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Libro PDF La última salida – Federico Axat

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de la llave sobre la nevera. No entres con las
niñas. Te amo.» Parecía algo cruel, pero Ted lo
había pensado todo cuidadosamente. No quería
que fuera una de sus hijas la que lo descubriera
tendido detrás del escritorio con un agujero en la
cabeza. Por otro lado, morir en su despacho tenía
perfecto sentido. Había sopesado seriamente la
posibilidad de tirarse al río, o viajar lejos y
dejarse arrollar por un tren, pero sabía que para
ellas la incertidumbre sería peor. Especialmente
para Holly. Ella necesitaría verlo con sus propios
ojos, estar segura. Necesitaría… el impacto. Era
joven y bella, y podría rehacer su vida. Saldría
adelante.
Se produjo una seguidilla de golpes.
—¡Ya voy! —gritó Ted.
Los golpes cesaron.
Abre la puerta. Es tu última salida.
Podía ver la silueta del visitante detrás de la
ventanita que había al lado de la puerta. Cruzó la
sala con andar lento, casi desafiante. Otra vez lo
observaba todo como lo había hecho con la llave
del despacho instantes antes. Vio el inmenso
televisor, la mesa para quince comensales, los
jarrones de porcelana. A su modo, se había
despedido de cada uno de aquellos objetos
mundanos. Y sin embargo allí estaba otra vez, el
viejo y querido Teddy, deambulando por su propia
sala como un fantasma.
Se detuvo. ¿Sería ésta su versión de la luz?
Durante un instante tuvo la descabellada
necesidad de regresar al despacho y comprobar si
detrás del escritorio veía su propio cuerpo
despatarrado. Estiró el brazo y paseó los dedos
por el respaldo del sofá. Sintió el frío contacto del
cuero; demasiado real para ser el fruto de su
imaginación, pensó. Pero ¿cómo estar seguro?
Abrió la puerta y al ver al joven en el umbral
supo por qué podría haber sobrevivido como
vendedor a pesar de sus modales. Tenía unos
veinticinco años, vestía un impecable pantalón
blanco con un cinturón de piel de serpiente y un
polo de coloridas franjas horizontales. Parecía un
jugador de golf más que un vendedor, aunque en su
mano derecha sostenía un maltrecho maletín de
cuero que desentonaba con su atuendo. Tenía una
cabellera rubia que le llegaba hasta los hombros,
ojos celestes y una sonrisa obscena que no tenía
nada que envidiarle al propio Joe Black. Ted
imaginó a Holly, o a cualquier otra mujer del
vecindario, comprándole a aquel caballero
cualquier fruslería que se propusiera venderle.
—Sea lo que sea, no estoy interesado —dijo
Ted.
La sonrisa se amplió.
—Oh, me temo que no vengo a venderle nada
—lo dijo como si fuese la cosa más ridícula del
mundo.
Ted echó un vistazo por encima del hombro
del extraño. No había ningún coche aparcado en el
arcén, tampoco a lo largo de Sullivan Boulevard.
El calor no era tan intenso esa tarde, pero caminar
semejante distancia bajo el sol debería haber
dejado alguna secuela en aquel joven de belleza
descarada. Y además, ¿para qué aparcaría a tanta
distancia?
—No se asuste —dijo el joven como si
pudiera leerle la mente—. Mi socio me ha dejado
aquí en la puerta, para no despertar sospechas en
el vecindario.
La mención de un cómplice no inmutó a Ted.
Morir en un robo sería incluso más decoroso que
pegarse un tiro.
—Estoy ocupado. Necesito que se marche.
Ted empezó a cerrar la puerta, pero el
hombre extendió el brazo y se lo impidió. No fue
una actitud necesariamente hostil; había en sus
ojos un brillo suplicante.
—Mi nombre es Justin Lynch, señor McKay.
Si me…
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Si me permite pasar y hablar con usted diez
minutos se lo explicaré.
Hubo un instante de expectación. Ted no iba a
permitirle a aquel hombre entrar en su casa, eso
estaba más que claro. Pero debía admitir que su
presencia le despertaba cierta curiosidad. Al final
la razón se impuso.
—Lo siento. Éste no es un buen momento.
—Se equivoca, es el mom…
Ted cerró la puerta. Las palabras finales de
Lynch llegaron amortiguadas desde el otro lado,
perfectamente audibles. «Es el momento perfecto.»
Ted seguía frente a la puerta, escuchando, como si
supiera que habría algo más.
Y así sucedió exactamente. Lynch habló en un
tono más alto para ser escuchado.
—Sé lo que está a punto de hacer con esa
nueve milímetros que ha dejado en el despacho. Le
prometo una cosa: no intentaré disuadirle de eso.
Ted abrió la puerta.
2
Ted había sido extremadamente precavido
con la planificación del suicidio. No fue una
decisión de última hora, impulsiva y plagada de
cabos sueltos. No iba a ser de esos que lo
planifican todo torpemente para llamar la atención
de los demás. O eso había creído. Porque si fue
tan cuidadoso en todo, ¿cómo era posible que
Lynch lo supiese? El visitante de la sonrisa amplia
y las facciones perfectas había sido sumamente
preciso en cuanto al calibre del arma y al sitio en
que Ted la había dejado. Si bien conjeturar que
Ted se quitaría la vida en el despacho no era
descabellado, parecía una especulación venturosa,
y Lynch la había formulado sin ningún dejo de
vacilación.
Estaban sentados uno a cada lado de la mesa.
Ted experimentó una vieja sensación conocida: un
estremecimiento fruto de una descarga de
adrenalina y la consiguiente agudeza de
pensamiento en pos de aventajar al adversario de
turno. Hacía años que no jugaba al ajedrez, pero la
sensación fue inconfundible. Y placentera.
—Así que Travis le ha pedido que me espíe
—afirmó.
Lynch, que había colocado el maletín de
cuero sobre la mesa y parecía dispuesto a abrirlo,
se detuvo con cierta consternación en el rostro.
—Su socio no tiene nada que ver con esto,
Ted. ¿Le importa si le llamo Ted?
Ted se encogió de hombros.
—No veo fotografías de sus hijas, Nadine y
Cindy —dijo Lynch con la vista puesta en el
contenido del maletín. Parecía buscar algo.
En efecto, no había fotografías familiares.
Ted las había quitado de la sala. Un consejo: si
vas a suicidarte, quita del medio las fotografías de
los tuyos. Es más sencillo planificarlo sin el
escrutinio constante de tus seres queridos.
—No vuelva a mencionar a mis hijas.
Lynch exhibió su sonrisa fabulosa. Levantó
las manos.
—Sólo intentaba ganarme su confianza,
conversar un poco. Ya he visto fotografías de
ambas y sé que ahora mismo están con su madre en
Florida. Han ido a visitar a sus abuelos, ¿no es
así?
El comentario parecía salido de una película
de mafiosos. Sabemos dónde está tu familia, no te
pases de listo. Sin embargo, había algo genuino en
la actitud de Lynch, como si realmente buscara
mostrarse amable.
—Le he permitido entrar en mi casa. Creo
que ya nos tenemos una cierta confianza.
—Me alegra.
—Dígame qué más sabe acerca de mi familia.
Lynch tenía las manos apoyadas en el maletín.
Con una de ellas hizo un ademán desinteresado.
—Oh, me temo que no mucho. No nos gusta
inmiscuirnos más de lo necesario. Sé que ellas
regresan de su viaje el viernes, lo cual nos da tres
días para ocuparnos de nuestros asuntos. Tiempo
más que suficiente.
—¿Nuestros asuntos?
—¡Claro!
Lynch sacó del maletín dos carpetas delgadas
y las colocó a un lado. Apartó el maletín.
—Ted, ¿alguna vez ha pensado en asesinar a
alguien?
¡Vaya si al tipo le gustaba ir al grano!
—¿Es policía? Si es así, debería haberse
identificado.
Ted se puso de pie. Aquellas carpetas
estarían plagadas de fotografías escabrosas. Lo
habían estado espiando como sospechoso de un
asesinato y el suicidio había sido la pieza decisiva
para asumir su culpabilidad. Por eso la insistencia
de Lynch al llegar a la casa. ¿Sería un agente del
FBI?
—No soy policía, Ted. Siéntese, por favor.
—Quiero que se vaya de mi casa ahora
mismo. —Ted señaló la puerta como si Lynch no
conociera el camino de salida.
—¿De verdad quiere que me vaya sin que
discutamos cómo sabemos lo del suicidio?
Aquel tipo era bueno, porque, efectivamente,
Ted quería saber.
—Tiene cinco minutos para explicármelo.
Ted no se sentó.
—Me parece justo —dijo Lynch—. Se lo
explicaré ahora mismo. Trabajo para un grupo que
está interesado en que personas como usted
conozcan a personas como las que tengo aquí. —
Colocó su mano sobre las carpetas—. Si me
permite, voy a abrir una de estas carpetas para que
podamos echarle un vistazo. Lo entenderá muy
rápido, usted es una persona inteligente.
Lynch abrió una de las carpetas y la colocó en
el centro de la mesa, vuelta hacia Ted, que seguía
de pie con las manos en la cintura.
La primera hoja exhibía una copia de una
ficha policial. En la esquina estaban las fotografías
de frente y de perfil de un hombre de unos
veinticinco años. Tenía la tez bronceada y el
cabello pulcramente peinado con fijador.
Observaba a la cámara en actitud desafiante, con
el mentón levemente hacia arriba y los ojos claros
abiertos al máximo. El nombre era Edward Blaine.
—Blaine ha tenido condenas menores en el
pasado; hurtos y agresiones —dijo Lynch mientras
le daba vuelta a la página—. Esta vez lo han
acusado de asesinar a su novia.
Ted no se había equivocado en una cosa: en
aquellas carpetas sí había fotografías escabrosas.
La que tenía delante era la de una mujer
brutalmente asesinada, tendida en el reducido
espacio entre la cama y el armario; tenía al menos
siete puñaladas en el torso desnudo.
—Su nombre era Amanda Herdman. Ella y
Blaine se veían ocasionalmente; no era algo
demasiado formal. Él le conseguía droga barata y
cada tanto intentaban algo un poco más serio, pero
según los amigos de ambos era un ciclo
interminable de peleas y reconciliaciones. Cuando
la mujer apareció muerta en su apartamento la
policía fue directa a Blaine. El tipo reconoció
haber discutido con Herdman a raíz de un ataque
de celos, pero desde luego no haberla acuchillado.
¿Quiere el final de la historia? No pudieron probar
nada. Tuvieron que soltarlo.
En algún momento Ted se había sentado. No
podía quitar la vista de aquellas fotografías. Lynch
dio la vuelta a la página. Había algunos planos de
detalle: el ojo hinchado de Amanda, cortes
profundos en el pecho, magulladuras por doquier.
—¿Inocente? —preguntó Ted perplejo.
—El hijo de puta tuvo el cuidado de no
golpearla con los puños, y desde luego no
encontraron el arma homicida. Había huellas de él
en toda la casa aunque ninguna en el cuerpo.
—Pero prácticamente confesó al reconocer la
discusión.
—La defensa alegó que la confesión fue
hecha bajo presión, lo cual era parcialmente
cierto, y pudieron demostrarlo. El tecnicismo que
logró exculparlo fue el análisis forense de la hora
de la muerte. El especialista de la fiscalía situó la
hora de defunción entre las siete y las diez de la
noche. Durante esa ventana de tiempo múltiples
testigos declararon haber visto a Blaine en un bar
de mala muerte llamado Black Sombrero. Parecía
que se había preocupado especialmente de que lo
viera la mayor cantidad de personas posible; tenía
más de treinta testigos fiables e incluso
filmaciones de las cámaras del aparcamiento.
Ted pasó las páginas. Había algunas
fotografías más del cuerpo de Herdman y copias
de documentos con pasajes resaltados.
—Ya lo ha entendido todo, ¿verdad, Ted?
Ted, efectivamente, empezaba a entenderlo.
—¿Cómo sabéis que Blaine la asesinó?
—La organización a la que represento tiene
informantes dentro del sistema penal. No me
refiero a delincuentes; preferimos no tratar con
ellos. Son abogados, jueces o ayudantes que saben
cuándo un caso de asesinato huele mal. Nosotros
nos encargamos de… erradicar las dudas. En lo
concerniente a Blaine, la explicación es
extremadamente simple, aunque es casi seguro que
para el tipo fuera un golpe de suerte. Contratamos
a un experto y le preguntamos cómo era posible un
fallo tan grande en la determinación de la hora de
la defunción. Nos dijo que esas pruebas dependen
de la temperatura corporal, que se toma en el
momento de encontrar el cuerpo. La curva con que
desciende la temperatura de un cadáver es
conocida y…
—Sé cómo es el procedimiento —lo detuvo
Ted—. También veo «CSI».
Lynch rio.
—Iré al grano entonces. Cuando visitamos el
lugar del crimen lo entendimos. Debajo del
apartamento del primer piso de Amanda Herdman,
que ahora está deshabitado, hay una lavandería
industrial. La tubería principal de ventilación se
encuentra justo debajo del sitio donde fue
encontrado el cadáver de la mujer. En
consecuencia, mantuvo el cuerpo caliente e hizo
que la pérdida de temperatura fuera más lenta de
lo normal.
—O sea que el tipo la mató antes.
—Exacto. Unas seis u ocho horas antes. La
muerte no tuvo lugar por la noche sino al
mediodía, antes de que Blaine se dirigiera al bar.
—¿Y no hubo forma de reabrir el caso?
—Ya ha sido apelado y ratificado en la Corte.
Nosotros no culpamos al sistema judicial;
preferimos pensar que, a veces, algún hijo de puta
se cuela entre las fisuras que presenta. También
sucede a la inversa, tristemente. Pero aquí no se
trata de equiparar, ¿no le parece?
Ted no necesitaba oír más.
—Y lo que quieres es que mate a Blaine, ¿no
es así?
Lynch exhibió sus dientes perfectos.
—Ya he dicho yo que usted

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