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Libro PDF Juegos insolentes Libro 1 Emma Green

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El viento agita suavemente las palmeras, pero el aire es pesado. Uno creería que en casi seis años ya debería haberme acostumbrado al calor asfixiante de esta isla en
el sur de Florida. Me amarro el cabello en un chongo despeinado y me ventilo como puedo con la hoja de papel sobre la cual garabateé algunos intentos de discurso. Me
voy a romper un diente de tanto que aprieto la mordida. Pero a veces, uno debe esforzarse. Eso fue lo que él me enseñó.
Sostenido en el aire por cuatro hombres musculosos, el imponente ataúd de pino macizo avanza algunos metros adelante de nosotros. Lo sigo como un robot,
mirando a veces a la izquierda y a la derecha.
Sólo veo caras de entierro…
Una sonrisa atraviesa de pronto mis labios cuando mis ojos se fijan en la estatua inmaculada que parece surgir de la tierra, un poco más lejos. No es que un ángel
llorando sea muy divertido, sino que Key West es un lugar como ningún otro. Su cementerio, situado en el corazón de la vieja ciudad, es algo mágico. Fascinante. Como
si debajo de la tierra, los difuntos estuvieran brindando por sus bellas y felices existencias en vez de descomponerse y convertirse en polvo.
Esta mañana de abril, mi padre está por unirse a ellos para tomarse varios slushies y fumar cigarrillo tras cigarrillo. Dondequiera que se encuentre, probablemente
está esbozando su sonrisa canalla, con su mirada traviesa puesta en mí mientras se burla de mi vestido negro demasiado estricto y deprimente. Pensar en eso me estruja
el corazón. Una lágrima corre por mi mejilla y Betty-Sue la seca con la puta de su pañuelo con aroma a lavanda. Ella también lleva puesto un vestido negro, pero
acompañado por un enorme sombrero de color rojo vivo con encaje. Podría parecer que está disfrazada, pero en el camino me explicó que con su atuendo quería decir:
«¡Dios, si quieres venir a buscarme a mí también, estoy lista para recibirte! »
– No puedo creer que ya hayan pasado ocho días desde que se fue… murmuro avanzando por el camino de grava.
Mi abuela aprieta mi mano con un poco más de fuerza y el cortejo fúnebre sigue andando hasta llegar al lugar donde Craig será enterrado.
Mierda. Entonces no estoy soñando. En verdad lo van a enterrar.
Nunca más volveré a ver a mi padre.
Los sollozos incontrolables se apoderan de mí, ya no puedo respirar y me refugio entre los brazos de Betty-Sue, quien también está llorando. Pero son los brazos
de Romeo Rivera, el antiguo brazo derecho de mi padre en la agencia inmobiliaria, los que me rodean instantáneamente para evitar que me derrumbe. La tristeza, la
injusticia, la violencia de esta situación me dan ganas de gritar de repente, pero me conformo con gemir en su cuello. Perder a quien te ha dado todo, a quien siempre ha
estado allí, contra viento y marea, es algo inexplicable. Indefinible. Duele demasiado.
Hace seis años, dejamos Florida para regresar a Francia. Seis años durante los cuales viví sola con mi padre, en París, trabajé con él para aprender el oficio de agente
inmobiliario y algún día convertirme en su sucesora. Betty-Sue se quedó en Key West todo este tiempo, aun cuando viniera a visitarnos de vez en cuando, sobre todo al
final, cuando su hijo se iba. Ahora, ambas estamos de regreso aquí. Pero sin él.
Mi padre murió el 12 de abril, después de un largo y terrible cáncer que le quitó la vida, pero no la dignidad. Luchó como un león durante varios años, intentando
ahuyentar el mal que le carcomía los pulmones. Yo estuve a su lado todos los días, tanto los buenos como los malos. Juntos tuvimos momentos de calma cuando la
enfermedad le daba un respiro, solamente por algunos días, algunas horas, pero esos descansos inesperados siempre estaban seguidos por un brutal regreso a la realidad.
Los pesados tratamientos, los efectos secundarios, las llamadas a la ambulancia, las noches en vela, las habitaciones de hospital, las caras deprimentes de los
especialistas, sus discursos alarmistas, la delgadez de Craig, el fuego que apagaba en sus ojos.
No siempre era una buena experiencia, pero debía aferrarme. Sonreír, costara lo que costara, por él. Desde mi sillón de piel verde almendra, le subía la sábana para
que no tuviera frío y le acariciaba el brazo, durante horas, verificando que todas sus perfusiones le dieran la fuerza que necesitaba. Si hubiera podido darle un pedazo de
mí, lo habría hecho, porque nada de lo que intentábamos -ningún tratamiento, ningún procedimiento- parecía funcionar.
Mi padre, que no creía en nada, intentó creer hasta el final. Testarudo y valiente, se negaba a contarme sus miedos, sus angustias. Entonces, me convertí en su roca.
Mantuve la fe con él, por él, hasta el instante en que comprendí que si negaba lo evidente, era por mí. Para protegerme. Seguramente me creía demasiado frágil, después
de lo que había pasado ya. Dejar Florida. Mi vida de antes. A quien amaba. Pero al negarse a aceptar lo inevitable, mi padre no estaba en paz. Entonces, sin saber que no
le quedaban más de diez días de vida, le di luz verde a Betty-Sue. Sin saber que mis tiempos eran perfectos, le anuncié a mi abuela que era hora de que subiera a un avión
para venir a despedirse de su hijo. Su único hijo. Mi único padre. Y todavía no cumplo ni veinticinco años.
De cierta forma, ambas estamos un poco huérfanas…
Y al desear ser enterrado aquí, en su tierra natal, me regresó a casa.
Mi madre realmente nunca me ha querido. Cuando dejó a mi padre, dos años después de mi nacimiento, me dejó a mí también. Al parecer, era inconcebible que
arruinara una parte de su vida viéndome crecer, educándome, queriéndome. Así que Craig hizo todo el trabajo, sin nunca quejarse. Él era todo lo que necesitaba. Con un
padre así, jamás me faltó nada.
La voz de Bob Dylan se eleva por el aire antes que el padre con acento cubano tenga tiempo de decir algo. Dejo el reconfortante hombro de Romeo y regreso a mi
lugar al lado de Betty-Sue, frente al hoyo cavado en el suelo. Alrededor de nosotros, una centena de personas me sonríen tristemente mientras me pongo a cantar con la
voz quebrada y mirando hacia el horizonte.
– Knock, knock, knockin’ on heaven’s door…
« Toc, toc, tocando en las puertas del cielo… »
Cada vez más voces se unen a la mía, en particular las de nuestros colegas en la Luxury Homes Company. Janice canta demasiado fuerte, un poco mal, pero sus
ojos llenos de lágrimas me conmueven profundamente. Lo mismo sucede con todo el equipo que hizo prosperar a la agencia inmobiliaria desde nuestra partida. Mi padre
seguía dirigiéndola desde París, con Romeo representándolo en los Estados Unidos. Yo no tomé el relevo a la distancia sino hasta que mi padre estuvo demasiado
enfermo para trabajar. Hoy, estoy definitivamente de regreso. Estamos en el mismo barco. Pero esta vez, soy yo quien manda. En seis años, aprendí casi todo lo que
había que aprender en nuestra agencia parisina, la cual dejé en manos de una persona de confianza. Aquí, una oficina con vista imperdible me espera.
Craig Sawyer pensó en todo…
Inclusive ahora, me sigue cuidando.
La canción termina y el silencio cargado de emoción me estruja nuevamente el corazón. Le echo un vistazo a la tumba, por ahora vacía, luego al ataúd que está por
descender bajo tierra. Si mi padre hubiera estado aquí, a mi lado, habría encontrado alguna broma para susurrarla a mi oído y hacerme sonreír de nuevo. Pero el día de
hoy, es a él a quien enterramos.
– Ninguna de ellas está aquí, gruñe Betty-Sue observando a la asamblea. Para ponerse el anillo bien que estaban, pero ahora…
– Es mejor así, murmuro tomándole la mano. Creo que sus ex mujeres lo lastimaron bastante.
Su piel es sorprendentemente fría comparada con la mía, su mano tiembla contra mi palma y la aprieto suavemente para recordarle a Betty-Sue que no está sola.
– Un hijo no debería morir antes que su madre, resopla con dolor.
– Yo sigo aquí. Sigo necesitándote.
– Oh Liv…
Mi abuela me abraza tan fuerte que me cuesta respirar. Emito algunos ruidos, sin saber si estoy riendo o llorando, y luego me separo de ella para escuchar el
discurso del sacerdote.
El último adiós.
No estoy lista…
Veo la boca del hombre con sotana moverse, pero ninguna palabra, ningún sonido llega hasta mis oídos. Mi cuerpo está allí, pero mi mente está en otra parte. No
quiero escuchar que mi padre ya no es más que un maravilloso recuerdo. Que su viaje ha llegado a su fin. Que toda su existencia, todo el amor que me tuvo, todos sus
combates, todos sus logros están ahora encerrados en una caja.
– Craig Sawyer no está ahí. No realmente, digo de pronto, en voz alta y lo suficientemente fuerte para que el sacerdote se interrumpa.
Todas las miradas se dirigen de nuevo hacia mí, puedo sentirlo. Romeo pone su mano sobre mi hombro, probablemente piensa que estoy delirando, le sonrío y
rechazo su gesto. No soy una pequeña niña débil a la que hay que socorrer. No necesito tomar una pastilla para dormir. Soy capaz de expresarme sin derrumbarme.
Entonces dejo que las palabras fluyan, acercándome al ataúd.
– ¡Mi padre no nos esperó! ¡Dondequiera que esté, Craig está viviendo su segunda vida! Probablemente diría que esta ceremonia es una pérdida de tiempo. Que
tiene mejores cosas que hacer que vernos llorar frente a su foto enmarcada – la cual seguramente odiaría. No, él ya está corriendo en todos los sentidos, está fumando un
cigarrillo mentolado, comprando una propiedad para revenderla a precio de oro, coqueteando con alguna mujer cantándole algo de Bob Dylan y ya se quiere casar con
ella.
Algunas risas se escuchan por todas partes, Betty-Sue parece compartir mi teoría y agrega con lágrimas en los ojos:
– Está bailando un tango con una castaña sublime… y seguro ya le pisó el pie.
Las risas vuelven a escucharse. Y continúo:
– ¡Está bebiendo litros y litros de slushies fosforescentes y llenos de químicos!
Hasta el sacerdote suelta una carcajada.
– Puede asesinar con su humor ácido, pero no puede evitar ayudar al primero que se encuentre… Se divierte al vernos reunidos aquí, mientras que él está feliz,
sonrío. Y no necesita que le recordemos cuánto lo amamos y cuánto lo extrañamos. Lo sabe bien…
– Jamás olvidará a su pequeña, la niña de sus ojos, el amor de su vida, concluye Betty-Sue dándome una palmada de afecto en el hombro.
Las risas se apagan. El sacerdote retoma su ceremonia, frente a varios rostros un poco menos consternados, un poco más serenos. Algunas lágrimas corren por mis
mejillas y no intento contenerlas. Como hizo mi padre antes que yo, decido aceptarlas. Para encontrar la paz.
Cada uno de los conocidos de mi padre se despide a su manera, desfilan frente a mí y a veces me ofrecen una sonrisa empática, una mueca de dolor o un guiño
alegre, y luego el ataúd desciende lentamente en la tumba. Lo sigo distraídamente con la mirada. Mi padre ya no está aquí. Ahora corre por una pradera, por una playa,
donde sea, libre como el viento.
Si lo sigo pensando, terminaré por convencerme.
No invité a nadie de mi pasado. Primero, porque no sentí la necesidad de hacerlo, y segundo, porque la lista hubiera sido corta. Muy corta. Se hubiera resumido a
una sola persona, de hecho. Bonnie, mi antigua mejor amiga, la diva con voz de terciopelo, que recorre los Estados Unidos con su grupo de góspel. Para ser honesta,
estuvo perfecto que se encontrara al otro lado del país. En algunos días, sus carcajadas me harán bien. Pero hoy, sus lágrimas no me habrían ayudado.
La asamblea comienza a agitarse, el sacerdote me hace una seña de que la ceremonia ha terminado y camina hacia mí. Después de que me atrapara a media cobardía,
dejo que Betty-Sue se encargue de él y tomo la tangente. Es entonces que lo veo. A la sombra de una palmera, vestido de negro de pies a cabeza, Tristan Quinn me
observa desde lejos. Mi mirada se cruza con sus penetrantes ojos azules y mi corazón se detiene… para luego echarse a andar a mil por hora. Mis piernas ya no son tan
estables como lo eran hace apenas un minuto. No logro descifrar la expresión sobre su rostro enigmático, en su mirada intensa. Ni comprender qué quieren decir sus
brazos cruzados sobre su torso. Impactada por su presencia, lo observo con asombro durante una eternidad, hasta que él entreabre la boca y sus pectorales se elevan,
como si le faltara el aire. Con las mejillas escarlata, me volteo bruscamente y miro hacia el suelo, para calmarme.
¡Mierda, estamos enterrando a mi padre!
Tristan pudo haber formado parte de la asamblea, como todos los que estuvieron reunidos aquí. Habría aceptado su presencia, consciente del amor y del respeto
mutuo que él y mi padre se tenían. Después de todo, era su hijastro. Mi hermanastro. Pero debió haberme avisado y elegir estar entre nosotros, no observar el
espectáculo bajo ese árbol, en secreto.
Es la primera vez que lo vuelvo a ver después de seis años de ausencia, de silencio y… de vacío.
Y de pronto, ya no sé ni por quién estoy llorando…
Lo mío con Tristan comenzó con chispas. Mi padre se casó con su madre cuando teníamos 15 años. No nos soportábamos y nos vimos obligados a vivir juntos
bajo el mismo techo, como los hermanos que no éramos. Hasta el día en que las chispas se transformaron en fuego. Teníamos 18 años. Y al parecer no nos estaba
permitido amarnos. De rumor en rumor, toda la ciudad convirtió nuestra pasión de adolescentes en una historia de incesto, en un amor prohibido. Intentamos
resistirnos… Hasta el drama que culminó todo. El pequeño hermano de Tristan, Harrison, desapareció cuando lo estábamos cuidando. Tenía 3 años. El dolor, la falta y la
culpabilidad fueron más grandes que nosotros. Tristan me amaba, pero decidió dejarme. Yo lo amaba, pero acepté su decisión. Regresé a París y nuestras vidas se
separaron definitivamente.
Hasta hoy.
– Liv, el sacerdote quisiera decirte algo antes de que te vayas, me anuncia suavemente Romeo mientras que sigo ocupada mirándome los pies.
– No, ya llegué a mi límite.
Me seco las lágrimas y dejo el sendero de grava. Ahora camino por el césped hacia la salida. Mis tacones se hunden en el suelo, así que me quito los zapatos y
acelero el paso. Mi colega – que se ha convertido en mi amigo a pesar de ser siete años más grande que yo, y que no ha hecho más que cuidarme desde que regresé – me
sigue sin hacer comentarios. Romeo siempre está allí cuando lo necesito. Nunca hace nada de más ni de menos. El treintañero sabe ser discreto, no le falta paciencia ni
compasión. Y debo reconocer que me siento menos sola y vulnerable cuando él está aquí.
Miro hacia atrás y constato que el sacerdote no intenta detenerme, demasiado ocupado respondiendo las preguntas -inapropiadas, seguramente – de Betty-Sue.
Miro hacia la izquierda, y la reja del cementerio aparece, indicándome que mi huida está llegando a su fin. Miro hacia la derecha y… cambio de opinión. Tristan sigue allí,
inmóvil, de pie bajo su árbol, con la mirada fija en el entierro que ha terminado, a lo lejos. Había olvidado la belleza casi arrogante de su perfil, la fineza de sus rasgos,
que contrastan con la fuerza que emana de todo su cuerpo. Y ahora corro hacia él, sin saber bien por qué, ni qué le voy a decir.
El ruido de mis pasos le advierte mi llegada. Tristan me mira de pronto, intensamente. Como antes. Ahora que estoy lo suficientemente cerca, puedo ver sus ojos
azules arrugarse.
– ¿Liv? ¿Qué estás… resopla Romeo detrás de mí.
Él parece perplejo, pero continúa siguiéndome. Acelero un poco más y finalmente llego hasta el hombre que tanto amé. Aquél que ya no es mi hermanastro. Ni mi
enemigo. Ni nada. El tiempo hizo lo suyo. Ya no tiene 18 años sino 25 . Y ya no tenemos ningún lazo. En todo caso, no familiar. Me planto frente a él, seis años
después, con los pies descalzos y el corazón hecho pedazos… pero nada sale. Ni una maldita palabra. Lo contemplo como tonta, me ahogo en sus ojos, dividida entre la
tristeza, la rabia y… el efecto que sólo él tiene en mí. Tristan permanece perfectamente inmóvil, a un metro de mí. Parece como si paseara su mirada por cada rincón de
mi rostro y luego dice con su voz ronca, hundiendo las manos en los bolsillos:
– ¿Cómo estás?
– Qué pregunta tan tonta.
Esta respuesta se me escapó. Obviamente no sabe qué decirme: acabo de perder a mi padre y hoy me estoy despidiendo de él.
– Tan simpática como siempre, Sawyer.
– Tan perspicaz como siempre, Quinn.
Una oleada de emociones contradictorias me inunda. Reír, llorar, gritar, besarlo, abofetearlo, abrazarlo, acurrucarme entre sus brazos… Ya no sé qué hacer. Ni qué
pensar. Cuando me fui, dejé a un adolescente que parecía más grande que su edad y cuya belleza solar me fascinaba. Sigue teniendo esa piel bronceada, esos ojos
brillantes, ese cabello de un castaño luminoso, en desorden, que provoca querer despeinarlo más. Pero me encuentro con un hombre. Su figura es todavía más
impresionante, su voz más grave, su seguridad enternecedora. Y el brillo al fondo de su mirada ya no es el mismo. Éste está lleno de virilidad, pasión, misterio y un sex
appeal casi animal.
– ¿Le parezco peligroso a tu guardaespaldas?
Me volteo y comprendo que está hablando de la presencia de Romeo, quien se alejó algunos pasos para darnos un poco de intimidad.
– ¿En verdad crees que te tengo miedo, Tristan?
Mi adversario suspira, se pasa la mano por el cabello – un poco más largo de lo que recordaba -, luego mira la tumba de mi padre a lo lejos. De pronto, sus ojos se
llenan de una tristeza infinita.
– Debiste decirme que pensabas venir, murmuro. Tenías un lugar aquí, pero no así.
– Tú y yo nunca hemos sabido cómo hacer las cosas.
– No importa. Mi padre siempre estuvo de nuestro lado. De tu lado…
– Era un buen hombre, admite. De hecho, está enterrado muy cerca de mi padre, no es por nada…
Se aclara la garganta y sus ojos azules se alejan hacia la tumba de Lawrence Quinn. Su padre, que falleció hace once años. Él tampoco tiene a alguien que lo apoye y
también sufre por ello todos los días. Frente a mí, tenso y pensativo, Tristan me parece inmenso repentinamente. Su mirada se queda fija, intensa, indescifrable.
Aprovecho este momento para observarlo más detalladamente. En seis años, varias cosas deben haber cambiado. Pequeños detalles que no lo son tanto para mí.
Sus ojos azules me parecen más obscuros que antes, como si las pruebas de la vida los hubieran ennegrecido. Sus hombros me parecen más amplios, sus brazos
más musculosos. Su piel bronceada contrasta con su playera y su pantalón negros, cuando él siempre vestía bermudas y playeras de colores. Sobre su antebrazo – en la
parte interior, ahí donde la piel es fina y suave -, noto la presencia de un tatuaje. Tristan se da cuenta de esto y no me da tiempo de estudiarlo. Vuelve a meter su mano
en el bolsillo y le parece necesario aclarar:
– Vine aquí por Craig, Liv.
– Jamás pensé lo contrario.
– No quería que creyeras…
– Llevo ya seis años sin esperar nada, Quinn.
– Entonces estás bien.
Su comentario me consterna, pero no tanto como a él. Al darse cuenta de lo que acaba de decir, sacude la cabeza cerrando los ojos.
– Liv…
– ¿« Estás bien » ? Acabo de enterrar a mi padre Tristan, resoplo con lágrimas en los ojos.
– Lo sé, lo lamento. No quería…
– Olvídalo.
Le lanzo una última mirada como si, a pesar de mi rabia, tuviera miedo de no volver a verlo nunca, luego doy media vuelta para regresar al portón. Huir de aquí.
Inmediatamente. Es vital.
Romeo anticipó mi huida y me espera ya al volante de un auto estacionado afuera del cementerio, listo para llevarme a mi casa.
O más bien, a casa de Betty-Sue…
El asfalto me quema los pies, subo al vehículo y azoto la puerta tras de mí.
– Voy a esperar a mi abuela, Romeo.
– No, te llevo a tu casa y regreso por ella.
– ¡No quiero dejarla sola!
– Está ocupada, ella fue quien me dijo que te llevara, insiste.
Mi caballero me amarra el cinturón. Estoy demasiado distraída para hacerlo, perdida en mis pensamientos, llenos de mi padre y de Tristan. Cuando pienso en ello,
creo que a mi padre le alegraría saber que su entierro fue el motivo para que me rencontrara con… mi primer amor.
Sí, Craig Sawyer era un hombre único.
– No sabía si dejarte sola con él, se disculpa Romeo. ¿Tristan te trató bien?
– No. Y yo a él tampoco. Imagino que finalmente ninguno de los dos cambió.
Una especie de gruñido se escapa de la garganta de mi vecino. Me volteo hacia él y lo interrogo con la mirada.
– Tristan Quinn hizo más que cambiar, Liv. Se transformó.
– ¿De qué hablas?
– Antes era un chico un poco rebelde, pero no tiene nada que ver con lo que es ahora.
– ¿Qué? ¿Un chico tatuado? ¡Dios mío, alguien llame a la policía!
– No estoy exagerando. Se volvió tan solitario que ahora es casi un ermitaño. Cuando sale, bebe demasiado, se pelea y termina en la estación de policía. Colecciona
mujeres, y no las más refinadas. Y sigue buscando a su hermano… aunque eso signifique tocar fibras sensibles y hacerse de enemigos.
Harry…
– ¿Cómo sabes todo eso?
– ¿Lo olvidaste? Vivimos en una isla, aquí todo se sabe. Y además, a pesar de los años, la desaparición de Harry sigue muy presente. Las personas están intrigadas
por saber qué sucedió con su hermano mayor, por qué da tanto de qué hablar…
Mis pensamientos se van seis años atrás. La noche de la desaparición. El caos. La desgracia. Harrison, el hermano menor de Tristan, no ha sido encontrado desde
entonces. ¿Secuestro? ¿Accidente? ¿Asesinato? Una cosa es segura: su cuerpo nunca fue encontrado y ninguna pista ha podido hacer que la investigación sea retomada.
A pesar del tiempo que ha pasado, el dolor sigue intacto. Es difícil volver a pensar en ese pequeño de 3 años, de menos de un metro de altura, tímido, cariñoso,
inteligente, que me debilitaba. Su desaparición nos traumó a todos, pero Tristan es quien más sufre hasta el día de hoy.
– Sienna se volvió a casar, ¿sabías?
La madre de Tristan, que también resultaba ser mi madrastra hace no mucho. Y que encontró al Marido Número Tres tan sólo unos meses después de que
dejáramos Key West.
– Sí, algo escuché… Betty-Sue nos mantenía al corriente a papá y a mí. Al parecer, encontró a un hombre de la alta sociedad.
– Un hombre de negocios cercano al alcalde, que juega al político, asiente Romeo arreglando el aire acondicionado.
– Tuvieron un hijo, ¿no?
– Sí, un niño. Debe tener unos 5 años.
Sienna Lombardi, más rápida que un relámpago…
– Lo cual convierte a Tristan en un hermano mayor. De nuevo…
Romeo alza los hombros y mira el camino, como si mi último comentario no tuviera importancia. Él no sabe a qué grado Tristan amaba a Harry. A qué grado ambos
hermanos eran unidos. A qué grado se siente culpable por su desaparición.
Su desaparición que acabó con nuestra historia…
– Ya llegamos, señorita Sawyer, me sonríe cortésmente mi chofer de lujo.
Me doy cuenta de que el vehículo lleva varios minutos detenido, frente a la pequeña choza de mi abuela. Le agradezco a Romeo, me pongo los zapatos, salgo con
dificultad del auto y me alejo con una pequeña señal de la mano. Pero el apuesto castaño con piel mate no ha terminado c

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