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Libro PDF La pintora que amé Yandri Chinga

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LA PINTORA Y EL
ESCRITOR
Son las nueve de la noche, el barrio
está tranquilo, preparo mi pipa mientras
me recuesto en el sofá de la sala, me
dejo envolver por el dulce aroma del
tabaco, me relajo, entro en un ambiente
de armonía. Soy aquel escritor solitario,
aquel sin amigos, alejado de la
sociedad. Mi departamento es mi
trinchera, mis cuadernos y mi bolígrafo
mis armas.
Tirado en mi mueble, vestido con mi
ropa mugrosa, me entrego un tanto al
sueño. De pronto escucho algo
estridente que me hace levantar de mi
mueble de un golpe, mientras mi pipa
iba a parar por el piso. ¿De dónde viene
esa música? Me pregunté.
Me asomo a la venta y puedo
observar a mi vecina una chica de unos
25 años, un poco subidita de peso, no sé
cómo se llama, por ahora no me interesa
eso, solo que apague esa maldita
música. Le llamo, le grito, es inútil; de
repente veo como canta y baila, se
desase de sus jeans, quedando solo en
panty y camisa, su cuerpo danza al ritmo
de pop y libertad, luego tropieza con una
silla y cae. Me arranca una fugaz
sonrisa, cierro mi ventana y me voy a
acostar a mi dormitorio, fue un bonito
espectáculo nocturno, no como para el
teatro de la opera de Roma, pero me
hizo divertir por un instante.
Son las nueve y treinta de la mañana
cuando me despierto, me lavo el rostro y
los dientes, me cambio de ropa, voy a la
cocina, desayuno lo poco que encuentro
en la nevera, jugo de naranja y un
sanduche de mortadela, el cual estaba
helado, me siento en la mesa de la
cocina a comer.
Ya son varios meses que no he
escrito nada; mis editores están
llamándome cada mes para preguntarme,
que como voy con mis novelas, mis
respuestas son las mismas, la estoy
escribiendo, me falta poco para
terminarla, yo te aviso cuando la
termine; en fin, una verborragia de
cuentos e invenciones, la verdad no
tenía escrito nada, con las regalías de
mis otras obras bastaban y sobraba para
vivir medianamente tranquilo.
Necesito hacer algunas compras
para el almuerzo, no me gusta comer en
la calle aunque tengo con que, el dinero
no me falta, pero trato siempre de estar
apartado de la sociedad. Me cambio de
ropa, me coloco otra sudadera, una
bermuda, zapatos y salgo a la calle.
Como es temprano daré algunas vueltas
por la ciudad, Nueva York es una ciudad
interesante, quizás valga la pena ser
descubierta.
Al estar en plena calle, me veo
acorralado por el esmog, el ruido de los
autos, la contaminación de las personas
y sus mascotas. Decidí venir al parque,
para estar más tranquilo, además no
hacia sol, y por suerte estaba seguro que
no escucharía ese escándalo hecho por
la tecnología, ni tampoco los conciertos
de mi vecina, la pintora.
Cierro los ojos mientras me
recuesto en un árbol de eucalipto para
dormir una siesta. De repente escucho
una voz cantar. Ahora que pasa, dije
mientras me levantaba y buscaba el
motivo que me interrumpía el sueño. No
lo podía creer era mi vecina. Maldita
suerte pensé, ni en el parque puedo
descansar a gusto.
Fui hacia donde estaba ella, trate de
llamar su atención raspando mi garganta,
lo hice varias veces, pero era inútil, me
doy cuenta que lleva los audífonos
puestos. Se los quito, y le dije:
– Perdón.
– Si dígame. Me respondió.
– Sabe, soy su vecino, anoche
trata de descansar en mi sofá, pero
no pude al parecer la música que
escuchaba me lo impidió. Ahora
vengo al parque a descansar un
poco, y tampoco puedo.
– No sería mejor descansar, en
su cama. Me respondía mientras
mezclaba las pinturas en su paleta.
Estaba perdiendo la paciencia.
Hafffff. Sabe lo que estoy tratando de
decirle, le dije casi exaltado.
– Claro que lo sé. Perdón pero
me gusta escuchar música un poco
algo, hasta ahora nadie se ha
molestado conmigo por eso.
– Sabe, voy a seguir su
consejo, me voy a mi casa a dormir
un rato.
La dejé con sus pinturas y su lienzo,
recordé que no tenía nada para comer y
decidí ir al supermercado a comprar la
comida.
Antes de retirarme a mi casa a
descansar, tenía que ir por las compras
al súper, para mí por suerte estaba un
tanto vacío; tome un carrito y me
propuse a encontrar la comida que
necesitaba para la semana, por lo
general enlatados, cárnicos, un poco de
lácteos, mortadelas, pan y una que otra
fruta, los vegetales no son lo mío, no soy
un conejo, soy un ser humano, un panzón
tanto carnívoro.
Llegue a la caja, saque mi tarjeta de
crédito, las cuales considero que son un
mal necesario en la actualidad, en fin
pague la cuenta. Me proponía a salir
cuando a pocos metros lo veo a él; como
siempre bien vestido y alegre, era
Rogelio, se admiró bastante al verme.
– Rogelio ¿Cómo te va?
– ¡Valla mira como estas!
Mira con asombro como voy
vestido.
– He estado peor, le contesto
mientras mastico una de las
manzanas que compre.
Se coloca de frente mío, sus manos
las coloca sobre mi hombro y me dice.
No, no es verdad, siempre te vi bien.
– Es algo temporal, tranquilo
ya saldré de esta.
– ¿Hace cuánto tiempo que no
te bañas? Me pregunta por el olor
que desprendía de mi ropa.
Me llevo el cuello de mi camiseta a
la nariz. Creo que cinco días, le dije.
– Nos veremos después.
– Espera Stuard, quieres que te
ayude en algo.
– No necesito ayuda, gracias
estaré bien, adiós.
Y me fui comiendo mi manzana, no
mire atrás, pero sé que él me miraba, mi
mugrosa ropa, mi miserable andar.
Rogelio, siempre ha sido un gran amigo,
solíamos salir ir a un restaurante de lujo
a comer o a caminar en la playa.
Siempre le conocí hermosas mujeres, fui
su alcahuete en sus travesuras amorosas,
recuerdo como yo les decía a sus novias
de la fidelidad que le brotaba a mi
amigo, una mentira más grande que la de
pinocho. Al recordar esto, se me ha
venido un aluvión de carcajadas, que la
gente pensara que estoy loco. Él es de
esos amigos que uno debe de cuidarlos
porque ya no los hay.
Al llegar a mi departamento me pase
casi toda la tarde contemplando mi
techo, gastando mi vida en pensamientos
vagos. Absorbo el hu

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