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Libro PDF Livia la joven vestal Obdulio López

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Las lámparas, a punto de consumir el
aceite, desprenden un agonizante
resplandor. Mi mano, marcada por el
paso de los años, tiembla pero se resiste
a dejar el cálamo cuando empiezo este
relato que tal vez sea un acto de
contrición y purificador de mi pasado.
Desde que estoy sola los recuerdos
me persiguen y se apoderan de mí. Vivo
atrapada en un pasado que va
deshojando sus páginas en una turbulenta
cascada de acontecimientos; y la
evocación de una música, un nombre o
un lugar, inquieta y amenaza a esta pobre
anciana arrugada y sollozante.
La brisa del mar, el olor a salitre y a
jara me acompañan en los suaves
atardeceres estivales y el rugir del mar
de los inviernos ásperos y fríos me
sobrecoge. Las gaviotas, como fieles
guardianas, me siguen en mis
interminables paseos por la playa,
donde mis huellas sobre la arena mojada
desaparecen como mi vida, barridas por
el oleaje. Mi soledad, a lo largo de
estos años, permanece rígida,
imperturbable y olvidada de lo que fue
una agitada e intensa vida
El tiempo ahora transcurre con
exasperante lentitud, como un juez
inflexible que alarga eterna y
caprichosamente mi existencia; me
enfrento a él como el marino que maneja
su nave en medio de la tempestad, pero
siempre arribo al abrigado puerto de mi
infancia donde el dulce sabor de aquella
época me conforta, ayuda y me hace
revivir felices momentos.
Cierro los ojos y siento en los brazos
el leve peso de mi muñeca de trapo. El
envolvente olor a rosas del jardín de mi
casa. La voz ronca de mi preceptor
cuando me llamaba para leerme bonitas
y antiguas leyendas en un fresco
atardecer sentados en el atrio. Los besos
y caricias de mi madre ante la envidia
de mis hermanos. Era la pequeña de la
casa, la más caprichosa y consentida.
Siempre conseguí lo que me proponía.
Fue una época feliz.
Mi familia pertenecía a la
aristocracia romana. Mi padre, afamado
y respetado senador de afilada y
reputadísima lengua, sabía lo difícil que
era vivir en esos momentos en la agitada
Roma. En los debates del Senado dirigía
sus elocuentes discursos hacia la
moderación y el Estado de Derecho,
salvando, evidentemente, las ancestrales
tradiciones romanas.
Valeria, mi madre, dedicó toda su
vida a educar a sus cinco hijos, y poco
tiempo le quedaba para compartir, junto
a mi padre, fiestas y banquetes a los que
tenía que asistir por sus obligaciones
senatoriales. No obstante, sí mantenía
con las demás mujeres de los senadores
una relación fluida y estrecha en las
reuniones que periódicamente
organizaban en sus casas. Siempre fue
una buena madre y me transmitió el
cariño y el afecto a la familia, pieza
base de la sociedad romana, y a las
buenas formas y costumbres. Nunca se
dejó influir por las libertinas corrientes
que desde otros lugares llegaban a Roma
y que como nubes de verano
desaparecían al poco tiempo.
De aquella época recuerdo con
nostalgia mi escondite preferido en el
jardín, detrás del banco de piedra,
donde me refugiaba y pasaba largos
ratos soñando. Los juegos en el atrio con
los sirvientes, hermanos y amigas.
Vivía en una amplia, cómoda y bonita
casa, abierta al aire y al sol en la falda
del Aventino, muy cerca de la populosa
Cuesta Pública. Se elevaba sobre del
nivel de la calle por dos gradas, y la
entrada estaba enmarcada por grandes
pilastras coronadas de hermosos
capiteles jónicos. En el vestíbulo de
entrada había dos bancos de piedra
donde los visitantes aguardaban
pacientemente a ser recibidos por mi
padre. Las enormes puertas de madera
de encina estaban decoradas con clavos
de cabeza de bronce. En el vestíbulo y
en el corredor se sucedían los
decorados con cornucopias y estatuas.
El atrio servía de distribuidor de las
habitaciones del servicio, cocinas,
baños y comedores de invierno y verano
y era el lugar donde, habitualmente, se
reunía la familia. En el tablinum, al
fondo del atrio, mi padre recibía a las
visitas y guardaba los documentos
particulares y familiares. Al final de la
casa estaba el peristilo, gran espacio
descubierto rodeado de columnas, en
donde había un jardín con una fuente en
el centro. A su alrededor se alineaban
las habitaciones de la familia y era el
sitio más tranquilo.
Por allí corría y jugaba sin
preocuparme de lo que sucedía a mi
alrededor. Aunque mi preceptor me
calificaba de pícara, coqueta,
caprichosa y en algunos casos de
desvergonzada, él, como toda mi
familia, esperaba que me convirtiese en
una exquisita dama de la aristocracia
romana y sus clases y consejos iban
dirigidos en ese sentido.
Soñaba y jugaba a encontrar a un
guapo y apuesto soldado con el que me
casaría y, en mi pequeña silla, esperaba
su regreso al mando de las legiones. Ése
era mi destino y nadie apostaba porque
fuera a cambiar. Nada más lejos de la
realidad. Pronto todo aquello se iba a
desmoronar como un castillo de arena al
que una ola barre despiadada y
sigilosamente.
Una calurosa tarde de primavera sentí
un enorme revuelo. Los criados corrían
nerviosos de un lado para otro. Al poco
tiempo vi salir a mi padre hacia el
vestíbulo. Yo le seguí y aguardé
impaciente para ver lo que sucedía.
Una lujosa silla de mano, llevada por
varios esclavos de raza negra y
precedida de soldados, se había parado
frente a la puerta de mi casa. De ella
bajó alguien al que yo califiqué como
muy importante, aunque no supiera
exactamente quién era.
Mi padre, después de saludarle con
respeto no exento de alguna
familiaridad, lo invitó a pasar.
—¡Salve, César Augusto!
—¡Salve, Livio!
—Algún asunto muy importante debe
traer al césar a mi casa.
—Sí, Livio. Quiero hablar contigo en
privado de un asunto relevante.
Al momento mi padre dio dos
palmadas y los sirvientes, que esperaban
formados a ambos lados del vestíbulo,
se precipitaron hacia el interior para
preparar la estancia donde se iba a
sentar el césar.
Permanecieron hablando largo rato
sobre temas de la administración del
Estado y sobre unos nuevos cargos que
el césar quería nombrar entre los
senadores. Uno de ellos era mi padre.
Después, durante la cena, estuvo
comentando con mi madre su posible
designación. Algunas veces levantaban
la voz, y yo, que jugaba junto al atrio,
volvía la cabeza y miraba
despreocupada cómo discutían de algo
que yo no entendía.
Esa tarde, después de la
conversación y a punto de marcharse, el
césar se fijó en mí, que deambulaba por
el vestíbulo con mi muñeca preferida.
—¿Es ésa tu hija, Livio?
—Sí. La pequeña –afirmó mi padre.
—¿Qué edad tiene?
—Aún no ha cumplido los diez.
—¡Perfecto! –exclamó el césar–.
Será una excelente vestal, si así lo
deseas. Se ha producido una vacante y
dentro de unos días debo elegir una
nueva vestal. ¿Quién mejor que tu hija?
—¡Es un honor para esta casa! –
contestó sorprendido mi padre, quien
añadió–: ¿Pero la Ley Papia no obliga a
que se haga un sorteo entre veinte
candidatas?
El césar, que hacía poco que había
sido proclamado Pontífice Máximo,
soltó unas sonoras carcajadas
acompañadas por un guiño de
complicidad.
—¡Vamos, vamos, Livio! No seas
ingenuo. ¡Claro que se hace el sorteo!
—Entonces… tu visita de hoy era
para conocer a Livia.
—En cierto modo, pues cuando le
dije a Agripa que venía a tu casa a
proponerte como senador del Consejo
del Emperador, me habló muy bien de tu
hija y, efectivamente, cumple con todos
los requisitos. Es de familia patricia.
Vosotros, sus padres, afortunadamente,
vivís los dos. Carece de defecto físico y
aún no ha cumplido los diez años. Es
una perfecta candidata a vestal.
En ese momento mi padre me llamó y,
ajena a lo que me depararía ese
trascendental encuentro, me acerqué
sumisa y expectante hasta ellos.
—Livia, el césar quiere conocerte.
Lo miré indiferente. Luego, él, me
dirigió la palabra.
—¡Hola, Livia! Eres una niña
encantadora, pero es hora de que te
conviertas en una vestal y te consagres a
la diosa Vesta…
Aquellas palabras me sonaron un
tanto extrañas, pero no le di la mayor
importancia. Conforme fueron pasando
los días y mi preceptor me explicó lo
que realmente era una vestal, conocí por
primera vez, en la soledad de mi
habitación, el sabor agridulce de las
lágrimas infinitas.
Durante aquella larga y amarga
semana todos mis sueños se
desvanecieron. Ya no sería la ensoñada
novia de un soldado; ya no sería la
esposa patricia de un general; ya no
sería la madre de preciosos niños con
caritas sonrosadas que jugarían a mi
alrededor. Ni aquella esposa pendiente
del regreso de su marido.
Yo habría brillado en maravillosas
fiestas donde los hombres me habrían
mirado de reojo con deseo incontenible.
Yo habría supervisado con extrema
elegancia las tareas domésticas
encomendadas al servicio. Yo habría
paseado con altivez mi clase por el foro
y habría respondido con gentileza a los
saludos de mis vecinos y amigos. Yo
habría sido una fiel y sumisa esposa. Y
yo podría haber tenido esa tranquila y
madura vejez rodeada de nietos, de paz

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