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Libro PDF La historia de Tilansia Adella Brac

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El hombre estaba escondido
cerca de la cueva de la bruja.
La promesa de hallar un tesoro
había empujado sus pasos, pero la
advertencia del cazador había
sembrado una duda en su débil
corazón. En su interior, el deseo y la
esperanza se mezclaban con un
ligero temor.
El sol comenzó a decaer y los
troncos de los árboles se fueron
pintando de una intensa luminosidad
rojiza. Esperaría hasta que se
ocultase por completo. Al menos la
luz no delataría sus pasos
temblorosos.
Se quitó el raído sombrero y
comenzó a doblar el ala hacia el
centro.
Desde su posición podía ver la
boca de piedra enmarcando un
negro vacío.
Estaba sentado en el suelo,
rodeado de unos helechos tan altos
que lo ocultaban hasta la barbilla. La
gastada tela de su pantalón dejaba
pasar la humedad de la tierra. Un
farol apagado descansaba a su
lado.
Cuando la oscuridad comenzó a
invadir el entorno, el bosque se halló
sumergido en un opresivo silencio.
Había lago sobrenatural allí, podía
notarlo en la piel.
Entonces se caló el sombrero ya
deforme. Sacó un trozo de pedernal
del bolsillo derecho, encendió el
farol y salió de entre los helechos.
Avanzó mirando a todos lados, con
el asa metálica aferrada con fuerza
y manteniendo la luz cerca del suelo,
oculta por la vegetación.
Sabía que estaba solo en el
bosque, pero el miedo le hacía ver
siluetas que no existían.
Cuando llegó a la entrada se
detuvo unos segundos para
asegurarse de que nadie lo estaba
observando. Traspasó el umbral con
cautela, extendiendo el brazo al
frente para iluminar sus pasos.
Había esperado algún tipo de
sensación extraña, alguna barrera.
Pero no sucedió nada. Se aferró a
la idea de que aquella era una cueva
normal, como tantas otras. Apenas
ayudó a tranquilizarlo.
Caminó internándose en la
penumbra durante un tiempo
indeterminado, manteniendo la mano
izquierda cerca de la pared.
Escuchando los sonidos de su
respiración acompañados de sus
pasos. El suelo era arenoso, las
paredes eran ásperas al tacto y
estaban llenas de aristas
irregulares.
Avanzó con cuidado hasta que se
encontró de frente con un muro. No
era posible que el camino acabase
allí. Debía de haber pasado algo por
alto.
Iluminó la pared de su derecha
con el farol y exploró la zona.
Advirtió un pequeño borde en la
piedra, como si se tratase de una
puerta. Dejó el farol en el suelo y
empujó lateralmente la piedra con
todas sus fuerzas.
Se desplazó con lentitud.
Un resplandor comenzó a iluminar
la abertura. Cuando el hueco tuvo la
suficiente anchura, entró en la
estancia. Se trataba de un pequeño
espacio circular tallado en la propia
roca, desprovisto de muebles. Es
suelo era arenoso, como el resto de
la cueva.
Frente a él, el cadáver de una
mujer se hallaba en posición de
sentada, con la espalda contra la
pared. Tenía los ojos cerrados.
Alrededor de su cuerpo había cuatro
recipientes de madera. La
curiosidad pudo más que el miedo y
el hombre se acercó para
comprobar su contenido.
Uno de ellos estaba lleno de lo
que parecía tierra común. El de al
lado, completamente vacío. El
tercero contenía agua. Le extrañó
que no se hubiese evaporado. Pero
el que más le llamó la atención fue el
último. En él, ardía una diminuta
hoguera. El fuego parecía estar
alimentándose de sus propias
cenizas y no atacaba la madera del
recipiente que lo contenía. Su luz
iluminaba toda la estancia.
Sintió un sudor frio empapándole
la nuca. Por mucho que hubiese
intentado engañarse aquella no era
una cueva normal. El cazador tenía
razón, era la cueva de una bruja.
Pero aquella mujer no parecía
capaz de hacer daño. Su piel se
veía reseca sobre el cuerpo. Como
si le hubieran succionado todo su
ser, reduciéndola a piel y huesos.
Parecía llevar muchos años muerta.
Sostenía entre sus manos el
tesoro por el que él había venido, un
libro de tapas negras. Decidió
llevarse también el recipiente con el
fuego mágico que ardía
eternamente. Estaba seguro de
poder hacer un buen negocio con
ese objeto.
Si todo salía bien, podría incluso
quedarse con él. Le encantaba la
idea. Era bonito. Incomprensible y
espectacular. Un magnifico ejemplar
para su colección de objetos
extraños.
Tiró del libro pero no cedía. Era
como si estuviese pegado a esas
manos que ahora parecían de
piedra. Como si todo su cuerpo se
hubiese fusionado con la roca sobre
la que descansaba.
Volvió a tirar haciendo más
fuerza pero nada se movió. Mantuvo
a raya los escrúpulos, no pensaba
marcharse sin él. Había llegado
lejos, arriesgado mucho.
Rompería los huesos si era
necesario. Se llevaría el libro aunque
tuviera que trasportarlo con alguno
de esos asquerosos dedos pegado.
Sosteniendo el libro con la mano
izquierda, alargó la derecha para
intentar separarlo de la mujer pero
en cuanto su palma entró en
contacto con el dorso de la mano de
ella, un cosquilleo comenzó a
recorrerle el brazo.
Trató de desasirse, pero estaba
unido a la mujer. La sensación
aumentaba por momentos y pronto
se convirtió en dolorosos pinchazos
que se extendían por todo su
cuerpo.
La bruja abrió los ojos y una
fiereza iluminó su mirada. El hombre
gritó y de repente se encontró
liberado, cayendo al suelo con
brusquedad. Se levantó con rapidez
y abandonó la estancia sin mirar
atrás.
Al salir golpeó el farol, que se
apagó contra el suelo. No se paró a
recuperarlo y deshizo el camino
hacia el exterior avanzando a
tientas, con la mano derecha
pegada a la pared.
Las aristas rocosas arañaron su
piel pero no sintió dolor. Estaba
concentrado en visualizar en su
mente el camino que le faltaba por
recorrer. Un terror profundo se
había instalado en su corazón.
Cuando salió al aire fresco de la
noche sintió una extraña energía
recorriendo su cuerpo. La luna se
asomaba entre las copas de los
árboles. Era una débil luna
menguante. Echó una mirada hacia
atrás aguzando el oído, por el
momento estaba a salvo.
Todavía llevaba el libro aferrado
a su mano izquierda pero no podía
quedarse con él. No hasta que no
tuviese la certeza de que era
seguro.
Lo sostuvo frente a sí mientras
tomaba una decisión.
Lo apartaría de él durante algún
tiempo. Lo mantendría alejado, pero
bajo control. Y vería que pasaba
después.
Un desagradable olor subió desde
su entrepierna. Se había orinado en
los pantalones.
Capítulo 2
Pueblo de Acoro.
Día 3 de primavera. Año 17 tras
la unificación.
Estoraque estaba escondido en
el pajar. Acurrucado junto a la
pequeña ventana de la estructura.
Desde allí se veía el mar.
Pasaba muchas horas mirando
ese fragmento de mar. Para él no
había nada en tierra que mereciese
la pena. Mil veces le había pedido a
su padre que lo llevara embarcado
con él, y mil veces le había
contestado que era demasiado
pequeño.
A veces, no se confor

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