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Libro PDF Kate Bentley Marisa Sicilia

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Había salido a pasear como todas las
mañanas. Le encantaba pasear. Le
resultaba exasperante quedarse en casa
bordando o leyendo. Había releído ya
demasiadas veces todos los libros de la
pequeña biblioteca familiar y, para
desesperación de su madre, era incapaz
de quedarse sentada durante horas —
como hacía ella a diario— con la labor
en las manos.
Sin embargo, debía reconocer que
aquella mañana no era de las que más
alentaban a gozar del aire libre y los
verdes prados del condado de
Berkshire. El cielo estaba cubierto y
amenazaba lluvia. Lo había comprobado
antes de salir y, aun así, no había
dudado ni un instante. No soportaba la
idea de permanecer en casa encerrada, y
menos el hecho de tener que sufrir las
continuas quejas y los cambios de humor
de su padre. Cualquier cosa era
preferible a eso.
Desafortunadamente, a la mitad del
trayecto, ocurrió lo que temía. Al
principio se trató solo de una ligera
llovizna, pero pronto se convirtió en un
aguacero torrencial. Se envolvió en la
capa y se subió el vestido para tratar de
evitar —con escaso resultado— que se
llenase de barro. El terreno estaba cada
vez más enfangado. No le quedó otro
remedio que salir de la campiña y
marchar por el camino para tratar de
llegar a su casa con mayor rapidez.
Evitaba dejarse ver por los caminos
siempre que le era posible. Se exponía a
soportar los comentarios de Marcia
Stevens sobre su espontaneidad, si se
cruzaba con su coche entre visita y visita
a alguna de sus muchas amistades de
entre la vecindad, y su madre volvería a
recriminarle que jamás conseguiría un
marido si seguía vagando como una
campesina por los campos.
Como si tuviese alguna oportunidad…
Su padre había dilapidado el patrimonio
familiar en deudas de juego y negocios
desafortunados y lo único que poseía
eran deudas. Ningún hombre en su sano
juicio aceptaría por esposa a una mujer
que no tenía ni una libra de renta. Kate
pensaba que eso le daba el derecho a
actuar como mejor le placiera, aunque
ninguno de sus progenitores compartía
su punto de vista.
No. Era realista y no se hacía
ilusiones. Incluso a pesar de no ser del
todo sincera consigo misma respecto a
ese asunto, ya que —al menos en dos
ocasiones— tuvo la posibilidad de
rechazar las proposiciones de
matrimonio de sendos caballeros, no
muy escrupulosos y de edad más que
avanzada, que habían pensado en
aprovecharse de la mala situación de su
familia para conseguir una esposa joven
con poco gasto para su bolsillo.
Por suerte, había conseguido ocultar
esas proposiciones a su padre. No así a
su madre, que lloró amargamente,
asegurándole que terminaría viviendo de
la caridad de algún pariente o, Dios no
lo quisiera, trabajando como institutriz.
Kate callaba para evitar replicarle que
prefería ser institutriz a aguantar a un
marido despreciable, como hacía ella.
La lluvia pasó tan veloz como había
aparecido, pero sus ropas estaban
empapadas. Caminaba a buen paso
cuando oyó el galope de dos caballos
acercándose. Se volvió. Eran soldados.
Toda la comarca estaba revuelta por la
noticia de que un destacamento
acamparía en las inmediaciones esa
misma primavera. Se esperaba su
llegada de un momento a otro. A Kate no
le gustaban los soldados. Por lo común
eran groseros y altaneros. Confiaba en
que pasasen de largo, pero se dio cuenta
de que aflojaban la marcha conforme se
iban aproximando.
—Muchacha —llamó uno de ellos
con el tono de quien está más que
acostumbrado a ejercer el mando—.
Buscamos Glenn Farm, ¿sabes dónde
está?
—Se encuentra a poco más de cuatro
millas —respondió Kate, concisa pero
educadamente—. Sigan hasta Ingram y
de allí a White Manor, después tomen el
camino del viejo molino hasta el cruce
con la propiedad de los Mortimer y
continúen por el desvío que encontrarán
a su izquierda. A partir de ahí es todo
recto.
Los hombres se miraron entre sí con
fastidio. El que llevaba la voz cantante
echó mano de su bolsa y sacó un par de
monedas que lanzó al aire y fueron a
caer a los pies de Kate.
—Llevamos mucho retraso. Sube a
mi caballo y condúcenos hasta allí.
Muy a su pesar, Kate se ruborizó. La
habían confundido con una aldeana. Si
su madre se enteraba, le diría que le
estaba bien empleado, y si se enteraba
su padre…
—No tiene pérdida. Solo tienen que
continuar hasta el próximo cruce y
preguntar en Ingram si aún tienen dudas.
Él la interrumpió sin prestar atención
a sus indicaciones.
—Vamos, muchacha. Ven con
nosotros. Te dejaremos cerca de donde
vayas. No te vamos a comer.
Le dirigió una sonrisa que Kate
supuso que pretendía ser seductora y le
tendió la mano con la intención de
ayudarla a subir a su montura.
—Les ruego que no me molesten más
—dijo enérgica Kate—. No pienso subir
a su caballo.
El que estaba callado miró divertido
a su compañero.
—Vaya, capitán. Parece que esta se
te resiste.
—¿Es que no es suficiente con diez
chelines? —dijo aquel hombre sin
perder su molesta sonrisa—. ¿Cuánto
nos quieres sacar?
Kate estaba furiosa. Cualquiera de
sus amigas se habría muerto de
vergüenza, pero no pensaba acobardarse
delante de aquellos engreídos.
—Soy Miss Katherine Elizabeth
Mary Bentley y mi padre es el caballero
Thomas Bentley. Mi familia ha residido
en Camden durante generaciones. No
pienso ir con ustedes a ningún sitio y les
exijo que me traten con el respeto que
merezco.
Los dos se quedaron ligeramente
sorprendidos, pero pasó pronto. Se
miraron entre ellos y se echaron a reír.
Kate no se había sentido tan humillada
en su vida.
Aquel hombre odioso la miró de
nuevo y le hizo una burlona reverencia.
—Milady, disculpe nuestra rudeza.
Yo solamente soy el capitán James
Kenneth y él es mi compañero, el
teniente William Harding. Venimos de
Surrey y estamos perdidos en esta
comarca, pero en consideración a su
rango subiremos nuestra oferta a una
libra.
—Es usted un indeseable, capitán, y
una deshonra para nuestro ejército —
dijo Kate con todo el desdén que
consiguió reunir.
Los soldados se rieron aún más.
—Es lo mismo que dice el coronel,
¿verdad, Harding?
—Cierto. Te ha calado a la primera,
Kenneth.
—¿Significa eso que no somos lo
suficientemente buenos para que nos
honre con su compañía, Miss…? —dijo

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