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Libro PDF La sombra de Bauhaus Álvaro Cabrera

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¿Por dónde empezar? Hay mucho por
agradecer. Este sendero empezó hace ya
mucho tiempo, y en él he encontrado a
mucha gente que de una forma u otra han
influido en gran medida en la
culminación de esta novela:
En primer lugar quisiera dar las
gracias a mi madre, María Dolores
Gómez, sin cuyo inquebrantable apoyo
jamás habría concluido este trabajo, y a
mis hermanos, Carlos y Lara Cabrera
Gómez, por creer en mí y en esta obra
desde el mismo comienzo.
Mis más sinceros agradecimientos a
Aimar y Juan Benítez Almeida, por tener
una paciencia infinita con mis preguntas
sobre las tramas y sus grandes aportes
en la creación de esta novela.
Agradecer a ese grupo de amigos que
con su inestimable apoyo me anima a
seguir construyendo historias. Siempre
están ahí cuando uno los necesita:
AbdalRahman Franquelo, Ergual
Ponce, Juan Francisco Castellano,
Doramas Suárez, Dara Espinaco,
Bentejuí Castejón.
Muchas gracias a Ylenia Monzón y
Antonio Mateos por su valiosa ayuda en
muchas de las cuestiones que he
abordado en esta obra y por resolver las
innumerables dudas que me asaltaron
durante su desarrollo. Sin ellos, esto no
habría sucedido.
Gracias también a:
Maialen Alonso, autora de la
impecable cubierta y la perfecta
maquetación de La Sombra de Bauhaus.
¡Su creatividad no tiene límites!
Y a Black Desk Correcciones, por su
gran trabajo en “limpiar” el manuscrito,
y sus imprescindibles sugerencias y
consejos.
A todos esos amigos/as y
compañeros/as, a los que he tenido el
placer y el honor de conocer a lo largo
de mi vida, por su constante apoyo y por
contribuir de una manera u otra en las
experiencias que aquí se narran. La lista
es demasiado larga para incluirla, pero
todos saben quiénes son.
Y en especial, a mi padre, Gonzalo
Cabrera, quien me inculcó su pasión por
la lectura, sin él nada de esto habría
pasado. Allá donde estés, gracias.
La Sombra de Bauhaus
Todos los derechos reservados.
© Álvaro cabrera
Web del Autor:
http://www.alvarocabrera.net
© Reservados todos los derechos. No se permite la
reproducción total o parcial de esta obra, ni su
incorporación a un sistema informático, ni su
transmisión en cualquier forma o por cualquier medio
(electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros),
sin autorización previa y por escrito de los titulares del
copyright. La infracción de dichos derechos puede
constituir un delito contra la propiedad intelectual.
Diseño de portada: Maialen Alonso
Diseño y maquetación: Maialen Alonso
Groenlandia, siglo X d.C.
Todo era blanco a su alrededor. Era un
blanco uniforme, impoluto, un desierto
reluciente de nieve que se extendía allí
donde posara la vista. La salvaje e
indómita inmensidad lo absorbía, lo
dejaba extasiado por su letal belleza,
por su afilada e indiferente crueldad. El
gemido perpetuo del cortante viento
acuchillaba sus ateridos oídos, su vista
nublada apenas podía ver nada más que
blanco. Todo blanco.
Intentando recordar, unas incoherentes
imágenes se abrieron paso en la niebla
de confusión que era su mente. Sin
embargo, para Angus, y esto lo sabía
muy bien, el camino a casa iba a ser el
viaje más peligroso emprendido nunca.
Incluso desde que se enrolara en la
tripulación de Eriksson, a la temprana
edad de quince inviernos. En aquel
momento, solo, perdido y desamparado,
arrebujado en su manto raído de piel,
encomendaba sus pasos a los dioses, al
menos aquel que se prestara a escuchar
sus ruegos, para que le devolviera a su
hogar. Sus hijos debían estar aterrados,
casi tanto como él mismo.
Un paso tras otro, abrió camino y dejó
sus huellas en aquella vasta
uniformidad. Salió de caza el día
anterior en busca de alguna pieza cuando
le sorprendió una violenta tormenta de
nieve. Odín quiso que sus piernas le
llevaran al refugio de una pequeña gruta
lo suficientemente grande como para
cobijar sus temblorosos huesos hasta
que amainase. Ahora se hallaba perdido,
después de horas deambulando
queriendo encontrar el camino a casa, no
pudo ubicar ninguna referencia de la que
valerse. Absorto en sus pensamientos,
apenas vislumbró la tenue y casi
imperceptible columna de humo que se
alzaba hacia el oeste. Giró la cabeza y
su vista se detuvo en una amplia y
profunda grieta. Un tajo que abría en
canal la llanura nevada. Un brillo azul
zafiro relució sutilmente durante unos
segundos, un reflejo del hielo que se
aferraba a la roca desnuda, intentando
escapar, huir de aquella abrupta prisión.
El humo parecía provenir de allí, y
venciendo la curiosidad al sentido
común, Angus se dejó llevar,
acercándose al borde.
Sus ojos se clavaron en algo que había
allá abajo. Era una luz azulada y suave
en forma de nebulosas abstractas que
parecía desprenderse de una gran gema.
El resplandor era embriagador,
desconcertante. Parecía latir con leve
intensidad, como el corazón de la propia
tierra, congelado y aletargado. Se asomó
un poco más. En el centro de aquella
extraña joya, una luz aún más brillante
empezó a formar una figura que había
visto antes.
—No puede ser…
Su voz entrecortada, rota por el
aullante viento, murió en sus labios
cuando el fulgor intensificó su brillo. El
corazón comenzó a latirle más rápido, la
respiración se le cortó, un sudor frío
empapó su espalda y un repentino
sofoco lo aturdió unos instantes. En
aquel momento de debilidad en el que se
debatía en la semiinconsciencia, el
viento se arremolinó con una fugaz y
veloz ráfaga en torno a él. Sus piernas
perdieron equilibrio y la nieve cedió
bajo sus pies. El alarido que surgió de
su garganta al caer sucumbió al
estentóreo gemido del violento céfiro.
El rostro del pequeño Einar se dibujó
en la niebla gris que giraba sin cesar.
Sus grandes ojos azules relucían bajo el
resplandor del sol. Su larga cabellera
casi blanca remarcaba unas facciones
finas que le recordaban a Helga, su
compañera fallecida. A su lado, Harald,
su primogénito, lo observaba con temor.
—¿Cuándo volverás, padre?
—Pronto, hijo mío —su quebrada voz
le sonó lejana, apenas audible, como un
susurro.
Entonces, la imagen de sus dos hijos
se desvaneció lentamente, al tiempo que
sus ojos se abrían.
El pinchazo de dolor que sacudió todo
su cuerpo le arrancó un fuerte grito. La
pierna derecha le latía y casi no la
notaba. Miró hacia arriba. El cielo era
una negrura en aquella oscuridad. Unas
tímidas estrellas se veían tras algunos
claros de nubes. Una silueta luminosa
pareció materializarse delante de él, una
figura alta, cegándolo unos instantes. La
luz fue menguando lentamente, y al
recuperar la vista, sus débiles ojos se
clavaron en un enorme portón metálico,
adornado por una filigrana en relieve,
cubierto por el hielo. Varias runas
brillaron sutilmente en aquella puerta
congelada de más de cuatro metros de
altura. Parecía encajada en la misma
piedra. Las runas se apagaron y todo el
arco del portalón empezó a iluminarse.
Un sonido como de succión brotó del
interior, acompañado por una bruma de
vapor frío. Fue cuando se percató de la
forma del decorado portón: era una
especie de martillo.
Fue su última visión.

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