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Libro PDF La nueva duquesa Melane Collins

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Elisabeth se quedó atónita. ¿Su futuro?
Nadie le había dicho que el futuro era
algo por lo que debía preocuparse.
Sabía que ya tenía edad más que
suficiente para empezar su propia vida.
Se había hecho ilusiones imaginando
que encontraba un puesto como maestra,
le encantabas los niños y además era una
buenísima estudiante. Gracias a su
padre, tenía una formación muy amplía,
incluso más que la de algunos jóvenes
nobles que tenían la oportunidad de ir a
la universidad y no sacar provecho de
ello.
– Papá no entiendo nada, ¿a qué te
refieres con mi futuro? ¿Acaso he hecho
algo mal? – le preguntó a su padre
mirándolo fijamente a los ojos.
– No, cariño – como siempre su padre
le hablaba con ese amor que sentía hacia
su hija pequeña- verás hay un asunto
muy importante relacionado contigo del
que tenemos que hablar. Hace un tiempo
tuve un encuentro fortuito con el Duque
de Stanford. No puedo contarte que pasó
pero baste decir que le ofrecí mi ayuda
en un asunto muy delicado. Por supuesto,
estaba dispuesto a devolverme el favor.
Le conté que tenía una hija que pronto
cumpliría los dieciocho años y que mi
mayor deseo era verla casada con algún
miembro de la nobleza y de esta forma
asegurar su bienestar. Sabía que con el
apoyo de un duque sería más fácil que
sucediera. Pero cuál fue mi sorpresa
cuando tras un silencio que se prolongó
durante unos minutos el duque me
ofreció una solución – en ese momento
su padre le sonrió a su madre y volvió a
posar su mirada en mi – casarte con su
primogénito y de este modo, llegar a ser
duquesa el día de mañana.
No podía moverse, no podía hablar. Eso
no podía estar ocurriendo de verdad. Su
padre no podía llamarla el día de su
cumpleaños para decirle que la había
comprometido en matrimonio con un
desconocido y peor aún, por un favor
prestado. Por supuesto, sabía que su
padre quería que se casara, ya tenía
dieciochos años y era algo normal pero
esto, no era normal para nada. Ella se
imaginaba su vida como institutriz y con
el paso del tiempo quizás llegara a
conocer a alguien con el que poder
compartir su vida. Una vida sencilla y
feliz en una pequeña casita cercana a la
de sus padres.
– Por supuesto – continuó su padredespués
de eso no tuve más contacto con
él, un Duque no suele frecuentar
personas de nuestra clase social. Sin
embargo, hace unos días le envíe una
carta. Sinceramente, no estaba seguro de
que aun recordara esa promesa ni mucho
menos que tuviera intención de
cumplirla. Por este motivo, nunca te
dijimos nada cariño. Pero recibí una
carta invitándote a ir a Londres y
conocer a su primogénito, Lord James.
– ¿Me estáis diciendo que tengo que ir
a Londres, a la casa donde vive mi
prometido de cuya existencia no sabía
nada hasta hace cinco minutos? – no
podía creerlo, sus padres habían sido
todo lo que cualquier hijo hubiera
podido desear. Siempre la trataban con
cariño, nunca la habían castigo. Como
puede ser que esto estuviera sucediendo.
Es una locura.
– Beth, escúchame, por favor – su
madre la miró de aquella manera que no
podía enfadarse con ella – tu padre y yo
queremos lo mejor para ti. Siempre
hemos trabajado duro para que no os
falte de nada ni a tu hermano ni a ti. Solo
queremos que vivas de la mejor manera
posible y estar seguros de que nunca te
faltará nada. Puedes ser duquesa, Beth.
¿Sabes lo que eso significa?
Por supuesto, sabía muy bien cómo
vivían los duques y, sobre todo, esas
señoritas de la alta sociedad. Esas
mujeres vivían por y para lo que
pensaran de ellas el resto de la
sociedad. Tenían muchísimas normas
estrictas sobre cómo debían
comportarse. Aunque ella conocía
ciertas normas sociales, en ningún caso
se podía comparar con el tipo de
educación que recibían las damas de la
alta sociedad. Sus padres quisieron que
sus hijos aprendieran a leer, escribir,
matemáticas, geografía,… De este modo,
el día de mañana podrían conseguir un
trabajo si lo necesitaban.
– Lo siento, pero no es lo que quiero
para mí – sus padres la miraron
asombrados. Pensaban que cualquier
joven de su edad sería feliz ante la
perspectiva de convertirse en duquesa.
Aunque, era evidente que su hija no
tenía los mismos sueños que el resto de
jóvenes de su edad.
– Mucho me temo Beth que no tienes
otra opción, tendrás que ir a Londres.
Hice un trato con el Duque y no pienso
faltar a mi palabra. Sabes que te quiero
y creo que esto es lo mejor que puedo
hacer por ti – dicho esto sus padres se
levantaron y salieron de la estancia,
dejándola allí sola y con su futuro
decidido. Definitivamente le habían
arruinado el día de su cumpleaños.
Capítulo II
Mientras tanto en Londres,…
– ¿Perdón? – Lord James, heredero de
Lord William Duque de Stanford, estaba
seguro de haber entendido mal lo que su
padre le estaba diciendo.
– Lo que te digo James, te casarás
dentro de dos meses con una joven que
llegará a esta casa en un par de días –
James miró con el semblante serio a su
padre y comenzó a caminar por el
estudio. Trataba de encontrar las
palabras adecuadas para decirle a su
progenitor que estaba muy equivocado si
creía que podía seguir manejando su
vida. Ya era un hombre adulto, no aquel
niño al que había manipulado a su antojo
durante toda su infancia y adolescencia –
Se trata de una joven sin título y
procedente de una familia de
comerciantes, en definitiva no es una
dama – su padre sonrió – he hecho un
acuerdo con su padre y ha accedido.
– Excelencia, creo que el derecho de
elegir a mi futura esposa es
exclusivamente mío – el rostro de su
padre se endureció. James sabía que se
avecinaban problemas, pero continuó
diciendo – Puede que hasta hace poco
fuera usted quien dirigiera mi vida a su
antojo, con tal de que me convirtiera en
algo que para usted fuera aceptable –
mientras decía esto último, su mirada le
transmitió sin censura todo el odio que
sentía hacía su padre, los recuerdos de
antaño nunca se borrarían,… – por tanto,
como un hombre adulto que soy no
pienso acatar más sus órdenes y mucho
menos si eso conlleva casarme con una
don nadie.
Se acababa de quitar un peso de encima
al decirle esas palabras a su padre. Una
muchacha cualquiera, su esposa. No, no
lo podía permitir, tenía sus propios
motivos para rechazar ese enlace. Él
tenía que casarse con la dama más
distinguida de todo Londres, tenía que
hacerlo,… Hacía mucho que quería
poder expresar, aunque fuera
brevemente, que no consentiría que lo
siguiera manejando. Sin embargo, lo
conocía bien y cuando el viejo Duque de
Stanford tomaba una decisión, ésta se
acataba.
– Créeme James, cuando te digo que si
lo harás – le dijo – ya que si decides
desafiarme, te desheredaré – su padre
esbozó una pequeña sonrisa de
autosuficiencia, a sabiendas de que tenía
la sartén por el mango – es más, haré
todo lo que esté a mi alcance para
arrebatarte también el título a favor de tu
primo.
Ahí estaba, manejándolo de nuevo.
Perder todo con lo que había soñado
durante su vida. A lo largo de su
infancia, el hecho de llegar a ser duque
en un futuro fue lo único que lo mantenía
fuerte para soportar todo lo que pasó. Y
ahora, el hombre que más odiaba,
pensaba que podía acabar con el
fácilmente. Sería su mejor jugada, de
este modo podría quitárselo de en medio
con una excusa perfecta. No, eso no iba
a suceder.
Está bien, Excelencia – las piernas del
Duque flojearon y tomó asiento – me
casaré con esa muchacha cuando usted
considere conveniente, buenas tardes – y
sin más salió del estudio de su padre en
dirección a la casa de su amante. Seguro
que ella hacía que se olvidara de su
enfado por unas horas.
Dos días más tarde, Elisabeth, se
encontraba en un carruaje de camino a
Londres. Cuando llegó a a la ciudad, le
pareció horrorosa. Las calles estaban,
sucias, llena de gente por todos lados.
Nada tenía que ver con su casa, en mitad
del campo rodeada de naturaleza y aire
limpio. Cuando el vehículo se acercaba
a su destino el paisaje cambió
completamente. Allí las calles estaban
limpias, todo ordenado y muy bonito a la
vista, con enormes casas que debían ser
de grandes aristócratas. En ese
momento, paró frente a una enorme
mansión y comenzó a sentir muchos
nervios. No quería bajar, no podía. El
cochero le abrió la puerta, ofreciéndole
la mano para bajar. En cuanto puso un
pie en la calle, la puerta de la casa se
abrió apareciendo tras ella un hombre
mayor vestido con librea. Se acercó a él
y unos mozos cogieron su equipaje, sin
ella decir ni una palabra.
– Buenas tardes señorita Harlow, el
Duque la espera – la hizo pasar. En
cuanto entró se quedó boquiabierta.
Nunca había visto una casa semejante.
Siguió al mayordomo y cruzó unas
grandes puertas de cristal, allí de pie
junto a un sofá, se encontraba Su
Excelencia el Duque de Stanford. Era un
hombre muy mayor, bastante más que su
padre. Con ese porte regio que tenían
los aristócratas, casi podía rivalizar con
el propio rey en arrogancia. Beth, se
percató enseguida de que el Duque no
era un hombre en quien se pudiera
confiar.
– Buenos días, señorita Harlow.
Espero que haya tenido un buen viaje- le
dijo con una voz fría y sin emoción,
recorriéndole el cuerpo con la mirada lo
que hizo que un escalofrío le atravesara
el cuerpo.
Elisabeth era consciente de que era una
joven bella. No porque ella lo pensara.
Los jóvenes que vivían cerca de su casa
siempre la miraban con atención y le
sonreían cuando pasaba. Incluso en
algunas ocasiones algunos se habían
atrevido a acercarse para admirar su
belleza. Ella siempre sonreía
educadamente, pero nunca le había
gustado ser el centro de atención y
mucho menos por esa razón. Sabía que
el ser una muchacha bonita podría ser
más un problema que una suerte. Su
madre, le había advertido en muchas
ocasiones que tuviera cuidado cuando
andaba sola por el campo ya que los
hombres tenían malas intenciones
cuando se encontraban a una joven
bonita sola. Por supuesto, Beth desde
ese momento intentó ocultar los que se
suponían eran sus encantos, con vestidos
poco favorecedores y peinados simples,
aunque el resultado no era muy efectivo.
El temor a que alguien pudiera hacerle
daño le infundía mucho miedo, sin
embargo, ese miedo no la ayudó aquel

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