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Libro PDF La elegida Anette Crenwood

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debido a su peso. Allí el simple olor a todos esos cafés hacía deleitarse a cualquier sibarita de esta bebida. Hacían unos capuchinos de muerte. Nunca los había tomado
tan buenos en ningún otro sitio. Buenos y baratos. Con la cantidad de ellos que tomaba al cabo del día, tenían un presupuesto gratificante y fijo con ella. Además ya
eran varios los años que los conocía y les unía algo más que los cafés. Aquel establecimiento le traía buenos y malos recuerdos.
—Hola Megan, buenos días, un capuchino por favor. – la solicitó cortésmente a su conocida camarera mientras se sentaba en uno de aquellos taburetes altos.
— ¿Para tomar o para llevar?
—Creo que para llevar. He de trabajar un poquito esta mañana. Ya sabes, tenemos esa fea costumbre si queremos comer al final de mes.
—Claro, ya, ya, nunca lo diría de mejor modo. Ten, tu café ya te esperaba y lo tenía casi preparado. Ten cuidado va muy caliente.
—Gracias Megan. Hasta ….. Pronto, supongo.
—Seguro que sí. Te iré preparando el próximo.
Al girarse sobre el taburete del bar, no pudo evitar fijar su mirada sobre la última mesa de la izquierda. Allí solía desayunar con Robert. Normalmente estaba
ocupada puesto que era uno de los rinconcitos más solicitados por estar junto al enorme ventanal que poseía la cafetería, pero en esos momentos se hallaba vacía. Su
mente viajó instantáneamente a un par de años atrás en los que estaban recién casados y todo era maravilloso. El venía todas las mañanas a desayunar con ella. Cerró los
ojos, cansados por mi noche anterior, para borrar todo aquello de su mente y cuando los volvió abrir, fue cuando le vio. Allí sentado, en la misma silla que unos
segundos antes estaba vacía. Era un tipo grande, moreno con el pelo cortado casi al uno, y con aspecto rudo. No podía ser. ¿Cómo lo había hecho? Hace diez segundos
había mirado y estaba vacía y ahora estaba ese tipo ahí sentado. No lo vio llegar o quizás no fueran segundos en los que había mantenido cerrado los ojos. Se bajó del
taburete con indiferencia mientras se dirigía a la salida, pero no pudo resistirse el girarse de nuevo para volver a mirar hacia aquel rincón, ahora ocupado por el tipo raro
de negro. ¡Mierda, ahora no estaba! Miró alrededor de la zona y no estaba ni sentado, ni por ningún sitio de la pequeña cafetería. En la puerta estaba ella, no pudo haber
salido por ahí sin haberse topado con él. ¡Dios Mío!, Virginia tenía razón, no debería de tomar tanta cafeína. Parecía empezar a afectarla de verdad.
—¿Has visto algún fantasma Nora? — LA preguntó Virginia nada más entrar por la puerta ante la palidez de su rostro.
—No ¿por qué?.
—Pues entonces pasa y maquíllate un poco. Estás que das asco.— la ordenó mientras extendía un periódico sobre la encimera del mostrador y señalaba con el dedo
una parte de la hoja — Oye ¿has visto la prensa? Otra mujer encontrada muerta cerca del aeropuerto.
— ¿Cómo las otras? – preguntó quitándole el periódico de su mano.
—Efectivamente, como las otras. Decapitada y con el vientre abierto en canal. Apuesto a que estaba en cinta como las demás chicas. ¡Buag! Es nauseabundo.
— Esto empieza a ser peligroso. — la dijo con miedo mientras tiraba el periódico a la papelera de mala gana— Hazme el favor de no salir sola por las noches
Virginia. Seguro que se trata de algún psicópata que está esperando al acecho para encontrarse con alguna mujer y atacarle –la atosigó como una madre a su hija
adolescente.
—Ya empezamos con tus historietas. Hija hay que vivir un poco la vida. Dime — le dijo mirándola fijamente y esbozando aquella media sonrisa sospechosa de
interrogatorio — ¿desde cuándo hace que no estás con un hombre?
—Virginia no me fustigues con tus ideas de ligoteo. Te prometí que no iba a aceptar ninguna otra cita a ciegas que viniera de ti. Yo solita encontraré algún día a
alguien.
—Desde luego que sí. Metiéndote en casa a las ocho, seguro que sí.
—No me gusta salir entre diario.
—Y los fines de semana ¡ah, es verdad! Vuelves mucho más tarde a casa ¿a qué hora Nora? ¿A las nueve o a las nueve y media?
—No te burles más Virginia. Aun no estoy preparada.
—Pues han pasados ya dos añitos guapa. Destierra a aquel gilipollas egocéntrico y engreído y totalmente obsesionado con la paternidad, de tu cabeza y ponte
manos a la obra. Cariño tienes veintinueve años. Se te pasará el arroz.
—¡Que exagerada eres Virginia! Si pretendes convencerme con que se es vieja para rehacer mi vida con solo veintinueve años no lo vas a conseguir. Estoy en muy
bien como estoy. – la dijo poniendo punto y final a aquel diálogo que día tras día se repetía con la misma intensidad.— Y ahora dime, ¿está todo listo para la
exposición?
Capítulo 2
Volvió a casa pronto esa tarde. Bueno en realidad como todos los días. Virginia tenía razón. Llevaba vida de monja y celibato. Pero todavía no le había olvidado.
Robert era el único recuerdo que permanecía en su cabeza. Antes de que le conociera, exactamente cuatro años y un mes, no tenía imagen alguna de nada. Le conoció en
el hospital donde despertó después de permanecer diez días en coma tras un atropello. Jamás se supo quién fue el que lo hizo, huyó tras el accidente. No se encontró su
bolso, ni la cartera, ni ninguna documentación que la identificara. No sabía cómo se llamaba, ni dónde vivía, ni como se ganaba la vida. La policía terminó cerrando el
caso como un atraco con agresión y huida. Era un vacío horroroso lo que vivía en ella. Se suponía que todo volvería íntegro de igual forma que se fue. Pero no resultó así.
Hoy en día sólo tenía recuerdos anteriores de sus últimos cuatro años. Los únicos cuatro años de su vida. Y los que pasó con Robert muy a gusto y muy enamorada. De
eso hacía ya dos. Dos años sin su ternura, sin sus caricias, sin sus conversaciones a la llegada del hospital donde trabajaba como cirujano plástico. Dos años sin hacer el
amor con nadie más, no podía imaginarse hacerlo con nadie más que no fuera él. Dos años desde que la abandonó.
Se quité aquella incómoda ropa tan formal y de trabajo, se puso el pantalón de pijama de franela con una camiseta demasiada desgastada para poder lucirla delante de
alguien. Pero, y ¡que más daba! No iba a venir ninguna visita a verla. Se hizo un sándwich de pavo y un vaso de zumo de naranja y se colocó delante del televisor
dispuesta a ver las noticias de las nueve.
—Mierda, otra chica más. Ya van siete, y todas muertas en las mismas circunstancias. Altas, delgadas, morenas y de la misma edad. Mi edad y la de Virginia. — dijo
hablándose a si misma delante del televisor como si éste pudiera contestarle— Seguro que esa chica había vuelto a salir sola por ahí. No sé cómo se atreven a deambular
en mitad de la noche.
Cambió de canal en el televisor para no fundirse en sus paranoillas y sus miedos a absolutamente todo. Decidió que lo mejor era ver una película de amor de esas
empalagosas, pero a los cinco minutos cambió de opinión por el bajón que la estaba entrando y lo cambió a otro canal. Allí echaban una de risa. Todo el mundo se reía
menos ella. Dios, todo aquello la deprimía. Apagó el televisor y cuando se metió en la cama, alzo la vista hacia el despertador para ver la hora y no eran más que las diez
y veinte. Demonios, llevaba tal y como decía Virginia, una vida de auténtica monja, — pero de clausura— afirmó en voz alta.
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— Ring, ring.
Volvió a silenciar el maldito ruido perturbador del despertador con furia. Maldito, pero salvador de aquella horrorosa pesadilla que se volvía a repetir noche tras
noche.
— Otra más —la dijo a Virginia poniéndola la prensa con un golpe seco sobre la mesa a la mañana siguiente de nuevo en la galería— Son siete ya.
—¡Oh Dios! Pobrecillas. — exclamó abriendo el periódico por la página de sucesos.
— Virginia ¿te das cuenta? Todas están siendo encontradas por la cercanía. Me muero cada noche cuando tengo que regresar sola a casa.
— Mujer, Nora, no te va a pasar nada. Seguro que todas ellas andaban metidas en algún lío o en algo raro.— le replicó cerrando el periódico y tirándolo a la papelera
que había bajo el mostrador.
— No puedo creer que mi mejor amiga piense como si tuviera diez años. Claro tú como siempre tienes compañía por la noche.
— Porque me la busco. De vez en cuando tú deberías hacer lo mismo.
— ¿Meter a extraños en mi casa? ¿En mi cama? Ni hablar. Yo aún estoy chapada a la antigua. — la dijo dirigiéndose hacia el despacho interior a dejar el bolso y la
chaqueta mientras hacía espavientos con la mano en el aire.
— Y tan antigua. — susurró entre dientes.
—Te he oído Virginia.
Se sentó delante de la pantalla del ordenador y echó un vistazo a la agenda. Mañana por la tarde era la recepción de la nueva colección. Parecía que todo estaba ya
ultimado. Solo esperaba que no se demorara mucho la fiesta. No estaba ella últimamente para ellas. Aún no se le quitaba de la mente las imágenes que vio en las noticias
de la noche, el último cuerpo de aquella chica tirada en aquel callejón y …. Aquella nueva pesadilla.
— Nora, ¿ya está todo preparado para mañana?— le vociferó Virginia desde el otro lado de la pared.
—¡Ajá¡ — le contestó sin quitar la vista de la pantalla y con tono ambiguo
—¿Nora? — ahora estaba a su lado y Nora parecía no haberla oído.
— ¡Ajá!
—Sólo falta que elijas el vestido.
— ¡Ajá!
— Y que llames a la Sra. Michigan. No he sido capaz de localizarla.
— ¡Ajá!
— Y tienes a un pedazo cuerpo masculino detrás de ti completamente desnudo.
— ¡Ajá!
— ¡NORA! — le chilló — ¿dónde demonios estás?
— ¡Oh! Lo siento Virginia. — La contestó con frustración y sobresalto. Realmente no la estaba escuchando —Ando últimamente algo descentrada.
—¿Últimamente? Yo diría que estás continuamente distraída.
— ¡Mierda Virginia!,— dijo conmocionada mientras se acariciaba con ímpetu las sienes— no logro quitarme esos asesinatos de la cabeza.
— Pues deberías hacerlo. No son problema tuyo. La policía ya se encargará de ello, que para eso están. No deberías involucrarte tanto con absolutamente todo
Nora. Sobre todo, si te está afectando de esta forma.— esperó un instante mientras Nora se incorporaba de la silla y pudo verla las grandes manchas azuladas bajo sus
ojos.
— Creo que tienes razón — dijo cerrando Google. — Pronto se descubrirá quien es y se acabara toda esa mierda.
— A todas las han decapitado ¿no? — Le preguntó Virginia haciéndose la graciosa.
— ¡Virginia, por Dios!, no bromees con estas cosas. Me pone los pelos de punta.
— Bueno por lo menos algo te hace reaccionar hija. Pareces un trozo de mármol. Me voy a por unos capuchinos ¿quieres?
— Si, está bien. El mío cargadito por favor, necesito espabilarme.
—¿Otra noche en vela?.
— Si otra más. — la contestó encogiéndose de hombros.
Mientras Virginia salía a la cafetería, decidió ir al baño para ver el aspecto tan desastroso que su amiga le decía que tenía a todas horas. Se miró al espejo y la verdad
era que no mentía en absoluto. Aquellas malditas pesadillas estaban acabando con ella. Llamaría a la consulta para pedir cita de nuevo. Esta vez todo aquello no iba a
poder con ella. Bajó la cabeza para lavarse la cara con agua fría y al levantar el rostro a la altura del espejo, por unos instantes le pareció ver a alguien detrás de ella. Giró
la cabeza bruscamente y sobresaltada, pero no había nada ni nadie. Le pareció verle a él.
Saló otra vez al despacho pensando que aquello fue una mala jugada de su cansada cabeza. Eran ya varias las noches que no las dormía de un tirón. E incluso parecía
que se entremezclasen los sueños con la realidad. Aquella imagen del hombre de la cafetería logró colocarlo dentro de su pesadilla de la noche. Dejó la bolsa de maquillaje
en el cajón y al cerrarlo y desviar su mirada hacia la puerta del baño se dio cuenta de que la luz estaba encendida. Se levantó para apagarlas –hubiera jurado que las
apagó, demonios, debía de estar peor de lo que creía— y al volverse de nuevo hacia la mesa del despacho oyó un tintineo de campanillas en la entrada principal. ¿Desde
cuándo Virginia había colgado un carrusel musical sobre la puerta? Cuando viniera se iba a enterar. Sabía perfectamente que la daban dentera aquellos cacharritos.
— ¿Hola? — preguntó al ver que no había nadie en la sala principal.— ¿Ha entrado alguien? Estaba dentro y no he podido salir antes ¿puedo ayudarle en algo?
Pero nada no hubo contestación alguna. Se encaminó entonces hacia la puerta y la cerró puesto que estaba algo entornada. Se acordó entonces del campanilleo y miró
hacia arriba para descubrir donde había colgado Virginia el cacharro sin ella darse cuenta. No había nada.
— O me trae pronto ese café o salgo yo a buscarlo. Estoy empezando a desvariar. — se dijo a si

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