---------------

Libro PDF La playa del irlandés Elena Bargues

http://i.imgbox.com/5pR7v3g4.jpg

Descargar  Libro PDF La playa del irlandés Elena Bargues


El calor en el coche se volvió
insoportable. Le disgustaba el cuero
recalentado, el olor a sudor de las telas
que lo forraban. Leonor se movió
inquieta sin dejar de abanicarse y miró a
doña María, quien se encontraba a punto
de desmayarse. Conocía muy bien a su
padre y la entrevista se prolongaría más
de lo prometido.
—Vamos a bajar —decidió en voz
alta.—¡Por Dios, doña Leonor! —se
alarmó la señora de compañía.
Pero Leonor ya no la escuchaba. Se
había asomado a la ventana y había
avisado al lacayo, que se apresuró a
desplegar la escalera y a abrir la
portezuela.
—El marqués se disgustará —
reconvino asustada doña María—.
Estamos en un puerto donde hay
personas de mala catadura.
Leonor se levantó y sujetó las faldas
para que no estorbasen al bajar.
Adelantó su delicado pie, calzado con
un chapín de costosa factura y vestido
con una media de seda, e inició el
descenso al suelo de tierra.
—Os vais a poner perdida —rezongó
doña María bajando detrás de ella—.
Nos vamos a meter en un lío.
—Deja de refunfuñar, doña María, y
abre el parasol —ordenó Leonor,
hinchando los pulmones con el aire
yodado del mar.
Algunas cabezas cercanas se
volvieron para contemplarla, pero nadie
hizo amago de acercarse, simplemente la
observaban como si fuera una criatura
que hubiera descendido del cielo, en
lugar de un carruaje.
En la bahía que se abría ante ella
borneaban grandes navíos con las velas
aferradas y en el muelle se desplegaba
una gran actividad para trasladar los
bastimentos a sus respectivas naves.
Leonor contemplaba aquello con la
curiosidad de sus catorce años. Echó a
andar entre toneles, jaulas de aves y
sacos de cereal, seguida de doña María
que sujetaba la sombrilla sobre la
cabeza de ambas. Dos hombres de armas
las custodiaban y apartaban a los que se
aproximaban demasiado.
Leonor entrecerraba los ojos, pues el
exceso de luz hería las pupilas. A la vez
que caminaba, agitaba el abanico para
evitar que el sudor perlase su pálida
piel. A ambos lados de la cabeza
colgaban, de dos recogidos, los cabellos
en perfectos tirabuzones castaños.
Leonor, desde la cuna, había recibido
los cuidados más exquisitos, la
educación más esmerada, los vestidos
más lujosos. Su padre la había
preparado para ser la mujer más
admirada y ahora obtenía la recompensa
de su inversión: el enlace con el duque
de Alvarado, Grande de España, que le
acercaría al joven rey, Felipe IV, de la
Casa de Austria.
Unos hombres, que hablaban a gritos
desde una barca a otros dos en el
muelle, atrajeron su atención. Hablaban
en inglés entre ellos, así que no entendió
qué se decían, pero por la actitud
coligió que se estaban retando. Se
detuvo intrigada por el juego que se
traían entre manos. Finalmente, llegaron
a un acuerdo y uno de los que estaban en
la barca procedió a desnudarse.
—Excelencia, deberíais alejaros
cuanto antes —apremió doña María
inquieta—. No me parece muy decoroso
lo que está sucediendo. Son gentes
vulgares, sin ningún pudor ni sentido de
la decencia, son herejes.
Sin embargo, Leonor no atendió el
ruego de la señora de compañía. El
esbelto joven se quedó en calzón,
mostrando un pecho bien desarrollado,
unos brazos fuertes y morenos que se
tensaron cuando se tiró de cabeza al
agua, haciendo zozobrar de forma
violenta la embarcación que
abandonaba. Leonor contuvo el aire de
forma inconsciente, aguardando a que
emergiera el improvisado nadador. Se
impacientó cuando no lo hizo
transcurrido un tiempo prudencial y, ya
comenzaba a alarmarse, cuando el joven
regresó a la superficie con algo en la
mano que no alcanzó a distinguir desde
donde estaba, pero que arrancó gritos de
euforia entre los de la barca y meneos
de cabeza entre los del muelle. Leonor
respiró profundamente, aliviada de la
tensión. Nadó el joven hasta el muelle y
salió por los escalones de piedra que
facilitaban el acceso a las
embarcaciones dependiendo de la
marea. Una vez arriba, sacudió la
cabeza como un perro y se dirigió hacia
ella.—
¡Jesús! —exclamó escandalizada
doña María—. ¿Cómo se atreve a
presentarse desnudo ante vos,
excelencia?
Leonor no contestó, demasiado
ocupada en tomar nota de todos los
detalles de aquel cuerpo, ya que el
calzón mojado se le adhería como una
segunda piel. Nunca había visto un
hombre desnudo y no iba a perderse la
oportunidad que se le ofrecía. Cuando se
aproximó lo que los guardias
consideraron más que prudente, le
cerraron el paso. El joven alargó la
mano, que contenía el objeto que había
recuperado del fondo de la bahía, sin
abrirla. Leonor no se movió, subyugada
por la arrogancia del extranjero. El
movimiento de gente a su espalda
interrumpió el extraño incidente. Su
padre se acercaba a paso vivo con su
guardia. Cuando regresó la atención al
joven, éste había desaparecido.
Recorrió con la vista el muelle, pero no
había rastro de él ni de sus compañeros.
—¿Qué hacéis fuera del carruaje? —
demandó su padre sin mostrar enojo.
Leonor estaba acostumbrada a la energía
que se desprendía de sus palabras, de
sus gestos, de sus acciones. No era
hombre de la Corte, aunque la anhelaba
por las influencias que corrían por los
pasillos. Su matrimonio con el duque de
Alvarado le aportaría esas influencias
sin necesidad de visitarla.
—No soportábamos más el calor,
padre. Necesitábamos respirar.
—Lamento el retraso —se disculpó el
marqués de Maqueda—. Es un día muy
caluroso y yo soy un viejo gruñón.
Regresemos a casa y comamos en el
jardín, a la sombra.
—¿Por qué hay tantas naves en la
rada? ¿Se prepara una expedición a las
Indias?
—Las expediciones a las Indias sólo
zarpan de Sevilla. De aquí salen hacia
Flandes. Las naos que ves forman parte
de la Escuadra del Norte que comanda
Alonso Idiáquez.
—¿El superintendente de Fábricas y
Plantíos? —inquirió Leonor.
—En efecto. Esta tarde vendrá a
visitarnos junto con algunos cabos de
los barcos corsarios.
—¿Corsarios?
—Son mercenarios del mar —explicó
su padre contemplando la bahía—. El
rey les concede una autorización para
asaltar naves enemigas, quedarse con el
botín y pedir rescates por las personas y
los buques, a cambio de una fianza que
asegure el buen comportamiento y una
parte de los beneficios a la Corona.
—¡Qué listo es el rey! Es una forma
de menoscabar la economía de los
países enemigos sin desembolsar un
maravedí. No tiene que armar los barcos
ni pagar salarios.
—Y yo soy afortunado con una hija
tan lista como tú —se admiró el
marqués ante la síntesis que acababa de
realizar Leonor—. Como premio,
compartiré un secreto: armaré barcos
corsarios. Es un negocio muy lucrativo
según Idiáquez.
—¡Qué emocionante! Seremos
corsarios —se entusiasmó Leonor. Su
padre rió con ganas ante su ingenuidad
—. ¿Viajaremos en barco?
—En absoluto. Soy armador, es decir,
arriesgo dinero en un barco; pero otros
luchan por mí. Esos barcos que
contemplas —alargó la mano para
abarcar la bahía— están pagados por
nobles, comerciantes y gente que desea
enriquecerse rápidamente. Los hombres
de mar que los manejan son realmente
los corsarios, los que se juegan la vida
en los asaltos a otras naves, los que
padecen las leyes del país enemigo si
los atrapan.
Leonor, según hablaba su padre,
sintió frío en el alma.
—Pero eso es terriblemente injusto
—se lamentó sinceramente.
—La vida es injusta, mi querida niña.
Mira a tu alrededor.
Sólo entonces Leonor se percató del
entorno. Por el muelle pululaban
marineros de todas las condiciones, más
o menos aseados, algunos con
mutilaciones, con ropas raídas y cuerpos
envejecidos prematuramente a causa de
las privaciones y de los esfuerzos
físicos. Leonor había crecido entre los
muros de los palacios de sus padres, en
jardines apartados del mundo real, del
cual oía hablar al servicio. Cuando se
desplazaba, lo hacía fuertemente
custodiada y evitaba exponerse a las
miradas del pueblo llano. Su padre se lo
había repetido hasta la saciedad: no
permitas que te toquen, estás por encima
de ellos, debes guardarte. La voz del
marqués la rescató de las amargas
reflexiones.
—Esos barcos no son muy grandes.
Te lo parecen porque llenan la rada. En
realidad son naves de tamaño medio,
entre setenta y doscientas toneladas. Son
ligeros y rápidos para cazar a su presa.
—¿En qué se diferencian? ¿Cómo los
reconoces?
—Por el aparejo, la arboladura. Hay
varias naos, pero no son muy fiables a
causa de la enorme arboladura que las
convierte en inestables durante una
tormenta. Voy a armar un par de zabras.
Mira, como aquella de allá —señaló
con la mano—. Consta de bauprés con
cebadera, de dos palos: mayor con velas
mayor y gavia; y mesana con vela latina.
Son rápidas, ágiles y cortan el mar con
el garbo de una mujer. ¿De qué te ríes?
—Del entusiasmo con el que
describís el barco. ¿Seguro que no
queréis viajar en uno de ellos?
—Seguro. Me gusta el mar desde la
seguridad de la tierra y los dineros que
de él puedo obtener. El sol aprieta, ¿nos
vamos?
Leonor se giró y se cogió al brazo que
le ofreció su padre. De camino al
carruaje, distinguió al joven nadador
sentado sobre unos cajones. Por el
rabillo del ojo se aseguró de que la
seguía con la mirada y se llenó de
satisfacción cuando comprobó que así
sucedía. Lamentablemente, se quedó con
la curiosidad de qué era lo que le había
ofrecido.
Después de comer, se quedó leyendo
a la sombra del enorme roble del jardín.
Su padre se había retirado para preparar
la entrevista con Idiáquez. Sin embargo,
no conseguía centrarse en la lectura
porque la imagen del escultural cuerpo
del joven invadía su mente. Cerró el
libro y se entregó a la ensoñación:
¿sería así el cuerpo de su futuro marido?
El estómago se le encogió ante la
expectación. En algún momento se
quedó dormida y tomó conciencia de
ello cuando sintió que algo frío se
deslizaba por su mano. Abrió los ojos
de golpe y sorprendió al joven nadador
tan cerca que pudo apreciar el color
verde del iris. Asustado, se apartó dos
pasos hacia atrás.
Turbada por encontrarse con el objeto
de sus pensamientos tan cerca, no
reaccionó, sólo lo observaba intentando
memorizar los rasgos armoniosos y
varoniles. El joven recuperó el aplomo
al percatarse de que ella no se había
alarmado y aguardaba el siguiente paso.
—Me llamo Patrick Ó Duinn. He
venido acompañando a mi amigo y
capitán, Richard Pronovil.
Aunque hablaba el castel

Web del Autor

Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

---------