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Libro PDF La improbabilidad del amor – Hannah Rothschild

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—¿Y todo este follón por una pintura?
—No es una obra de arte cualquiera —dijo Felicia—. Estoy segura de que alguna
cosa habrá leído sobre el cuadro.
Cuatro mujeres jóvenes, con vestido negro, tacones y armadas con un portapapeles,
esperaban en lo alto de la escalinata de Monachorum para verificar los nombres de
los asistentes. Era un acto al que solo se accedía con invitación. Desde determinados
puntos estratégicos, la muchedumbre podía ver de refilón los magníficos interiores. La
sede de Monachorum, antigua residencia londinense de los duques de Dartmouth, era
uno de los mejores palacios palladianos que habían sobrevivido hasta nuestros días.
Su vestíbulo era tan gigantesco que habría podido albergar un par de autobuses de dos
pisos. El techo de escayola, un bullicio de putti y bellísimas sirenas, estaba pintado
en rosas y dorados. Una grandiosa escalinata, lo bastante ancha como para dar cabida
a ocho jinetes subiendo a la vez, conducía al visitante hasta el majestuoso salón de
subastas, un atrio, sus paredes revestidas con mármol blanco y verde y coronado por
tres cúpulas con óculo. Era, en muchos sentidos, un espacio poco adecuado para
colgar y exhibir obras de arte; conseguía, sin embargo, crear una tormenta perfecta de
sobrecogimiento y deseo.
En una habitación secundaria se habían reunido dos docenas de chicos y chicas para
recibir las últimas instrucciones. Por suerte, en la que parecía la noche más calurosa
del año, el aire acondicionado mantenía una temperatura estable de dieciocho grados.
El conde de Beachendon, director de la subasta y cerebro de la venta, vestido para la
velada con traje y corbata negros, se dirigía a ellos en tono firme y sereno, con una
voz modulada por ocho generaciones de buena vida aristocrática y superioridad
sobrentendida. Beachendon había estudiado en Eton y Oxford pero, debido a la
afición de su padre a la ruleta, el octavo conde era el primer miembro de la ilustre
familia que había tenido que buscarse un empleo normal.
El conde de Beachendon apreciaba a su equipo. Habían ensayado durante cuatro
semanas y anticipado todo tipo de eventualidades, desde un tacón roto hasta un intento
de asesinato. Con la presencia en un mismo lugar de medios de comunicación de todo
el mundo y de los clientes más importantes de la casa de subastas, era esencial que el
acto se desarrollara con la precisión de un reloj suizo. Aquella velada cambiaría las
reglas del juego en la historia del mercado del arte: todos esperaban que se superara
el récord mundial por la venta de un cuadro.
—Tenemos puesta en nosotros la atención de los medios de comunicación de todo
el mundo —dijo Beachendon a su embelesado público—. Estarán observándonos
cientos de miles de pares de ojos. Un solo error convertiría el triunfo en desastre. No
se trata únicamente de Monachorum, de nuestros bonos o de la venta de un cuadro.
Este acto tendrá enorme influencia sobre un sector que mueve cien mil millones de
dólares anuales y nuestra gestión de la velada tendrá repercusiones a lo largo del
tiempo y en todos los continentes. No es necesario que les recuerde que trabajamos en
un escenario internacional. Ha llegado el momento de que nuestra contribución a la
riqueza y la salud de las naciones quede reconocida.
—Ninguna presión, milord —bromeó alguien.
El conde de Beachendon ignoró a su subordinado.
—Según nuestra concienzuda investigación, los clientes que gestionan ustedes serán
los principales postores. De su trabajo depende darles alas, persuadirlos y animarlos
para que vayan un poco más allá. Convencerlos de la grandeza de esta adquisición,
excitar su curiosidad y su espíritu competitivo. Utilicen todas las armas que guarden
en su arsenal. Sumérjanlos en un mar de zalamería perfectamente calibrada.
Recuérdenles a todos ellos lo especiales que son, lo indispensables que son, su
talento, su riqueza y, lo que es más importante, que solo en esta casa comprendemos y
apreciamos su verdadero valor. Por una noche, olvídense de la amistad y de la ética:
concéntrense única y exclusivamente en ganar.
Beachendon observó las caras que tenía enfrente, ruborizadas por la emoción.
—Tienen que conseguir que los invitados que les hemos asignado se sientan
especiales. Especiales con «E» mayúscula. Y aun en el caso de que no logren adquirir
lo que andan buscando, quiero que estos ultrasuperinversores salgan esta noche de la
casa deseosos de volver, desesperados por ganar la siguiente ronda. Nadie debe
sentirse perdedor ni fracasado; todo el mundo debe salir de aquí pensando que ha sido
víctima de una pequeña conspiración en su contra, pero que la próxima vez conseguirá
el triunfo.
Beachendon desfiló por delante de la hilera de empleados mirándolos de uno en
uno. Para ellos, la velada era una experiencia emocionante con el potencial de un
bono económico; para él, se reducía a penuria y orgullo.
—Y ahora recuerden, y muy en especial las señoritas, que se espera de ustedes que
se muestren serviciales y encantadores. Dejo completamente en sus manos la
interpretación de «mostrarse servicial y encantador», pero la discreción está por
encima de todo.
Risas nerviosas entre los reunidos.
—Ahora leeré los nombres de los invitados y quiero que sus responsables vayan
dando un paso al frente. Todos ustedes deberían conocer ya de sobra su aspecto,
gustos, aversiones y «pecadillos». —Beachendon hizo una pausa antes de añadir su
chiste, bien ensayado y, de un modo deliberado, políticamente incorrecto—: Nada de
alcohol para los musulmanes o bocadillos de jamón para los judíos.
El público rio obedientemente.
—¿Quién se encarga de Vlad Antipovsky y Dmitri Voldakov?
Levantaron la mano dos chicas, una con un ceñido vestido negro de tafetán y la otra
con un vestido de seda verde con la espalda descubierta.
—Venetia y Flora, recuerden que, de presentárseles la oportunidad, estos dos
hombres se arrancarían mutuamente el pescuezo. Hemos conseguido reducir al mínimo
el número de guardaespaldas y les hemos pedido que dejen en casa sus armas de
fuego: la prevención es nuestra mejor política. Se trata de mantenerlos separados.
¿Entendido?
Venetia y Flora movieron la cabeza en un gesto de asentimiento.
Beachendon consultó la lista y leyó el siguiente nombre.
—Sus Altezas Reales, el emir y la jequesa de Alwabbi.
Tabitha Rowley-Hutchinson, la relaciones públicas con más experiencia, estaba
envuelta hasta tal punto en raso azul marino que solo quedaban visibles su esbelto
cuello y sus finas muñecas.
—Tabitha, ¿qué temas debe evitar a toda costa?
—No mencionaré el presunto apoyo de Alwabbi a Al Qaeda, tampoco las demás
esposas del emir ni el estado de los derechos humanos en su país.
—Li Han Ta. ¿Dispone de toda la información acerca del señor Lee Lan Fok?
Li Han Ta asintió con seriedad.
—Recuerden: tal vez los chinos no triunfen hoy, pero son el futuro —declaró
Beachendon, mirando a todos los presentes para comprobar que lo habían entendido
—. ¿Quién está al cargo de su excelencia el presidente de Francia?
Marie de Nancy vestía un esmoquin de seda azul y pantalón a juego.
—Le preguntaré sobre quesos, la primera dama y pintura francesa, pero no haré
mención alguna a la última victoria británica en el Tour de Francia, a su amante o a
los últimos resultados de las encuestas de popularidad —dijo.
Beachendon asintió.
—¿Quién se ocupa del muy honorable señor Barnaby Damson, ministro de Cultura?
Un joven dio un saltito al frente. Vestía un traje de terciopelo de color rosa y el
cabello peinado con un tupé, estilo años cincuenta.
Beachendon refunfuñó.
—Más sutileza, por favor. Por mucho que el ministro pueda tener estas tendencias,
no le gusta que se lo recuerden en público.
—He pensado que le hablaré de ballet, le encanta el ballet.
—Mejor limítese al fútbol y al cine —le ordenó Beachendon—. ¿Quién se encarga
de Mr. M. Power Dub-Box?
En los últimos meses, el rapero de más éxito del momento había sorprendido al
mundo del arte con la adquisición de varias obras icónicas. Con más de dos metros
diez de altura y ciento quince kilos de peso, flanqueado siempre por un séquito de
gorilas trajeados de negro y mujeres casi desnudas, la presencia de Mr. M. Power
Dub-Box era ineludible y, al parecer, indisciplinada. Su conducta, impulsada por las
drogas y el alcohol y alimentada por la mala reputación, le había supuesto frecuentes
arrestos aunque, hasta la fecha, ninguna condena. Dieron un paso al frente dos
hombres altos con corbata oscura. Vassily había sido campeón de Rusia de los pesos
semipesados y Elmore era un antiguo becario deportivo de Harvard.
Beachendon miró a aquel par de torres y dio las gracias en silencio al departamento
de recursos humanos por haber contratado a dos colosos en un universo habitado por
estetas de constitución delicada.
—Sigamos. ¿Quién cuida de Stevie Brent? —preguntó a continuación.
Dotty Fairclough-Hawes iba vestida como una animadora norteamericana, con una
minifalda a rayas y una camisetita de tirantes que le dejaba el ombligo al aire.
—Esto no es ninguna final de béisbol —le recriminó Beachendon.
—He pensado que le ayudaría a sentirse como en casa —replicó Dotty.
—Es un gestor de fondos especulativos que intenta cubrir con una cortina de humo
sus recientes pérdidas. Lo último que necesita es una loca fan de los Boston Red Sox
que llame la atención sobre el hecho de que no puede permitirse el cuadro. Dotty, de
entre todos los presentes, es usted la única cuya misión consiste en hacer que Stevie
Brent no compre. Según nuestras fuentes, tiene en estos momentos un saldo negativo
de cuatro mil millones de dólares. Me da igual que al principio levante el brazo, pero
intente pararle los pies cuando la puja se sitúe por encima de los doscientos millones
de libras.
Dotty se marchó para sustituir su atuendo por un vestido de baile de raso azul.
—¡Ah, y Dotty! —le gritó Beachendon—. No le ofrezca Coca-Cola… Vendió sus
acciones y ahora han subido un dieciocho por ciento.
El conde de Beachendon siguió repasando la lista VIP para asegurarse de que todos
ellos tenían al gestor adecuado.
—¿La señora Appledore? Gracias, Celine.
»¿El conde y la condesa de Ragstone? Gracias, John.
»¿El señor y la señora Hercules Christantopolis? Gracias, Sally.
»¿El señor y la señora Mahmud? Lucy, perfecto.
»¿El señor y la señora Elliot Slicer IV? Bien hecho, Rod.
»¿El señor Lee Hong Quiuo-Xo? Gracias, Bai.
»¿El señor y la señora Bastri? Gracias, Tam.
Venetia Trumpington-Turner levantó la mano.
—¿Quién se encargará de los vendedores?
—Un trabajo tan importante y delicado como ese recaerá en nuestro presidente —
respondió el conde de Beachendon.
Todos replicaron con un gesto de asentimiento.
—El resto os ocuparéis de que los simples mortales estén en su debido lugar —
continuó el conde—. Los directores de museos se situarán en la fila H. Los directores
de periódicos, en la I. El resto de la prensa no tiene permiso ni para sacar el
bolígrafo, con la excepción de unos pocos periodistas; Camilla tiene los nombres. Los
demás superinversores estarán en las filas J, K, L y M. Los principales marchantes en
la P y la Q. Quiero a alguna que otra modelo y actriz repartida entre toda esa gente
para darle un poco de color a la cosa, pero tened claro que ninguna que sobrepase los
cuarenta años o la talla treinta y seis merece este ascenso de categoría. Ningún
famoso que no esté en la «división de honor» tiene cabida.
Beachendon enderezó la espalda y miró a su alrededor.
—Chicas, a retocaros el maquillaje; chicos, repasaos el nudo de la corbata y a
formar en la entrada. Dad todos lo mejor de vosotros.
La limusina de la señora Appledore avanzaba lentamente. El trayecto desde el
Claridge hasta Houghton Street era normalmente de diez minutos, pero a causa de las
obras y los desvíos al llegar a Berkeley Square el tráfico se había ralentizado hasta
casi detenerse. Era una tarde de julio excepcionalmente calurosa. Los londinenses,
convencidos de que sería su primera y última oportunidad de ver el sol, habían salido
de los pubs y llenaban las aceras. Los hombres se habían quitado la chaqueta y dejado
a la vista manchas oscuras de humedad en las axilas, las mujeres lucían vestidos de
tirantes para mostrar brazos y piernas rosados como gambas. Al menos, por una vez,
se los veía alegres, pensó la señora Appledore. En invierno, los británicos eran
lóbregos y taciturnos. Cuando el coche enfiló Berkeley Street, se preguntó si aquella
sería su última subasta importante. Cumplía los ochenta en un año y su viaje anual a
las subastas de Londres empezaba a perder esplendor. En su día conocía a todos los
presentes en la sala de subastas y, lo que era más importante, todo el mundo la
conocía a ella.
La señora Appledore tenía la mirada fija en el futuro pero aspiraba a continuar con
los modales y el modus operandi del pasado. Había nacido en Polonia en 1935, bajo
el nombre de Inna Pawlokowski, y toda su familia había muerto asesinada por las
tropas soviéticas en la masacre del bosque de Katyn. Acogida por las monjas durante
el resto de la guerra, la joven Inna fue enviada a Estados Unidos en 1948 junto con
tres mil huérfanos más. Conoció a Yannic, su futuro marido, en el barco de los
refugiados, el Cargo of Hope, y, a pesar de que por aquel entonces solo tenían trece
años, él le propuso matrimonio justo al pasar por debajo de la Estatua de la Libertad.
Ella le prometió darle seis hijos (fueron nueve) y él le juró que serían millonarios (su
fortuna en el momento de su fallecimiento, en 1990, se valoró en seis mil millones de
dólares). El día que se casaron, en 1951, Inna y Yannic cambiaron sus respectivos
nombres por Melanie y Horace Appledore y nunca jamás volvieron a pronunciar una
sola palabra en polaco. Su primer negocio, que pusieron en marcha justo el día
después de la boda, fue una empresa de alquiler de trajes y zapatos para inmigrantes
pobres que necesitaban mostrar un aspecto elegante en las entrevistas de trabajo.
Appledore Inc. fue ampliando sus tentáculos hasta abarcar propiedades inmobiliarias,
talleres que explotaban a sus trabajadores y, más adelante, inversiones de capital
riesgo. Conscientes, por experiencia propia, de que los inmigrantes trabajaban más
duro que los norteamericanos, los Appledore se dedicaron a ofrecer capital inicial a
empresas de nueva creación a cambio de una buena tajada de acciones, además de
cobrar los consabidos intereses por el montante prestado. Gracias al Acta de
Personas Desplazadas, oleadas de inmigrantes llegaban sin cesar a las costas
norteamericanas y los Appledore ayudaron y desplumaron a europeos, mexicanos,
coreanos, indios y vietnamitas. De esta manera, Melanie y Horace acabaron
disfrutando de pequeñas participaciones en rentables empresas familiares repartidas
por los cincuenta Estados del país.
Melanie sabía que el dinero, por sí solo, no garantizaba un asiento en la mesa de
los privilegiados. Decidida a dejar su huella en los escalones más altos de la
sociedad de Park Avenue, comprendió enseguida que necesitaba aprenderlo todo
sobre las convenciones y las expectativas para formar parte del flujo homogéneo de la
élite y desarrollar la conducta aceptada. Con este fin, pagó los servicios de
galardonados con el Premio Nobel, de directores de museo y de damas de la alta
sociedad caídas en desgracia para que le impartieran enseñanzas sobre aquellos
temas que la ayudarían a progresar. Aprendió a disponer la cubertería en la mesa, los
detalles sobre las distintas variedades de uva, las minucias de las diversas corrientes
artísticas, a distinguir entre un allegro y un staccato, conoció la cantidad que debía
dejar de propina al mayordomo de un duque, hacia qué lado mirar durante una cena y
en qué dirección viajar para conseguir una botella de oporto. Pero las nuevas
generaciones, en opinión de la señora Appledore, exhibían su vulgaridad como un
distintivo honorífico.
Horace y Melanie realizaron donativos a infinidad de instituciones culturales y
apoyaron la reconstrucción de La Fenice en Venecia y la restauración de u

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