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Libro PDF La redención de Tristán Cecilia

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esposo de Abby la engañó y murió
todo en el mismo día en que
descubrió que estaba embarazada. Aun
dolida por su engaño, Abby
conoce a Tristan en un grupo de
sobrevivientes y se encontró a si misma
inexplicablemente atraída por aquel
extraño. A pesar de las preguntas
sobre las similitudes entre Trsitan y
David, el a no puede enamorarse. Lo
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que Abby no sabe es que ella es la llave,
la única manera en que Trsitan
comprenda su propio dolor y encuentre
la redención.
Capítulo 1
Traducido Por Ivi04
Corregido por Liraz
bby Daniels estaba eufórica. Su sonrisa
iba de oreja a oreja. Los
sueños de Abby se harían realidad.
A —Buenas tardes, George. —Saludó
Abby al guardia de seguridad
de la puerta.
—Hola señora Daniel. Luce radiante.
—Gracias. —El elevador se abrió y ella
lo saludó con una mano—. ¡Que
tengas una buena tarde!
—Lo haré señora Daniels. —Abby
presionó el botón del piso nueve, y
tarareó para sí misma en la subida.
Afortunadamente, no hubo paradas.
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No podía esperar a ver la cara de su
marido cuando le entregara el trozo
de papel que llevaba en el bolso.
Esto, decidió, era el mejor regalo de
Navidad que pudiera dar. Por más de
un año había tenido visitas mensuales,
ya sea con sus ginecólogos o con
los especialistas del Gran centro de
Atlanta de Medicina Reproductiva.
Mes tras mes se había llevado una
decepción y el proceso era
emocionalmente agotador. Había hecho
todas las pruebas imaginables,
desde determinar que sus ovarios
seguían funcionando hasta probar la
permeabilidad de las trompas de
Falopio con el fin de asegurarse de que
no hubiera bloqueos.
Incluso, David había dado una muestra
de semen para comprobar que
tenía buenos nadadores, como él decía.
Médicamente, no había ninguna
razón por la que no pudieran concebir.
Todos los resultados de las pruebas
estaban bien, pero el embarazo no
sucedía.
Hasta ahora.
Abby salió del ascensor e ingreso en la
oficina inusualmente silenciosa. La
Navidad era en unos pocos días, por lo
que firma legal de David sólo
estaba abierta hasta medio día.
Teóricamente, Abby podría haber
programado la cita para esta tarde e
incluir a David, pero ella no le había
dicho nada a su marido. Había habido
demasiadas decepciones en los
últimos años y ella no quería aumentarle
las expectativas.
Habían pasado por mucho últimamente,
las pruebas, los procedimientos,
la frustración, el gasto… por no hablar
de tener que hacer el amor de
acuerdo a la temperatura de Abby, pero
esto haría que mereciera la
pena.
No había nadie allí. Todas las oficinas
estaban oscuras y un vistazo rápido
dentro de la cocina de los empleados le
mostró las tazas de café vacías y
limpias. La puerta de David estaba
cerrada y Abby sintió una punzada de
decepción. ¿Y si ya se hubiera ido a
casa? Miró el teléfono y no había
mensajes. Tenía que estar aquí.
La computadora de la secretaria estaba
todavía encendida, y su taza de
café estaba medio l ena. Curiosa, Abby
abrió la puerta del despacho de
David y se congeló.
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—¡No!
—¡Cristo todopoderoso, Abby! ¿Qué,
cuándo…? ¡Mierda! —La secretaria
de David estaba de espaldas sobre su
escritorio, con la falda empujado
hacia arriba por alrededor de la cintura.
Sus bragas estaban en el suelo, los
pantalones de David alrededor de sus
tobil os.
—Oh Dios. —Abby salió de la
habitación, su mano sobre su boca. Los
ojos
de David se ampliaron y él tropezó
detrás de ella, tratando de levantarse
los pantalones.
—¡Abby espera, por favor! ¡No te
vayas!
Las lágrimas empañaron la visión de
Abby mientras corría hacia el
elevador. Apretó el botón una y otra vez,
pero parecía que el elevador
nunca llegaría. Los pasos de David se
acercaban y ella deseó poder
desaparecer.
—Abby, nena, lo siento mucho.
Ella sacudió la cabeza, las lágrimas
cayendo por sus mejil as. Enfrentó la
puerta y David tiró de su brazo.
—Por favor, regresa y habla conmigo.
No puedo dejar que te vayas así de
descompuesta.
Abby se sacudió de su agarre. El
estúpido elevador no llegaba, y sus
labios
temblaban.
—¿Quieres que hable contigo, en la
oficina, donde estabas teniendo sexo
con tu secretaria?
David se pasó las manos por el pelo.
—Dios, no, tienes razón. Bajemos y
hablemos.
—No. —Ella negó con la cabeza.
—Abby, no puedo dejar que te pongas
detrás del volante de un auto.
Estás temblando.
Ella señaló hacia la oficina.
—Allí no estabas pensando en mis
sentimientos.
—¡Lo hice! Siempre lo he hecho. Tú
eres mi vida, nena.
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—¡No me digas así! —La palabra la
hizo gritar con más fuerza. Ella se
apartó mientras el trataba, una vez más,
de tocarla—. Y no me toques. —
David retrocedió como si lo hubiera
abofeteado. Ella levantó la vista hacia
los números, preguntándose si el maldito
ascensor estaba roto.
—Abby…
Afortunadamente, la puerta se abrió y
Abby dio un paso hacia adentro.
Ella se volvió hacia él y apretó el botón
de espera de la puerta.
—Vine hasta aquí para decirte que estoy
embarazada, David. Mi doctor
me lo confirmó mientras que tu
secretaria estaba sobre su espalda. —
David palideció y Abby soltó el botón
—. No me sigas, iré a casa para
empacar.
David se quedó allí, con el pecho
agitado, cuando las puertas se cerraron.
Gritó su nombre mientras el ascensor,
misericordiosamente, se la llevó.
Cuando se detuvo después de sólo dos
plantas, se puso sus gafas de sol,
con la esperanza de las personas que
ingresaran no notaran sus ojos. David
trabajaba allí, después de todo, y ella no
quería que la persiguiera el
estigma de una esposa visiblemente
enojada.
Esposa… Oh Dios.
¿Seguiría casada con él? David era el
amor de su vida. Habían estado
juntos desde la universidad,
inseparables incluso mientras él
terminaba la
escuela de leyes. Todo el mundo decía
que eran la pareja perfecta.
Durante su boda, David prosiguió todo
el tiempo mientras susurraba:
“Hasta el fin del mundo, nena. Ni
siquiera la muerte puede tocar un amor
como el nuestro”.
Cinco años más tarde, un bebé estaba en
camino, pero el corazón de
David, obviamente, no estaba
interesado. La puerta se abrió y Abby
tuvo
que esperar a que las personas
finalizaran con sus buenos deseos de
vacaciones y salieran antes de que
pudiera moverse. Ella tomó los
segundos extra para respirar. Cuando
llegó al auto, iba a desmoronarse,
pero no hasta entonces.
Solo unos pocos minutos más,
contrólate.
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Pero cuando finalmente la multitud se
disipó, George se plantó frente a la
puerta con el ceño fruncido.
—Señora Daniel, ¿puede esperar aquí
por un segundo?
—¿Qué? —George nunca la había
detenido y sólo podía haber una razón
por la que lo estuviera haciendo ahora
—. Me doy cuenta que David
probablemente te llamó, pero tengo que
irme.
—¿Está bien, señora Daniels?
Siento que muero.
—Solo tengo prisa por llegar a casa.
George la evaluó.
—Solo cuídese, señorita. Luce un poco
pálida.
—Gracias George. Que tengas una
maravillosa Navidad con tu familia.
—Usted también, señora.
La puerta zumbó al abrir y Abby dio un
paso afuera, demasiado aturdida
para sentir el aire frío de diciembre.
Contente. Casi llegas.
Con las llaves fuera, Abby caminó más
rápido, esperando que David no
hubiera t

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