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Libro PDF Lo que el tiempo olvidó Lorena Franco

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convencido para volver al colegio y cada mañana la niña se levantaba con gran esfuerzo para cumplir con su responsabilidad. Había perdido muchos días de
clase y sus resultados se estaban resintiendo notablemente. A penas comía y había dejado de ser la niña alegre y vivaracha que habían conocido.
-A lo mejor sería buena idea llevarla a un psicólogo, April… no sé. –sugirió John.
-¿Aún no se ha encontrado el Nissan?
-No. Y dudo mucho que podamos localizarlo.
-No puedo sacarme de la cabeza su cara… y sus palabras. Protege a Emily… Emily. John, ¿cómo podía saber su nombre?
-¿Otra vez?
-Sí John, otra vez. Lo que sucedió no sólo ha cambiado la vida de Amy, a mí también me ha afectado. Y mucho.
-Lo único que se me ocurre April, y tú lo sabes igual que yo… es que ese hombre proceda del pasado. ¿Podría ser su padre?
-No creo… Si dices que murió en 1945, sería más mayor que el hombre al que vi. Aquel hombre tendría unos cuarenta años aproximadamente.
-Saltos en el tiempo, April. Saltos en el tiempo.
-¿Y del rostro desfigurado que me dices? –John no supo que responder. Dejó de mirar a April para concentrarse en la baldosa del suelo de la cocina. –No,
no puede ser el padre de Amy… de Emily. –continuó diciendo April más para si misma que para John.
-Decidamos. –dijo John sacando una cerveza de la nevera. -Psicólogo sí o no.
-Llamaré a Laura, es la única psicóloga en la que confío y sé que podrá ayudarla.
-Bien. Por fin hemos entrado en razón. –suspiró John dirigiéndose al salón con su cerveza, donde vería en televisión durante dos horas su concurso
preferido.
April subió a la habitación. Tocó dos veces y abrió. Amy estaba tumbada en su cama abrazada a su osito con la mirada perdida en la ventana, desde donde
sólo podía verse la oscuridad de la noche y el resto de casas iluminadas por dentro.
-¿Puedo sentarme? –preguntó April amablemente. Amy asintió sin dejar de mirar por la ventana. –Amy… lo hemos pasado muy mal, lo sé. Pero la vida
sigue, hay que seguir hacia delante…
-¿Y ese hombre que murió? Murió por mi culpa, mamá. –respondió Amy con lágrimas en los ojos mirando a April.
-No, murió para que tú vivieras. Pero no por tu culpa, fue un accidente, cariño… Y no le gustaría verte así… encerrada en tu cuarto sin ser la niña alegre que
nos encanta a todos.
-Mamá… ¿Crees que todos tenemos un destino escrito? ¿Qué el día de nuestra muerte ya está decidido? –April se sorprendió ante lo que le parecían dos
preguntas maduras que no correspondían a la edad de Amy.
-Sinceramente… creo que sí Amy. Todos tenemos un destino escrito pero nosotros tenemos poder para cambiarlo. No todo tiene que pasar tal y como
estaba preparado… una simple decisión puede cambiarlo todo. Y sobre nuestro día final no lo sé Amy. Supongo que sí, que todos tenemos escrito ese día final desde
que nacemos, pero nos volveríamos locos si lo conociéramos ¿no crees?
-Cuantos misterios tiene la vida… –suspiró Amy.
-Dímelo a mí… –dijo April mirando a la que ya consideraba su hija y recordando una y otra vez, la manera en la que la pequeña llegó a su vida. Mágica,
inesperada… Lo mejor que le había pasado. Pero… ¿era lo mejor que le había podido pasar a Amy? ¿Qué vida hubiera llevado si se hubiera quedado en su buhardilla de
1930? No podía evitar pensar en que tal y como correspondía a su tiempo, Amy sería una anciana de setenta y dos años y no una adorable y preciosa niña de once. –
¿Quieres cenar algo?
-¿Pizza? –la respuesta alegró a April que vio como Amy había cambiado totalmente su expresión por lo mucho que le gustaba la pizza.
Aún había esperanzas de que Amy tras el trágico suceso que vivió, pudiera recuperarse y volver a ser la de siempre. A los dos días, después de salir del
colegio, fueron a la consulta de Laura, la psicóloga amiga de April. Tras una hora de conversación privada con la pequeña, Laura hizo pasar a April a su despacho.
-Amy, ve a recepción con Elisabeth y pídele unos cuantos lápices de colores y papel. Dibuja lo que quieras. –comentó Laura. –April, siéntate por favor.
-¿Qué tal? ¿Cómo la ves?
-No la veo mal. Al menos no tanto por todo lo que me dijiste.
-Hace dos días tuvo un cambio algo repentino… tuvimos una pequeña conversación, cenamos pizza… y al día siguiente volvía a estar bien.
-Suele pasar, estas edades son un tanto bipolares. Pero lo que más me ha extrañado son las cosas que me ha explicado y en todo momento ha evitado hablar
del accidente.
-¿Qué te ha explicado? –preguntó April preocupada. Temía que Amy desvelara su descabellado secreto… algo que nadie podría creer y que de echo, a ella
misma aún le costaba asimilar.
-Ha hablado de mundos. Textualmente ha dicho… –explicó cogiendo una libreta de cuero negro en el que apuntaba frases que le llamaban la atención de sus
pacientes. -…en el mundo del que procedo, las mujeres no llevan pantalones. ¿Por qué llevar pantalones si los vestidos son maravillosos? Y al preguntarle su año de
nacimiento no ha sabido responderme y ha cambiado repentinamente el tema de conversación.
-Mundos… –rió April disimulando. –Estos niños… Menuda imaginación.
-¿Quién es Paul? –la misma pregunta se hacía April.
-Un amigo del colegio.
-¿Del colegio? ¿Seguro?
-Sí. ¿Por?
-No ha mencionado el colegio al hablar de él. Ha hablado de la buhardilla.
-Bueno… le encanta la buhardilla. Puede que se haya inventado un amigo llamado Paul. ¿Recuerdas que tú y yo teníamos una amiga imaginaria llamada
Brenda? –Laura sonrió pero no pareció convencerle la respuesta de April.
-Hacía tiempo que no nos veíamos, April. Ni siquiera me has contado como apareció Amy en tu vida.
-El destino. –respondió April suspirando. Laura la escudriñó con la mirada esperando algo más, pero se limitó a asentir, decidiendo ser discreta y no hacer
más preguntas que parecían incomodar a su amiga de la infancia.
-Bueno, me alegra verte tan bien April. A ver si retomamos el contacto y salimos un día de estos a cenar con nuestros maridos.
-Claro, cuando queráis. –dijo April levantándose y dándole un beso a su amiga.
Al llegar a casa, April le advirtió cariñosamente a Amy una vez más, que sería peligroso explicar la verdad.
-¿No nos creerían? –preguntó Amy inocentemente.
-No nos creerían y… ¡dirían que estamos locas! –bromeó April haciendo cosquillas a su pequeña.
El resto de la tarde fue feliz, intentando olvidar el trágico suceso del mes anterior. Entre cuentos, deberes, dibujos y juegos con los nuevos señor Oso y
señora ricitos. Amy no lo decía pero lo pensaba… April era su mamá preferida.
Por otro lado, April decidió no volver a la consulta de Laura. Era peligroso que su perspicaz amiga psicóloga, le sonsacara la verdad a Amy. Una verdad de la
que ella aún no estaba convencida, porque nunca creyó en la magia. Pero al mirar a su hija y observar fijamente sus preciosos ojos azules, empezó a pensar que sí, que la
magia podía existir en forma de niña y que de algún modo, esa niña llegó a su vida por alguna razón.
Diciembre de 1941
Brooklyn, –Nueva York-
Con la segunda guerra Mundial, el mundo parecía tambalearse. No eran buenos tiempos ni siquiera para las familias acomodadas como lo eran los Lee y los
Stuart. Eran tiempos de miseria, incertidumbre y desolación. Diversos amigos de Paul que se habían alistado en el ejército, murieron el siete de diciembre en el ataque a
Pearl Harbor. Paul estaba desolado y se sentía culpable al no haberse unido a ellos gracias a la poderosa influencia de su padre y por haber decidido quedarse en Nueva
York iniciándose en el partido demócrata de los Estados Unidos. Al fin, el deseo de sus padres se había visto cumplido. Paul se adentraba en el mundo de la política y
se convertiría en un hombre brillante con un prometedor futuro por delante.
-Madre, yo tendría que haber ido con ellos.
-¿Y haber muerto con ellos Paul? ¿Eso te gustaría? No lo hubiera soportado. –respondió Evelyn cansada.
-Soy un cobarde. Eso es lo que soy. –finalizó Paul saliendo de casa dando tras él un portazo.
Paul paseó sin rumbo. Aún buscaba en el rostro de cualquier niña la sonrisa de Emily. Se fue al café en el que solía sentarse cuando necesitaba reflexionar.
Acompañado de una taza de café, a veces leía la prensa y en la mayoría de ocasiones, se limitaba a mirar por la ventana pensativo. Pero ese día, una preciosa joven se
acercó a su mesa y le evitó por un momento, atormentarse a si mismo. Se quedó de pie mirándolo con una pícara sonrisa que marcaba unos infantiles y encantadores
hoyuelos. Tenía unos grandes ojos verdes y su cabello era de un color rojizo llamativo, rizado y cuidado bajo un elegante sombrero. No era demasiado alta, pero tenía
una figura esbelta y delicada; una fragilidad poderosa que encandilaba a todos los jóvenes que conocía y suspiraban por ella.
-Buenas tardes. ¿Puedo sentarme? –preguntó. Su voz era suave y aterciopelada, inspiraba confianza.
-Preferiría estar solo. –respondió Paul seriamente. No era lo que la joven esperaba escuchar y en su rostro se pudo ver la decepción por una negativa, a la
que estaba poco acostumbrada.
-¿Prefiere estar sumido en tristes pensamientos mientras observa por la ventana como la gente viene y va, como ha hecho cada tarde que viene aquí desde
hace años? ¿Qué le preocupa, señor Lee? –Paul la miró fijamente sorprendido. Se vio cautivado por la mirada de la joven y su afable sonrisa en unos bonitos y carnosos
labios pintados de carmín rojo.
-Tome asiento, por favor.
-Gracias.
-¿Cómo sabe mi nombre?
-Paul Lee. Mi hermano es Jack Miller, compañero suyo en el partido.
-Sí, buen hombre.
-Soy una mal educada, no me he presentado. Soy Rachel Miller, encantada de saludarle al fin.
-El placer es mío, señorita Miller. –sonrió Paul. Rachel desprendía luz, esa luz que Paul no tenía desde hacía años.
-Hace tiempo que le observo y al fin he decidido acercarme a hablar con usted. Aunque veo que no le pillo en un buen momento, señor Lee…
-No, no es el mejor momento.
-¿Puedo preguntarle que le ha pasado?
-Amigos míos no han sobrevivido al ataque a Pearl Harbor.
-Lo siento… Y le entiendo muy bien. Dos amigas mías también fueron a la guerra para ayudar, como enfermeras. Están en paradero desconocido aunque ya
sabemos lo que eso significa…
-Lo siento.
-¿Sabe Paul? Creo en el destino… está escrito. Ellas estaban predestinadas a la tragedia al igual que sus amigos en Pearl Harbor. Y los que seguimos vivos,
tenemos una misión.
-¿Ah sí? –se sorprendió Paul ante las místicas palabras de su acompañante.
-Sí. Ser felices. –respondió Rachel seductora, guiñando un ojo.
A partir de ese día, durante todas las frías tardes de diciembre, Rachel y Paul se veían en el café. Charlaban amistosamente y lo que más le gustaba a Paul de
la joven, es que podía hablar con ella de cualquier cosa. Cualquier tema de conversación era adecuado para que ella le diera las respuestas que él necesitaba escuchar. No
era una mujer normal y corriente, no le gustaba regalar los oídos a nadie y en ocasiones, era cruelmente sincera. Aunque con una divertida sonrisa y una dulce mirada,
conquistaba a todo aquel que tropezara con ella y sus duras y sinceras palabras se esfumaban con el viento. Rachel había llegado a la vida de Paul en el momento justo,
cuando él más lo necesitaba. Y con el paso de los días, ambos no pudieron evitar sentir algo especial el uno por el otro, que iba más allá de la amistad. A menudo, Paul
pensaba que Emily hubiera sido muy parecida a Rachel y eso lo entristecía ante la imposibilidad de ver a su amiga de la infancia convertida en toda una mujer.
12 de marzo 1997
Brooklyn, –Nueva York-
Amy cumplía dieciséis años. Había dejado de ser una niña que pasaba las tardes jugando con el señor oso y la señora ricitos, ahora abandonados en la
buhardilla, a ser una guapa adolescente de largas piernas que seguía negándose a vestir con pantalones, rizos dorados y mirada azul rebelde. Todos los chicos del
instituto estaban locos por ella, mientras que las chicas envidiaban su popularidad. Sus notas en el instituto eran excelentes y aunque aún no había decidido qué estudiar
en la universidad, April sabía que su hija haría cosas importantes en su vida.
-Mamá, voy a salir un rato. –dijo Amy mientras bajaba por las escaleras.
-¿Dónde vas?
-Por ahí.
-Amy, ya sabes que me gusta saber donde vas. Y hoy celebramos tu cumpleaños, sé puntual por favor.
-April, no tengo diez años.
April puso los ojos en blanco. Odiaba que Amy la llamara por su nombre. Acto seguido, la adolescente cerró la puerta y se fue. April observó por la ventana, como
su hija giraba la calle hacia la derecha, con lo cual supuso que se iba al café al que tanto le gustaba ir por las tardes después de clase, aunque fuera sola.
Sentarse en una mesita al lado del ventanal del café que conservaba su esplendor de los años veinte, era para Amy algo especial. Volvía a sentirse en la época a la
que realmente pertenecía a pesar de estar totalmente adaptada a finales de los años noventa. Observar a la gente pasar era todo un entretenimiento y un interesante
estudio sociológico para la adolescente. Pero había algo más. Seguía recordando a su amigo Paul e imaginaba estar sentada con él. Nunca lo había olvidado y a menudo,
pensaba en como sería a su edad. Amy era consciente de que Paul en la actualidad sería un hombre mayor en el caso de que estuviera vivo y que los dieciséis hacía años
que los tuvo. Con el tiempo supo con exactitud qué era lo que le había pasado y la importancia de mantenerlo en secreto tal y como desde siempre, le habían advertido
April y John. Para ella, los mejores padres que pudo tener… más incluso que sus padres biológicos, siempre tan ocupados, siempre tan concentrados en las
apariencias… Pero no podía evitar entristecerse por la preocupación de todos en la época que ella conoció, por su desaparición. ¿Habrían más personas como ella?
Suponía que sí y también sabía la suerte que había tenido al encontrar a dos personas que la habían querido y cuidado tanto. April era demasiado sobreprotectora con
ella pero por una razón que Amy no conocía. Ninguna de las dos con los años había olvidado aquel fatídico día en el que un hombre había fallecido para salvar la vida de
Amy. Y sólo April conocía sus últimas palabras… unas palabras que llevaba marcadas desde ese extraño día en el que un desconocido con medio rostro desfigurado,
conocía el secreto de Amy. “Protégela”. Eso había hecho, y lo haría el resto de sus días aunque para eso tuviera que escuchar los reproches de Amy ante su
sobreprotección.
Amy no había vuelto a subir a la buhardilla desde hacía años. Le traía recuerdos que quería borrar para seguir adelante con su nueva vida y no pensar en un
pasado que era muy lejano ya. Como si su vida actual no tuviera nada que ver con la anterior, como si la anterior hubiera muerto con su desaparición. Por otro lado,
temía aquel agujero negro que vio y la atrajo cuando era niña y que fue el responsable de haberla traído a otra época. ¿Era posible volver a los años treinta? ¿Volver a ver
a sus padres? ¿A Paul? Sabía que sí, que seguramente en algún momento podría ver la oportunidad de volver a su época, pero tal vez no haría que viajara a ese pasado
que a veces añoraba. Tal vez no sería nada bueno probarlo. Era joven, rebelde… pero muy precavida y cuidadosa.
Hacía un año que había ido a la biblioteca a investigar qué había sido de Martha y Robert Stuart, sus padres. En un archivo histórico encontró que ambos
fallecieron en 1945 en un accidente automovilístico en Brooklyn, tal y como ya sabía John antes de comprar la casa. Sobre Paul y sus padres no encontró nada.
Le dio un sorbo más a su zumo de naranja cuando Erick, el chico más guapo del instituto, se acercó a ella.
-¡Amy! ¿Qué tal?
-Hola Erick. –saludó la joven sin mucho interés.
-¿Puedo sentarme?
-Como quieras.
-¿Vives por aquí?
-Sí, cerca.
-Yo también. –Amy asintió, como si le molestara su presencia. Erick era muy popular. Sus ojos verdes y su melena castaña conquistaban a todas las
adolescentes, así como un cuerpo joven, fuerte y tonificado gracias al deporte, cualidad que se le daba muy bien. –Hoy es tu cumpleaños ¿verdad?
-¿Cómo lo sabes? –se sorprendió Amy.
-Lo sé todo de ti. –respondió Erick seductor, guiñando un ojo. Amy pensó que en realidad ese chico, no sabía nada de ella.
-Ah… pues muy bien.
-Creo que te he molestado. Mejor me voy a ir.
-Vale.
-Bueno… pues felicidades. –dijo el chico algo cortado ante el comportamiento seco de Amy.
-Gracias.
-Nos vemos en clase.
-Supongo…
Erick se fue mirando de reojo a Amy, que ni siquiera le devolvió la mirada para despedirse. El poco interés que había demostrado hacía él, provocó que no pudiera
evitar sentir una poderosa y adolescente atracción hacia ella. Estaba acostumbrado a que todas bebieran los vientos por él y lo miraran embobadas. Amy era distinta,
jamás lo miraría con ese tipo de interés.
A las ocho de la tarde, Amy decidió ir a casa. Ante el silencio en todas las estancias, subió a la oscura buhardilla. Al entrar, un frío repentino se apoderó de
su cuerpo y se le puso la piel de gallina.
-Menuda sensación. –dijo para sus adentros.
Sus temores se hicieron realidad cuando volvió a ver el agujero negro en la pared. El mismo que la había traído hasta donde se encontraba. Ya habían pasado seis
años. El agujero tenía en su interior un espiral que daba vueltas velozmente sobre si mismo en la oscuridad y desprendía un frío desolador. La luz de la luna entraba por
la ventana del techo e iluminaba el rincón, haciéndolo aún más aterrador y misterioso. Amy no podía apartar su mirada del agujero, como años atrás cuando era una niña
curiosa y aventurera de diez años. Esa niña decidió entrar por curiosidad, aburrimiento y ganas de aventuras… la adolescente de ahora, se moría de ganas por volver a ver
a Paul… aunque fuera una vez más.
A sólo unos metros de ella, estaba la decisión de volver a una vida pasada o quedarse donde estaba. La oscuridad del agujero se adueñaba de su curiosidad una vez
más y se fue acercando sigilosamente a ella más y más…
Agosto de 1942
Wayzata, –Minnesota-
Tras unos meses de intenso trabajo, donde en enero de ese mismo año se firmó la declaración de las Naciones Unidas, Paul y Rachel decidieron darse un
respiro. Huir de las guerras, muertes y miserias que estaban en boca de todo el mundo en la gran ciudad. Pasaron un relajado verano en una preciosa casa de campo de
estilo victoriano con vistas y acceso privado al lago, propiedad de los padres de Rachel en Wayzata, Minnesota. La relación de los jóvenes se afianzaba cada día más y
tanto los Lee como los Miller, estaban entusiasmados con dicha unión. Eso hizo que los Stuart se distanciaran de los padres de Paul, que parecieron olvidar por
completo a la pequeña Emily y los planes que tenían para ellos desde mucho antes de venir al mundo.
El momento preferido de Paul era por la mañana. Aún entre las sábanas, llegaba a la habitación el aroma inconfundible e intenso del café que Rachel
preparaba en la cocina. Paul bajaba al piso de abajo y sin hacer ruido, se acercaba hasta Rachel a abrazarla. Ella sonreía observando como el que creía era el amor de su
vida, desvanecía el nudo mal hecho de su fina bata de seda y colmaba de besos su espalda. Entonces ella se giraba y se rendían a la pasión. Estaban enamorados, sus
miradas los delataban. Pero en algún rincón seguía el fantasma de la niña de rizos dorados y ojos azules como el mar… y la esperanza de verla transformada ya en una
preciosa mujer. Era algo en lo que Rachel pensaba a menudo cuando en ocasiones observaba a Paul con la mirada perdida en las profundidades del lago. Sabía que
pensaba en ella… en lo que pudo haber sido y no fue, en lo que nunca tuvo y siempre deseó. Un futuro con la niña que al igual que el viento, se desvaneció.
-¿En que piensas? –le preguntó una tarde Rachel bebiendo un sorbo de té. Estaban sentados en el porche, rodeado de orquídeas y rosas rojas, con unas
vistas privilegiadas al lago que transmitía calma, mucha calma.
-En que tarde o temprano deberemos volver a la ciudad…
-Sería maravilloso quedarnos aquí, ¿verdad? –comentó Rachel. Aunque la idea era tentadora, Paul pensaba que en ese recóndito y pacífico lugar jamás
tendría la posibilidad de volver a ver a Emily.
-Lo sería, sí… pero la realidad es otra muy distinta.
-¿Quieres seguir en el partido?
-Sí si se hacen las cosas bien, como es debido.
-Entiendo… Paul… –dudó Rachel.
-Dime.
-Algún día… ¿querrás casarte conmigo y tener hijos? –preguntó con una sonrisa en sus labios y el miedo al rechazo en sus ojos. Paul sonrió cabizbajo.
-Claro, Rachel. –respondió sintiendo una inevitable punzada en su corazón. Era algo en lo que había pensado cuando era joven, pero con otra mujer muy
distinta a Rachel. Una mujer que ya no existía. Pero Rachel no necesitaba nada más para ser feliz y estar segura junto a Paul. Sí quería, sí había sido su respuesta. El
resto no importaba.
Los días pasaron a un ritmo lento, pausado… feliz. Dedicaban las mañanas a desayunar tranquilamente y pasear por el pueblo. El cielo siempre estaba
despejado y el ambiente cálido y acogedor de la zona, animaba a cualquiera a no desperdiciar el tiempo encerrado en casa. Por las tardes iban al lago a bañarse y para
finalizar el día, se sentaban en el porche a tomar té o café. Era como estar en un mundo totalmente opuesto al de Brooklyn. Ahí nada malo les podía pasar y ninguna
palabra era motivo para entristecerse aunque la penas fueran las de otras personas.
La extravagante risa y felicidad continua de Rachel era contagiosa y vital, algo que Paul agradecía. Sin ella, hubiera seguido siendo el tipo gris sin luz y sin
optimismo de antes. De eso sólo hacía algo más de un año y gracias a la joven, parecía que nunca hubiera existido un día, en el que Paul era un ser triste y pesimista. A
veces la miraba mientras dormía. Relajada, en calma… le hubiera gustado saber que era lo que soñaba para sonreír de esa manera tan bonita. Incluso dormida, se le
marcaban los encantadores hoyuelos que tanto gustaban a Paul y su salvaje melena rojiza le daba una nota de color a las sosas fundas blancas del cojín… No, ya no
podía imaginar su vida sin ella. Y sí, se había acostumbrado a vivir sin su gran amiga Emily.
12 de marzo 1997
Brooklyn, –Nueva York-
“Un paso… dos pasos… un par de pasos más y ya estás dentro…”; pensaba Amy acercándose cada vez más al agujero negro…
-¡Amy! ¿Qué haces? –preguntó John encendiendo la luz de la buhardilla.
-¡Papá! –Amy volvió a mirar hacia donde estaba el agujero, pero fue como si nunca hubiera existido. Se esfumó. -¿Dónde estabais? –preguntó intentando
disimular.
-Hemos ido un momento a buscar tu pastel… –respondió John desconcertado mirando hacia la pared.
-Venga, pues vamos a celebrar que hoy cumplo…
-¡Dieciséis! –continuó diciendo John riendo.
April había puesto la mesa y preparado la cena preferida de Amy. ¡Bandejas repletas de pizza casera! Madre e hija se fundieron en un abrazo y Amy se
alegró de no haber cruzado el agujero. No podía vivir sin esa mujer y su cariño. A la hora de soplar las dieciséis velas del suculento pastel, Amy sintió de nuevo un
escalofrío. A su mente llegaron imágenes que no había recordado hasta ese momento. A su lado, vio el fantasma de Paul en todas las edades en las que junto a ella,
cogidos de la mano, habían celebrado sus cumpleaños y soplado las velas de sus respectivos pasteles juntos. El silencio y la seriedad de Amy sorprendieron a April y
John.
-Cariño, ¿estás bien? –preguntó John.
-Sí… –respondió Amy volviendo a la realidad y tratando de sonreír.
-Venga, ¡pide tu deseo! ¡Es lo mejor de cumplir años! –exclamó entusiasmada April.
Amy cerró los ojos y pidió su deseo. A continuación, sopló las velas y en la intimidad de su pequeña familia, resonaron entre esas cuatro paredes repletas de
historias, los aplausos por un año más de vida. Imaginó a Paul soplando las velas de sus tartas de cumpleaños a los once, doce, trece, catorce… echándola de menos
también. Sí, había pensado en él a lo largo de esos años… pero no tan intensamente como en ese día y sabía que eso tenía que tener un motivo lógico.
Al día siguiente, Amy volvió a ir a la biblioteca a buscar más información sobre los Stuart y los Lee. Tenía un plan. Una vez más, no encontró nada sobre
los Lee y volvió a leer detalladamente sobre el fatídico accidente automovilístico que acabó con la vida de sus padres biológicos en una fría mañana del diecisiete de
noviembre de 1945 a las cuatro de la tarde. Fue al lado de casa, en el cruce que había entre la Avenida Clermont y Willoughby. El automóvil, moderno y ostentoso para
la época, lo conducía el propio Robert Stuart que disfrutaba estando frente al volante.
Recorrió con su dedo la fotografía de sus padres. En ella, debían tener unos treinta años. El blanco y negro no destacaba el color azul y el brillo de los ojos de su
madre. Tampoco podía verse el color castaño de la melena ondulada que a Amy tanto le gustaba peinar por las noches. Leyó una y otra vez el artículo, especialmente la
parte en la que decía que jamás habían podido superar, especialmente Martha Stuart, la desaparición en extrañas circunstancias de su pequeña hija Emily. Amy quería
llorar, pero en ese momento en el que luchaba contra el nudo en la garganta que le había provocado la emoción de volver a ver a sus padres, aunque fuera en una
fotografía, sus ojos se resistían a demostrarlo con lágrimas. Y eso dolía aún más.
A la seis de la tarde volvió a casa. Sabía que April y John seguían en sus respectivos trabajos y que nada ni

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