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Libro PDF Las decisiones de Nina Mandy Barrera

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casa.
—Aún es pronto, cariño—me dice una de las enfermeras más simpáticas—. Solo hace cinco días que despertaste del coma.
Había estado más de una semana en coma a causa del accidente que había tenido por ir conduciendo borracho. Yo nunca he sido así, siempre había sido muy
responsable con ese tipo de cosas, pero aquel día no me importaba nada.
Me había pasado días follándome a toda la que se me plantaba delante, intentando olvidarme de ella. Aquella noche, después de tirarme a la enésima chica en
ese fin de semana en el baño de la discoteca donde estaba con mis amigos, intentando olvidarla, salí de aquel antro y la llamé. Solo necesitaba verla, decirle que seguía
enamorado de ella a pesar de que ella estuviera con ese gilipollas. Y cuando me cogió, tuvimos esa discusión tan fuerte, y para colmo estaba con él. Yo la necesitaba, y
ella estaba con otro. Me enfurecí tanto que hice lo que nunca había hecho antes, coger el coche cuando apenas me sostenía en pie. Lo sé, soy gilipollas.
—Pero quiero irme a casa—protesto otra vez.
—Haz caso a lo que te dicen, hermanito.
La voz de mi hermana se escucha desde la puerta de la habitación. A penas se ha movido de allí en todo el tiempo que llevo ingresado. Tan solo se iba a casa
cuando yo le insistía en que se fuera a dormir por las noches, que no hacía nada aquí.
—¿Otra vez aquí, Vic?—ella niega con la cabeza riéndose y se inclina sobre mí.
—Encima de que te traigo un regalo…—me susurra y espera a que salga la enfermera para sacar un tupper con un trozo de bizcocho del bolso tendiéndomelo.
—¡Gracias!
Me incorporo despacio porque aún me duelen las costillas que me partí en el accidente y los puntos de las varias operaciones que me habían tenido que hacer.
—Te lo juro, creo que me quieren matar de hambre—como un trozo grande de bizcocho de una vez saboreándolo—. Umm que rico… ¿De dónde lo has sacado?
—¿Cómo estás hoy? ¿Te duele mucho?—cuando mi hermana intenta cambiar de tema, me hace sospechar.
—Vic, ¿quién te ha dado este bizcocho?—le pregunto más serio, porque me imagino su respuesta.
—Me lo ha dado Nina—mi hermana agacha la cabeza jugando con sus dedos sobre las rodillas.
—¡Joder!—tiro el bizcocho sobre la mesa auxiliar—¿Cuántas veces te he dicho que no quiero nada que tenga que ver con ella?
—David…
—Ni David ni pollas—la interrumpo—. ¡Ella es la culpable de que yo lleve dos putas semanas metido en esta puta cama!
—¡No, David!—me grita—Estás en esta cama porque fuiste tan gilipollas de coger el coche cuando sabías lo que podía pasar…—su voz se calma un poco—
¿Sabes el miedo que pasamos? ¿Sabes lo que es pensar que vas a perder a tu único hermano? Es una auténtica tortura. Estuviste ocho días en coma. Ocho días de los que
ella apenas se movió de ese puñetero sofá—señala el sillón que hay junto a mi cama—, solo se separó de ti las horas en las que estaba trabajando.
Miro a mi hermana en silencio. Recuerdo que cuando me desperté la vi a mi lado con los ojos entrecerrados, por un momento pensé que todo había sido un mal
sueño, que ella no había elegido a otro para pasar las noches con él y que nunca se separaría de mi lado. Entonces las máquinas que tenía enchufadas a mi cuerpo
advirtieron a la enfermera que me había despertado y en un momento estaba rodeado de gente mirando mis constantes y haciéndome preguntas sobre cómo me
encontraba. Ella me miraba con cara de preocupación. “Que se vaya” le dije a una de las enfermeras. Pero no hizo falta que la enfermera le dijera nada, en ese mismo
momento cogió sus cosas y salió de mi habitación con los ojos llorosos.
—Ella te quiere, David. Mucho.
—No, ella no me quiere. Quiere a otro—vuelvo la cara para que no vea como se me están llenado los ojos de lágrimas.
—Estás tan equivocado… Ella te quiere, quizás no como tu desearías, pero te quiere con locura. Tanto que se ha pasado noches en vela para poder entrar a
verte mientras estabas dormido.
—¿Cómo?—la miro sin entender.
—Sí, lleva colándose aquí cada noche desde que despertaste del coma para poder verte, aunque estuvieras dormido.
—¿Entonces era real?—susurro.
Varias noches había despertado con la sensación de tenerla a mi lado, pero al volver a abrir los ojos ya no estaba.
—Pues claro que es real que te quiere, tonto.
No sé qué decir. Echo hacia atrás la cabeza apoyándola en el cabecero de la cama. Suelto un fuerte suspiro que me hace soltar un quejido de dolor.
—¿Por qué no dejas tu orgullo a un lado y recuperas a tu mejor amiga?—me dice mi hermana sujetándome la mano, dándome su apoyo.
Pienso en todo lo que me ha pasado, en lo que me ha dicho mi hermana. No sé qué hacer. Por un lado, siento que necesito que ella esté lo más lejos posible de
mí, porque si la tengo cerca va a hacerme daño, y no quiero seguir sufriendo. Pero, por otro lado, siento que si no la tengo cerca, no seré capaz de sobrevivir. Realmente
la necesitaba en mi vida. Pero, ¿podría soportar que su amor, sus besos y sus caricias se los llevara otro?
Mi hermana se sienta a mi lado y en un intento de animarme me enseña unas fotos absurdas que le han mandado unas amigas al whatsapp. También me cuenta
que la ha llamado una gran empresa de publicidad para que trabaje con ellos en una nueva campaña para una marca de ropa de última moda. Se la ve súper contenta con
esa nueva ilusión. Sonrío con ella y le doy mi enhorabuena por el futuro trabajo. No es que a ella le haga falta trabajar más de lo que trabaja para la publicidad de la
empresa de nuestro padre, y nunca le va a faltar el dinero mientras esté con Toni, el que pronto comenzará a trabajar como piloto en una de las compañías aéreas más
importantes del país, pero a ella le encanta su trabajo y si encima lo mezclas con moda, es el trabajo de sus sueños.
Hablamos de mil y una cosas, con y sin sentido. Me cuenta un chiste malísimo con el que me rio a carcajadas y tengo que sujetarme las costillas para no rabiar
de dolor.
De pronto, me quedo en silencio durante un rato, pensativo, y miro a mi hermana.
—Dile que entre.
3
Estoy sentada en una de las sillas de la sala de espera, más cercana a la habitación de David. La misma silla en la que llevo sentándome cinco días desde que él
volvió a echarme de su habitación. Sé que no quiere verme, y en el fondo le entiendo. Yo he provocado todo esto. Yo y mi indecisión.
Cuando hace dos semanas creí que lo había perdido, mi mundo se vino abajo. Esto me hizo tomar la decisión de alejar de mí a la persona que horas antes creí
que iba a ser el hombre de mi vida, el hombre que por fin había logrado lanzar mis miedos al otro lado del planeta y hacerme sentir la mujer que merecía ser. Pero no
podía permitirlo, no podía permitir que si David salía de aquel coma, del que yo era parte culpable, Nico se interpusiera en nuestra amistad. Nada iba a hacer que me
separara de mi mejor amigo de nuevo. Nada excepto él mismo…
Durante ocho días no hice más que ir a trabajar y estar en el hospital, esperando que despertara. Era lo único que deseaba, me sentaba junto a Vicky,
sujetándole la mano y esperando volver a ver abiertos esos ojos verdes que siempre me habían mirado con devoción. Fui una estúpida al no ver a tiempo que esa mirada
significaba mucho más de lo que yo pensaba.
Durante ocho días a penas comí. De vez en cuando mi madre que se pasaba por el hospital a ver como estaba, o la madre de David que también paso la mayoría
del tiempo junto a su hijo, me obligaban a comer algo y a duras penas podía tragar.
Hace cinco días que despertó y hace esos mismos cinco días que él me había vuelto a decir que me marchara. Bueno, esta vez ni siquiera me lo dijo a mí,
solamente me volvió la cara y dijo: “Que se vaya”. Y me fui. Ya había pasado lo que llevaba ocho días esperando, que era que él volviera a despertar.
Desde entonces me cuelo en su habitación por las noches, cuando sé que está dormido debido a la medicación, y le observo dormir. Observo como su pecho
respira y oigo como su corazón late. Incluso sujeto su mano o acaricio sus mejillas para notar su calor. David, mi mejor amigo, mi pilar durante tantos años, estaba vivo.
Cuando ha venido hoy Vicky me ha estado contando cosas sobre su nuevo proyecto y la oferta de trabajo que le habían hecho a Toni hace unos días. Como
siempre, me ha intentado animar.
—Cariño, solo necesita tiempo para entrar en razón. Déjame que le diga que estás aquí…
—No—le interrumpo—. Él no quiere verme. Y yo lo único que necesito es saber que está bien.
—Pero…—mi amiga resopla—Me duele veros así, Nina.
—Lo sé, cariño.
Me fundo en un abrazo con mi amiga y después mi mira preocupada.
—Nina, tienes que comer y cuidarte, estás horrible…
—Gracias, eeehh…—intento bromear— Mira, hoy merendé bizcocho que me trajo mi madre.
Le enseño el tupper que me dejó mi madre este medio día en casa.
—Le he guardado un poco, porque sé que le encanta el bizcocho de mi madre. ¿Se lo darás?
—Bueno…
Duda un poco. Seguro que está pensando que sería mejor que entrara yo a dárselo personalmente, pero no quiero que vuelva a pasar lo que pasó la última vez
que mantuvimos una conversación en esa misma habitación. Su corazón se paró y yo creí que lo había perdido.
Miro a mi amiga con ojos suplicantes.
—Lo haré—acepta finalmente mi amiga—. Voy a entrar antes de que mate a la enfermera.
Desde dentro de la habitación se oían las protestas de David. Conociéndolo estará ya más que harto de estar postrado en esa cama. Raro es que no se haya
escapado ya.
—Gracias, Vic.
—Hasta luego, Nina. Te quiero.
—Y yo a ti.
Mi amiga entra en la habitación y yo me quedo esperando, como llevo haciendo dos semanas.
Cojo mi móvil y reviso los mensajes que me han enviado. Contesto a mi hermana que me está preguntando por David, dándole la última información que me
dieron las enfermeras.
Sin poder evitarlo abro la carpeta de las fotos… Sé que lo que voy a ver me va a hacer daño, pero aun así lo hago. Veo fotos mías con David, un David muy
sonriente, con el brazo echado sobre mis hombros y haciendo el payaso, como tanto le gusta hacer siempre, lo veo dándome besos fuertes en la mejilla, haciéndome
poner caras raras a mí. Todas esas fotos me recuerdan que todo era mejor antes de que pasara aquella noche, antes de que él y yo pasáramos a ser algo más. Eso me
entristece, porque yo quiero a mi amigo, no sólo lo quiero, lo necesito. Necesito a David a mi lado para apoyarnos mutuamente como lo hemos hecho siempre. También
hay fotos del día que volvió. Ambos sonreíamos como tontos, incluso en alguna foto salía mirándome con… ¿deseo? ¿amor? ¡Qué complicado es todo!
Las siguientes fotos hacen que se me humedezcan los ojos. Son fotos con él, con Nicolás Navarro. Ese hombre que había llegado a mi vida como un tsunami
arrasándolo todo a su paso. Todo, incluso mi amistad con mi mejor amigo. Hay fotos de la noche que llevamos a Hugo a cenar a McDonald y después nos quedamos a
dormir en su casa, en las que sale mi hermano jugando con él a la Play, se les veía tan a gusto a los dos que no pude evitar hacerles un reportaje. También hay fotos del
día que me llevó al mexicano a comer. Y, como no, también de nuestro viaje. En el aeropuerto a punto de embarcar, en el avión, en el salón de la casa de la sierra, en la
cama gigante… Y en todas ellas veo algo en sus ojos, mirándome de vez en cuando de reojo, que me duele. Veo amor…
Sé que él me quiere, sé que me lo ha demostrado con cada uno de sus actos. Abriéndose a mí y ofreciéndomelo todo, y no hablo de dinero (eso nunca me ha
importado), hablo de su corazón. Yo sé muy bien lo que cuesta abrirse cuando alguien te ha roto el corazón, cuando has jurado amor eterno a una persona y luego esa
persona te ha hecho tanto daño que crees que nunca vas a encontrar a alguien que te haga volver a amar. Pero nosotros nos encontramos…
Esos pensamientos me hacen volver a tiempos pasados. En los que hubo momentos que creí ser feliz. En los que estaba locamente enamorada de él, de Lucas.
Lo conocí una noche en la que habíamos organizado una noche de nenas que tanto nos gustaba hacer. Estábamos en el local de moda y he de reconocer que yo
llevaba unas copas de más. Estaba un poco agobiada porque hacía calor y les dije a mis amigas que iba a tomar un poco el fresco a la puerta. Ellas me hicieron señales
con los pulgares para darme su visto bueno mientras cada una iba a su bola.
En aquel entonces yo aún fumaba y aproveché para fumarme un cigarro tranquila, sentada en un portal justo delante de la discoteca. Estaba yo en mi mundo
cuando oí su voz por primera vez.
—¿Tienes fuego?
Era una voz dulce y agradable, no demasiado grave. Miré hacia arriba y me encontré con un chico mono, no demasiado alto, de pelo castaño y desordenado,
sujetaba un cigarro entre sus finos labios.
—Hmmm…—dudé un momento—Si, toma.
Rebusqué en el bolso de donde saqué el paquete de tabaco y le ofrecí el mechero.
—Gracias.
—De nada.
Se encendió el cigarro dando una gran calada, soltando después el humo hacia arriba. Me devolvió el mechero y se me quedó mirando fijamente. No tuve miedo
porque en realidad no tenía mala pinta, en realidad lo primero que pensé es que tenía pinta del típico pardillo.
—¿Puedo sentarme?—dijo señalando el hueco que había en el escalón junto a mí.
—Sí, claro…—me hice a un lado para que cupiera mejor—Todo tuyo.
Se sentó y me miró.
—Me llamo Lucas, ¿y tú?
—Nina.
—¿Y qué haces aquí sola, Nina?
—Bueno, en realidad no estoy sola. Hacía mucho calor ahí dentro—señalé hacia la discoteca—y salí a tomar un poco el aire y fumarme un cigarrito.
—A mí me pasó lo mismo.
Cuando terminé el cigarro me levanté y lo miré.
—Encantada de conocerte, Lucas—le lancé una amplia sonrisa—. Creo que voy a despedirme de mis amigas e irme a casa. Ha sido un placer.
Me di media vuelta y caminé hacia la puerta de la discoteca cuando él me cogió del brazo.
—Espera, te llevo a casa. No vas a coger un taxi tu sola ahora. Además, tengo el coche aquí cera y prometo que no he bebido nada esta noche.
—Claro, sería mucho más seguro irme con un completo desconocido en su coche.
—Puedes confiar en mí, Nina. Nunca te haría daño.
Y lo creí.
Ni siquiera entré a despedirme de mis amigas. Le mandé un mensaje a Vicky diciéndole que estaba muy cansada y que me llevaba a casa un compañero que me
había encontrado en la puerta, si le hubiera dicho que me iba con un completo desconocido me hubiera matado.
Caminamos juntos charlando de todo un poco hacia donde tenía aparcado el coche. No tenía pinta de ser un niño rico. Iba vestido con unos pantalones
vaqueros oscuros pero algo gastados, una camiseta gris con cuello de pico, unos zapatos que no parecían caros y una chaqueta de cuero. Pero cuando vi su coche me
quedé mirándolo ojiplática, sin duda las apariencias engañan. Conducía un Audi TT Quattro en color negro.
—Es un regalo de mi padre—se encogió de hombros.
Durante el camino me contó que su padre era productor de series de televisión y que para compensarle sus largas ausencias le había regalado ese coche en su
último cumpleaños, en el que ni siquiera había aparecido. Me contó también que estaba estudiando dirección de cine en el Instituto del Cine de Madrid porque siempre
le había gustado mucho el mundo del cine y del espectáculo. Yo también le conté que estudiaba Educación Infantil en la Europea porque siempre había sido mi sueño.
Justo antes de llegar a casa comenzó a sonar una canción que me gustaba mucho y comencé a tararearla.
Tengo, una cosita que su peso en oro vale
y unas ganitas de contarte a lo que sabe,
la buena suerte de sentir que estoy queriendo…
Él sonrió y se unió a mí en mi cante.
Cuando paramos en la puerta de mi casa aun sonaban las ultimas notas de aquella canción y él se giró hacia mí.
—¿Podré volver a verte?
—A lo mejor…—no podía dejar de sonreír.
—¿Puedo besarte?
Su pregunta hizo que me quedara con los ojos abiertos como platos y me sonrojara, pero aun así le contesté valiente.
—Prueba…
Se inclinó sobre mí colocando una mano sobre la mía que descansaba sobre mi rodilla y la otra sobre mi mejilla. Al principio fue un beso suave y casto, el cual
devolví tímidamente. No duró mucho esa timidez en ambos, porque pronto nuestras lenguas estaban luchando la una con la otra para explorarnos mutuamente y
nuestros cuerpos estaban cada vez más cerca. Rompí ese beso antes de lo que nos hubiera gustado, pero estábamos en la puerta de mi casa y mi madre solía tener la
mala costumbre de esperarme despierta cuando salía de fiesta.
—Debo entrar antes de que manden a la artillería a por mí.
Mi voz sonaba temblorosa, por no decir excitada, por el beso que aun sentía en mis labios.
—Dame tu teléfono—me dijo lamiéndose los labios—, quiero volver a verte.
Se lo di y nos despedimos con otra ronda de besos apasionados. En aquel entonces no tenía mucha experiencia con los chicos y nunca había sentido esa clase de
atracción que sentí hacia él. Era raro, porque tampoco era un chico que llamara demasiado la atención. No era el típico tío por el que todas las chicas babearan. Pero era
muy simpático y dulce cuando me hablaba. Y, como no, me conquistó.
Fue tan bonito y especial aquel momento de mi vida, que a veces pienso cómo fue posible que aquel chico tan dulce y cariñoso, tan atento y galán, se
convirtiera en lo que se convirtió un tiempo después.
Sigo en mis pensamientos cuando el sonido de la puerta de la sala de espera llama mi atención y levanto la mirada. Allí está mi amiga.
—¿Qué pasa, Vicky?—le pregunto un poco preocupada.
—Quiere verte.
Tengo la sensación de que mi corazón vuelve a latir con normalidad en ese momento. David, mi mejor amigo, quería volver a

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