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Libro PDF La voz de Archer – Mia Sheridan

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hablar mi tío. Esta vez su voz sonaba extraña, sin ninguna inflexión.
—¿Quieres saber dónde está ahora? Salió del bar y fue a casa de Patty Nelson.
Ha estado tres veces en su remolque desde el domingo. Pasé por allí y los escuché
desde el coche.
—¡Dios, Connor! —La voz de mamá sonaba ahogada—. ¿Es que quieres que me
sienta todavía peor…?
—¡No! —rugió él—. No —repitió en voz más baja—. Trato de que comprendas
que ya es suficiente. ¡Es suficiente! Si crees que tienes que pagar una penitencia, ya lo
has hecho. ¿Es que no lo ves? Nunca has tenido razón en eso, pero si quieres seguir
pensándolo, digamos que ya lo has hecho. Has pagado más que suficiente, Lys. Hace
tiempo. Hemos pagado todos. ¡Dios! ¿Quieres que te diga lo que sentí cuando escuché
los sonidos que salían de ese remolque? Quise entrar allí y partirle la cara por
humillarte de esa manera, por faltarte al respeto. Y lo más jodido de todo es que me
hace feliz que esté con otra mujer, con cualquiera que no seas tú, que te has metido
bajo mi piel. Pero en cambio, me sentí enfermo. ¡Enfermo, Lys! No podía soportar que
no te tratara bien, a pesar de que si lo hiciera bien contigo podría significar que yo te
perdiera.
Hubo un silencio en el interior del dormitorio durante un par de minutos. Quise
entrar a echar un vistazo, pero no lo hice. Solo se escuchaba el suave llanto de mamá
y un ligero crujido.
Por fin, mi tío volvió a hablar, con la voz ahora tranquila y tierna.
—Deja que te lleve lejos de aquí, nena, por favor. Lys, deja que te proteja, que
me ocupe de Archer, por favor. —Su voz parecía contener alguna clase de sentimiento
al que no supe poner nombre. Suspiré. ¿De verdad quería llevarnos lejos de aquí?
—¿Y qué pasará con Tori? —preguntó mamá en voz baja.
El tío Connor tardó un par de segundos en responder.
—Le diré a Tori que me voy. De todas maneras tiene que intuirlo, hace años que
no tenemos un matrimonio de verdad. Lo entenderá.
—No lo hará, Connor —dijo mi madre, con voz asustada—. No lo entenderá.
Hará algo para vengarse de nosotros. Siempre me ha odiado.
—Alyssa, ya no somos niños. No se trata de envidia, ni de una estúpida
competencia. Se trata de la vida real. De que te amo, y merecemos tener una vida
juntos. Tú, yo y Archer.
—¿Y Travis? —preguntó ella en voz baja.
Hubo una pausa.
—Llegaré a un acuerdo con Tori —argumentó—. No te preocupes por eso.
Otro silencio más.
—Tu trabajo, el pueblo… —dijo mamá.
—Alyssa —intervino el tío Connor con suavidad—. Nada de eso me importa. Si
no lo tengo, da igual. ¿Es que todavía no lo sabes? Dimitiré, venderé las tierras…
Vamos a vivir la vida que nos merecemos, nena. A buscar un poco de felicidad. Lejos
de aquí…, de este pueblo. En algún lugar que podamos llamar nuestro. Nena, ¿no te
gustaría? Dime que sí…
Hubo más silencio, solo interrumpido por suaves sonidos, como si estuvieran
besándose. Los había visto besarse antes, cuando mamá no sabía que los espiaba,
como ahora. Sabía que estaba mal, que las mamás no debían besar a hombres que no
eran sus maridos. Pero también sabía que los papás no debían regresar a casa
borrachos todos los días y pegar a las mamás. O que las mujeres no debían mirar a
sus cuñados con el cariño que mostraba mamá en la cara cuando el tío Connor se
giraba hacia ella. Todo era tan confuso y estaba tan mezclado que no estaba seguro de
cómo ordenarlo. Por eso me fijaba en ellos, tratando de entenderlos.
—Sí, Connor, llévanos lejos de aquí —cedió por fin mamá, después de lo que
pareció un largo rato. Vámonos tú, yo y Archer. Busquemos un poco de felicidad. Es
lo que quiero. Tú eres lo que quiero. Eres lo único que he querido siempre.
—Lys… Lys… Mi Lys… —escuché que respondía mi tío con la respiración
entrecortada.
Me escabullí y volví a bajar las escaleras, deteniéndome en cada escalón, sin
hacer ruido…, moviéndome en silencio.
2
Bree
Me colgué la mochila al hombro, cogí el trasportín de mi perrita del asiento trasero y
cerré la puerta del coche. Me quedé quieta un minuto, escuchando el canto de los
grillos que resonaba a mi alrededor, casi ahogando el suave silbido del viento en los
árboles. Por encima de mí, el cielo era de un azul profundo, y se veía a lo lejos el
reflejo brillante del agua del lago entre las casas que tenía delante. Entrecerré los
ojos para estudiar el letrero que todavía permanecía pegado en la ventana, frente a mí,
anunciando que la cabaña estaba en alquiler. Era antigua y parecía un poco
descuidada, pero poseía un encanto especial que me atrajo de inmediato. Podía
imaginarme sentada en el pequeño porche por las noches, viendo cómo los árboles
que la rodeaban eran mecidos por la brisa mientras la luna se reflejaba en el lago, a
mi espalda, con el aroma a pino y a agua flotando en el aire. Sonreí para mis adentros.
Esperaba que el interior ofreciera también aquel encanto, o que al menos estuviera
limpio.
—¿Qué te parece, Phoebs? —pregunté en voz baja.
Phoebe soltó un pequeño ladrido desde el trasportín.
—Sí, yo también lo creo —aseguré.
Un viejo sedán se detuvo junto a mi pequeño escarabajo Volkswagen, y el
hombre maduro y calvo que salió del sedán se acercó a mí.
—¿Bree Prescott?
—La misma. —Sonreí y di un paso hacia él tendiéndole la mano—. Gracias por
arreglarlo todo en tan poco tiempo, señor Connick.
—Por favor, llámame George —me invitó con una sonrisa al tiempo que
avanzaba hacia la casa, levantando polvo y haciendo crujir a cada paso las agujas de
pino caídas por el suelo—. No ha supuesto ningún problema. Ya me he jubilado, así
que no es como si tuviera que cumplir un horario. Ha sido fácil.
Subimos los tres escalones de madera que conducían al porche mientras sacaba
un manojo de llaves del bolsillo y se ponía a buscar la correcta.
—Vamos allá —me invitó, metiendo la llave en la cerradura y abriendo la
puerta. Un leve olor a polvo y humedad me saludó en cuanto entramos. Miré a mi
alrededor.
—Mi esposa viene tan a menudo como puede para limpiar lo básico, pero, como
puedes ver, necesita una buena limpieza general. Norma ya no se mueve tan bien como
antes, tiene artritis en la cadera. La casa lleva todo el verano vacía.
—No pasa nada. —Sonreí y dejé el trasportín de Phoebe junto a la puerta antes
de avanzar hacia lo que parecía la cocina. El interior necesitaba algo más que una
limpieza general básica, pero eso no impidió que me gustara. Era pintoresca y poseía
mucho encanto. Cuando levanté las sábanas que cubrían los muebles vi que se trataba
de elementos antiguos pero de buen gusto. Los suelos estaban formados por amplios
tablones de madera de aspecto rústico, y el color de la pintura resultaba sutil y
tranquilizador.
Los electrodomésticos no eran nuevos, pero tampoco precisaba más. No estaba
segura de si querría volver a cocinar alguna vez.
—El dormitorio y el cuarto de baño están atrás —comentó el señor Connick.
—Me la quedo —lo interrumpí. Luego me reí y sacudí la cabeza—. Es decir, si
todavía está disponible y llegamos a un acuerdo, me la quedo.
Él se rio entre dientes.
—Pues estupendo. Voy a buscar el contrato de alquiler al coche y podemos dejar
resuelto el asunto. Están estipulados un par de meses de fianza, pero podemos
hablarlo si supone un problema.
Dije que no con la cabeza.
—No, no es un problema. Me parece bien.
—De acuerdo. Vuelvo ahora mismo —indicó al tiempo que se dirigía hacia la
puerta. Mientras él estaba fuera, aproveché para recorrer el pasillo y echar un vistazo al
dormitorio y al cuarto de baño. Los dos eran pequeños, pero, como había imaginado,
servirían. Lo que más me llamó la atención fue el enorme ventanal que había en el
dormitorio, con vistas al lago. No pude evitar una sonrisa cuando vi el pequeño
muelle que se adentraba en el agua en calma y cristalina, que reflejaba de manera
impresionante el intenso azul de la mañana.
Había dos barcos a lo lejos, apenas pequeños puntos en el horizonte.
De repente, mirando al agua, me embargó una extraña sensación. Tenía ganas de
llorar, pero no de tristeza, sino de felicidad. Fue sentirla y desaparecer, dejándome
con una extraña nostalgia que no fui capaz de explicar.
—Ya estoy aquí —dijo el señor Connick. Escuché que la puerta se abría y se
cerraba y salí del dormitorio para firmar los papeles que me proporcionarían un
espacio al que llamar hogar al menos durante los próximos meses. Aguardé contra
toda esperanza que pudiera encontrar un poco de paz en aquel lugar.
Norma Connick había dejado en la casa todos los productos de limpieza, por lo que,
después de haber arrastrado la maleta desde el coche al dormitorio, me puse a
trabajar. Tres horas después, me aparté un mechón de pelo húmedo de los ojos y me
incorporé para admirar mi trabajo. Los suelos de madera estaban brillantes, ya sin una
mota de polvo, y había destapado los muebles y limpiado a fondo hasta el último
rincón. En el armario del pasillo había encontrado ropa de cama y toallas, así que las
puse a lavar en la lavadora que encontré junto a la cocina, las sequé en la secadora e
hice la cama. Fregué también la cocina y el baño, y abrí todas las ventanas para dejar
entrar la cálida brisa de verano que provenía del lago. No me había acostumbrado
todavía a este lugar, pero por ahora me sentía satisfecha.
Saqué los pocos artículos de tocador que había metido en la maleta y los llevé al
cuarto de baño antes de darme una larga ducha para lavar las horas de limpieza y
viaje que llevaba encima. Había recorrido las dieciséis horas de trayecto que me
separaban de mi ciudad natal en Ohio, Cincinnati, en dos intervalos de ocho horas,
pasando la noche en un pequeño motel de carretera para llegar esta mañana. Me había
detenido en una pequeña cafetería con Internet en Nueva York el día anterior para
examinar online las propiedades en alquiler en la zona a la que me dirigía. El
condado de Maine que había elegido como destino era muy popular para los turistas,
así que después de más de una hora buscando algo a mi medida y cerca del lago, elegí
un pequeño pueblo llamado Pelion.
Después de secarme, me puse unos pantalones cortos y una camiseta y cogí el
móvil para llamar a mi mejor amiga, Natalie. Había intentado ponerse en contacto
conmigo varias veces desde que le envié el mensaje diciéndole que me marchaba, y
solo le había respondido con otro mensaje. Le debía una llamada.
—¿Bree? —respondió Nat, con sonido de voces al fondo.
—Hola, Nat, ¿te pillo en mal momento?
—Espera, que voy fuera. —Noté que cubría el teléfono con la mano y le decía
algo a alguien antes de volver a responder—. No, no es un mal momento. Me moría
por hablar contigo. Estoy almorzando con mi madre y mi tía, pero pueden esperar
unos minutos. Estaba preocupada por ti —dijo en un tono algo acusador.
Suspiré.
—Lo sé. Lo siento. Estoy en Maine. —Le había dicho anteriormente a dónde me
dirigía.
—Bree, has huido. ¡Dios! ¿Llegaste a hacer equipaje?
—Cogí un par de cosas. Lo necesario.
La escuché resoplar.
—Está bien. Bueno, ¿cuándo vas regresar a casa?
—No lo sé. He pensado quedarme por aquí un tiempo. De todas maneras, Nat, no
te lo he mencionado, pero estoy quedándome sin dinero. Acabo de entregar una buena
cantidad como fianza para un alquiler. Tengo que conseguir un trabajo durante al
menos un par de meses y ahorrar lo suficiente para poder pagarme el regreso a casa y
los gastos de unos cuantos meses.
Nat permaneció en silencio.
—No sabía que estabas en una situación tan apurada. Bree, cariño, tienes una
titulación universitaria. Regresa a casa y utilízala. No es necesario que vivas como
una especie de vagabunda en un pueblo donde no te conoce nadie. Te echo de menos.
Avery y Jordan te echan de menos. Deja que los amigos que te queremos te ayudemos.
Podemos enviarte dinero si así puedes volver a casa con más rapidez.
—No, no, Natalie. De verdad. Necesito un… poco de tiempo, ¿de acuerdo? Sé
que me quieres…, yo también… —dije en bajito—. Yo también te quiero. Pero tengo
que hacer esto.
Permaneció un par de segundos en silencio.
—¿Es por culpa de Jordan?
Me mordí el labio.
—No, no del todo. Es decir, quizá eso fue la gota que colmó el vaso, pero no
estoy huyendo de Jordan. Quizá era lo último que necesitaba, ¿sabes?, y todo se
convirtió en… demasiado.
—Oh, cielo, no es justo que una persona tenga que pasar por tanto… —añadió
con la voz suave. Por fin suspiró—. En parte te envidio… ¿El viaje te ha ayudado? —
Percibí una sonrisa en su voz.
Solté una risita.
—Quizá…, de alguna manera, sí. Para otras cosas, todavía no.
—Así que no han desaparecido todavía —comentó Natalie por lo bajo.
—No, Nat, todavía no. Pero me siento bien en este lugar. Te lo digo en serio. —
Traté de imprimir firmeza a mi voz.
Nat permaneció otro momento en silencio.
—Cielo, no creo que sea cuestión del lugar.
—No es eso lo que quería decir. Intentaba decir que parece un buen lugar para
escapar… ¡Oh, Dios! Tienes que irte. Te están esperando tu madre y tu tía.
Hablaremos en otro momento.
—De acuerdo —convine, vacilante—. ¿Seguro que estás bien?
Hice una pausa. Nunca me sentía completamente segura. ¿Lo estaba ahora?
—Sí, esto es muy bonito. He alquilado una casita junto al lago. —Lancé un
vistazo por la ventana que tenía a la espalda, recreándome de nuevo en la hermosa
vista del agua.
—¿Puedo ir a visitarte?
Sonreí.
—Espera a que esté instalada. Quizá antes de que vuelva.
—Está bien. Te echo mucho de menos.
—Yo también te echo de menos. Te llamaré de nuevo muy pronto, ¿vale?
—Está bien. Adiós, cielo.
—Adiós, Nat.
Di por finalizada la llamada y me acerqué al ventanal. Después me sumergí en las
sombras de mi nueva habitación y me metí en la cama recién hecha. Phoebe se instaló
a mis pies. Me quedé dormida en el mismo momento en que mi cabeza tocó la
almohada.
Me desperté con el sonido del canto de los pájaros y el murmullo lejano del agua
contra la orilla. Me giré en la cama y miré el reloj. Eran las seis de la tarde. Me estiré
y me senté, tratando de orientarme.
Me levanté, con Phoebe trotando detrás de mí, y me lavé los dientes en el
minúsculo cuarto de baño. Después me estudié en el espejo. Las oscuras ojeras
seguían allí, aunque resultaban menos pronunciadas después de cinco horas de sueño.
Me pellizqué las mejillas para poner en ellas un poco de color y esbocé una enorme
sonrisa fingida ante mi reflejo antes de sacudir la cabeza.
—Vas a estar bien, Bree —me dije a mí misma—. Eres fuerte y serás feliz de
nuevo. ¿Lo has entendido? En este lugar hay algo bueno, ¿no lo notas? —Ladeé la
cabeza y me observé en el espejo durante un minuto más. Era mucha la gente que
conversaba con su reflejo en el baño, ¿verdad? Era algo normal. Respiré hondo y
sacudí de nuevo la cabeza. Me lavé la cara después de recoger con rapidez mi largo
cabello castaño claro, que aseguré de manera desordenada en la nuca.
Fui a la cocina y abrí el congelador, donde había dejado la comida precocinada
que había metido en la nevera del coche. No había traído demasiados alimentos, solo
lo que tenía en la nevera de casa, algunos platos para microondas, leche, mantequilla
de cacahuete, pan y algo de fruta. También había incluido una bolsa de comida para
Phoebs. Sería suficiente para un par de días, pero luego tendría que acudir a una
tienda de comestibles.
Abrí un envase de pasta congelada para microondas y esperé sentada ante la
encimera a que se hiciera. Me la comí con un tenedor de plástico mientras miraba por
la ventana de la cocina. Vi a una anciana vestida de azul, con el pelo corto y canoso,
salir de la casa contigua y recorrer el camino hasta mi porche con una cesta en las
manos. Cuando llamó a la puerta, tiré la caja de cartón, ya vacía, a la basura y me
acerqué a contestar.
Al abrir, la mujer me brindó una cálida sonrisa.
—Hola, querida, me llamo Anne Cabbott. Parece que eres mi nueva vecina.
Bienvenida.
Le brindé una sonrisa y cogí la cesta que me ofrecía.
—Yo soy Bree Prescott. Gracias. ¡Qué bien huele! —exclamé cuando levanté una
esquina del paño que cubría la cesta y flotó hasta mí el dulce olor a muffins de
arándanos—. Parecen deliciosos. ¿Le apetece pasar?
—En realidad, venía a proponerte si te gustaría venir a compartir un vaso de té
helado conmigo en mi porche. Acabo de prepararlo.
—Oh —dudé—. Claro, estupendo. Deme un segundo para coger unos zapatos.
Volví a la cocina, dejé los muffins en la mesa y me dirigí al dormitorio para
ponerme unas sandalias.
Cuando regresé, Anne me esperaba en el porche.
—Hace una noche preciosa. Me gusta sentarme al aire libre por las tardes para
disfrutar del clima. Dentro de nada estaré quejándome del frío que hace.
Caminamos hacia su casa.
—¿Vive aquí todo el año? —pregunté, mirándola de reojo.
Ella asintió.
—Casi todos los habitantes de esta orilla del lago somos residentes permanentes.
A los turistas no les interesa este pueblo, solo aquella zona —indicó, señalando con
la cabeza hacia el otro lado del lago, apenas visible en la distancia—. Es donde hay
más atractivos turísticos. A los vecinos no les importa, aunque eso va a cambiar. La
dueña del pueblo, Victoria Hale, planea un proyecto para expandir la zona y atraer a
los turistas. —Suspiró mientras subíamos las escaleras de su porche y se sentó en una
silla de mimbre. Yo me acomodé en un balancín para dos y me recosté en los cojines.
Su porche era hogareño y acogedor, lleno de muebles de mimbre blanco y cojines
azules y amarillos. Había macetas con flores por todas partes, y las petunias caían en
cascada por las barandillas.
—¿Qué opina usted sobre esa idea de atraer a más turistas?
Ella frunció el ceño.
—Oh, bueno… Me gusta la tranquilidad que respiramos en el pueblo. Prefiero
que sigan yendo a la otra orilla… Tenemos algún transeúnte de vez en cuando, y eso
es suficiente. Además, me gusta que el pueblo sea pequeño. Victoria quiere construir
bloques de apartamentos, por lo que irán desapareciendo las cabañas junto al lago.
Fruncí el ceño.
—¡Oh, lo siento! —dije, al darme cuenta de que acabaría teniendo que mudarse.
Agitó la mano en un gesto de desdén.
—Yo estaré bien. Lo que más me preocupa son las empresas del pueblo que
acabarán teniendo que cerrar debido a la expansión.
Asentí, todavía con el ceño fruncido. Permanecimos en silencio un rato después
del cual dije:
—Estuve de vacaciones al otro lado del lago con mi familia cuando era niña.
Cogió la jarra de té que había sobre la mesita y vertió el líquido en dos vasos.
—¿De verdad? —preguntó mientras me ofrecía uno—. ¿Qué te ha tr

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