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Libro PDF La muerte del pelícano Daniel Espartaco Sánchez

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—¿Tienes crédito en tu teléfono? —
preguntó Rogelio Rodríguez, conocido
en la corporación como el Vaquero,
mientras buscaba algo en los bolsillos
de su pantalón.
Era un hombre grueso, alto, y de casi
cincuenta años, que se movía con
dificultad en el asiento del conductor de
ese auto con el aire acondicionado
descompuesto bajo el sol quemante de
una tarde primaveral como cualquier
otra en la ciudad de México. Llevaba el
cabello corto, barba de candado y lentes
oscuros de aviador cuya marca en el
cristal, Bay-Ran, ya casi había
desaparecido, pues estos habían sido
comprados a la salida del metro
Chapultepec a un precio tan bajo que no
podía sino evidenciar un apócrifo origen
asiático, específicamente chino. El
cuello y el cogote enrojecidos del
veterano agente exudaban el olor a una
agua de colonia de esas que se escogen
en el catálogo manoseado de una
secretaria emprendedora a la que es
imposible decirle que no. Vestía una
camisa a cuadros (se rumoreaba que en
su clóset no había sino prendas de este
tipo), pantalones de mezclilla
demasiado ajustados para su edad y su
aspecto físico, y un par de botas
vaqueras muy bien lustradas, aunque
algo viejas. El coche en el que estaba
sentado junto con su compañera, Natalia
Payán, era un Chevrolet Malibú modelo
2004 de color blanco. Podía deducirse,
sin ser demasiado perspicaz, que este
era, por la sórdida y deslucida
apariencia exterior, las abolladuras y el
polvo, un coche de policía.
—Toma —le dijo Natalia Payán con
el cálido aunque marcado acento del
norte del país, y le estiró su teléfono
celular inteligente.
Que no fuera una mujer bella se
compensaba con la pulcritud de su
apariencia y con la palidez de sus
facciones rígidas como las del retrato de
una abuela joven vestida de negro,
colgado en la pared de una ranchería.
Tenía el cabello castaño recogido en
una coleta y un cuerpo atlético y grueso
construido en largas e inmisericordes
sesiones en el gimnasio y con dietas tan
rigurosas que harían palidecer al más
frugal de los ermitaños. Usaba un traje
sastre a rayas, de chaqueta ajustada, y
una Glock nueve milímetros en el
cinturón. Quien hubiera visto a Natalia
comer con parsimonia su manzana Red
Delicious (una buena fuente de fibra) y
beber agua de una botella de plástico de
litro y medio, jamás hubiera sospechado
que ella conocía por lo menos cincuenta
formas de dejar fuera de combate a un
hombre armado hasta los dientes y con
treinta centímetros más de estatura y
cincuenta kilos más de peso.
—¿Cómo se usa esta cosa?
—A ver, yo te marco —dijo ella, con
un tono parecido a la ternura maternal.
Le gustaba ayudar al Vaquero con sus
pequeñas taras, que eran muchas.
—Gracias, en algún lugar apunté la
dirección.
Natalia Payán se miró en el espejo
retrovisor; se ensalivó las yemas de los
dedos con la lengua y se colocó, con
algo de coquetería, detrás de las orejas,
dos mechones de brillante y sano
cabello, casi rojizo, que caían sobre su
frente ovalada. Junto a la ceja derecha
tenía una discreta cicatriz que se había
hecho, no al luchar con criminales
sanguinarios sino al caer de un
columpio, a los siete años.
—Tal vez está en la guantera —dijo
el Vaquero, y comenzó a rebuscar entre
papeles, tickets de compra y facturas.
Ahí estaba el revólver calibre .38
especial, mismo que, según se
rumoreaba en la Subdirección, jamás
había disparado, pues le repugnaban las
armas de fuego.
—Ya son las tres y cuarto —dijo
Natalia.
—Lo sé —contestó el Vaquero. Y al
teléfono—; un momento jefe…
—¿Me vas a decir cómo conseguiste
la dirección, si es que la encuentras? —
preguntó Natalia.
—Es un secreto profesional.
—Claro, la Procuraduría tiene
semanas buscando el lugar y tú lo
encuentras en un día.
—Por eso me pagan lo que me pagan.
—Pero no ganas mucho.
—Me pagan una mierda, pero me
tratan peor —abrió su cartera y rebuscó
entre un billete de doscientos pesos y
toda clase de papeles cuya utilidad no
era discernible a simple vista.
—Eres un desastre, ¿no has pensado
en comprarte un iPad?
—¿Qué es un iPad?
Encontró lo que buscaba en la bolsa
de la camisa y emitió al teléfono un
resoplido de triunfo:
—Jefe, la dirección es Oriente 245-
C, número 134.
Cuando estuvieron a dos cuadras del
lugar sacaron los chalecos antibalas de
la cajuela. Al Vaquero nunca le había
gustado su aspecto con este. Después de
fajarse la pistola, se miró en el vidrio
del coche y le pareció que se veía más
bien gordo y desaliñado, como un
policía preventivo sobrealimentado; en
cambio a su compañera le sentaba tan
bien que la prenda parecía de diseñador
a pesar de las iniciales (SMC); sí, se
veía hasta guapa. Natalia había
conseguido los chalecos después de
rellenar varios formularios durante
semanas.
—Vamos a esperar a los pelones de
hospicio—dijo el Vaquero.
—Estoy tan preocupada por ese niño
—dijo Natalia. Estas palabras le dieron
un aspecto tan maternal, a pesar de que
al pronunciarlas revisó el magazine y la
bala en la recámara de su Glock.
El lugar era una de esas colonias al
oriente de la ciudad: manzanas de
departamentos de dos pisos que alguna
vez fueron uniformes (y entregados a
crédito por el gobierno), pero que a
través de las décadas sus habitantes
habían modificado de acuerdo a su
idiosincrasia, sus gustos estéticos y
posibilidades económicas; siendo los
posesores de lo último los que peor
estaban en lo segundo. Todos los estilos
arquitectónicos estaban presentes en
estas fachadas originalmente
funcionales, recuerdos de un pasado
socialista: columnas dóricas, nichos de
santos, balcones que pretendían ser
barrocos, puertas de acero cuya pintura
emulaba la patina del tiempo en una
película de ciencia ficción.
Minutos después llegó un camión
blindado de aspecto imponente. De las
puertas traseras bajó un pelotón de
hombres con cascos, máscaras antigases,
chalecos y uniformes militares de color
oscuro: era el nuevo cuerpo de tareas
especiales tan cacareado en la televisión
por el procurador.
—Uh-uh-uh-uh-uh-uh —dijeron al
unísono.
También llegaron varias patrullas
(nuevas y de color negro mate) y de
ellas bajaron hombres vestidos de civil,
aunque con el cabello tan corto como el
de los de tareas especiales. Usaban
trajes de pague dos y llévese tres, de
esos que se compran en Men’s Factory
al final de temporada.
—Yo soy Martín Palmas, jefe de
operaciones —dijo el más joven, quien
parecía más un abogado que un policía.
Seguramente había estudiado derecho en
alguna universidad privada de poca
monta a costa de grandes sacrificios por
parte de sus progenitores, dos personas
ya casi ancianas que creían en la
importancia de un título universitario y
que jamás sospecharon que con tantos
abogados en el mercado laboral, el
único empleador que podía contratar a
su hijo era la policía.
—Yo soy Rogelio Rodríguez.
—¿El Vaquero?
—Así es.
—Es un honor conocerte. ¿Qué
tenemos ahí adentro?
—Hasta donde sé hay dos hombres y
una mujer que se encarga de alimentar a
los secuestrados. Es una casa de tres
habitaciones, dos en el segundo piso.
Hay tres secuestrados, el niño Larreaga
está en el piso de arriba.
—¿Cuál es el plan? —preguntó
Natalia mientras volvía a enfundarse la
Glock.
Martín Palma la ignoró y se dirigió al
Vaquero (era un mundo de hombres):
—El procedimiento es el mismo.
—Uh-uh-uh-uh-uh-uh —seguía
exclamando el equipo de tareas
especiales, sin dejar de marchar en el
mismo lugar, alineados en dos hileras;
los fusiles de asalto con linternas y
lanzagranadas.
—¿Cuál?
—Entramos y a ver qué pasa.
Se pusieron en marcha.
—Uh-uh-uh-uh-uh-uh.
Cuando estuvieron frente a la casa,
en cuya fachada estaba el portón de una
cochera y una puerta, la vanguardia del
pelotón arrojó granadas de gas a las
ventanas del segundo piso. Los cristales
se rompieron y se escucharon los gritos
de una mujer.
—Uh-uh-uh-uh-uh-uh.
—Creo que debí rellenar los
formularios para las máscaras antigases
—dijo Natalia.
—No te preocupes —le contestó el
Vaquero— no tenemos por qué entrar.
Déjaselo a los profesionales —dijo esto
último mirando a Martín Palma, quién
asintió con la cabeza,
Los hombres que siguieron a la
vanguardia llevaban un ariete y lo
utilizaron para tirar la puerta. Se
escucharon los chillidos de una mujer y
el grito desesperado de un hombre que
decía:
—¡No disparen! ¡No disparen!
—Algo está mal —murmuró para sí
el Vaquero, como si pudiera olfatear
algo entre el olor a alcantarillas de la
zona, muy típico del oriente de la
ciudad.
Corrieron hacia la entrada. El gas
solo estaba en los pisos de arriba, por lo
que el Vaquero y Natalia pudieron ver
cómo los de tareas especiales amagaron
a dos ancianos: un hombre y una mujer.
Ambos estaban tirados en el piso boca
abajo, con las manos esposadas en la
espalda. De las escaleras, al fondo, bajó
entre tropiezos un adolescente gordo,
vestido con gorra y una playera de
basquetbol, que intentaba cubrirse del
gas con el cuello de esta.
—¡Abuelita, qué pasa…! —gritó
Pero fue callado de un culatazo en la
cara por uno de los miembros del
equipo y maniatado con rapidez. El
entrenador norteamericano habría estado
más que orgulloso de él, aunque era una
lástima que no estuviera ahí para
presenciarlo, sino entrenando más
equipos especiales para combatir al
crimen en las naciones amigas,
tercermundistas y corruptas.
El anciano, un migrante que había
llegado hace años a la ciudad y que
venía de una ilustre familia de caciques
indígenas oaxaqueños, sollozaba con el
rostro pegado al piso, incapaz de
pronunciar una palabra; y la mujer, a
quien por cierto le habían diagnosticado
diabetes e hipertensión años antes,
parecía estar inconsciente.
—¿No son un poco viejos para ser
secuestradores? —preguntó Natalia ante
el azoro de Martín Palma, en medio de
la entrada.
—¡No, pendejos! —gritó el Vaquero
—, les dije Oriente 245-C, esta es
Oriente 245-B.
El uh-uh-uh-uh-uh-uh se detuvo por
un momento y los miembros del equipo
se miraron entre sí. Si no hubieran
llevado casco se habrían rascado la
cabeza. Se escuchó el maullido de un
gato y uno de ellos, crispado por la
confusión (y tal vez porque no ganaba lo
suficiente como para pasar por estas
cosas), disparó hacia lo que parecía ser
la cocina, dejando la puerta del
refrigerador como un enorme rallador de
queso.
—¡Es Oriente 245-C! ¡Oriente 245-
C! —gritó la totalidad del equipo de
tareas especiales.
—¡Desaten a estas personas! ¡Llamen
a una ambulancia! —gritó Palma
enfurecido—. Abuelita, ¿se encuentra
bien? —le dijo al gris cabello áspero e
inerte que tenía a su pies, e intento
levantarlo de manera instintiva,
tomándolo de un manojo, pero se
contuvo. El gas comenzó a bajar por la
escalera.
El Vaquero y Natalia se miraron.
—Van a escapar —dijo esta,
mientras desenfundaba la Glock.
—Cierto.
Los vecinos de la colonia se habían
reunido alrededor de la casa y ya habían
hecho presencia las patrullas de la
policía auxiliar de la ciudad para
acordonar la zona, pero no podían llegar
hasta el lugar porque había autos
detenidos a media calle, entre ellos un
camión de redilas con la caja
desbordada de cadáveres de pollos
amarillos y apestosos. El Vaquero y
Natalia se abrieron paso entre la
multitud estupefacta.
—¡Es en el otro bloque!
—¡Síganlos! ¡Síganlos! —se escuchó
gritar a Palma, detrás de ellos.
—Uh-uh-uh-uh-uh-uh.
—Siempre me he preguntado a quién
se le ocurre ponerle este tipo de
direcciones a las calles. ¿Qué hay de
malo con calle Pino número ocho? —
dijo el Vaquero.
—Esperemos que no sea demasiado
tarde —dijo Natalia, antes de perderse
entre la multitud y dejar a su compañero
atrás, pues este no tenía la misma
condición física. Natalia había corrido
por lo menos tres maratones el año
pasado.
El equipo de tareas especiales pronto
la alcanzó y volvieron a golpear la
puerta del Oriente 245-C con el ariete.
Natalia se quedó en el quicio de la
puerta y el pelotón entró en desorden:
hacer aquello dos veces en tan solo diez
minutos no estaba en el entrenamiento.
El Vaquero temió por la seguridad de
los secuestrados, pues con todo el
alboroto una cuadra atrás era muy
probable que la banda ya estuviera
sobre aviso. Sonaron varios disparos. El
Vaquero sacó su pistola, corrió la
distancia que lo separaba de la casa y
entró. Dos miembros de la banda
estaban tirados en la sala, heridos: no
habían sido rivales para el equipo de
tareas especiales. En una puerta al fondo
el Vaquero pudo ver que alguien del
equipo le hacía señales para que se
alejara de ahí. El cuarto de abajo había
sido asegurado. Sonaron más disparos
arriba.
—¿Qué pasa?
Detrás de un sillón saltó un hombre
desarmado y se arrojó contra él,
empujándolo a un lado. La salida estaba
bloqueada por Natalia, así que el
hombre se dirigió a la cocina. La puerta
trasera daba al patio interior; ahí saltó la
barda que separaba el patio de la calle.
El Vaquero intentó hacerlo también,
pero no pudo debido al peso del
chaleco. Natalia fue más ágil.
Regresó a la entrada. Había mucha
confusión entre los miembros del
escuadrón de tareas.
—¡Se escapa uno! —gritó.
—¿Dónde? —preguntó Palma.
—¿El niño está bien?
—Sí, sano y salvo.
El Vaquero se abrió paso entre otra
nueva multitud reunida afuera de la casa
y corrió rumbo a la calle por donde
había huido el hombre. Sintió que le
faltaba el aire, que no podía correr más,
y los pies le dolían a causa de las botas.
No estaba acostumbrado a esa clase de
trabajo operativo, lo suyo era la
investigación. Se quitó el chaleco y lo
dejó caer. El sol de la tarde pegaba con
toda su intensidad por aquella calle sin
árboles, sobre los capos de los autos,
deslucidos, como todo el oriente de la
ciudad. De fondo se escuchaba el ruido
de sirenas. Sintió que la vista se le
nublaba. Se prometió a sí mismo dejar
de fumar, correr veinte minutos cada día
en el deportivo del parque, tomar dos
litros de agua al día, volverse
vegetariano, hacer yoga, dejar de comer
los tacos de suadero afuera del metro
Barranca del Muerto, etcétera. Vio a
Natalia a lo lejos apuntar con su Glock a
un punto más distante, y fallar. Fueron
apenas dos disparos. El punto siguió
haciéndose más pequeño, y se perdió en
una calle aledaña. La vio sentarse en una
banqueta, resoplando, con la pistola en
ambas manos. Los pantalones y las
mangas de su chaqueta se habían
manchado al saltar la barda.
—Se me fue —le dijo ella, llorando
de rabia. Le costaba trabajo manejar la
ira y la frustración, no había sido
educada para fracasar en nada. Por algo
había sacado los mejores puntos en el
programa de entrenamiento—. ¿Está
bien el niño?
—Sí —asintió el Vaquero—,
finalmente es lo que importa.
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SUBDIRECCIÓN DE MATERIALES DE
CÓMPUTO
La subdirección de la Procuraduría
General de la República (PGR) para la
que trabajaban Rogelio Rodríguez y
Natalia Payán era conocida entre muy
pocas personas como la Subdirección, y
su trabajo consistía en asesorar a las
demás instancias de investigación en
casos que, por su alcance en los medios
de comunicación —o bien, en el que
estaban involucrados personajes de la
llamada alta cúpula empresarial o

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