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Libro PDF La Gallina Que Soñaba Con Volar Sun-mi Hwang

La Gallina Que Soñaba Con Volar  Sun-mi Hwang

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Esta es la historia de una gallina
ponedora llamada Brote. Desde su
jaula, ansía escapar a la libertad
del corral y cumplir sus sueños. En
su búsqueda de la felicidad, Brote
se enfrentará al miedo a lo
desconocido, al rechazo de los
demás animales y al peligro que
conlleva recorrer su propio camino.
La gallina que soñaba con volar es
un clásico contemporáneo, una
fábula conmovedora que habla de
amor, esperanza, lealtad y, sobre
todo, libertad.
Sun-mi Hwang
La gallina que
soñaba con
volar
ePub r1.0
Titivillus 09.03.16
Título original: Madang ŭl naon amt’ak
Sun-mi Hwang, 2000
Traducción: Matuca Fernández de
Villavicencio
Ilustraciones: Nomoco
Editor digital: Titivillus
ePub base r1.2

¡NO PIENSO
PONER OTRO
HUEVO!
El huevo rodó hasta chocar contra la
malla metálica del gallinero. Brote lo
observó detenidamente: un huevo
blancuzco manchado de sangre. Era el
primero que ponía en dos días. Creía
que ya no podía, y sin embargo ahí
estaba, un triste y diminuto huevo.
«Esto no puede volver a ocurrir»,
pensó. ¿Se lo llevaría la mujer del
granjero? Había recogido todos los
demás huevos mientras se quejaba de
que cada vez eran más pequeños. No
dejaría el suyo atrás únicamente porque
fuera feo, ¿o sí?
Ese día Brote no podía ni tenerse en
pie. No era de extrañar: había
conseguido poner un huevo sin nada en
el estómago. Se preguntó cuántos huevos
le quedarían dentro; confiaba en que ese
fuera el último. Miró hacia fuera con un
suspiro. Como su jaula estaba cerca de
la puerta, podía ver lo que se extendía al
otro lado de la pared de malla metálica.
La puerta del gallinero no encajaba bien,
y por el hueco podía vislumbrar una
acacia. Tanto le gustaba ese árbol que
jamás se quejaba del viento invernal que
entraba por la rendija, ni de los
chaparrones en verano.
Brote era una gallina ponedora, lo
que quería decir que había sido criada
para poner huevos. Había llegado al
gallinero el año anterior y desde
entonces no había hecho otra cosa que
poner huevos. No podía pasear, aletear
o sentarse sobre sus huevos. Nunca
había salido del gallinero. Pero, desde
el día que vio a una gallina corretear por
el corral con los adorables polluelos
que había incubado, albergaba un deseo
secreto: incubar un huevo y ver nacer a
su polluelo. Pero era un sueño
imposible. El gallinero estaba inclinado
para que los huevos rodaran hasta el
otro lado de una barrera, separándolos
así de sus madres.
La puerta se abrió y el granjero entró
empujando una carretilla. Las gallinas
cloquearon impacientes, armando un
gran barullo.
—¡A desayunar!
—¡Deprisa, deprisa, que tengo
hambre!
El granjero sirvió el pienso con un
cubo.—
¡Siempre hambrientas! Más os
vale producir. Este pienso no es barato.
Brote se volvió hacia la puerta
abierta y concentró su atención en el
mundo exterior. Hacía ya un tiempo que
estaba sin apetito. No tenía ganas de
poner más huevos. En su corazón se
abría un vacío cada vez que la esposa
del granjero se los llevaba. El orgullo
que sentía al poner un huevo era
reemplazado por la tristeza. Después de
un año sin hacer otra cosa, estaba
agotada. Ni siquiera le dejaban acariciar
los huevos que ponía, aunque fuera con
la punta de la garra. Y no tenía ni idea
de qué les sucedía una vez que la mujer
del granjero los sacaba del gallinero en
su cesta.
Fuera lucía el sol. Al fondo del
corral, la acacia era una explosión de
flores blancas. Su olor dulzón atrapaba
la brisa y flotaba hasta el gallinero,
donde inundaba el corazón de Brote. Se
incorporó y metió la cabeza por entre
los alambres de la jaula. Tenía el cogote
desplumado y en carne viva a causa del
roce. «¡Las hojas han vuelto a poner
flores!». Brote las envidiaba. Si aguzaba
la vista, podía ver las hojas verdes que
habían madurado y dado vida a
aromáticas flores. Había descubierto la
acacia florida el día que la encerraron
en el gallinero. A los pocos días esta se
despojó de sus flores, que revolotearon
hasta el suelo como copos de nieve
dejando atrás hojas verdes. Las hojas
sobrevivieron hasta bien entrado el
otoño antes de amarillear y
desprenderse en silencio. Brote
observaba fascinada como las hojas
soportaban vendavales y aguaceros
antes de debilitarse y caer. Cuando,
llegada la primavera, las vio renacer
con un verde intenso, la embargó un
profundo regocijo.
Brote era el mejor nombre del
mundo. Un brote se convertía en hoja y
abrazaba el viento y el sol antes de caer,
descomponerse y transformarse en
mantillo para dar vida a fragantes flores.
Brote quería hacer algo con su vida,
igual que los brotes de la acacia, por
eso se había puesto ese nombre. Nadie
la llamaba Brote, y sabía que su vida no
era como la de un brote, pero el nombre
la hacía sentir bien. Era su secreto.
Desde que se puso el nombre de Brote
había adquirido la costumbre de prestar
atención a todo lo que sucedía fuera del
gallinero: desde la mengua y el
crecimiento de la luna y la salida y la
puesta del sol hasta las discusiones que
tenían los animales del corral.
—¡Adelante, comed para que podáis
poner huevos grandes! —bramó el
granjero.
Decía eso cada vez que daba de
comer a las gallinas, y Brote estaba
harta de oírlo. Ignorándolo, siguió
contemplando el corral.
Fuera, los animales estaban
desayunando. Una extensa familia de
patos, apiñada en torno a un comedero
con las colas apuntando al cielo,
engullía su comida sin levantar la
cabeza en ningún momento. Cerca de
allí, el viejo perro estaba poniéndose
morado. Disponía de un cuenco para él
solo, pero tenía que zamparse su comida
antes de que el gallo la olisqueara. En
una ocasión se negó a dejar que el gallo
comiera de su cuenco y recibió un feroz
picotazo que hizo que le sangrara el
hocico. El comedero del gallo y la
gallina no estaba muy concurrido. Como
en esos momentos no tenían polluelos,
eran los únicos que podían permitirse
comer pausadamente. Aun así, el gallo
seguía interesándose por el cuenco del
viejo perro. Reafirmaba su posición de
líder del corral negándose a recular
cuando aquel bajaba el rabo y gruñía.
Era un gallo atractivo, con una cola
imponente, una lustrosa cresta roja, la
mirada desafiante y el pico afilado. Su
misión era cacarear al amanecer, hecho
lo cual se dedicaba a pasearse por los
prados con la gallina.
Cada vez que veía a la gallina, Brote
lo pasaba mal: se sentía todavía más
confinada en su jaula de alambre.
También ella quería hurgar con el gallo
en los despojos amontonados para hacer
compost, pasear con él y empollar sus
propios huevos. No podía llegar al
corral donde los patos, el perro, el gallo
y la gallina vivían, por mucho que
estirara el cuello entre los alambres;
solo conseguía que le arrancaran las
plumas. «¿Por qué he de estar yo en el
gallinero cuando esa gallina está en el
corral?». No sabía que el gallo y la
gallina eran pollos coreanos de crianza
ecológica. Tampoco sabía que los
huevos que ella ponía no podían dar
polluelos por mucho tiempo que pasara
sentada sobre ellos. Los patos
terminaron de comer y desfilaron bajo la
acacia, en dirección a la colina,
seguidos de un ave algo más pequeña y
de otro color. Su cabeza era verde como
una hoja de acacia. Quizá no era un pato.
Pero hacía «cua cua» y caminaba
balanceándose. Brote ignoraba cómo ese
ánade real había ido a parar al corral,
solo sabía que era diferente. Seguía
ensimismada en el corral cuando el
granjero se acercó para ponerle la
comida. Al percatarse de que Brote no
había tocado el pienso del día anterior,
ladeó la cabeza.
—Hum, ¿qué está pasando aquí? —
refunfuñó. Normalmente el granjero se
marchaba tras volcar el pienso, y su
esposa llegaba después para recoger los
huevos. Ese día, sin embargo, estaba
haciendo el trabajo de ella—.
Demasiados días sin comer. Debe de
estar enferma.
Observó descontento a Brote
chasqueando la lengua y alargó la mano
para coger el huevo. En cuanto sus
dedos se posaron en la cascara, esta
cedió y finas arrugas se propagaron por
la superficie. Brote se quedó
petrificada. Sabía que era pequeño y
feo, pero en ningún momento imaginó
que estuviera blando. ¡El cascarón no
había terminado de endurecerse! El
granjero frunció el entrecejo.
Brote sintió que el corazón se le
partía. Su pena cada vez que le
arrebataban un huevo no era nada
comparada con lo que sentía en ese
momento. Se le hizo un nudo en la
garganta y todo su cuerpo se puso tenso.
«El pobrecillo ha salido sin cascarón».
El granjero arrojó el huevo al corral.
Brote cerró los ojos, horrorizada. El
huevo se rompió sin hacer ruido. El
perro se acercó con paso cansino para
lamerlo. Brote lloró desconsoladamente
por primera vez en su vida. «¡No pienso
poner otro huevo! ¡Jamás!».

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