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Libro PDF Inimaginable Dina Silver

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—Skylar, ¿tienes un segundo? —le pregunté al día siguiente.
Levantó la vista desde detrás de la mesa de su despacho.
—Tengo que irme dentro de un momento a una reunión —respondió, y dio un apresurado sorbo a su taza de té mientras se levantaba.
Me acerqué a ella y bajé la voz.
—Este fin de semana he visto a uno de mis alumnos, a Alak, y llevaba puesto su uniforme, bueno, el uniforme que él usa, el de los pantalones rojos.
—¿Y?
—Bueno, fue el domingo por la mañana, muy temprano. Tal vez no tenga otra cosa que ponerse.
—Seguramente no.
Me quedé mirándola hasta que se dio cuenta de la expresión de mi cara y suspiró.
—Verás, algunos de estos chicos vienen de situaciones muy desgraciadas y tienen muy poco. Es triste, lo sé, pero nuestro trabajo es atenderlos mientras
están aquí en la escuela. Les prestamos toda nuestra atención, les damos un tentempié y comida y eso es todo lo que nos podemos permitir. Si te encariñas demasiado
con cualquiera de esos niños y te preocupas por su vida fuera de la escuela, te vas a consumir. —Hizo una pausa—. Créeme.
Asentí.
—Tienes razón, lo entiendo, pero no podemos exigirle que lleve uniforme si no lo tiene.
—Sí tiene uniforme. Lo que pasa es que le gusta el rojo —explicó mientras cogía su bolso—. Era el color favorito de su madre. El pobre perdió a toda su
familia en el tsunami cuando tenía dos años. Vive con unos tíos. Intenté hablar con ellos hace algún tiempo, pero sin resultados. Eso es todo lo que podemos hacer.
Se encogió de hombros y salió.
Me dirigí a mi clase y empecé a barrer el suelo bastante triste. Quizá llevara el rojo como un homenaje a su madre. Podía entender que un niño se aferrara a
los pocos recuerdos que conservaba de ella. Comprendía perfectamente cómo era la sensación de sentir que te han robado ese complejo vínculo maternal. Yo había
pasado por eso mismo, pero mi madre había fallecido cuando yo tenía veintiocho años. Ni siquiera podía acordarme si tenía algún color favorito. O quizá ese desafío de
Alak era intencionado. De ser así, todavía me gustaba más.
Haría caso del consejo de Skylar y no me encariñaría demasiado con él, pero lo mínimo que podía hacer era saber más sobre el pequeño y ver si había alguna
forma de ayudarlo o, al menos, intentar arreglar el asunto de su uniforme.
—Alak —lo llamé, reteniéndolo después de clase—. ¿Puedo preguntarte por tu uniforme?
Bajó la vista hacia el suelo.
—Sé que la señorita Skylar comentó la semana pasada que tenías que llevar los pantalones cortos caqui. ¿Los has perdido?
Negó con la cabeza y me arrodillé a su lado.
—¿Sabes dónde están?
Se encogió de hombros.
Lo agarré suavemente por la muñeca.
—Quiero que sepas que no estás metido en ningún lío y que solo quiero ayudarte, porque las normas dicen que tienes que llevar uniforme. ¿Me dejarás
ayudarte a encontrar los pantalones?
Asintió.
—De acuerdo, genial. Así que no los has perdido, pero no sabes dónde están. ¿Tengo razón?
Asintió otra vez.
—¿Sabe tu tía dónde están?
—No.
—¿Puedes recordar la última vez que los viste?
—Sé la última vez que los tuve.
—Genial. ¿Cuándo fue? —Junté mis manos y esperé.
—Cuando se recogieron de la lavandería —musitó.
Miré hacia abajo y pensé que de allí debía de venir cuando el otro día lo vi al amanecer llevando tres bolsas de ropa limpia. Dirigí la vista hacia sus grandes
ojos marrones.
—¿Te ocupas tú de lavar la ropa de tu familia?
Asintió.
—Y algunas veces tienes que dejar atrás algunas prendas porque no puedes con todo, ¿es así?
Asintió otra vez, pero su expresión denotaba esperanza y gratitud.
—¡Tengo una idea! Sé que tener otro par de pantalones cortos es muy caro, así que voy a conseguir que me presten unos. Quizá puedas dejarlos en la
escuela y cambiarte al llegar. De ese modo, podrás llevar el uniforme adecuado y no tendrás que preocuparte de que puedan robarlos. ¿Qué te parece?
Me miró fijamente durante un instante.
—¿Dónde me cambiaría?
—En el baño, supongo. Y podríamos guardar los pantalones en tu cajonera.
Alak pensó un instante. Frunció su entrecejo de ocho años, se rascó su barbillita y, luego, de repente, se lanzó hacia mí y me abrazó, poco faltó para que me
tirara al suelo.
Me eché a reír.
—Parece que tenemos un plan.
Cuando lo vi subirse al autobús, compré un par de pantalones cortos para él en las oficinas de la escuela y escribí su nombre en la cinturilla interior con un
rotulador de tinta indeleble. Luego, esa misma tarde, pedí prestado el coche de los Knight y fui al centro comercial a comprarle a Alak un carrito —rojo, por supuesto—
para que pudiera transportar fácilmente su ropa limpia.
CAPÍTULO 5
Eché raíces en Phuket, me dejé el pelo largo y me las arreglé para crearme una nueva vida, pero no siempre fue fácil. Trabajaba mucho pero ahorraba poco y, aunque
tenía algunos amigos íntimos, me pasaba muchas noches sola en mi habitación o paseando por los muelles y las playas cercanas al puerto deportivo.
Phuket es un buen sitio donde es fácil conocer gente, pero no tanto para hacer amistades porque casi todo el mundo está de paso. Aun así, jamás dudé de mi
decisión y, desde luego, no eché la vista atrás. Planificar mi próximo salto de fe era siempre mi primera prioridad.
Pero a pesar de los primeros recelos que pudiera haber tenido, llegué a ser totalmente feliz de un modo que jamás habría imaginado. Reía más, caminaba más
recta, había mudado la piel que me hacía sentirme incómoda, había madurado y había emergido mi verdadera personalidad. Los Knight llegaron a ser como mis padres
adoptivos y, cuando estaban fuera de la ciudad, les cuidaba la casa y me ocupaba de todo lo que necesitaban o no podían hacer por sí mismos. Me encantaba mi
habitación de alquiler sin armario y me encantaban mis dos trabajos y, con la ayuda de los Knight y algunos de sus amigos de allí, creé una fundación llamada El Hilo
Rojo, que proporcionaba uniformes gratis a los estudiantes nativos.
Tras cuatro meses en la academia Tall Trees, me hicieron subdirectora. Caroline no había venido a visitarme y no tenía intención de hacerlo, pero
hablábamos por el Skype una vez a la semana e intercambiábamos correos electrónicos casi todos los días.
Toda Tailandia me llenaba de satisfacción. La gente amable, las playas de arena blanca, las comidas especiadas, los edificios de brillantes colores, el ambiente
relajado y las flores. ¡Vaya! Las flores. Todas las calles de todos los barrios rebosaban de plantas, verdor y flores con los colores más luminosos que había visto en mi
vida. Todas esas cosas que antaño aparecían en las fotografías pegadas sobre el cabecero de mi cama en Wolcottville no solo eran tangibles para mí, sino que ahora
formaban parte de mi vida diaria.
Sin embargo, no quería confiarme otra vez y acomodarme en la misma rutina diaria que antaño, solo que con mejores vistas. Cuando Skylar me informó de
que tenía derecho a cuatro semanas de vacaciones, tomé la decisión de no echar tampoco raíces allí y esa decisión casi me costó la vida.
Era un día de diciembre, por la mañana temprano, justo después de amanecer, cuando bajé al puerto deportivo en mi bicicleta prestada y puse una nota en el tablón de
anuncios. Decía así:
Tripulante disponible
Soy de Estados Unidos. Tengo veintiocho años y vivo en Phuket. Deseo enrolarme en un barco que haga el recorrido desde Tailandia al Mediterráneo. Me ofrezco a
limpiar, hacer guardias nocturnas y trabajar en el mantenimiento básico del barco. También cocino bastante bien. Me tomo muy en serio mi trabajo y, si lo desean,
puedo dar referencias. Mi agenda es bastante flexible.
Pueden contactar conmigo en jgregory1872@talltrees.edu.
J. Gregory
Me quedé allí unos segundos mirando anuncios similares clavados en el tablero. Un poco más abajo, el mar estaba en calma y chocaba suavemente contra los
cascos de los barcos. Había otros dos anuncios puestos por patrones que también buscaban tripulantes temporales, así que los fotografié con mi móvil y luego me fui a
la escuela.
—Disculpe.
Mis pensamientos estaban en alguna otra parte cuando una voz masculina me hizo levantar la vista del recogedor y encontrarlo de pie en la puerta de mi
clase. Su voz era fuerte y cautivadora, como todo el resto de su persona.
—¿Puedo ayudarlo? —pregunté, y nuestros ojos se encontraron. Su sonrisa me hizo perder el aliento.
—Siento interrumpir. Querría hacer una aportación a la escuela.
Aparté de mis ojos algunos mechones de cabello.
—¿Qué tal maneja la escoba?
—Fatal. —Miró alrededor—. Pero soy un magnífico cuentacuentos. —Era mayor que yo, quizá rondara los cuarenta, de rasgos duros, atractivos. Calculé
que no se había afeitado al menos en los últimos dos días, pero era alto, impresionantemente guapo y su comentario había suscitado mi interés.
—Quizá quiera venir a una de mis clases y compartir sus historias.
Inclinó la cabeza y se frotó la nuca pensativo, luego asintió.
—De acuerdo, lo ha conseguido.
Mi rostro se iluminó.
—¿De verdad? No creí que fuera a aceptar.
—Entonces, ¿por qué lo ha dicho?
Dejé escapar una pequeña risa.
Dio un par de pasos hacia mí.
—Su cara me suena —dijo con una mirada de complicidad.
—¿De verdad?
—Sí. —Se cruzó de brazos—. Acabo de decírselo.
Me encogí de hombros, apoyé la escoba contra la mesa y extendí mi mano.
—Me llamo Jessica. Soy profesora, también la subdirectora.
Estrechó mi mano y sentí un estremecimiento que me llegó hasta el corazón.
—Grant Flynn. Encantado de conocerla, Jessica. ¿Es usted norteamericana?
—Sí. Y me parece que usted también.
Asintió.
—¿Cuánto tiempo lleva en Tailandia?
—Unos cuatro meses.
—¿Y ha estado todo el tiempo en la escuela? —preguntó.
—Sí, una experiencia maravillosa.
Se cruzó de brazos otra vez y me miró detenidamente.
—Ya —dijo, sin apartar los ojos de mí—. ¿Es usted la persona indicada para hablar sobre un donativo? Si es posible, me gustaría dejar un cheque.
—Sí, por supuesto.
Sacó su chequera del bolsillo frontal y un bolígrafo de detrás de su oreja. Su presencia me ponía nerviosísima, pero no tanto como para no advertir la ironía
de estar comportándome como una atolondrada colegiala.
—Muchas gracias, señor Flynn, es usted muy generoso.
Muchos visitantes de Phuket solían pasarse por las escuelas y dejar donativos. Para algunos era una especie de ritual, un modo de dejar una huella de su
paso, un gesto de amabilidad por parte de muchos patrones de yate que visitaban las escuelas y regalaban material o dejaban una pequeña contribución de cien dólares o
algo parecido.—
Por favor, llámame Grant —me pidió mientras escribía.
Estaba detrás de él sacudiéndome el polvo, cuando entró Sophie.
—Hola, colega, ¿qué estás haciendo aquí? —preguntó.
Grant y yo nos volvimos a mirarla, pero fue él quien contestó:
—Te dije que me pasaría esta semana.
—Es verdad. Ya os habéis presentado, ¿verdad?
Él se volvió hacia mí.
—Sí. Me estaba ayudando a decidir si mi donativo iba a ser monetario o de trabajos manuales, pero me voy a quedar con mi plan original.
Arrancó el talón de la chequera y me lo entregó.
—¿Vosotros dos os conocéis? —inquirí.
—Grant ha estado viniendo a The Islander toda la semana —explicó ella.
Entonces, él me señaló.
—Por eso me suenas.
Asentí.
—Muchas gracias —dije cogiendo el cheque—. Me aseguraré de que llega a manos de nuestra directora hoy mismo, también de que podamos escuchar tus
historias.
Miré hacia abajo y casi me quedé sin aliento cuando vi que el importe del cheque era de cinco mil dólares.
—Eres muy amable —contestó tocando mi hombro y, luego, dirigiéndose a Sophie, añadió—: Te veré más tarde. —Se despidió agitando la mano por encima
de su cabeza, salió y por fin pude recuperar el aliento.
Sophie y yo nos acercamos a la ventana y lo vimos subirse a su vehículo de alquiler.
—¿Lo conoces del bar? —pregunté.
—Él y su amigo han estado viniendo las últimas noches. Me sorprende que no los hayas visto. Están amarrados en el puerto deportivo, los dos son
norteamericanos.
—Esta semana Niran me ha tenido trabajando en el comedor.
—¿A que es encantador?
Asentí.
—Y muy generoso.
—¿Cómo de generoso? —preguntó.
—Un generoso de cinco mil dólares.
—¡Mierda, no me digas! —exclamó, y me arrebató el cheque de las manos—. Skylar se va a quedar pasmada. ¿Trabajas esta noche?
—No. No me toca hasta el sábado.
—Entonces, de acuerdo. Te veré luego —dijo antes de irse.
Agarré de nuevo la escoba y vi llegar el autobús, pero lo único en lo que podía pensar era en Grant Flynn.
Cuando a la mañana siguiente llegué a la escuela, encontré un paquete en la puerta principal con mi nombre escrito en él. Dentro, había dos aspiradoras eléctricas y una
nota que decía:
Estas se adaptan mejor a mi velocidad. Te veré en la clase mañana por la mañana.
Grant
CAPÍTULO 6
Grant llegó a la escuela unos quince minutos antes que los chicos. Vestía un polo azul marino, bermudas blancas con muchos bolsillos y chanclas. Sus gafas de sol
estaban enterradas en alguna parte de su mata de pelo.
—Buenos días, señorita Jessica.
Saludé con un gesto de la mano.
—Buenos días. Te agradezco mucho que hagas esto.
Él asintió.
—Puedes escoger cualquiera de esos —dije señalando la pequeña librería que había contra la pared.
Pareció algo confuso, caminó hacia los estantes y luego se volvió hacia mí.
—Había pensado contar mis propias historias. Hablar de mis viajes. —Levantó las cejas—. Si te parece bien, claro.
Mis labios dibujaron una amplia sonrisa.
—Eso sería estupendo, les encantará.
—Bien.
—¿Qué tipo de viajes has hecho?
—¿No preferirías escucharlos al mismo tiempo que los niños?
Me reí.
—Me parece justo.
Los niños fueron entrando poco a poco y todos, sin excepción, se mostraron sorprendidos y actuaron recelosos como pequeños robots, algo que les sucedía
siempre que aparecía un extraño en clase. Sus ojos no se apartaban de Grant mientras colocaban sus cosas en silencio y ocupaban sus asientos.
—Clase, quiero presentaros al señor Flynn. Es de Estados Unidos, como yo, está de visita en Tailandia y se ha ofrecido generosamente a pasar un rato con
nosotros contándonos cosas sobre sus viajes. ¿Podemos darle la bienvenida?
Unos pocos mascullaron un casi ininteligible «Bienvenido, señor Flynn», mientras yo acercaba una silla para que se sentara frente a toda la clase. Sus
piernas eran demasiado largas para la silla, pero eso era cuanto teníamos.
Durante los siguientes treinta minutos, los mantuvo totalmente absortos con los relatos de sus viajes por el mundo. Era patrón de yate —un navegante,
como los llamaban allí— que estaba recorriendo el mundo en su velero junto con otro único tripulante. Recreaba sus experiencias con amplias pinceladas y palabras
sencillas, de modo que a los niños les resultaran fáciles de entender para que pudieran disfrutar de la narración. Habló de elefantes y dragones y orangutanes. Les contó
que una vez se vio atrapado en una terrible tormenta y cómo él y su tripulación habían sobrevivido al mar embravecido. Les habló de pescar y nadar y ser perseguido
por grupos de delfines.
Me fijé en la clase y en cómo todos los niños estaban sentados con la cara entre las manos y los codos apoyados en los pupitres. Algunos incluso se habían
acercado a las primeras filas y se sentaban en el suelo con las piernas cruzadas.
Cuando terminó, nos había cautivado absolutamente a todos.
Respiré profundamente cuando acabó y me miró. Hubo un aplauso ensordecedor.
—Muchísimas gracias —dije mientras los niños le pedían a coro que volviera otro día.
—Ha sido un placer. —Saludó con la mano y unos pocos, entre ellos Alak, se acercaron y lo abrazaron por la cintura.
—Voy a acompañar al señor Flynn hasta la puerta, así que volved a vuestros sitios y sentaos en silencio hasta que yo vuelva.
Grant y yo salimos fuera.
—Muchas gracias otra vez.
—No hay por qué darlas.
—Sospecho que esta no ha sido la primera vez.
—No.
—Nunca lo olvidarán. Nunca los había visto tan interesados.
Se metió las manos en los bolsillos.
—Creo que las expresiones de tu cara han sido las que más me han gustado de todas.
Me sonrojé. Era verdad que a mí también me había fascinado su relato.
—Siempre me he sentido tentada por ver mundo.
Sus labios dibujaron una sonrisa.
—Me alegra haber podido ayudar. —Tocó mi hombro y comenzó a alejarse. Todavía lo estaba mirando cuando se

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