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Libro PDF El mundo fortaleza – James E. Gunn

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…Donde quiera que estés, donde
quiera que la casualidad o el
secreto hayan llevado estas
palabras, tú lees esto en el
naufragio del Segundo Imperio.
El Segundo Imperio. Que suene
bien alto. Que inflame la
imaginación. Que su significado
penetre en el alma.
Un imperio. Dentro de él, los
mundos innumerables de la galaxia
habitada unidos, trabajando juntos,
viviendo juntos, comerciando entre
sí. Sólo el nombre nos dice todo
eso. ¿Pero cómo funcionaba?
¿Cómo se mantenía integrado?
¿Cómo se resolvían las disputas, se
evitaban las guerras? No lo
sabemos. Jamás lo sabremos. Sólo
el nombre llega hasta nosotros, lo
recordamos, y recordamos,
oscuramente, una época dorada, un
tiempo de libertad y paz y plenitud,
y lloramos a veces por lo que se ha
ido y jamás volverá.
El Segundo Imperio. Implica la
existencia de otro, uno anterior,
pero de ése no tenemos ningún
recuerdo.
El Segundo Imperio. ¿Habrá
alguna vez un tercero? Soñamos,
esperamos, pero sabemos, en lo
más profundo, que los tiempos
dorados se han ido y no podremos
hacer que retornen. El Segundo
Imperio se ha hundido, se ha
fragmentado, y jamás podrá
reconstruirse.
Ya no somos hombres. Somos
espectros que danzan una danza
espectral en nuestras fortalezas
espectrales, y los tiempos dorados
se han ido… La dinámica del poder
galáctico
UNO
Yo corría a través de la
oscuridad infinita, solo y asustado.
Tenía miedo porque estaba solo, y
estaba solo porque tenía miedo, y
me dolía en algún sitio, no sabía
dónde, no podía averiguarlo porque
estaba corriendo, y no podía parar
porque tenía miedo.
Tras de mí venía un rumor de
pisadas, persiguiéndome por un
pasillo invisible, y los pies eran
ligeros, silenciosos, mudos, porque
eran unos pies sin cuerpo, y el
pasillo era negro e inescrutable
porque estaba perdido en el tiempo
y el espacio, tal como estaba yo,
sin hogar.
Lo peor era el silencio, el
silencio total que me envolvía
como la oscuridad, y era peor que
la oscuridad porque mi necesidad
de hablar y de oír era mayor que mi
necesidad de ver, y si yo pudiese
romper el silencio, la oscuridad se
fragmentaría y yo no tendría que
correr ya. Y los pies se acercaban
cada vez más pese a mi velocidad y
al pánico que me forzaba a seguir
cada vez más deprisa a través de la
oscuridad y el silencio, porque los
pies que me perseguían no tenían un
cuerpo pesado que los frenara.
Lentamente, fui teniendo
conciencia del lugar donde me
dolía. Era mi mano, me dolía la
mano por la brasa ardiente que
llevaba en ella. Me recorrió un
nuevo miedo, y este miedo se
mezcló con vergüenza, y abrí la
mano; dejé caer la brasa. Y el
rumor de los pies perseguidores se
desvaneció, y el miedo se
desvaneció, pero en su lugar quedó
una dolorosa soledad, porque
incluso el pasillo desapareció
entonces, y me vi realmente solo,
flotando en la negrura, sin ningún
ancla, verdaderamente sin hogar.
Mi mente giró en espiral a través
del vacío y el silencio y la
oscuridad, buscando alguna otra
cosa viva en el infinito, pero nada
había. No había en ningún lugar
nada con lo que hablar, y si hubiese
habido algo, no hubiese habido
modo de hablar.
Y desperté, busqué
automáticamente en mi faltriquera
para cerciorarme, pero el guijarro
no estaba allí y comprendí por qué
no estaba, y recordé. Recordé
cómo entró por primera el miedo
en mi mundo…
El ritual litúrgico sonaba en mi
mente, cuando vi a la chica cruzar
la transparencia dorada y
centelleante de la Barrera. La
muchacha estaba aterrada.
…tu Dios está aquí…
¡Terror! Lo reconocí sin saber
cómo.
Había pasado toda mi vida en el
monasterio. El monasterio tiene
anchos muros, y dentro de ellos
está la paz del mundo. Los muros
del monasterio son altos, y la
angustia del mundo no puede
saltarlos. Tras ellos yo estaba
contento y en paz, y me
proporcionaba una tranquila alegría
el que las claras normas de mi vida
jamás me condujesen al mundo
exterior…
Ni siquiera recordaba haber
estado fuera. No recordaba a mi
padre ni a mi madre; no recordaba
sus nombres ni cómo habían
muerto, si es que habían muerto;
pero no importaba porque la Iglesia
era padre y madre para mí, y yo no
necesitaba nada más.
Las emociones que conocía eran
pocas y simples: la vigorosa
piedad del Abad, la búsqueda
intensa y a veces enfebrecida de la
verdad científica del hermano John;
la contemplación absorta del padre
Konek; los esporádicos arrebatos
místicos del padre Michaelis. Pero
el terror era un extraño. Como las
otras pasiones que perturban el
alma, no podría cruzar la Barrera,
lo mismo que no podían cruzarla
los objetos materiales.
…tras los velos de ignorancia y
duda, debes buscarme, pues yo
estoy allí, como aquí, si eres
capaz de verme…
Allí en la Catedral era algo
distinto, pero con anterioridad solo
había estado de servicio allí dos
veces. La gente entraba en el lugar
dispuesto para ellos, el lugar donde
establecían contacto con la vida de
la iglesia, buscando aquello de lo
que nosotros tanto teníamos: paz.
Cruzaban la Barrera atribulados, y
luego se marchaban en paz,
reconciliados con el Universo. Yo
había sentido sus tribulaciones
desde lejos, y les había
compadecido, y me había alegrado
al ver que sus problemas se
desvanecían.
Pero ahora sabía que las
pasiones que yo había captado en
la sala de control eran pobres y
lejanas. El terror de la muchacha la
rodeaba como un aureola. Me rozó
con dedos fríos, saltando hasta mis
ojos desde la pantalla, hasta mis
dedos en los guanteletes…
Desvié los ojos hacia el reloj.
Había ya una diferencia de
segundos en el programa. Solté la
mano derecha, accioné una palanca,
ajusté un dispositivo. La
Dispersión tendría que ser brusca.
Si el Abad supiese…
Debajo, las nieblas comenzaron
a desvanecerse, a alejarse girando,
y de las negras profundidades del
espacio brotó un rostro nebuloso.
Nebuloso y, sin embargo, los
adoradores lo materializaban con
detalles que nacían de su propia
necesidad. Yo sabía. Yo había
estado abajo durante nuestros
propios servicios, y había visto lo
que ellos veían, había sentido lo
que sentían ellos, oído en mi mente
lo que ellos oían.
…pues Yo soy p a z, donde Yo
estoy hay paz, donde hay paz, allí
Me encontraréis, paz eterna…
Volví los ojos a la pantalla, a la
muchacha. Aún estaba allí, dentro
de la Barrera, y con la misma
seguridad que había sabido que
estaba aterrada, supe que era
hermosa. Me pregunté por un
instante si esto sería una tentación.
Fue un pensamiento fugaz y no lo
perseguí. Bastaba con que yo
tuviese veinte años y ella fuese
hermosa y tuviese miedo.
Parecía fuera de lugar allí abajo
entre la gente. Venían hombres
libres y esclavos, y en ocasiones
cuando la necesidad le traía hasta
la Ciudad Imperial algún siervo.
Solían llamar a esta Catedral la
Catedral de los Esclavos. Veía
muchos abajo, vestidos pobre o
ricamente, según la prosperidad de
sus amos, pero todos con sus
collares metálicos de imitación:
oro, plata, hierro…
La chica era evidentemente una
patricia. De huesos finos, de rasgos
delicados. Se mantenía erguida,
esbelta y orgullosa. Su piel jamás
había sufrido largos días bajo
cielos ardientes ni la lenta
destrucción de las salas polvomuerte;
su espalda jamás se había
doblado para cavar el duro suelo.
Vestía un lujoso ropaje. Una capa
de seda, el tejido plástico brillaba
con hilos metálicos; la falda
ajustada a las largas y esbeltas
piernas.
…sólo cabe en este lugar lo que
contribuye a vuestra iluminación,
lo que pueda recibirme a Mí y Mis
dones para la Humanidad…
La muchacha respiraba
trabajosamente. Apretaba fuerte un
puño cerrado junto al costado; con
la otra mano abierta apretaba sus
pechos, como intentando calmar su
temblor. Miraba por encima del
hombro, hacia atrás, a través de la
Barrera. De pronto pareció ponerse
rígida, hinchó el pecho con una
gran inspiración entrecortada.
Luego, lentamente, se relajó.
…pues éste es el santuario
donde sólo pueden entrar los que
aman la paz, donde está
perpetuamente prohibida la
lucha…
Pasé a la pantalla exterior.
Había cuatro hombres fuera de la
Barrera, contemplando los largos
escalones que conducían a la
entrada de la Catedral, a la dorada
red. Los cuatro vestían igual, pero
no reconocí el uniforme. En un
mundo de color, vestían de negro.
No eran miembros del Gremio de
Hombres del Espacio, porque el
negro del uniforme de éstos está
suavizado por toques de plata. No
eran tampoco nobles ni buhonero

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