alguno. En tiempos pasados fueron las dos familias más
ricas y poderosas del lugar. Barbara, con su primer matrimonio, se enriqueció mucho más y las dos guerras, al contrario que a Kent, le beneficiaron, aumentando su
riqueza.
Claudia rompió su convivencia con Kent por las muchas desavenencias surgidas entre ellos a causa de las muchas infidelidades que tuvo que sufrir y que él no
estaba dispuesto a parar. Ella supo sacarle partido a los años que convivió con él, dándole un golpe directo en el hígado, hablando en términos pugilísticos, aunque ese
golpe no le dejó fuera de combate ya que él, en esos tiempos, gozaba de buena salud económica. Embarazada a falta de un mes para dar a luz se marchó a Francia, con el
beneplácito de Kent.
Por aquel tiempo Barbara le comentó a Kent que iba a llevar a cabo el papeleo para su separación. Aquella situación fue la causante de que él no pusiese ninguna
objeción al abuso económico que le planteó su esposa al marcharse a su país. Pero la realidad estaba muy alejada de los planes que él había hecho. Él movió ficha sin
asegurarse de la jugada que iba a hacer, que como en todo juego en el que hay que mover ficha, hay que asegurarse de que la ficha que mueves no te lleve a perder la
partida.
Barbara fue descubierta por su marido y no tuvo tiempo de reaccionar cuando éste le pidió el divorcio. Él actuó de forma, en principio, poco noble, preparando los
papeles a escondidas de ella, aprovechando la ventaja de que el contrario ignora lo que le viene encima. Como sucede en una carrera, el que sale primero tiene muchas
más posibilidades de ganar.
Barbara no quiso y se negó a hablar de una relación de pareja estable y comprometida con Kent, de ahí el terrible error cometido por él, por mover ficha sin
asegurarse de los verdaderos sentimientos de Barbara. Las personas somos desconcertantes muchas veces a lo largo de nuestra corta vida.
Posiblemente, Barbara no era culpable al ciento por ciento de lo ocurrido. Ni tampoco él. A cada uno le movió un sentimiento muy diferente. A ella la movió la
rabia y el sentido del ridículo. A Kent su amor por ella.
La relación de matrimonio de Barbara con su marido era, cuanto menos, extraña. Nunca lo amó porque ella amaba con locura a Kent, y sin embargo el marido
despertaba en ella un oscuro deseo de pasión que la hacía enloquecer y desearlo, pero sólo en la cama. Kent era su amor puro y romántico y su marido era la pasión y el
desenfreno que llenaba su alcoba por las noches con toda clase de prácticas morbosas e incluso, en repetidas ocasiones, sádicas.
Cuando el marido le pidió el divorcio a Barbara, ella no pudo controlar la rabia y el ridículo que suponía ser despreciada y apartada como una apestosa por alguien
al que ella consideraba más bajo que su felpudo donde ella limpiaba la suela de sus zapatos cuando entraba en la casa. Ella era una persona que no permitía que nadie le
adelantase ni un paso.
Al presentarle el abogado del marido una cantidad de testigos y fechas de los muchos encuentros amorosos con Kent que ellos tenían en su poder y a su favor,
Barbara descargó toda su rabia y cólera contra Kent culpándole de todo.
Realmente ella tenía parte de razón, porque él era muy dado a presumir y a vanagloriarse en el casino, de tener a la mujer más linda y la más deseada por todos los
hombres de la comarca. Siempre sacaba el mismo tema cuando se juntaba con sus amigos y se emborrachaban. Cada uno de ellos contaba sus aventuras amorosas sin dar
los nombres de las damas. Pero cuando él hablaba, todos conocían el nombre de la dama que alegraba su vida aunque él jamás lo pronunció.
Tras la rotura de Kent con Barbara, no pasaron más de tres meses cuando nuestro dolido y fracasado amigo anunció a sus amistades su próxima boda. Kent no era
hombre de hundirse bajo ninguna adversidad, y siempre decía que «si tu caballo se lesiona hay que sacrificarlo y buscar uno mejor que el que tenías, para no echar de
menos al sacrificado». Así que no perdió el tiempo en lamentos o quejas. Él no era hombre que supiese estar solo. No perdió el tiempo en buscar a ninguna mujer de la
zona. Ya había puesto su atención en una hermosa mujer extranjera, de nacionalidad norteamericana, con la que coincidió en varias reuniones de sociedad aunque nunca
habían entablado conversación. Puso sus ojos en esa hermosa mujer, posiblemente otro hombre no se habría atrevido, por la notable diferencia de edad. Pero eso no fue
obstáculo para él, que supo enamorarla y sin perder el tiempo, pedirle matrimonio.
Una vez más el simpar y misterioso personaje sorprendió gratamente a sus amigos, y también a los que no le querían demasiado, anunciando la sorprendente
noticia de su próximo enlace matrimonial y disfrutando de ser, como siempre, el centro de atención de todos los comentarios de la chusma, término con el que calificaba
a la mayoría de los vecinos de Tonbridge.
Al contrario que su hermano, Kent era un hombre que, aunque no era querido, sí era respetado por todo el mundo. Mucha gente le debía favores y otros muchos se
guardaban de él por temor.
Barbara desapareció, como por arte de magia, el mismo día que dejó plantado a Kent.
Igual de sorprendente fue la desaparición de Barbara como su propia reaparición dos días antes de la boda. Ellos siempre tenían que hacerse de notar de una manera
o de otra. Una vez más consiguieron levantar las banderas que estaban a media asta dando de qué hablar a la gente cuando se supo que la invitada número

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