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Libro PDF La cala – Diego G. Andreu

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―¿Estáis seguros de que es por aquí?
―inquirió Pablo, el más pequeño de los cuatro,
mientras trataba de pedalear a un ritmo más alto
para no quedarse atrás. La BH, aquel artilugio de
finales del siglo pasado, era la única bicicleta que
había quedado para él en el apartamento de
alquiler, ya que la mountain-bike, con
amortiguadores y todo, se la había agenciado su
hermano mayor nada más verla. Desde unos metros
por delante, Alex miró por encima del hombro y
no pudo evitar sonreír al ver la pinta que tenía su
hermano pequeño en aquella destartalada bicicleta
con el sillín estropeado y que obligaba al
muchacho a ir sentado como un cuatro perfecto.
―¡Vamos, Pablo, síguenos o te quedarás atrás!
―gritó Alex al tiempo que tomaban una curva a
gran velocidad.
―¡Esperadme, por favor!
Pablo movía tan rápido las piernas, que
muchas veces los pies se salían de los pedales y le
golpeaban las espinillas dolorosamente.
―Joder, Alex, no hace falta correr tanto
―terció Guille―. La cala no se va a mover del
sitio, y tu hermano cada vez está más lejos.
―Estoy totalmente de acuerdo ―lo apoyó
Sergio.― Si le ocurre algo a tu hermano, nuestros
padres nos van a joder todas las vacaciones.
Alex, que iba en el centro, miró a sus amigos a
ambos lados y apretó levemente los frenos hasta
alcanzar una velocidad aceptable. El fuerte viento
que sentía en su rostro, pronto se convirtió en una
ligera brisa que apenas ondulaba su largo cabello.
Hasta en ese momento que tanto le gustaba
disfrutar tenía que estar su hermano fastidiándole.
―Está bien, vamos a esperarlo. De todas
formas ya falta poco para llegar.
Ésa era la primera aventura que tenían
pendiente desde que llegaran un año más de
vacaciones a Benitatxell, pero la extraordinaria
idea perpetrada por Alex había alentado aún más
si cabe los deseos de Guille y de Sergio. Consistía
en acudir a las 3:00 de la madrugada a una idílica
cala prácticamente desconocida que había
descubierto en internet, cuando ésta está totalmente
desierta y la oscuridad es la dueña del paisaje, sin
turistas a la vista, únicamente acompañados por la
soledad. Bajo esas circunstancias, la excursión se
convertía en una hazaña mucho más interesante, y
sobre todo, mucho más emocionante.
Esa noche, aunque no había sido premeditado,
la luna llena brillaba en lo alto, bañando con su
tenue luz plateada todo lo que se ponía a su
alcance. Un punto más a su favor.
―Sí que tarda tu hermano, ¿tanta ventaja le
hemos sacado? ―comentó Sergio. Su piel, ya
tostada por el sol, brillaba a la luz de la luna.
―Ya lo oigo ―musitó Alex.
Los tres amigos, pedaleando muy despacio,
vieron la luz del faro de la BH acercarse hacia
ellos a toda velocidad. Inmediatamente,
aumentaron las pedaladas para ponerse al mismo
ritmo.
―Venga Pablo ―lo increpó Alex―, nos estás
haciendo perder tiempo. Ya podríamos estar allí.
―Lo siento, pero es que esta bici es un
fastidio. ―Su voz sonaba agitada, y no era para
menos. Pablo tuvo que emplear el doble de
esfuerzo que ellos para poder mantener el mismo
ritmo. Y para colmo, la dinamo situada en la rueda
delantera estaba demasiado apretada y aún le
costaba más pedalear, por no decir el horrísono
zumbido que producía con el roce y que se clavaba
en sus oídos como un enjambre de abejas.
―Vamos, ya falta poco.
Alex se vio tentado a pedalear de nuevo con
fuerza, pero se contuvo. Al fin y al cabo era su
hermano y tampoco le agradaba verlo sufrir en
demasía. La carretera, a esas altas horas de la
madrugada, estaba totalmente desierta y, como
habían previsto, no se cruzaron con ningún coche
en el camino. En ninguna de las dos direcciones.
Avanzaron a una velocidad moderada (cosa que
Pablo agradeció), y por un momento, el pequeño
sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. Lo cierto
es que odiaba la oscuridad, (a sus once años
todavía seguía soñando con zombis y vampiros) y
ahora que la marcha se había convertido más bien
en un paseo, tenía el tiempo suficiente para reparar
en la apariencia sombría y amenazadora que
cobraba la frondosa arboleda que envolvía la
carretera. En cierto modo, se sentía protegido por
Alex y sus amigos, pero al fin y al cabo ellos solo
eran dos años mayores que él. Si una horda de
zombis hambrientos los abordaban desde la
oscuridad de los árboles, poco podrían hacer.
Estaba totalmente convencido. Quizá su padre…
podría tener una oportunidad.
―¿Cómo vas, Pablo? ―se interesó Alex
mirando hacia atrás.
―Bien, bien, así mucho mejor. Lo siento.
El miedo empezaba a hacerse un hueco en su
mente, y esa maldita luna llena no hacía otra cosa
que recordarle que era la hora del hombre lobo.
Seguro que en cualquier momento se escucharía un
aullido cavernoso en la lejanía, y seguro que
incluso en la distancia podría olfatearlos sin
problemas. Intentó distraerse con otra cosa, con lo
único que tenía a la vista. Observó a su hermano y
a sus amigos dos metros por delante de él. Sonrió.
Parecían las Tortugas Ninja, solo que las mochilas
que llevaban a sus espaldas eran los caparazones.
Pensó, ¿quién sería él? porque eran cuatro, él por
fuerza debería ser uno de ellos. Sin duda se
adjudicaba su favorito: Donatello. Así mucho
mejor. Fuera monstruos del inframundo. Joder,
debería haberse quedado en casa durmiendo. ¿Por
qué habría insistido en ir?
Alex se adelantó con la bicicleta y giró hacia
un estrecho camino de tierra que se adentraba en la
vegetación.
―Vamos, seguidme, es por aquí ―indicó al
resto.
La suavidad del asfalto de la carretera se
convirtió de pronto en un recorrido escabroso,
plagado de piedras y maleza, que para las
fabulosas bicicletas de los mayores no era
problema, pero que para su BH era un auténtico
suplicio y un dolor asegurado para todo el día en
el trasero.
―Por favor, no corráis ―suplicó Pablo
mientras sujetaba el manillar como podía.
―Joder Alex, ¿no tenías otra bicicleta para tu
hermano? ―quiso saber Guille, que de vez en
cuando apretaba el freno haciendo derrapar la
bicicleta.
―Si hubiéramos tenido otra no habría venido
con ese trasto, ¿no crees?
Pasaron un cartel viejo de madera donde
rezaba ‘CALA DE MORAIG – PARKING 500

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