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Libro PDF La era de los místicos Mabela Ruiz-Gallardón

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E n una época que los sabios llaman
«Atemporal» o «Era de
los Místicos» ocurrieron los hechos que
aquí se narran.
Al Principio, el universo formaba una
composición armónica.
Había un Reino de la Luz, donde
habitaban los elfos,
hadas y demás seres alados, bajo la
bondadosa autoridad de
sus Reyes. El Reino se extendía hasta el
infinito y tenía una
Puerta, en el sur, horadada en un
altísimo Muro, que lo separaba
del mundo de los humanos o Tierra. La
Puerta siempre
permanecía abierta y la convivencia
entre los habitantes de
uno y otro lado era continua y amistosa.
De la roca del Muro brotaba, hacia el
Reino de la Luz, un
manantial que daba vida a un río,
conocido como Río Verde
por el color esmeralda de sus aguas. Por
el lado que daba a la
Tierra caían del Muro unas misteriosas
Aguas Luminosas que
calmaban la sed de los seres del mundo
de los humanos.
La Puerta tenía una cerradura sin
llave.
Sucedió un día, por motivos que la
tristeza aconseja no
recordar ahora (aunque seguramente nos
veamos obligados
a hacerlo más adelante), que el Elfo más
bello del Reino de
la Luz se levantó en armas, junto a otros
muchos, contra sus
Reyes. El Rey de la Luz, tras ganar la
Gran Guerra, desterró a
los desleales a un espacio vacío: el
Inframundo, situado bajo
la Tierra. En aquel espantoso lugar no
había nada, solo un
manto de cenizas en el que crecían unos
hongos que servían
de alimento para el traidor y sus
secuaces.
Quien fuera en otro tiempo el Elfo
más bello se convirtió
en la más espantosa Bestia. Sus aliados
se transmutaron también
en seres horrendos, a quienes los sabios
fueron dando,
en función de su grado de fealdad y
maldad, nombres diversos:
trasgos, orcos y demás habitantes del
Inframundo.
Por primera vez, el Rey de la Luz
puso unos guardianes a
vigilar la Puerta que unía el Reino con
la Tierra, por si alguno
de los desleales del Inframundo lograba
llegar hasta el Muro
y colarse de nuevo en el Reino.
Durante mucho tiempo, la Bestia
mantuvo ocupados a sus
ejércitos de orcos y trasgos, tejiendo en
las profundidades del
Inframundo un gigantesco manto con el
que cubrir a los habitantes
de la Tierra. Era un manto de cenizas,
fino como una tela
de araña, casi imperceptible a los ojos;
pero aquel sobre quien
cayera, vería devastado su espíritu.
Los Guardianes de la Puerta
escaparon por un soplo de
ser cubiertos por aquel manto. No
tuvieron otra salida que
cerrar la Puerta del Reino de golpe, para
evitar que los orcos
invadieran también aquel lugar sagrado.
La Tierra se quedó a
oscuras, desprotegida ante el poder de
la Bestia que actuaba
amparada por su diabólico manto.
Poco a poco, los sueños de los niños,
las ilusiones de los
jóvenes y las esperanzas de los viejos se
fueron disolviendo en
la nada. Los mortales comenzaron a
vivir entregados a deseos
oscuros e insustanciales. Una enorme
pereza se adueñó de
sus mentes, robándoles la palabra a los
poetas, la inspiración
a los músicos, el color a los pintores.
Fue algo todavía más
cruel: permaneció un recuerdo, el anhelo
de la plenitud de
otros tiempos.
Para garantizar la estabilidad de la
conquista, la Bestia había
dejado parte de su ejército en la Tierra
antes de regresar
al Inframundo. Rara vez podían los
humanos percatarse de
la presencia de los servidores de la
Bestia. Tan solo de vez en
cuando, en la densidad de la noche,
lejos de la claridad de
las ciudades, alguno había visto ojos
rojizos brillando en la
oscuridad, seres colmilludos cubiertos
de pelo. Otros habían
dado testimonio de haber vislumbrado, a
lo lejos, hordas de
criaturas siniestras que emitían rugidos
mientras se llevaban
entre los dientes pobres víctimas de su
maldad. Los más intrépidos
se habían aventurado a inspeccionar el
lugar a la luz del
día: jamás se encontró rastro alguno de
los desaparecidos.
Entre las células de resistencia
formadas por hombres, mujeres
y niños que combatían el olvido, se
transmitía de padres
a hijos una leyenda. En ella se hablaba
de la existencia de héroes
que habían escapado, malheridos, de las
mortales fauces
de los orcos. Héroes que nunca después
pudieron regresar a
sus hogares, pues el contacto con los
orcos había cambiado su
naturaleza humana, transformándolos en
caballos salvajes que
en las noches de luna llena recuperaban
algo de lo que eran;
centauros que en su dolor reconocían su
rostro y su cuerpo
humanos prisioneros en los lomos de un
caballo. Pocos hombres
habían visto a los centauros, pero sabían
que eran fuertes
protectores de sus vidas.
La existencia de los centauros era uno
de los grandes dones
que el Rey de la Luz había otorgado a
los humanos después
de la Gran Guerra. El hecho de que la
herida provocada
por un ser maligno pudiera transformar
las células humanas
en otras de una naturaleza superior, se
debía a la acción de la
luz que llegaba a la Tierra a través de la
cerradura de la Puerta,
y que iluminaba a los hombres que
ofrecían resistencia al
lado oscuro.
No eran los orcos y los demás seres
del Inframundo los
únicos garantes del poder de la Bestia
en la Tierra. Colaboraban
con ellos las tribus humanas de los
Joyeros, las cuales
habían sellado un pacto de sangre con la
Bestia: su alma a
cambio del poder.
Los joyeros –hombres y mujeres–
dominaban las Tierras
Altas, las Tierras Medias y las Tierras
Bajas que formaban el
mundo de los humanos. Se hicieron con
todos los bienes de
producción y establecieron un régimen
de gobierno feudal.
Los habitantes debían pagar exorbitantes
tributos a cambio de
beneficiarse de una mísera parte de las
minas, los cultivos y las
aguas que trabajaban. Formaban, los
joyeros, ejércitos poderosos
y bien equipados, provistos de caballos
embridados con
jáquimas doradas y de armaduras
refulgentes. Llevaban una
vida nómada, de aldea en aldea,
recaudando impuestos que
cobraban en especie y sembrando el
terror entre la población.
El dominio de la Bestia, sin embargo,
no era absoluto,
y eso la enloquecía. La profecía decía
que una Llave de oro
blanco, engastada con una Gema Azul y
destinada a entrar
por la cerradura de la Puerta del Muro,
sería la causa de la
Liberación de la Tierra. La Bestia
conocía la profecía, pese a
no tener el libro que la contenía; estaba
guardado dentro del
estuche de madera de roble, en el Reino
de la Luz. Miles de
orcos y trasgos buscaban el oro blanco
con el que fabricar la
Llave. Picaban las profundidades del
Inframundo en busca
de la Gema Azul. Pero la Bestia sabía
que en su mundo no
encontraría la Gema, ni tampoco el oro
blanco para fabricar
la Llave.
ΩΩΩ
El Rey de la Luz y su esposa Mariam,
La Mujer Blanca, preparaban
la reconquista de la Tierra cuando
concibieron a su
hija. Había sido, de hecho, este
matrimonio entre el Rey y
una mortal, una de las causas que había
desencadenado la
Gran Guerra.
Poco antes de dar a luz, Mariam
recibió de manos del Rey
la preciosa Llave de oro blanco. Aquel
metal era la propia
esencia de la sangre real. La Mujer
Blanca pulió la Llave con
sus hábiles manos, hasta extraer de ella
todo su brillo. Una
fuerza extraña se desprendía del
misterioso material. La Llave
solo necesitaba ser engastada con la
Gema Azul para poder
abrir la entrada al Reino de la Luz.
El Rey mandó emisarios por todo su
Reino, convocando
a una gran celebración por el próximo
nacimiento de su hija
primogénita. El nacimiento de una niña
elfo –aseguraba la
profecía– marcaba el inicio de la
Liberación de la Tierra
La multitud llegaba de todas partes a
la Torre Real, residencia
de los Reyes de la Luz.
El esperado día llegó. En la intimidad
de la alcoba, Mariam
gemía de dolor, alumbrando a una
criatura hermosa: Aisabeth,
mitad mujer mitad elfo, redondita como
una manzana, de piel
blanca, casi transparente, de ojos claros
como el cielo de verano,
labios crudos y esponjosos, deditos de
cristal; así era la descendencia
de los Reyes de la Luz, una niña cuyo
destino estaría
marcado por la seriedad de su encargo.
El parto de Mariam había
sido difícil, mal presagio de horas
venideras. Pero aquel día era
tiempo de alegría y celebración.
La Llave de oro blanco fue la
herencia que la dulce Mariam
dejó a su hija Aisabeth al nacer:
–Te protegerá del lado oscuro hasta
que encuentres la Gema
Azul.
Mariam colgó del cuello de su hija la
Llave, justo antes
de expirar su último aliento. Aquella
noche el Rey de la Luz
lloró y todos los habitantes del Reino,
que habían venido para
una gran fiesta, se conmovieron.
Mariam, la dulce Mariam,
Mujer Blanca, se había ido. Guardaron
su cuerpo en una urna
de cristal y lo colocaron en el lugar más
alto del Jardín del
Recuerdo, junto a la Torre Real.
Los días del funeral pasaron y el Rey
de la Luz entregó a
Aisabeth al cuidado amoroso de las
lamias y las ninfas. Ellas peinaban
sus ricitos de paja con sus peines de
oro. La bañaban en el
Río Verde, de aguas puras y frescas.
Vigilaban, con apremiante celo,
la cadena con la Llave que colgaba de
su garganta.
ΩΩΩ
Cómo había logrado la Bestia descubrir
que la princesa Aisabeth
llevaba sobre su garganta la Llave de
oro blanco nadie lo
sabe, ni se sabrá nunca. Lo que en ese
momento estaba en peligro
era la vida de la pequeña y la
Liberación de la Tierra, que
tenía en ella su última esperanza. Tal fue
la rabia de la Bestia
al saberse burlada, que reunió a su
terrible ejército de orcos
y trasgos para entrar en el Reino de la
Luz y secuestrar a la
princesa. Excavó un túnel desde el
Inframundo, atravesando
la Tierra e introduciéndose en los
límites de Reino por debajo
del Muro. Salió al exterior en el Bosque
de los Encantos, que
linda con el Jardín del Recuerdo.
La noticia de las hordas sanguinarias
que avanzaban hacia
la Torre Real llegó pronto a oídos del
Rey de la Luz. No
perdió ni un instante, seguro del desastre
que se avecinaba.
Mandó llamar a su fiel servidor, Gorka,
el maestro orfebre
del Reino.
–¡Escóndela! –dijo, mientras le daba
a su hija Aisabeth
envuelta en una manta–. ¡No dejes que la
encuentren!
Gorka se hizo cargo de la
responsabilidad que se le encomendaba.
El Rey, entonces, le entregó el
estuche de madera
de roble que contenía el Libro de la
Profecía. En él residían
todas las claves de la Liberación de la
Tierra, guardadas celosamente
desde el principio de los tiempos, antes
de que la
Bestia se hiciera con el poder.
El Rey de la Luz ordenó a los elfos
fabricar un manto invisible
para cubrir a la pequeña Aisabeth y a
Gorka, a fin de que
pudieran pasar a la Tierra por la
cerradura de la Puerta.
–La Gema Azul está allí –susurró el
Rey al oído del orfebre–.
¡Búscala!
Los elfos recolectaron a toda prisa
las semillas de gardenias,
tubérculos y capullos de rosas
necesarios para fabricar el
manto. El Reino de la Luz temblaba. Las
pezuñas de la Bestia y
sus rugidos diabólicos resonaban en una
naturaleza que moría
a su paso. Tras ella, nad

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