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Libro PDF La cooperante Benjamín Recacha

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dos años como un relato para el blog
‘Salto al reverso’, en el que artistas
gráficos, escritores y amantes de las
letras y el arte en general comparten sus
creaciones de forma altruista, por el
placer de hacerlo y de dar a conocer su
obra. Debo decir que me siento muy
satisfecho por el crecimiento de una
iniciativa que le debe casi todo, es de
justicia nombrarla, al empuje y el talento
de la mexicana Carla Paola Reyes, una
de tantas magas de la palabra que
habitan la red. Y es que Internet puede
ser muchas cosas, pero, desde luego, una
de las más destacables es su potencial
para poner en contacto el talento y la
proactividad. ‘Salto al reverso’ es un
claro ejemplo de ello y yo me siento
muy orgulloso de formar parte de esa
familia.
La cuestión es que lo que iba a ser un
relato de un par de entregas se acabó
desbordando. A medida que escribía
aparecían nuevos personajes y tramas,
hasta el punto que me encontré con una
historia mucho más compleja de la
ideada en un principio. Por aquella
época yo ya me había puesto de lleno a
escribir mi segunda novela, Con la vida
a cuestas, y acabé dejando este proyecto
aparcado. Hasta hace unas semanas,
cuando decidí que merecía la pena
acabarlo antes de “embarrarme” con la
siguiente novela.
Voy a escribir una historia policíaca,
con su asesino en serie y su detective
que lo persigue, así que pensé que
acabar La cooperante me podía servir
de calentamiento. Veréis que se trata de
u n thriller bastante peculiar, muy
centrado en una actualidad política
española algo “distorsionada”. Varios
personajes secundarios os resultarán
muy familiares, aunque aparezcan
bastante caricaturizados.
El resultado final es una novela corta,
espero que trepidante y divertida, sin
más pretensión que la de entretener y
hacer aflorar alguna que otra sonrisa. No
me tengáis muy en cuenta la posible falta
de consistencia. La verdad es que nunca
me planteé acabar publicándola como
novela, pero después de completarla
creí que podía ser un bonito regalo para
la gente que sigue mi trayectoria en la
aventura literaria.
Os dejo con Laia, Robredo, el
Conseguidor, Mariano, Sorayita, Luis y
compañía. Espero que paséis un buen
rato de lectura. Quién sabe, quizás de
aquí acabe saliendo una serie…
I
Después de varios días huyendo, no
sabía cuántos, escondiéndose entre las
sombras, evitando los espacios abiertos,
Laia se había hecho a la idea de que ya
siempre sería así. Tendría que renunciar
a la vida que conocía: su familia, sus
amistades, su trabajo, su novio… No
podía poner en peligro a más personas
de su entorno. Varias de las que habían
intentado ayudarle no habían vuelto a
dar señales de vida, lo que le hacía
temer lo peor. Aquella gente no se
andaba con remilgos.
Tras dos años de secuestro, el día que
le comunicaron que la liberaban no
podía creerlo. Hacía tiempo que había
perdido la esperanza, y sólo aguardaba
el momento de la ejecución. Tan funesta
perspectiva, lejos de aterrorizarla, le
ayudaba a soportar el cautiverio. La
expectativa de una muerte próxima era
lo más parecido a una liberación que
podía esperar.
Cada mañana, al despertar, se
preguntaba si aquel sería el día. En
verdad, los últimos meses ya ni eso. Era
como un alma en pena. No sabía dónde
estaba, ni quiénes ni por qué la habían
secuestrado. Ella no era nadie, una
simple cooperante que intentaba
dignificar la vida de personas
condenadas a un cautiverio permanente
por el simple hecho de haber nacido en
el lado equivocado del muro que
separaba la franja de Gaza del poderoso
estado de Israel.
Sus raptores nunca le dijeron por qué
la habían elegido. Ella imaginaba que
tendría que ver con su incondicional
compromiso con la causa palestina, pero
no disponía de indicio alguno de que
fuera así.
Al recordar el día de su liberación
tenía la sensación de estar reviviendo un
sueño. Todo fue muy rápido. Trayectos
cortos, cambios constantes de vehículo,
hombres encapuchados que apenas
intercambiaban breves palabras en un
idioma que no entendía (había llegado a
la conclusión de que usaban lenguaje en
clave, pues ella hablaba árabe y hebreo,
y lo que escuchaba era muy diferente de
ambos). Finalmente, la hicieron bajar en
la pista de despegue de un aeródromo
perdido en el desierto. Allí la recogió
un hombre vestido de negro y con gafas
oscuras que se identificó como agente
del Centro Nacional de Inteligencia
español. Sólo cuando escuchó aquellas
palabras en castellano tomó conciencia
de que, efectivamente, volvía a ser libre.
Subió al jet que esperaba con la
escalinata bajada y en cuanto tomó
asiento cayó en un sueño profundo. No
recordaba lo que era dormir por el
placer de hacerlo.
Su llegada a Barajas fue todo un
acontecimiento. Sonrisas y abrazos por
doquier. Flores. Montones de personas
que se alegraban de verla, que lloraban
de alegría, y ella les correspondía con
besos y sonrisas, aunque tenía la extraña
sensación de estar asistiendo al
recibimiento de otra persona. Era como
si aquella mujer objeto de tantas
atenciones no fuera ella. Dos años de la
más absoluta soledad hacen mella.
En el hall del aeropuerto habían
preparado una tarima con micrófono.
Allí estaba la plana mayor del gobierno
y representantes de la entidad para la
que trabajaba. Todos pronunciaron
sentidos discursos, repletos de
grandilocuentes palabras y buenos
deseos. Cuando llegó su turno
únicamente fue capaz de sonreír y decir
“gracias”.
Los días siguientes fue protagonista
de portadas y programas de radio y
televisión. Le hicieron montones de
entrevistas en las que destacaban su
aplomo y se asombraban por su
capacidad de sufrimiento. “Llega un
momento en el que no piensas.
Simplemente resistes. El ser humano es
capaz de adaptarse a cualquier
circunstancia, por dura que parezca”,
argumentaba ella.
Y vaya si tenía razón. Lo había vuelto
a hacer… Lo estaba volviendo a
hacer…
Dos semanas después de la liberación
recibió la llamada.
Había vuelto a Barcelona, al piso que
compartía con su novio, quien la había
estado esperando todo aquel tiempo,
convencido de que regresaría. Ella no
podía decir que lo siguiera queriendo.
No lo sabía, y es que el proceso de
recolocar sus sentimientos tenía que ser
necesariamente largo, pues ella ya no
era la misma persona. Sin embargo, no
se vio con la fuerza suficiente para echar
por tierra las ilusiones de aquel
muchacho tan bondadoso.
“Tienes que desaparecer.
Inmediatamente. Van a por ti. No hay
tiempo para explicaciones. Sólo
necesitas saber que viva eres un lujo
demasiado caro. Procurarán que parezca
un accidente”. “Pero, ¿qué…?” “No hay
tiempo. A las 22.03 horas en Sants. Vía
7”.
No podía ser verdad. ¿Un lujo muy
caro? ¿Quién era aquel tipo? Las 21.05.
Disponía del tiempo justo para salir
pitando hacia la estación. ¿Avisaba a
alguien? ¿Llamaba a la policía? “¡Vete!”
El grito de advertencia brotó desde lo
más profundo de su cerebro y la activó
como un resorte. Metió un par de bragas
y dos camisetas en el bolso, cogió el
móvil, se ató un pañuelo verde a la
cabeza con la estúpida idea de que le
ayudaría a pasar desapercibida, y salió
por la puerta. Iba a tomar el ascensor,
pero en el último momento decidió bajar
por las escaleras… “Procurarán que
parezca un accidente”. Ya en la calle
apenas había recorrido cien metros
cuando una explosión tremenda le obligó
a girar en redondo. Sí, no había duda, el
balcón en llamas correspondía al piso
del que acababa de salir. Menos mal que
Aleix no había vuelto todavía.
Llegó a Sants a las 21.55 horas, con
el tiempo justo para ver en el televisor
de un bar las imágenes de su piso en
llamas. “… se cree que en el interior
había una persona en el momento de la
deflagración. Los bomberos trabajan
para reducir las llamas al tiempo que el
edificio está siendo desalojado…” La
vibración del móvil le hizo desviar la
atención de la pantalla. Aleix… Dejó
que siguiera vibrando mientras buscaba
el andén número 7. 22.02 horas. Ya
estaba allí. Sentía cómo los nervios la
devoraban por dentro. Sus ojos miraban
inquietos en todas direcciones. El tren
hizo su aparición… y allí estaba él. No
había duda. El mismo traje oscuro y las
mismas gafas de sol.
II
Tras veinte años de servicio el agente
especial Bond (el capitán Benítez había
sido muy gracioso asignándole el
nombre en clave) notó enseguida que en
aquella misión había gato encerrado. El
gobierno se había tomado demasiadas
“molestias” en la liberación de la joven
cooperante secuestrada en Gaza en
extrañas circunstancias. Normalmente
Bond seguía al pie de la letra las
instrucciones, sin plantearse el más
mínimo dilema ético, pero últimamente
estaba siendo testigo de demasiada
porquería y había llegado un mome

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