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Libro PDF Los apuntes de Malte Laurids Brigge Rainer M. Rilke

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Walter Benjamin que «todas las grandes obras de
la literatura fundan un género o lo liquidan»[1].
No parece descabellado aplicar el mismo rasero
a Los apuntes de Malte Laurids Brigge (1910),
libro con el que Rainer Maria Rilke habría de
marcar una cesura en su producción literaria y
en el que, como en todo gran libro, las mayores
virtudes pueden leerse también como el reverso
amable de sus más acusados defectos.
Como fuere, no deja de ser curioso que la que
está considerada la primera novela moderna en
lengua alemana sea o parezca cualquier cosa
menos una novela. Rilke, de hecho, nunca se
refirió al Malte como a una novela, sino como a
un «libro en prosa». No es que se negara, como
poeta de lo sublime, a bajar al lodazal de la
narración —había publicado ya varios relatos:
Dos historias de Praga (1899) y Las historias del
buen Dios (1900)—, ni tampoco que anduviera
desconectado de lo que hacían y publicaban en
ese género sus contemporáneos —leyó y tradujo
a Gide, leyó y reseñó a Thomas Mann, cuya
primera novela, Los Buddenbrook, le hizo decir
aquello tan manido de que «Hay que apuntarse
sin falta ese nombre»[2]—, sino que más bien
sabía, o intuía, que lo que se había propuesto no
se ajustaba a ninguna de las categorías o
géneros literarios al uso. En realidad, como
refleja una carta enviada a su amiga y confidente
Lou Andreas-Salomé en marzo de 1904, tampoco
él sabía muy bien qué tenía entre manos:
entendía el Malte como una continuación, como
una «especie de segunda parte del Libro del buen
Dios; en estos momentos me hallo inmerso en
ella, sin saber muy bien si, cuándo y hacia dónde
continuará. He sufrido toda clase de problemas,
distracciones e imprevistos que, por más que me
aferre a lo mío, terminan siempre por
descentrarme. Pero tengo que retomarla;
precisamente porque es difícil, confío en que
algún día se convierta en algo, en algo bueno».[3]
II
El 28 de agosto de 1902, poco después de
haberse casado con la escultora Clara Westhoff y
de haber tenido a su única hija, Ruth, Rainer
Maria Rilke llega a París con la intención de
redactar una monografía sobre Rodin. Es esta
primera estancia en París, que se prolongará
hasta el 1 de julio de 1903, la que motivará en
cierto modo la escritura y muchos de los temas
que aparecen en el libro. La tentación de leer el
Malte en clave biográfica es fuerte, pero hay que
ceder a ella con moderación: la primera
anotación del libro está fechada apenas dos
semanas después de la llegada del poeta a París;
la dirección que figura en la cabecera del primer
apunte, rue Touiller, coincide con la de la
habitación que el poeta ocupó unos meses, antes
de mudarse a la rue de l’Abbé-de-l’Epée; Rilke y
Malte tienen la misma edad, ambos han escrito
versos, están muy solos (¿quién no lo está?), son
hipersensibles y sufren una crisis existencial. Es
evidente que hay un fondo de realidad
compartida, pero es tanta la capacidad
imaginativa, es tan imponente la fuerza de la
ficción y de la poesía, que sería un error
limitarse a hacer una lectura meramente
biográfica del libro. Hay un origen real, veraz,
histórico, pero queda superado por la
verosimilitud de la ficción.[4]
El propio Rilke advertía que esta clase de
identificaciones podía mover a engaño. Se diría
incluso que lo incomodaban. En otra carta a Lou,
con fecha de 28 de diciembre de 1911, leemos:
«No necesito respuestas a mis libros, bien que lo
sabes, pero ahora necesito de corazón saber qué
impresión te ha causado a ti éste. La buena de
Ellen Key [una amiga escritora sueca], por
supuesto, me confundió enseguida con Malte y
abandonó la lectura; sólo tú, querida Lou, estás
en situación de distinguir y comprobar si y hasta
qué punto se parece a mí. Si él, que en parte está
hecho de mis peligros, se hunde por así decir en
ellos para ahorrarme a mí el naufragio, o si con
estos apuntes no he hecho más que ceder a la
corriente que me arrastra y me lleva a la deriva.
¿Puedes creer que después de este libro me quedé
como un verdadero superviviente, desorientado
en lo más hondo de mi ser, sin ocupación, sin
nada de lo que ocuparme? Cuanto más avanzaba
en la escritura final, con más fuerza sentía que
iba a ser una cesura indescriptible, una alta
línea divisoria de las aguas, como me gustaba
decir; pero ahora resulta que toda el agua se ha
vertido por la antigua pendiente y yo me hundo
en una sequía que no tiene visos de cambiar»[5].
III
Rilke trabaja en los Apuntes durante casi seis
años y con numerosas interrupciones. Empieza a
redactarlos durante una breve estancia en Roma,
el 8 de febrero de 1904, termina de dictar las
últimas páginas del manuscrito el 27 de enero de
1910 en Leipzig, en casa del editor Anton
Kippenberg, y lee las pruebas de imprenta el 7 de
abril de ese mismo año, de nuevo en Roma. A
primera vista, podría parecer que el largo lapso
de tiempo transcurrido entre el inicio y la
conclusión, así como la inconstancia del autor —
aquejado de crisis recurrentes—, justificaría el
carácter fragmentario del libro, pero nada más
lejos de la realidad. En un principio, como lo
prueba uno de los dos fragmentos descartados
con que habían de abrirse los Apuntes y que se
conservan en la Biblioteca Nacional Suiza,
estaba concebido como una obra mucho más
narrativa. Pese a que algunos de los temas que se
apuntan son los mismos, este comienzo presenta
un carácter mucho más clásico y está narrado,
hecho nada baladí, en tercera persona, con un
estilo más lineal y transparente.
En la misma biblioteca se conserva una nota,
redactada en francés, que describe el plan inicial
de los Apuntes: «M. L. llega a París en el mes de
marzo. Poco después empieza la primavera y lo
arrastra. La primavera de París. Aunque
asustado ya por algunas de estas impresiones,
empieza a abrirse cada vez más. Anota lo que ve.
Pero, al observar, todavía con debilidad, se
concentra interiormente y reencuentra sus
recuerdos lejanos, muchos de los cuales creía
perdidos para siempre (recuerdos de infancia,
recuerdos de viajes). Está inundado de
recuerdos; escribe, está muy atento, percibe
mucho sin darse cuenta. El verano tiene lugar en
el Luxemburgo, a orillas del Sena, en los museos.
Luego llega el otoño. La visita a Rodin, el viaje
al Mont St. Michel (supera a Baudelaire;
comprende el apogeo engañoso en la piedad de
Verlaine y de Wilde) y el salón en el que admira
la exposición de Cézanne hacen que se desarrolle
infinitamente. La sensibilidad sube a un nivel
altísimo; está preparado para llegar a la
comprensión de cosas completamente avanzadas
(Ibsen, Duse, La Dame à la licorne), y es entonces
cuando comienza la crisis trágica que se apodera
de las fuerzas que había acumulado y que lo
arrastran hacia la nada. Y, sin embargo, eso
culmina en una línea ascendente. El final es
como una ascensión oscura hacia un cielo
inacabado. Será mi particular Puerta del
infierno. Habrá que hacer todos los grupos
posibles para poderlos colocar en un vasto
conjunto»[6].
Si bien este proyecto difiere un poco del
resultado final —la sucesión de las estaciones no
marca ningún ritmo en el esquema general; no se
narra la visita a la exposición de Cézanne, no se
alude a Wilde, no hay viaje al Mont St. Michel…
—, contiene un elemento clave que explicaría lo
deslavazado o la aparente falta de cohesión
interna que se aprecia en los setenta y un
fragmentos que lo componen: la mención a La
puerta del infierno, el proyecto escultórico de
Rodin, y la idea de montaje que de ella se
desprende: un conjunto de elementos inacabados
que se ensamblan para dar lugar a una unidad
mayor, menos inacabada de lo que podría

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