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Libro PDF London Julia Soltero Empedernido

London Julia  Soltero Empedernido

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gran éxito de Broadway, El amante
de la hermana de Marty, Leah
Kleinschmidt, una de las protagonistas,
paseaba arriba y abajo por el
apartamento de Michael Raney, tratando
de contener su entusiasmo. Después de
tres meses en cartel, todo el mundo
hablaba de su divertida interpretación
del personaje de la hermana de Marty,
Christine. Los críticos la adoraban.
En consecuencia, su agente había
recibido varias llamadas de Hollywood
y estaba negociando un trato para llevar
el personaje a la pantalla. Después de
muchos años trabajando para tener éxito,
Leah finalmente iba a conseguir lo que
siempre había deseado: una oportunidad
en el cine.
—Bueno, ya sé que una teleserie no
es exactamente una película —decía,
recién levantada, meneando el cepillo
de dientes—. Pero sólo está a un paso,
¿no?
—Claro —afirmó Michael.
Él aún estaba en la cama,
contemplándola ir de un lado para otro
mientras hablaba y se cepillaba los
dientes al mismo tiempo. Quería
recordarla siempre así: radiante y feliz,
con sus azules ojos brillando mientras se
paseaba vestida sólo con una de las
camisas de él y unos calcetines.
—¿Te lo puedes creer? —le
preguntó Leah por enésima vez.
—Sí —contestó Michael, y se
recostó de nuevo en la cama—. Claro
que me lo puedo creer. Eres alucinante.
Ella se echó a reír, tiró el cepillo
de dientes y se abalanzó sobre él.
—¿Ves? Por esto te quiero, Mikey.
Eres tan maravilloso conmigo que hasta
te puedo perdonar tu problema con los
calcetines.
—¡Eh! —protestó él, mirando los
ridículos calcetines que Leah llevaba
puestos—. Yo no tengo ningún problema
con los calcetines, el problema si acaso
lo tienes tú.
—No. Lo que yo tengo son las
ideas muy claras, que es algo totalmente
distinto. Y lo que creo es que los
calcetines deberían estar sólo en tus
pies, en la lavandería o en el cajón —
replicó ella mientras se acurrucaba a su
lado.
—Pero si ni siquiera me concedes
quince segundos de gracia —se quejó él
—. En cuanto tocan el suelo, apareces
de la nada como un nazi exigiéndome
que los ponga en la cesta de la ropa
sucia.
—¡Pues tienes suerte! Todavía no te
he dicho nada de los bóxers —
respondió Leah, y lo mordió en el
cuello.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó
Michael, y automáticamente, su mano
empezó a acariciarle la espalda y la
pierna desnuda.
—Te dejo mi marca, para que sepas
lo mucho que te voy a echar de menos
cuando te vayas.
Ese comentario lo hizo encogerse
por dentro. Leah estaba acostumbrada a
sus ausencias de una semana, o como
mucho de dos, pero no tenía ni idea de
que «para siempre» estaba a la vuelta de
la esquina. Eso era porque, en realidad,
ella no sabía mucho de él.
La joven alzó la cabeza; su rubio
cabello rozó el rostro de Michael,
haciéndole cosquillas.
—¿Cuánto tiempo esta vez? —
preguntó Leah.
Él le puso un mechón de pelo detrás
de la oreja y miró sus brillantes ojos
azules.
—No lo sé, pequeña.
Cada vez se le hacía más difícil
esconder la verdad, porque las
frecuentes ausencias a que lo obligaba
su trabajo se estaban convirtiendo en
una causa de conflicto entre ellos. Y eso,
por muchas razones, a Michael no le
gustaba nada. No le gustaba sentirse
culpable cada vez que se iba. No le
gustaba tener que marcharse. Y, sobre
todo, no le gustaba tener unos
sentimientos tan intensos por Leah
sabiendo que tenía que dejarla.
—¿Más de una semana?
—Seguro que más de una semana.
Gruñendo, apoyó la frente en la de
él.
—¡Estúpidos austriacos! ¿Por qué
no contratan a alguien de allí para que
les controle las finanzas? ¿Por qué
tienes que ser tú?
—No lo sé —contestó Michael,
acariciándole el cabello—. ¿Quizá
porque soy bueno? ¿Y porque hablo
alemán e inglés bastante bien?
—Ya sé, ya sé —suspiró Leah—.
Sólo es que, cuando no estás, te echo de
menos.
—Yo también. —Y era cierto,
realmente la echaba de menos… pero
siempre había tenido la inquietante
sensación de que quizá no la echara de
menos tanto como ella a él, no de una
forma tan visceral. Pero era verdad que
la añoraba… sólo que se enfrascaba en
el trabajo y se olvidaba de los pequeños
detalles. Olvidaba la forma tan
expresiva en que gesticulaba con las
manos al hablar. O cómo fruncía el cejo
cuando estaba tratando de confeccionar
alguna figura con papel, arte que llevaba
estudiando desde hacía un año. O la
manera en que movía los dedos al
despedirse de él todas las mañanas antes
de desaparecer en la boca del metro.
—Y echaré de menos las orquídeas
—añadió Leah, mientras se sentaba de
golpe sobre él a horcajadas.
Michael hacía que le llevasen
orquídeas frescas cada semana sólo para
verla sonreír, porque cuando lo hacía,
toda ella se iluminaba como un árbol de
Navidad. La joven adoraba las
orquídeas. Muchas noches, se sentaba a
la mesa del comedor tratando de
reproducir alguna de las delicadas
flores con el carísimo papel que él le
había regalado.
Leah no tenía tanto talento para la
papiroflexia como para la
interpretación, lo cierto era que se le
daba muy mal. Pero Michael jamás se lo
diría; le seguía comprando papel y ni se
fijaba en los distintos intentos
fracasados que llenaban el apartamento.
—Pero está bien —continuó ella,
acariciándole el pecho—. Esperaré
encantada el gran montón de orquídeas
que me traerás cuando vuelvas.
Michael odiaba la desilusión que
podía captar en sus ojos, odiaba
profundamente verla así. Trató de
sonreír, pero no pudo, y en vez de eso,
le rozó la suave piel del rostro. Ya hacía
nueve meses que eran pareja, y cada vez
la quería más.
Leah sonrió y le acarició el pecho.
Él deslizó las manos por sus
muslos, se las metió por debajo de la
camisa y las subió hasta los pechos.
Ella cerró los ojos mientras
Michael le rozaba los pezones con los
dedos. Con un suave suspiro, se estrechó
contra él, que se incorporó, le
desabrochó rápidamente la camisa y se
la bajó por los hombros.
No era eso lo que Michael había
planeado; no era así como había querido
acabarlo, pero no podía resistirse a ella,
y comenzó a recorrerla con las manos,
tocándole los brazos, acariciándole los
pechos, las caderas, la espalda. La
echaría de menos, echaría de menos su
cuerpo, su alegría, sus suspiros, su
sonrisa.
Le cubrió un pezón con la boca, y
Leah se sujetó de sus hombros para
estabilizarse. Michael movió una mano
hasta el vértice de las piernas de ella,
los dedos adentrándose en su interior.
Esta vez fue él quien gimió; Leah
estaba caliente y húmeda. Michael le
rodeó la cintura con el otro brazo e
intentó acostarla sobre la cama, pero la
chica se rió y resistió.
—Dijiste que esta vez podría estar
arriba —le recordó.
Michael sonrió de medio lado, la
levantó con facilidad y la tumbó de
espaldas.
—Te mentí. Si quieres estar arriba,

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