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Libro PDF La mentira Nora Roberts

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En la gran casa (y Shelby siempre pensaría en ella como la gran casa) se sentó en el gran sillón de piel de su marido frente al gran e imponente escritorio. El sillón era del
color del café. No era marrón. Richard había sido muy preciso en ese tipo de cosas. El escritorio en sí, tan elegante y reluciente, era una pieza exclusiva de madera de
zebrano africano y estaba hecha a mano en Italia.
Cuando le dijo que no sabía que había cebras en Italia (un simple chiste), él le había lanzado esa mirada. La mirada que le daba a entender que a pesar de la gran casa,
de la ropa elegante y del enorme diamante en el dedo anular de la mano izquierda, ella siempre sería Shelby Anne Pomeroy, a dos pasos del pueblo de palurdos de
Tennessee donde nació y creció.
Pensó que en otro tiempo su marido se habría reído, habría sabido que estaba bromeando y se habría reído, como si ella fuera la chispa que iluminaba su vida. Pero,
ay, Dios, esa chispa se había apagado a sus ojos y muy rápido, además.
El hombre a quien conoció hacía casi cinco años en una estrellada noche de verano le había hecho perder la cabeza, la había alejado de todo cuanto conocía y la había
llevado a mundos que ni siquiera había imaginado.
La había tratado como a una princesa, le había mostrado lugares sobre los que solo había leído en libros o visto en películas. Y la había amado en algún momento…,
¿verdad? Era importante recordar eso. La había amado, la había deseado, le había dado todo cuanto una mujer podría querer.
Mantenido. Era la palabra que él había usado con frecuencia. La había mantenido.
Quizá él se disgustó cuando se quedó embarazada, quizá ella tuvo miedo, unos minutos, de la expresión de sus ojos cuando se lo contó. Pero estaban casados, ¿no? Se
la llevó a Las Vegas como si estuvieran viviendo la aventura de sus vidas.
Entonces eran felices. Esto también era importante recordarlo. Tenía que recordar eso, tenía que aferrarse a los recuerdos de los buenos tiempos.
Una mujer viuda a los veinticuatro necesitaba recuerdos.
Una mujer que descubrió que había estado viviendo una mentira, que no solo estaba arruinada, sino que además tenía una deuda de infarto, tenía que acordarse de los
buenos tiempos.
Los abogados, contables e inspectores de Hacienda se lo explicaron todo, pero bien podrían haberse dirigido a ella en chino cuando continuaron hablando del grado de
endeudamiento, de los fondos de cobertura y de las ejecuciones. La gran casa, que le había intimidado desde que entró por primera vez por la puerta, no era suya (por lo
menos no hasta un punto en que fuese relevante), sino del banco. Los coches eran alquilados, no comprados, y con los pagos atrasados, tampoco eran suyos.
¿El mobiliario? Comprado a plazos, y dichos plazos vencidos.
Y los impuestos. No podía soportar pensar en los impuestos. Le aterraba pensar en ellos.
En los dos meses y ocho días desde la muerte de Richard, parecía que lo único que hacía era pensar en asuntos sobre los que él le había dicho que no se preocupara,
asuntos que no le correspondían a ella. Asuntos, le decía él lanzándole esa mirada, que no eran de su incumbencia.
En ese momento todo era asunto suyo, todo era de su incumbencia porque les debía tanto dinero a los acreedores, al banco y a la administración de Estados Unidos
que se sentía paralizada.
No podía permitírselo. Tenía una pequeña, una hija. Callie era lo único que importaba. Tenía solo tres años, pensó Shelby, y tuvo ganas de apoyar la cabeza en ese
elegante y reluciente escritorio y echarse a llorar.
—Pero no lo harás. Tú eres lo único que ella tiene ahora, así que harás lo que sea necesario.
Abrió una de las cajas, la que ponía «documentos personales». Suponía que los abogados y los inspectores de Hacienda se lo habían llevado, revisado y copiado todo.
Ella haría lo mismo para ver qué se podía salvar. Por Callie.
Tenía que encontrar lo suficiente, en alguna parte, para mantener a su hija después de que hubiera saldado todas las deudas. Conseguiría un empleo, claro, pero no
bastaría con eso.
No le importaba el dinero, se dijo mientras empezaba a revisar facturas de trajes, zapatos, restaurantes y hoteles. Vuelos privados. Había aprendido que no le
importaba el dinero tras la vorágine del primer año, después de que naciera Callie.
Cuando llegó Callie, lo único que quería era un hogar.
Se detuvo y echó un vistazo al despacho de Richard. Los estridentes colores de las obras de arte moderno que él prefería, las paredes blancas que decía que hacían
resaltar más dichas piezas y las maderas y la piel oscuras.
Aquello no sería un hogar ni lo había sido. No lo sería ni aunque viviera allí ochenta años en vez de los escasos tres meses desde que se habían mudado, pensó.
Él la había comprado sin consultarle, la había amueblado sin preguntarle qué le gustaría a ella. Una sorpresa, le había dicho al abrir las puertas de aquella monstruosa
casa en Villanova, de aquel resonante edificio sobre el que había afirmado era el mejor barrio residencial de Filadelfia.
Y ella había fingido que le encantaba, ¿cierto? Agradecida por tener un lugar fijo, pese a lo mucho que los colores sobrios y los altísimos techos le intimidaban. Callie
tendría un hogar, iría a un buen colegio y jugaría en un barrio seguro.
Haría amigos. Ella también haría amigos; esa había sido su esperanza.
Pero no había tenido tiempo.
Del mismo modo que tampoco había un seguro de vida de diez millones de dólares. También le había mentido sobre eso. Le había mentido sobre los ahorros para la
universidad de Callie.
¿Por qué?
Dejó esa cuestión a un lado. Jamás conocería la respuesta, así que ¿para qué preguntar la razón?
Podría llevarse los trajes, los zapatos, las corbatas, las equipaciones deportivas, los palos de golf y los esquíes. Podría llevar todo aquello a tiendas de segunda mano
y sacar algo.
Coger lo que no hubieran embargado y venderlo. En el puñetero eBay si era necesario. O en Craigslist. O en una tienda de empeños, daba igual.
Había muchas cosas para vender en su propio armario. Y también joyas.
Miró el diamante, el anillo que él le había puesto en el dedo cuando fueron a Las Vegas. Conservaría el anillo de casada, pero el diamante lo vendería. Tenía muchas
cosas suyas para vender.
Por Callie.
Revisó los archivos uno por uno. Se habían llevado los ordenadores y todavía no se los habían devuelto. Pero el papel era tangible.
Abrió su expediente médico.
Se cuidaba bien, pensó, cosa que hizo que se acordara de que tenía que cancelar la suscripción al club de campo y al gimnasio. Eso se le había olvidado. Richard había
sido un hombre sano, que se mantenía en forma y nunca faltaba a una revisión médica.
Debía tirar todas aquellas vitaminas y suplementos que había tomado a diario, decidió al pasar otra página.
No había razón para conservarlos ni tampoco aquellos informes. El hombre sano se había ahogado en el Atlántico a unas pocas millas de la costa de Carolina del Sur,
a la edad de treinta y tres años.
Podía limitarse a triturarlo todo. Richard había sido partidario de ese sistema y tenía su propia trituradora de papel justo allí, en el despacho. No era necesario que los
acreedores vieran los resultados de sus últimos análisis de sangre rutinarios ni la confirmación de su vacuna de la gripe de hacía dos años ni los informes de urgencias de
cuando se dislocó el dedo jugando al baloncesto.
Por el amor de Dios, eso había pasado hacía tres años. Para un hombre que había triturado suficientes papeles como para crear una cadena montañosa, no cabía duda
de que había sido muy posesivo con sus facturas médicas.
Exhaló un suspiro fijándose en otra fechada hacía casi cuatro años. Se disponía a desecharla, pero se detuvo y frunció el ceño. No conocía a ese médico. Claro que por
entonces vivían en aquella gran torre de apartamentos en Houston y, mudándose cada año, a veces incluso en menos tiempo, ¿quién podía estar al corriente de los
médicos? Sin embargo, aquel estaba en Nueva York.
—Esto no puede estar bien —murmuró—. ¿Por qué Richard visitaría a un médico en Nueva York para…?
Todo se congeló. Su mente, su corazón, sus entrañas. Los dedos le temblaron al coger el papel y acercárselo, como si las palabras fueran a cambiar con la distancia.
Pero no lo hicieron.
Richard Andrew Foxworth se sometió a una cirugía programada, realizada por el doctor Dipok Haryana en el centro médico Monte Sinaí el 12 de julio de 2011. Una
vasectomía.
Se había hecho la vasectomía, sin decírselo. Callie apenas tenía dos meses y él se había asegurado de que no pudieran tener más hijos. Había fingido que quería más
cuando ella empezó a hablar de buscar el segundo. Había accedido a que lo examinaran, igual que habían hecho con ella, cuando no consiguió quedarse embarazada
después de intentarlo durante un año.
Todavía podía oírle:
«Solo tienes que relajarte, Shelby, por Dios bendito. Si estás preocupada y tensa, no ocurrirá nunca».
—No, no ocurrirá nunca porque tú te encargaste de que fuera imposible. Me mentiste incluso en eso. Mentiste mientras a mí se me rompía el corazón cada mes.
¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste?
Se apartó del escritorio presionándose los ojos con los dedos. Julio, mediados de julio, y Callie tenía unas ocho semanas. Un viaje de negocios, eso le dijo, sí, lo
recordaba muy bien. A Nueva York… No había mentido acerca del lugar.
No había querido llevar al bebé a la ciudad; él sabía que ella no querría. Se había encargado de todos los pormenores. Otra sorpresa para ella. Las mandó a ambas a
Tennessee en un avión privado.
Para que pudiera pasar un poco de tiempo con su familia, le dijo. Y también para que presumiera del bebé y dejara que su madre y su abuela las mimaran a ella y a
Callie durante un par de semanas.
Estaba muy feliz y muy agradecida, pensó. Y mientras tanto él solo había estado quitándosela de en medio para asegurarse de que no tendría otro hijo.
Volvió a la mesa, cogió la fotografía que le había enmarcado. Una de Callie y de ella, tomada por su hermano Clay justo durante aquel viaje. Un regalo de
agradecimiento que él había parecido apreciar, pues desde entonces lo había mantenido en su escritorio allá adonde iban.
—Otra mentira. Otra mentira más. Nunca nos quisiste. No podrías haber mentido una y otra vez si nos hubieras querido.
Casi estampa el marco contra la mesa por culpa de la cólera suscitada por la traición. Solo el rostro de su bebé se lo impidió. Lo dejó de nuevo, con el mismo cuidado
que tendría con una frágil y valiosa pieza de porcelana.
Luego se sentó en el suelo; no podía sentarse a aquella mesa, ya no. Se dejó caer al suelo, con los estridentes colores que resaltaban de las níveas paredes blancas,
meciéndose, llorando. Llorando no porque el hombre al que había amado estuviera muerto, sino porque nunca existió.
No tenía tiempo para dormir. Aunque el café no le gustaba, se preparó una enorme taza en la máquina italiana de Richard… y le agregó una dosis doble de expreso.
Con dolor de cabeza por el ataque de llanto y bajo los efectos de la cafeína, examinó todos y cada uno de los papeles de la caja mientras hacía montones.
Las facturas de hotel y restaurantes, al inspeccionarlas con una mirada más consciente, le indicaron que no solo le había mentido, sino que además le había sido infiel.
Cargos al servicio de habitaciones demasiado elevados para un hombre solo. Si a eso le sumaba una factura por un colgante de plata de Tiffany’s (que no le había
regalado a ella) en el mismo viaje, otros cinco mil dólares en La Perla (la lencería que prefería que se pusiera) de otro viaje, una factura por un fin de semana en un hostal
de Vermont, cuando le había dicho que iba a concluir un negocio en Chicago, las piezas empezaban a encajar y a cobrar fuerza.
¿Por qué había guardado todo eso, todas esas pruebas de sus mentiras y de su infidelidad? Porque ella había confiado en él, comprendió.
No solo eso, pensó, sino que además había consentido. Había sospechado que tenía una aventura, y con toda seguridad él sabía que era así. Lo había guardado todo
porque la había considerado demasiado obediente como para hurgar en sus archivos personales.
Y lo había sido.
Había guardado bajo llave las otras vidas que había llevado. Ella no habría sabido dónde buscar la llave, jamás le habría cuestionado… y él lo sabía.
¿Cuántas mujeres más?, se preguntó. ¿Acaso importaba? Una era demasiado, y cualquiera de ellas habría sido más sofisticada, experimentada y culta que la chica
encandilada e ingenua del pequeño pueblo de montaña de Tennessee a la que había dejado embarazada con diecinueve años.
¿Por qué se había casado con ella?
Quizá la había querido; al menos, un poco. La había deseado. Pero no había sido suficiente, no había bastado para mantenerle feliz, para que fuera fiel.
Y ¿acaso importaba ya? Estaba muerto.
Sí, pensó. Sí, claro que importaba.
La había engañado, la había humillado. Le había dejado una deuda económica que podría perseguirla durante años y poner en peligro el futuro de su hija.
Por supuesto que importaba, joder.
Pasó otra hora registrando el despacho de forma sistemática. Ya le habían vaciado la caja fuerte. Estaba al tanto de su existencia, aunque no tenía la combinación, de
modo que había autorizado a los abogados para que la abrieran.
Se habían llevado la mayoría de los documentos legales, pero había cinco mil dólares en efectivo, que sacó y dejó a un lado. La partida de nacimiento de Callie, y sus
pasaportes.
Abrió el de Richard y estudió su fotografía.
Muy guapo. Elegante y refinado, como una estrella de cine, con su intenso cabello castaño y sus ojos ambarinos. Había deseado tanto que Callie heredara sus
hoyuelos. Esos puñeteros hoyuelos la habían cautivado.
Dejó los pasaportes a un lado. Se llevaría el de Callie y el suyo, si bien no era muy probable que los utilizara. Destruiría el de Richard. O… quizá preguntara a los
abogados si debería hacer eso.
No encontró nada oculto, pero volvería a examinarlo antes de triturarlo o archivar las cosas de nuevo en cajas de embalar.
Hasta arriba de cafeína y tristeza, recorrió la casa, cruzó el vestíbulo, con una altura de dos pisos, y subió las escaleras; los gruesos calcetines que llevaba puestos no
hacían ruido en el suelo de madera.
Primero entró en la habitación de Callie para ver cómo estaba y se inclinó para besar a su hija en la mejilla antes de arropar bien a su pequeña, que dormía con el culo
en pompa, su postura preferida.
Después de dejar la puerta abierta, enfiló el pasillo hasta el dormitorio principal.
Odiaba esa habitación, pensó. Detestaba las paredes grises, el negro cabecero de piel y las marcadas líneas del negro mobiliario.
La detestaba aún más en ese momento, sabiendo que había hecho el amor con él en aquella cama después de que él hubiera estado con otras mujeres, en otras camas.
Mientras se le encogía el estómago, se dio cuenta de que tenía que ir al médico. Debía asegurarse de que no le había contagiado nada. No pienses ahora, se dijo. Pide
una cita mañana y no pienses ahora.
Fue hasta el armario de Richard, que era casi tan grande como el dormitorio entero que ella tenía en Rendezvous Ridge, su pueblo natal.
Hay ropa casi nueva, pensó. Armani, Versace y Cucinelli. Richard se había decantado por los diseñadores italianos en cuestión de trajes. Y también de zapatos, se
dijo, cogiendo un par de mocasines negros de Ferragamo del estante y dándoles la vuelta para estudiar las suelas.
Apenas tenían arañazos.
Siguió adelante, abrió un armario y sacó bolsas para trajes.
A la mañana siguiente llevaría tantos como le fuera posible a la tienda de segunda mano.
—Ya debería haberlo hecho —farfulló.
Pero primero habían sido el shock y la pena, luego los abogados, los contables y los agentes de la administración.
Revisó los bolsillos de un traje gris de raya diplomática para cerciorarse de que estaban vacíos, y lo metió en la bolsa. Cinco por bolsa, calculó. Cuatro bolsas para los
trajes y luego otras cinco, tal vez seis, para chaquetas y abrigos. A continuación, camisas y pantalones informales.
El trabajo mecánico hizo que se mantuviera tranquila; despejar poco a poco el espacio le aligeró el corazón hasta cierto punto.
Las dudas surgieron cuando llegó a la chaqueta de cuero de color bronce oscuro. Había sido su preferida. El estilo aviador y el intenso color le sentaban muy bien.
Sabía que era uno de los pocos regalos suyos que le habían gustado de verdad.
Acarició una de las mangas, suave como la mantequilla, flexible, y casi cedió al impulso de dejarla a un lado, de quedársela, al menos durante una temporada.
Entonces pensó en la factura del médico y rebuscó sin miramientos en los bolsillos.
Estaban vacíos, por supuesto; tenía todas las noches especial cuidado en vaciar los bolsillos y dejar la calderilla en el platito de cristal de su cómoda. El teléfono en el
cargador, las llaves en el platito junto a la puerta principal o colgadas en el armario de su despacho. Nunca dejaba nada que los pudiera deformar, estropear su corte o
quedarse olvidado en ellos.
Pero al apretar los bolsillos, costumbre que se le había pegado de cuando su madre hacía la colada, notó algo. Echó un nuevo vistazo y lo encontró vacío. Metió los
dedos otra vez y sacó el bolsillo.
Reparó en que había un pequeño agujero en el forro. Sí, había sido su chaqueta favorita.
Llevó la chaqueta de nuevo al dormitorio y sacó las tijeras de su set de manicura. Con mucho cuidado, ensanchó el agujero, diciéndose que lo cosería más tarde, antes
de embolsarla para venderla.
Acto seguido introdujo los dedos en la abertura y extrajo una llave.
No era la llave de una puerta, pensó, girándola a la luz. Ni la de un coche. Era de una caja de seguridad de un banco.
Pero ¿de qué banco? Y ¿qué había en ella? ¿Por qué una caja de seguridad de un banco cuando tenía una caja fuerte justo en su despacho?
Sin duda debería contárselo a los abogados, pensó. Pero no iba a hacerlo. Por lo que sabía, Richard podría tener un libro en el que llevara la cuenta de todas las mujeres
con las que se había acostado los últimos cinco años y ya había sufrido bastante humillación.
Buscaría el banco y la caja y lo comprobaría ella misma.
Podían quedarse con la casa, los muebles, los coches, las acciones, los bonos y el dinero, que distaba mucho de la cuantía que Richard le había contado que tenía.
Podían quedarse con las obras de arte, las joyas, el chaquetón de chinchilla que le había regalado por sus primeras y últimas Navidades en Pensilvania.
Pero ella se quedaría con lo que le restaba de orgullo.
Despertó de una perturbadora pesadilla al sentir que le tiraban de forma insistente de la mano.
—Mamá, mamá, mamá. ¡Despierta!
—¿Qué?
Ni siquiera abrió los ojos, sino que bajó la mano y subió a su pequeña a la cama con ella. La abrazó con fuerza.
—Es de día —canturreó Callie—. Fifi tiene hambre.
—Mmm. —Fifi, la muy querida perra de peluche de Callie, siempre se despertaba con hambre—. Vale. —Pero siguió abrazándola un rato.
En un momento dado se había tumbado, completamente vestida, sobre la cama, se había tapado con la negra colcha de cachemir y se había quedado frita. Jamás
convencería a Callie ni a Fifi para que se quedasen acurrucadas durante otra hora, pero podía remolonear unos minutos más.
—Tu pelo huele muy bien —murmuró Shelby.
—El pelo de Callie. El pelo de mamá.
Shelby sonrió al sentir un tironcito en el suyo.
—Iguales.
El tono caoba oscuro le venía por parte de madre. Por parte de los MacNee. Lo mismo que los casi ingobernables rizos que, dado que Richard lo prefería liso y
tirante, se había secado y alisado cada semana.
—Los ojos de Callie. Los ojos de mamá.
Callie le abrió un ojo a Shelby con los dedos. Eran del mismo azul oscuro que casi parecía púrpura bajo cierta luz.
—Iguales —comenzó Shelby, y luego hizo un gesto de dolor cuando Callie le metió el dedo en el ojo.
—Rojo.
—Seguro que sí. ¿Qué quiere Fifi para desayunar?
Cinco minutos más, pensó Shelby. Solo cinco.
—Fifi quiere… ¡caramelo!
El júbilo absoluto que reflejaba la voz de su hija hizo que Shelby abriera sus enrojecidos ojos azules.
—¿Es cierto eso, Fifi? —Shelby giró hacia ella la alegre cara afelpada de la perra rosa—. Ni hablar. —Volvió a Callie, le hizo cosquillas en las costillas y, a pesar de la
jaqueca, disfrutó de sus grititos de alegría—. A desayunar. —Cogió a la pequeña en brazos—. Luego tenemos que ir a algunos sitios, mi pequeña reina de las hadas, y
ver a algunas personas.
—¿Marta? ¿Viene Marta?
—No, cielo. —Pensó en la niñera que Richard había insistido en tener—. ¿Recuerdas que te dije que Marta ya no vendría

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