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Libro PDF Los últimos momentos de Florence W. Aldridge Tanya Anne Crosby

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Martes, 1 de mayo.
16:35.
Cementerio Magnolia,
Charleston, Carolina del
Sur.
Las flores son
frescas.
Gysophilas y
rosas de un tono
melocotón
aclarado por el sol.
Bien erguidas en la
urna inclinada, aún
no han empezado a
marchitarse a
pesar del calor
bochornoso. Yo no
las he puesto aquí,
pero su visión me
llena de
sentimientos que
no puedo describir
mientras me
inclino para
enderezar la urna
sobre la tumba de
mi hijo.
A mitad de
camino entre las
tumbas de Robert
y Sam, crece una
planta de yuca
cuyas hojas se
mecen suavemente
en la irregular
brisa veraniega.
Eso también es
cosa de Sadie.
Hay una
antigua creencia
geechee según la
cual las yucas
mantienen los
espíritus de los
muertos en su
lugar. Conociendo
a mi querida
amiga, las habrá
plantado para
mantener a Robert
en el sitio al que
pertenece.
Aunque rara
vez hablamos de
ello, sé que Sadie
viene aquí a
menudo, algo de lo
que me siento un
poco culpable,
excepto porque
para cuando llegué
a aceptar la
muerte de mi hijo,
habían pasado
demasiados años.
Había veinticinco
años de hierba y
maleza enredados
sobre su tumba.
Ahora, estoy
adormecida y
sospecho que ya
no sé cómo volver
a la tierra de los
vivos. Esperando
verter lágrimas,
me quedo mirando,
sin parpadear, la
tumba de mi hijo.
No llegan.
Creo que yo
también seré
enterrada aquí. Si
alguien me
preguntara, puede
que no lo
admitiera, pero
casi he acabado
mis asuntos en la
tierra. Cada día
que pasa, mis hijas
se alejan más y
más de mí…
Bueno, por lo
menos este lugar
es agradable.
Las magnolias.
Los robles. El olor
del lodo pendiendo
en el aire.
Si te colocas en
el límite del
cementerio,
mirando hacia las
marismas, se
puede ver el
puente del río
Cooper en la
lejanía,
irguiéndose como
un centinela sobre
el propio río
Cooper.
A pesar de las
derruidas tumbas y
de las lápidas
manchadas por el
liquen que son el
inevitable
recordatorio de la
muerte, no hay un
lugar más sublime
en toda la Tierra
en el que estar,
rodeado de
lánguidos robles
cubiertos de
musgo español.
Todo el cementerio
está rodeado de
marismas repletas
de juncos de
esparto; algo
bueno, diría Sadie.
Mantenía a los
muertos
acorralados, a las
tristes almas
entremezclándose
unas con otras en
un baile macabro.
En la tradición
geechee, el agua
es una frontera
entre el mundo de
los vivos y el de los
muertos. Yo no es
que sepa mucho
del tema
precisamente, pero
el emplazamiento
de la tumba de
Sam… no es un
error.
Descansando
entre su padre
muerto y la parcela
reservada para mí,
su tumba vacía me
separa,
afortunadamente,
de los huesos de
Robert para el
resto de la
eternidad. En vida,
no soportaba que
me tocase. En la
muerte, no podría
soportarlo mucho
más.Y aún con todo,
el cuerpo de Sam
no está aquí. Nada
me une a esta
parcela. En
realidad, no tengo
por qué compartir
este trozo de tierra
a la sombra de un
corcovado roble.
No hay nada que
dicte que yo deba
descansar junto al
resto de mi familia.
Mis padres se
pueden quedar a
Robert. Después
de todo, si me casé
con él fue por mi
madre, para darle
un triunfador al
Tribune.
Ese pobre
bastardo nunca le
produjo a nadie
nada más que
pena.
Tengo que
confesar que venir
hoy aquí ha sido
como una prueba.
Pero según mi
terapeuta, mi
rechazo a visitar el
lugar es debido a
la negación.
Insiste en que mi
“negación” a la
muerte de Sam es
el guardián de
todas mis
emociones. Es,
según la doctora
Braxton, la razón
por la que no
puedo sentir. Es la
razón por la que
mis hijas y yo
estamos
separadas. Es la
razón por la que
parece ser que no
tomo la decisión de
dejar de…
Es probable
que tenga razón.
Es hora.
E l Tribune está
destinado a
perecer. Sin un
milagro, se vendrá
abajo durante el
año. ¿Cómo puedo
insuflarle vida al
periódico cuando
ni yo misma la
tengo?
Una ráfaga de
viento me empuja
el sombrero como
queriendo decir
“venga, circula”.
Ya nadie se
pone sombreros,
pero recuerdo una
época en la que no
se podía caminar
por las calles de
Charleston y no ver
hombres trajeados,
con tirantes y
sombreros de paja
de ala ancha. Ay,
junto con los
sombreros de los
caballeros también
han desaparecido
los buenos
modales. Al igual
que mi coche, soy
un dinosaurio que
vive en la era
equivocada.
Ya basta de
torturarse por hoy.
Además, estoy
sudando como una
puta en una
iglesia. ¿Quizá no
pueda llorar
porque no me
queda nada de
humedad en el
cuerpo?
Regreso al
coche
malhumorada,
marchando
arduamente junto
a tumbas que me
resultan familiares.
Algunos de los
grabados sobre las
lisas lápidas
apenas son
legibles ya. De
camino hacia la
salida, paso junto
a la cámara
provisional, una
parcela para los
muertos del siglo
diecinueve. Las
palabras «cámara
provisional» están
grabadas
prominentemente
sobre el arco de la
entrada, con las
curvadas letras
erosionadas por el
paso del tiempo.
Tras más de ciento
cincuenta años, el
propio edificio se
está
desmoronando por
la falta de
cuidados. Su visión
me da escalofríos,
y me imagino a mí
misma tumbada
sobre uno de los
altares de dentro,
mientras hombres
de pantalones
anchos que les
caen casi hasta las
rodillas esperan
fuera con las palas
en la mano.
¿Estarían aquí
mis hijas dándose
toquecitos en unos
ojos humedecidos?
¿O harían igual
que su madre y
simplemente se
quedarían con la
vista al frente y
ojos medio
vidriosos?
Se me hunden
los tacones en el
barro mientras
cruzo una parcela
de tierra sin
ocupar. Quedan
muy pocas hoy en
día. Las parcelas
que quedan
pertenecen a
aquellos cuyas
familias se
remontan a la
época en la que la
noticia sobre la
Marcha de
Sherman hizo que
las mujeres se
fueran a la cama
con un ataque de
histeria. Ahora el
cementerio alberga
treinta y cinco mil
cuerpos que
incluyen a dos mil
soldados
confederados,
cinco
gobernadores y
cuatro senadores
de los Estados
Unidos, uno de
ellos el senador
Robert Samuel
Aldridge II. Mi
mentiroso, infiel y
egoísta esposo.
Junto al coche,
espío un sedán
oscuro con
cristales tintados
que hay aparcado
detrás de mí en el
camino de acceso.
No estaba ahí
cuando he llegado,
y no lo reconozco,
pero ¿por qué iba a
hacerlo? Después
de todo, es un
cementerio
público, y al ser
uno de los más
antiguos y
prestigiosos de la
ciudad, es muy
visitado por
turistas. Aun así,
echo un vistazo
para ver a dónde
puede haberse ido
su ocupante. Son
pasadas las cinco y
la oficina ya está
cerrada.
No

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