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Libro PDF Juventud en Viena Arthur Schnitzler

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mundo mi padre, no me cabe duda de que,
irremediablemente, me habría sentido como un
extranjero, o como un exiliado. Tentado estoy de
analizar ya aquí esa cuestionable idea de que
alguien que ha nacido en un país determinado, ha
crecido allí y trabaja allí normalmente, deba
considerar como su verdadera patria otro país —y,
además, no aquel en que se establecieron sus
padres y abuelos decenios atrás, sino en el que lo
hicieron sus más remotos antepasados hace
milenios—, y no sólo por motivos políticos,
sociales y económicos (sobre los cuales aún se
podría discutir), sino también «afectivos»; no
obstante, resultaría prematuro si me detuviera en
un problema que, si bien con toda certeza ya latía
en la mente de algunos en aquella época liberal o
liberalizadora, aún no había tenido mayores
repercusiones.
Con la familia de mi madre, que vivía en
Viena, se desarrolló, como es natural, una relación
mucho más rica y viva que con la de mi padre. Su
padre, Philipp Markbreiter, hijo o nieto de un
joyero de la corte de Viena y doctor en Medicina y
Filosofía, había sido un médico con una consulta
muy solicitada en años anteriores, además de un
excelente pianista en sus ratos de ocio. Y en lo que
respecta a cultura y talento, habría podido llegar
lejos en cualquier campo o, cuando menos,
mantenerse en una posición más que digna, de no
haber caído en una pasión por el juego de año en
año más irreversible. A partir de cierto momento
de su vida, en cualquier caso bastante temprano,
derrochó todo lo que tenía y ganaba en la lotería o
especulando en la Bolsa. Siempre con problemas
de dinero y en busca de nuevas sumas para jugar,
no reparaba en recurrir a vías poco usuales para
conseguir el dinero necesario para tal efecto; así,
por ejemplo, inmediatamente después de la boda
de su hija mayor, le pidió prestada al marido la
dote que acababa de darle para saldar una deuda
urgente, y nunca encontró ocasión de devolverle
aquella suma relativamente pequeña (se trataba de
seis mil guldens). Bien entrado en los setenta y
muy delicado de salud, solía viajar a Montecarlo
todos los inviernos, y sistemáticamente había que
enviarle el dinero para el viaje de vuelta —y, por
lo general, más de una vez—, porque
repetidamente había perdido todo su haber en la
ruleta. En casa practicaba diversos juegos de azar
de poco dinero con su esposa, sus hijas y otros
parientes; su favorito era el angehen, después
también el póquer, y, de una manera infantil,
siempre intentaba mejorar su suerte guardándose y
escondiendo cartas debajo del tapete, sobre las
rodillas o en la manga de la levita, lo cual se le
consintió al anciano con mucha más benevolencia
cuando una afección de la muñeca le privó de la
especial habilidad que estas triquiñuelas requerían
y, al ver truncado su ridículo engaño, se levantaba
hecho una furia para volver a sentarse a la mesa de
juego a los pocos minutos, como si no hubiera
pasado nada. En general, lo he conservado en mi
memoria como un anciano con frecuencia
malhumorado y nervioso pero nunca como alguien
poco importante y menos aún poco distinguido. No
sólo gozó hasta el fin de sus días de cierto carácter
cosmopolita y afable, sino, en sus buenos
momentos, también de una sorprendente agilidad y
agudeza de ingenio, pues incluso en sus últimos
años solía recitar de memoria a los clásicos
griegos y latinos. Lo que me disgustaba seriamente
de él, en el fondo, no era más que la brusca forma
en que trataba a su única hermana viva, una
señorita de avanzada edad, sin recursos, sorda y
medio ciega, una criatura digna de compasión a la
que, mediante aquel pésimo humor y de un modo
para mí incomprensible, parecía querer hacerle
pagar sus achaques y desventurado destino de
vieja solterona, Sobrellevados con dignidad y
paciencia, como si se tratara de una injusticia
cometida contra él. Sus sobrinos y sobrinas, en
cambio, a los que en tiempos había dado clases de
piano e idiomas, adoraban a tante Marie con
sincero agradecimiento; también la generación
siguiente sentía un gran cariño hacia aquella
anciana bondadosa y callada, y era frecuente que
de niños, en verano, fuéramos a visitarla al campo
con nuestra madre, a Mödling por lo general,
adonde finalmente se retiró por completo y donde,
en todo momento, podíamos estar seguros de
encontrarla, en una casa modesta pero acogedora,
a la ventana, en compañía de su canario, con sus
gafas opacas e inclinada sobre algún volumen
tomado en préstamo de la biblioteca. En su casa
coincidíamos también con otras dos solteronas,
muy alta y flaca la una, bajita y corpulenta la otra,
a las que llamábamos sencillamente «las primas» y
a quienes yo, puesto que nunca aparecían la una sin
la otra, jamás traté de imaginar como personas
independientes.
Mi abuela, nacida en la pequeña ciudad
germano-húngara de Güns[4], en la frontera de la
Baja Austria, procedía de la ilustre familia Schey,
que se remonta hasta un antepasado llamado Israel,
cuyo hijo Lipmann murió en 1776. El bisnieto de
este Lipmann, Markus, fue mi bisabuelo, y todavía
hoy lo recuerdo con toda claridad como un anciano
paralítico, en silla de ruedas, y que ya tampoco era
dueño de la palabra. Murió en 18 6 9, su hermano
Josef le había precedido en 1849, y el menor,
Philipp, el primer Schey que gozó del título de
barón, vivió hasta el año 1880. Aún me parece
estar viéndolo: un hombre alto, erguido y
corpulento, de sonrisa sarcástica, sin barba,
vestido con una elegancia pasada de moda, en un
cuarto espacioso, casi lujoso, de su vivienda de la
Praterstrasse, cuyas ventanas hasta el suelo
estaban fijadas a los saledizos abalconados
mediante barrotes de metal dorado; y me resulta
difícil no confundir su imponente y un tanto
intimidatoria apariencia con la del Goethe
consejero áulico.
La acomodada situación de la familia Schey
viene de muy antiguo; a principios del siglo
pasado —el XIX— tal situación se convierte en
riqueza gracias a una gran actividad y una
inteligentísima gestión financiera en sus tratos con
nobles húngaros endeudados: se produce un
traslado parcial a la gran ciudad, la familia se
sigue ramificando, establece múltiples parentescos
nuevos por matrimonio, a menudo ventajosos; de
éstos nacen banqueros, oficiales, eruditos,
agricultores, y tampoco faltan casos originales en
los que de un modo peculiar se mezclan los tipos
del patriarca judío y del aristócrata, del agente y
del caballero; algunos de los jóvenes y
jovencísimos vástagos se diferencian de los
descendientes de la rama de rancio abolengo como
mucho por tener algo más de chispa y esa
tendencia a reírse de uno mismo que viene dada
por la raza; también entre las mujeres y muchachas
(junto a aquellas que, por respecto y forma de
conducirse, no quieren o no pueden negar su
ascendencia) encontramos a la señorita deportista
y la dama a la última moda; y se sobreentiende que
en las regiones que estoy mencionando aquí muy
de pasada, el esnobismo, esa enfermedad universal
de nuestro tiempo, no pudo sino dar con unas
condiciones espléndidas para desarrollarse.
Mi abuela, Amalia Markbreiter, era hija de una
época distinta, más tranquila y más sencilla. Era
una señora de su Casa, educada de modo
enteramente burgués, simplemente inteligente y
hacendosa, la más entregada y paciente esposa de
un cónyuge un tanto problemático, una madre llena
de amor y amada por sus muchos hijos. Apenas
recuerdo un solo día de mi infancia en el que mi
madre, como las Otras hijas, después casadas, y
con frecuencia también los hijos, yernos y nueras,
no se acercase a verla un rato más o menos largo a
última hora de la tarde. Mientras los mayores iban,
venían, charlaban o se divertían con un inofensivo
juego de azar, los niños se entretenían a su manera
con lecturas y toda suerte de juegos. En cierto
modo, para mí todas aquellas veladas en casa de
mi abuela se funden en una sola; sólo destacan
unas pocas, más claras y festivas. Así, sobre todo,
aquella noche del año en que la fiesta de la
expiación[5] tocaba a su fin y anhelantes
buscábamos en el cielo el lucero de la tarde, cuyo
primer resplandor en el horizonte anunciaba el día
de la contrición. Allí estaba la mesa puesta, en
medio de la habitación, cubierta de deliciosa
repostería hecha siguiendo todo un ritual de
preparación, Boles y Bretzel de pimienta, bollitos
de semillas de amapola y de nuez, de los que
también podían disfrutar quienes no habían
guardado veinticuatro horas de ayuno, es decir, los
niños y los miembros más liberales de la familia;
y, además —ya aquello era para no saber qué
pensar de la justicia divina—, eran éstos
precisamente los que podían divertirse a su libre
albedrío, sin la fastidiosa mesura que se
aconsejaba a los piadosos observadores del
ayuno. La verdad es que creo que la más piadosa
de todos, la

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