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Libro PDF Los ángeles de hielo – Toni Hill

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obvia que nadie se molestó en dársela. Él sabía
que debía levantarse, aunque las piernas se
negaban a obedecerle. Necesitaron cuatro guardias
para incorporarlo, y luego retenerlo, porque esos
miembros inertes parecían haber cobrado vida de
repente y actuar por su cuenta, repartiendo
puñetazos y patadas al aire, mientras alguien
dentro de él gritaba con una voz ronca que partía
el alma que no, que no era culpable, que no quería
morir. Que él la amaba y que nunca le habría hecho
daño. Que no tenía ni veinte años.
Las lágrimas se le mezclaban con los mocos y
con la saliva, y más que nunca el padre Robí pensó
que algo estaba mal en este mundo y tuvo que
recordarse que el propio Dios hablaba del ojo por
ojo, aunque la frase sonara absurda ante aquel
chico rubio que casi sacaba espuma por la boca y
que sorprendentemente consiguió zafarse de sus
captores, se echó a sus pies, se agarró a sus
piernas y hundió el rostro en su sotana,
manchándola de lágrimas calientes y sudor frío.
Fueron sus ojos los que vio el sacerdote entonces,
y por primera vez se fijó en que los tenía de un
azul grisáceo. No había forma humana de
separarse de aquel cuerpo joven que lo usaba de
tabla salvavidas, con la desesperación del
náufrago, mientras los guardias, impacientes,
dudaban. Podían golpearlo en la nuca y sacarlo
inconsciente, pero el protocolo de las ejecuciones
no contemplaba esa posibilidad. Esperaron, por
tanto, a que el cura se agachara y le susurrara algo
al oído, que no llegaron a oír. El chico siguió
sollozando, cada vez con menos fuerza, y sus
manos fueron cayendo a los costados, como si ya
estuviera muerto. Los guardias aprovecharon el
momento de flojera para llevárselo, a rastras, un
guiñapo débil y sin voluntad.
El padre Robí caminó tras ellos a distancia y se
obligó a mantener los ojos abiertos mientras aquel
cuerpo desmadejado quedaba por fin fijo en la
silla, erguido por el collar de hierro. Sin querer, se
llevó una mano al alzacuellos para aflojarlo un
poco, un gesto que no pasó desapercibido por uno
de los guardias, que sonrió con sorna. Echó un
vistazo alrededor. Un hombre y una mujer, vestidos
de negro riguroso, contemplaban la escena desde
un rincón del patio. El caballero se mantenía
firme, en pose casi militar, mientras ella, a todas
luces su esposa, se apoyaba en su brazo para no
caer. Tenían que ser los padres de Clarisa Miravé.
El sacerdote intentó cruzar la mirada con la del
hombre, algo imposible ya que la del señor
Miravé estaba fija en el garrote. Centró de nuevo
su atención en el reo y, tras lanzarle un último
mensaje con los labios, respiró hondo,
preparándose para el instante final. Fue entonces
cuando tuvo la molesta sensación de que alguien le
observaba y volvió la cabeza hasta identificar de
quién se trataba. Distinguió a una mujer, vestida
igualmente de negro, aunque no llegó a ver sus
rasgos ya que tenía la cabeza baja, como si
estuviera entregada a sus pensamientos. Lo más
extraño era que se encontraba sola, alejada del
pequeño grupo formado por el alcaide de la
prisión, los padres de la víctima, el abogado que
defendió al reo y un par de caballeros más. No
quiso seguir observándola: sentía que, por respeto
al muchacho que iba a ser ejecutado, estaba
obligado a presenciar su muerte. Sin embargo, el
pecado venial de la curiosidad le hizo lanzar una
última mirada de soslayo, fugaz, tan breve que
luego no habría sabido decir si lo que vio fue real
o un efecto extraño de la tensión del lugar.
Por un instante, la dama levantó la cabeza y sus
labios se abrieron en una carcajada que debería
haber paralizado a todos los presentes y que el
sacerdote notó en sus oídos, como si miles de
agujas se clavaran en ellos. Cerró los ojos, casi
mareado por aquellos pinchazos agudos y
lacerantes. Y en ese momento el dolor fue
sustituido por el chasquido metálico que todos
esperaban, y el boqueo estrangulado de aquel
hombre que poco antes lloraba a sus pies. Fueron
los ojos del sacerdote entonces los que se llenaron
de lágrimas, algo que no le sucedía desde la
muerte de su propia madre, muchos años atrás.
Parpadeó para deshacerlas, algo avergonzado,
intuyendo que aquella tristeza permanecería dentro
de él durante mucho tiempo. Por primera vez
después de una ejecución no consiguió rezar: se
limitó a mover los labios, en una parodia de
oración por la que sabía que debería confesarse
cuando llegara el momento, y así siguió hasta que
el verdugo deshizo el proceso y la cabeza del
joven cayó de lado, doblada en un ángulo
imposible.
Cuando volvió a mirar a su alrededor, con los
ojos enturbiados; la mujer de negro había
desaparecido. No había ni rastro de ella. Los
asistentes se dispersaron deprisa, porque incluso
aquellos que anhelaban ver la muerte del asesino
preferían ahora dejarla atrás y regresar al mundo
de los vivos. El sacerdote se dirigió a uno de los
guardias; le preguntó, alterado, por la presencia de
aquella mujer, por esa risa que todavía, si cerraba
los ojos, retumbaba dentro de su cabeza.
El guardia le miró como si estuviera loco. Y lo
mismo sucedió con el alcaide de la prisión, con el
verdugo y con el abogado del desgraciado reo, que
aún seguía por allí. Nadie había visto a ninguna
mujer, nadie había oído más gemido que el del
asesino Mario Guerrero, que había muerto a las
ocho y cinco de la mañana del 1 de julio de 1914.
Que Dios, en su misericordia, le diera la paz
eterna.
Desazonado, absolutamente perplejo ante unos
recuerdos que no podía fingir no haber vivido, el
cura se santiguó y, entonces sí, se quedó a solas
con el cuerpo del difunto y se entregó al único
consuelo que conocía. Rezó por aquella alma
atormentada y, sin poder evitarlo, rezó también por
la suya propia. Intentó limpiar su conciencia de la
visión, achacarla a la edad o al nerviosismo.
Buscó, como hacía siempre, el consejo de Dios
que, en su sabiduría infinita, traduciría sus
aprensiones en una explicación razonable. Pero
esta vez el Altísimo se negó a ayudarle, y durante
ese día y los muchos que le siguieron, no consiguió
borrar de su mente que, por un instante, le había
visto la cara a la muerte y había oído su espantoso
aullido de bienvenida.
PRIMERA PARTE
Introducción
Barcelona, 1931
Siempre he pensado que hay historias que
merecen ser contadas, dramas humanos que
no pueden perderse en el olvido o la
ignorancia. A lo largo de mi vida he oído
muchos; mis pacientes, o a veces mis
amigos, me los han relatado con la
confianza de que mi boca estará sellada y,
hasta el momento presente, siempre he
cumplido ese acuerdo tácito. Sin embargo,
algo en mí me impulsa ahora a sentarme a
escribir. Quizá sea la edad, o tal vez la
cercanía silenciosa del final, lo que me
empuja a poner por escrito los sucesos que,
en un tiempo de mi vida no tan lejano, me
conmovieron y desasosegaron más que
cualquier otro hecho que haya llegado a mi
conocimiento en mis años de consulta, más
incluso que cualquier relato de ficción
fantasmal ideado con el firme propósito de
provocar inquietud. Éstos suelen causarme
una sonrisa leve y admito que los escucho
con un aire de condescendencia no exento
de ironía. Son pasatiempos banales que
apuntan a nuestros miedos más básicos: la
muerte, la oscuridad, el más allá… Excitan
nuestro Thánatos, como dicen ahora, y en el
fondo nos sirven para confinar esos temores
a un terreno acotado y ficticio, delimitado
por el principio y el final del propio cuento.
Nuestra realidad no se ve afectada por ellos
porque tienden a suceder en lugares
ancestrales, caserones remotos o páramos
desolados donde los fantasmas, seres
caprichosos y al parecer bastante tontos,
eligen morar cuando nada les impediría
hacerlo en cualquier otro lugar de clima más
cálido y compasivo. A su vez, dichos seres
son avistados siempre por transeúntes igual
de necios e imprudentes, que se empeñan en
desoír las advertencias de quienes conocen
la zona, o por doncellas ricas y lánguidas
que se aburren demasiado en sus aposentos.
Es posible que tales relatos logren colarse en
los sueños de algunas personas
impresionables. En mi caso, sólo me cabe
admitir un placer malsano al leerlos u oírlos
contados de viva voz; en cuanto cierro las
páginas del libro o en el mismo momento en
que el narrador marca con un tono
contundente que ha llegado al espeluznante
final, la historia se funde con otras parecidas
en un magma difuso y olvidable. Nunca he
pasado una mala noche, ni he sentido miedo
alguno, después de una sesión de lecturas o
narraciones oscuras. La cena, un cigarro,
una copa de brandy, mis preocupaciones
profesionales… todo conspira luego para
sofocar cualquier atisbo de temor. Y en
cambio, ya desde hace unos años, cuando
apago la luz de mi alcoba y me dispongo a
dormir, debo esforzarme por no recordar las
palabras de Frederic Mayol: su historia
tensa, narrada en el tono crispado de quien
ha visto y sabe demasiado, su inexactitud y,
¿cómo decirlo?, su visión subjetiva y
angustiosa de los hechos que acaecieron en
Barcelona hace ahora quince años, mientras
esa guerra inmensa y cruel asolaba Europa
entera. Un conflicto impensable, inevitable
para algunos porque siempre hay quien
aboga por la fuerza de las armas para
resolver cualquier clase de afrenta, aunque
igualmente deprimente por lo que tuvo de
cruento y de inútil. No es que sea yo quien
deba juzgarlo: los viejos hemos vivido
demasiado para creer en conceptos como
honor, orgullo o patria, y apenas si nos
queda fe en la justicia o, peor aún, en la
humanidad. Lo único que esperamos, y a la
vez tememos, es una vejez tranquila
coronada por una muerte dulce. No, la
guerra es para los jóvenes, en cuya sangre
arden a partes iguales el valor, la estupidez y
el frenesí por cambiar el mundo. Lo veo
ahora, a mis sesenta y seis años, cuando a
mi alrededor la gente se emociona por esta
República que pretende modernizar el país,
un empeño que he apoyado desde un punto
de vista intelectual pero para el que ya no me
quedan fuerzas físicas. Mientras en mi
entorno se habla de laicidad o de sufragio, y
se modifica con muchos aspavientos el color
de la bandera o se discute hasta llegar a las
manos sobre el posible himno, mi mente se
distrae, se zambulle en el pasado, más
interesada en dar coherencia a lo que ya
sucedió que en seguir los vaivenes de un
presente demasiado variable, demasiado
azaroso. La sensatez nunca ha generado
revoluciones, y a mi edad lo ridículo sería no
ser sensato. Es por ello que, estoy
convencido, los viejos debemos escuchar y
callar, escudarnos en nuestros recuerdos y
dejar las decisiones trascendentales a los
jóvenes, que tienen facilidad para obviar los
yerros y celebrar sólo los aciertos. ¿Quién
desea escuchar los consejos razonados de
alguien a quien el futuro ya no va a afectarle?
¿Por qué atender a argumentos precavidos
que se basan en un pasado que está a punto
de perecer? No, es mejor retirarse,
permanecer en una discreta retaguardia y
dedicarse a lo que de verdad le importa a uno
sin molestar a nadie. Y debo decir que, de
todo lo que me ha acaecido en mi ya larga
vida, ninguna historia ha conseguido
alterarme tanto como la que les voy a referir.
Ya cuando la escuché de boca de su narrador
me intranquilizó durante noches enteras, y a
día de hoy, al evocarla, percibo que su efecto
no se ha disipado con el tie

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