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Libro PDF La Leona Blanca – Henning Mankell

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Hacia el anochecer del 21 de abril de
1918, tres hombres se reunieron en un
modesto café del barrio de Kensington,
en Johanesburgo. Los tres eran jóvenes.
El menor de ellos, Werner Van der
Merwe, acababa de cumplir diecinueve
años. El mayor, Henning Klopper,
contaba veintidós. El tercer hombre de
la reunión, que se llamaba Hans du
Plessis, cumpliría veintiuno en unas
semanas. Precisamente aquel día habían
decidido preparar su fiesta de
cumpleaños y ninguno de los tres había
imaginado ni albergado la menor idea de
que su encuentro en aquel café de
Kensington pudiese cobrar significado
histórico. Pese a todo, el asunto del
cumpleaños de Hans du Plessis nunca
llegó a tratarse aquella noche y ni
siquiera Henning Klopper, que fue el
promotor de una propuesta que a la larga
cambiaría toda la sociedad sudafricana,
podía figurarse el alcance o las
consecuencias de sus propias
reflexiones inconclusas.
Eran, pues, tres hombres jóvenes, de
talante diverso y con temperamento y
rasgos de carácter bien distintos, aunque
tenían algo en común, un rasgo del todo
decisivo: los tres eran boere. Los tres
pertenecían a familias distinguidas que
habían llegado a Sudáfrica durante una
de las tres primeras oleadas de
inmigrantes, de hugonotes holandeses sin
hogar, allá por el año 1680. Al crecer en
Sudáfrica la influencia anglosajona, que
terminaría por imponerse bajo la forma
de clara opresión, los bóers
emprendieron su largo peregrinar hacia
el interior del país, hacia las inmensas
llanuras de Transvaal y de Orange, en
carros tirados por bueyes. Según el
sentir de aquellos tres jóvenes, al igual
que el de todos los boere, la libertad y
la independencia eran condiciones
indispensables para que su lengua y su
cultura no sucumbieran, pues la libertad
garantizaba el que no se produjesen
fusiones no deseadas con la odiada
población inglesa, y menos aún ninguna
mezcla con los negros que poblaban el
país, o con la minoría hindú que vivía
del comercio en ciudades costeras como
Durban, Port Elizabeth y Ciudad del
Cabo.
Así pues, Henning Klopper, Werner
Van der Merwe y Hans du Plessis eran
boere, una condición que jamás podían
olvidar o ignorar y, muy especialmente,
una condición de la que se sentían
orgullosos, pues desde su más tierna
infancia se les había inculcado que ellos
constituían un pueblo elegido. Sin
embargo, esto no eran más que
evidencias que apenas se detenían a
comentar cuando se encontraban a diario
en el pequeño café, una especie de
requisito que simplemente existía como
razón de ser de su amistad, su grado de
intimidad, sus ideas y sentimientos.
Puesto que los tres trabajaban como
oficinistas en la Compañía Ferroviaria
Sudafricana, se acercaban juntos tras la
jornada laboral hasta aquel café en el
que, por lo general, hablaban de
mujeres, de los sueños de futuro o de la
gran guerra que acababa de terminar en
Europa. Aquel día, no obstante, Henning
Klopper se hallaba sumido en reflexivo
silencio. Los otros dos lo miraban con
curiosidad, acostumbrados como
estaban a que fuese él, precisamente, el
más hablador de los tres.
—¿Estás enfermo? —preguntó Hans
du Plessis—. —¿Tienes malaria?.
Henning Klopper negó con un gesto
ausente, sin replicar palabra.
Hans du Plessis se encogió de
hombros y se volvió hacia Werner Van
der Merwe.
—Está pensando, afirmó éste.
Medita sobre cómo aumentar su salario
de cuatro a seis libras al mes este mismo
año.
Éste era, en efecto, uno de sus temas
de conversación recurrentes, cómo
convencer a sus jefes, siempre reacios,
de que les subiesen el escaso sueldo.
Ninguno de ellos tenía la menor duda de
que su carrera en la Compañía
Ferroviaria Sudafricana los conduciría
con el tiempo a ocupar diversos puestos
de relieve. Los tres estaban equipados
con una buena dosis de autoestima, eran
inteligentes y estaban llenos de energía.
Su único problema consistía en el hecho
de que, según su firme opinión, aquel
ascenso se producía con una lentitud
insufrible.
Henning Klopper alargó el brazo en
busca de su taza de café, tomó un sorbo
y comprobó con las yemas de los dedos
que el alto cuello blanco de su camisa
estaba en su sitio, antes de mesarse
lentamente el cabello, bien peinado con
raya en medio.
—Voy a contaros algo que ocurrió
hace cuarenta años, aclaró despacio.
Werner Van der Merwe frunció el
ceño tras sus gafas sin montura.
—Eres demasiado joven, Henning
Klopper, repuso. Deberías tener
dieciocho años más para poder
acordarte de algo de hace cuarenta.
Henning Klopper negó con la
cabeza.
–No es un recuerdo mío, replicó. Ni
se trata de mí, o de mi familia, sino de
un sargento inglés llamado George
Stratton.
Hans du Plessis interrumpió un
intento de encender su cigarro puro.
—¿Desde cuándo te interesan los
ingleses? —preguntó—. Un inglés bueno
es un inglés muerto, ya se trate de un
sargento, de un político o de un
intendente de minas.
–Este inglés está muerto, lo
tranquilizó Henning Klopper. El
sargento George Stratton está muerto, así
que no tienes que preocuparte por eso,
pues justamente quiero hablaros acerca
de su muerte, hace cuarenta años.
Hans du Plessis hizo ademán de
proferir una nueva objeción pero Werner
Van der Merwe lo detuvo pasando sobre
su hombro una mano rápida.
–Espera, rogó. Deja que Henning
continúe.
Henning Klopper dio otro trago a su
café y se limpió con pulcritud la boca y
el fino bigote rubio en la servilleta.
–Ocurrió en abril de 1878, comenzó.
Durante la guerra británica contra la
insurrección de las tribus africanas.
–Esa guerra que perdieron,
rememoró Hans du Plessis. Sólo los
ingleses pueden perder la guerra contra
un puñado de bárbaros. En Isandlwana y
Rorke’s Drift la armada inglesa mostró
para qué vale en realidad: para quedar
aplastada por los salvajes.
–Déjalo que continúe, se impacientó
Werner Van der Merwe. No interrumpas
constantemente.
–Lo que voy a contaros sucedió
cerca de Buffalo River, prosiguió
Henning Klopper. El río que los
autóctonos llaman Gongqo. La compañía
destinada en Mounted Rifles, de la que
era responsable Stratton, había
establecido su campamento y tomado
posiciones en campo abierto junto al río.
Ante ellos se alzaba un macizo
montañoso cuyo nombre no recuerdo
detrás del cual los aguardaba un grupo
de guerreros xhosa. No eran muchos y
tampoco estaban muy bien armados. Los
soldados de Stratton no tenían por qué
preocuparse. Unos exploradores que
habían sido enviados para estudiar la
situación les aseguraron que el ejército
xhosa no estaba organizado y que más
bien parecía estar preparando una
retirada. Por si fuera poco, Stratton y sus
oficiales esperaban refuerzos de, al
menos, un batallón más durante el día.
De repente, y contra todo pronóstico,
ocurrió algo extraño con el sargento
Stratton, quien, por lo demás, tenía fama
de no perder nunca el temple. Empezó a
dar vueltas y a despedirse de sus
soldados y no parecía, a decir de
cuantos lo vieron, sino que le hubiese
sobrevenido una fiebre súbita. Acto
seguido, sacó su pistola y se pegó un tiro
en la cabeza, ante sus soldados. Tenía
veintiséis años cuando murió en Buffalo
River y era por tanto cuatro años mayor
que yo.
Henning Klopper guardó silencio de
improviso, como si el final de la historia
le hubiese sorprendido también a él.
Hans du Plessis expulsó el humo de su
cigarro puro en actitud de espera.
Werner Van der Merwe, por su parte,
chasqueó los dedos para llamar al
camarero negro, que estaba limpiando
una mesa en el extremo opuesto del
local.—
¿Eso es todo? —inquirió Hans du
Plessis.
–Así es, repuso Henning Klopper.
¿No te parece suficiente?
–Yo creo que necesitamos más café,
sugirió Werner Van der Merwe.
El camarero negro, que re

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