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Libro PDF Juego a tres – Maria Lucy

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compañeros de piso en la universidad,
son grandes amigos, y comparten
intereses comunes: las buenas
historias, las fiestas y las mujeres.
Lindsay, la novia de Zack, se ha fijado
en Brian, y esto provocará problemas
entre los dos amigos; cuando Lindsay
hace a Brian una proposición
irrechazable, este deberá decidir si
merece la pena poner en peligro su
amistad con Zack a cambio de hacer
realidad sus fantasías con ella.
¿Qué ocurrirá cuando Brian se
enfrente a la tentación? ¿Qué pensará
Zack de que su novia quiera algo con
su compañero de piso? ¿Serán capaces
los tres de sacar algo bueno de toda
esta situación?
Capítulo 1
El sol se levantaba sobre el
horizonte mientras en el gimnasio se
respiraba un familiar ambiente
fantasmal. Salvo el ruido que hacían
algunos socios al entrar y el sonido de
las pesas, reinaba la misma quietud de
todas las madrugadas. Por la mañana,
entre semana, no solía haber más de diez
personas a la vez, pero siempre había
algo de movimiento.
Brian se moría de ganas de ir a
casa y dormir un poco, pero sabía que
aún le quedaba un montón por estudiar
para ponerse al día. Compaginar el
trabajo y la carrera era difícil, pero ese
dinero extra le permitía darse algunos
lujos. Se había presentado voluntario
para hacer los turnos de madrugada en la
recepción, pero a la quinta noche ya se
había arrepentido. Le costaba horrores
mantenerse despierto, y el tiempo
pasaba demasiado lento entre las tres y
las cinco.
Estaba desconcentrado y se
estaba quedando dormido, así que se
dirigió a la sala de descanso a por otra
taza de café. En su quinto día, ya había
tomado tres cafés y una bebida
energética. Embotado, se apoyó en el
mostrador, haciendo como que leía una
revista abierta frente a él. Solo
necesitaba que se abriera la puerta, o
que apareciera alguno de los socios del
gimnasio a preguntar algo. Ninguna de
las dos cosas ocurría con mucha
frecuencia.
Un fuerte ruido proveniente de
los vestuarios sobresaltó a Brian, que
sin darse cuenta había empezado a
roncar. Se puso en pie rápidamente y se
frotó los ojos. Un hombre gritaba y, por
la dirección del sonido, dedujo que
estaba dando la vuelta a la esquina en
dirección a la recepción. Brian se irguió
y trató de componerse, recogiendo los
despeinados rizos rubios que caían
sobre su cara.
—«¿Qué coño es ese sonido?»
—se preguntó, suspirando
profundamente—.
Al momento, un hombre calvo y
rollizo llegó hasta su mesa, gritando y
maldiciendo enfurecido. El sudoroso
caballero parecía estar listo para una
pelea: tenía los puños cerrados y la cara
roja de furia. Nada más llegar, empezó a
aporrear el mostrador, pidiendo
explicaciones y voceando lo
suficientemente alto como para atraer
las miradas del resto de socios.
Brian trató de entender lo que
decía, pero sus gritos se entremezclaron
con el sueño del que acababa de
despertar, creando un tremendo
batiburrillo. El hombre dio un puñetazo
en el mostrador y señaló a Brian con el
dedo.
—¿Qué coño piensas hacer? –
resopló, apuntando amenazante con un
dedo—.
—¿Qu-qué?
—¿Acaso no me has oído? —
bufó, levantando los brazos—. ¡Por
Dios! A ver…
Brian buscó apresuradamente su
taza de café para beber el último sorbo,
con la esperanza de que su cerebro
arrancara por fin y pudiera entender por
qué aquel hombre estaba tan enfadado.
El amargo sabor del café, ya frío, le
provocó una mueca de desagrado.
—Vale —respondió, levantando
una mano—. Necesito que se calme y
hable un poco más bajo, porque no sé lo
que me está diciendo.
El hombre, desesperado, se
rascó la cabeza, despeinando el poco
pelo que le quedaba. Respiró
profundamente y suspiró. Después, miró
de nuevo a Brian, apoyó sus manos en el
mostrador con suavidad y empezó a
explicarse con una siniestra sonrisa
forzada.
—Entré en el vestuario, ¿vale?
Fui hacia las duchas. ¿Lo pillas? Las
cortinas estaban todas cerradas, menos
una, que estaba un poco abierta, solo un
poco, pero lo suficiente como para que
viera a un tío… ese puto enfermo…
¡estaba cascándosela! —dijo, vomitando
las últimas palabras—.
—Espera… ¿C-cómo?
El hombre dio un par de pasos,
haciendo aspavientos con los brazos.
—Olvídalo. ¿Hay algún
encargado aquí?
—No, ahora mismo soy yo quien
está al cargo. Entonces, ¿me estás
diciendo que hay un tío tocándose en los
vestuarios?
—¡Sí! Joder, estaba mirándonos
a otro tío y a mí. Eso es lo que está
haciendo ese jodido enfermo. ¿Piensas
hacer algo al respecto?
Brian se tomó de un trago lo que
quedaba del café, ya helado. Respiró
profundamente y se estiró las arrugas de
la camisa. Al dar la espalda al hombre,
puso los ojos en blanco.
—«¿En qué coño de lío me estoy
metiendo?»
Se dirigió al vestuario de
hombres rápidamente, casi con miedo de
lo que tenía que hacer. Al fin y al cabo,
no existía ninguna norma que prohibiera
cascársela en la ducha, así que no sabía
cómo decir al tío que se fuera. Pensó
que podría decirle que algunas personas
se sentían incómodas con él
masturbándose ahí. Que quizá la
próxima vez podría cerrar la cortina.
Tratar de racionalizar un acto lascivo
era algo delirante.
Brian entró en el vestuario y se
dirigió directamente al estrecho pasillo
que daba a las duchas. Dos de las tres
cortinas estaban cerradas, y otra más
estaba abierta. No había nadie en las
duchas en ese momento, pero estaba
todo mojado. Echó un vistazo a la
oscuridad de la sauna, haciendo túnel
con las manos para poder ver algo. Ahí
tampoco había nadie.
—Mierda —murmuró.
Al volver a los vestuarios, el
hombre iracundo se cruzó en su camino.
Parecía haberse calmado un poco, y
miró a Brian, confundido.
No había un alma allí. De hecho,
no había pruebas del profanador. Cerró
unas cuantas taquillas que estaban
abiertas y se giró hacia el socio
enfadado.—
¿Pudo verle bien? —dijo,
arrepintiéndose de sus palabras según
estas iban saliendo de su boca.
—Claro —respondió el hombre
—. También le hice una foto mientras se
la cascaba. ¿Qué crees que hice?
Espera, voy a darte una descripción.
Estaba desnudo, era blanco, peludo y
seguramente italiano. Y ¡ah, claro!
¿Cómo he podido olvidarlo? También la
tenía pequeña. ¿Qué te parece? ¿Vamos
bien?
El hombre enfadado pasó junto a
Brian, empujándole, y abrió rápidamente
su taquilla para vaciarla. No paraba de
murmurar maldiciones. Brian, mientras
tanto, miraba abatido. No sabía qué
decir, y tampoco sabía cómo apagar
aquel fuego. En vez de avivarlo con más
gasolina, decidió volver a su mesa en el
mostrador.
Nadie daba señales de vida
fuera, en el aparcamiento que veía a
través de las grandes cristaleras de la
entrada. Los pocos socios del gimnasio
que habían detenido sus actividades
para ver el alboroto ya estaban de nuevo
enfrascados en sus ejercicios. Brian dio
una vuelta por la sala, buscando un
sospechoso italiano peludo con pinta de
estar recién duchado.
«Quizá podría pedirle que me
enseñara la polla», se dijo a sí mismo
en broma. Todo aquello era surrealista.
Pensó que si hiciera esa broma a
alguien, casi nadie la encontraría
graciosa. El calvo seguro que no.
—Bueno, pues nada —susurró.
Brian volvió a su sitio en el
mostrador con energía y concentración
renovadas. El incidente le había
despertado, así que decidió rellenar un
informe en el ordenador mientras aún
tenía capacidad mental para hacerlo.
—Oye, tío —dijo una voz suave
al otro lado del mostrador.
Era el calvo, y estaba de pie
frente a él.
—Escucha, siento haberte
gritado. Ya sé que no es tu culpa. Es
solo que… —hizo una pausa—. Me ha
puesto de los nervios. Siento haber sido
tan ruidoso y soez.
Brian frunció los labios y asintió
con la cabeza. Entendía perfectamente
que el tío estuviera cabreado.
—No se preocupe. Si volviera a
verle, por favor, no dude en avisar al
personal. Siento lo que le ha ocurrido.
—Oh, no hay problema, tío.
Nunca se sabe cuándo va a aparecer un
rarito. No van por ahí con un cartel que
dice: “Hola, me la casco en las duchas y
miro a otros tíos”, ¿no?
El semblante del hombre cambió
al momento, y se echó a reír. Brian le
devolvió la sonrisa antes de volver a su
papeleo. Todo aquello fue más que
suficiente para espabilar a Brian. Antes
de darse cuenta, ya estaba de camino a
la residencia para cambiarse y acudir a
su clase de literatura inglesa. Con las
pilas cargadas de nuevo, solo tardaría
unos minutos en cruzar el campus. No
podía esperar a contarle la aventura a
Zack, su compañero de habitación. Era
un buen colega, y le encantaban las
historias graciosas. Seguro que
encontraría el punto cómico de la
situación.
A las 7 en punto ya estaba fuera,
y se dirigió rápidamente a su dormitorio.
La residencia estaba en un viejo edificio
de ladrillo venido a menos que, por su
aspecto, debía haber sido construido a
principios de 1900. Abrió la puerta
lateral y subió las escaleras hasta la
segunda planta. El pasillo del ala este,
para variar, estaba vacío, y no se oía ni
un ruido.A pesar de encontrarse a tope de
energía, Brian no se percató de lo que
significaba la inequívoca señal de la
puerta; un calcetín colgado en el pomo.
Rebuscó las llaves en su bolsillo, tiró el
calcetín a un lado y abrió la puerta de
par en par.
—¡Oh, dios! ¡Brian! —gritó una
voz de mujer desde el i

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