---------------

Libro PDF Martina agitada, no revuelta Olga Salar

http://i.imgbox.com/yERkboh0.jpg

Descargar  Libro PDF Martina agitada, no revuelta  Olga Salar


2. Martina, agitada, no revuelta.
¿Os ha pasado alguna vez que al despertar una mañana habéis descubierto que vuestra vida está patas arriba? Seguramente os habréis acostado pensando que todo
estaba en su sitio, e incluso es probable que fuera el caso, pero entonces el subconsciente en forma de sueño os traiciona y os descoloca por completo. ¿Sí? ¿Os ha
pasado? Pues eso mismo me acaba de suceder a mí, Martina Vega, treintañera, soltera y en busca del hombre capaz de soportarme. Y os aseguro que no es tarea fácil
(preguntádselo a mi jefa y veréis).
Y todo porque mi mente ha decidido soñar con alguien a quien pensaba que ya tenía olvidado. Mi amor platónico, un hombre al que no veo desde hace unos
cinco años, los mismos que hace que dejé de tener contacto con los amigos de la facultad. Lo más gracioso de esta situación es que nunca, jamás, me acuerdo de lo que
sueño: en el mismo instante en que abro los ojos borro cualquier resquicio onírico que pueda albergar mi cabeza. Y, mira tú por dónde, mi mente se atrofia justo en estos
momentos para dejarme un recuerdo que no es precisamente mi favorito. Ni siquiera estaría en la lista de los diez mejores momentos de mi vida; y lo que es peor, hace
que me replantee cómo ha continuado esta.
Después de meditar unos minutos me doy cuenta de que hasta que no consuma el primer café del día no voy a dar con la solución, así que me levanto y me
arrastro hasta la cocina en busca de mi maná diario. El único que
1º) Nunca me falla.
2º) Me endulza la vida (gracias al extra de azúcar).
3º) Es capaz de seguir mi ritmo: tres seguidos sin descansos interminables.
Cuando la cafeína hace su efecto, se me ocurre una idea que puede funcionar. Corro, literalmente, hasta mi despacho y enciendo el ordenador mientras rezo para
que mi amigo haya sucumbido a la llamada de las redes sociales.
Pruebo primero con Twitter, pero no hay rastro de él. Sigo con Facebook, y es ahí donde me aparece una pestañita con su nombre. Tardo cero coma un segundo
en ir hasta su perfil para descubrir que
1º) Está estupendo.
2º) Sigue viviendo en la ciudad.
3º) Está soltero. Ni “comprometido” ni “es complicado”. Soltero a secas.
De momento promete, y mucho. Ahora toca enviarle una solicitud de amistad, pero antes cambio mi foto de perfil y pongo una mía más… Digamos, interesante.
Mientras espero a que me acepte me dedico a ponerme al tanto de su vida; es decir, cotilleo su muro y sus fotografías.
Dos horas después sigo esperando la confirmación de nuestra amistad. Como es sábado me hago la manipedi y me pongo mascarillas en el pelo y en la cara.
Intento no estar pendiente del Facebook, pero mi móvil no me lo pone fácil. Me avisa de cada una de las notificaciones. Saltó del sofá hasta el ordenador cuando veo que
ya somos amigos.
Un instante después me llega un mensaje privado:
Martina, cuánto tiempo. Tenemos que tomarnos unas cervecitas y ponernos al día.
¿Qué tal mañana?
“No es que esté ansiosa, es solo que me alegra reencontrarme con él.”
Dame tu móvil y te llamo.
Mejor te llamo yo, que en casa no hay mucha cobertura.
“¿Y si no me llama después? Mejor voy a lo seguro.”
666999888.
Perfecto, mañana te llamo y nos tomamos algo.
“Seguro, vamos.”
Genial. Un abrazo
“Wow, ¡ya quiere achucharme!”
Un besazo
“Húmedo, caliente y muy, muy largo.”
Y cuando parece que todo se ha solucionado, vuelve a mí la sensación de que mi mundo está patas arriba. ¡Por favor! ¿Qué voy a ponerme mañana?
3. Al pito, pito, gorgorito.
Llega un momento en la vida de toda mujer que pasa de los treinta, en el que hay que tomar una importante decisión. Importante y trascendental, y no me refiero a
escoger entre el rosa palo o el rosa pastel para el color del gloss, que, aunque también es primordial, no es el tema al que me refiero en esta ocasión.
Lo que tengo que decidir, puesto que el método tradicional me ha fallado estrepitosamente, es en qué web debo inscribirme para conocer gente. En la Divinity no
encuentro nada, y aquí sigo con mi gran dilema. Cuanto mayor es la oferta más complicada es la elección, y si hay algo que se me dé mal es tomar decisiones; al menos,
decisiones que me favorezcan. Con las otras soy un hacha. Donde pongo el ojo surge el problema.
Mi última experiencia en ese campo fue cuando redescubrí a Víctor a través del Facebook y decidí salir con él a tomarnos unas cervecitas. Me pasé todo el día
creyendo que por fin la suerte me sonreía. Sin embargo, veinticuatro horas después comprobé que lo único que hace mi buena fortuna es tentarme, poniéndome en los
labios atractivos y musculosos caramelos para descubrir que, en cuanto los pruebo, o están rancios o el sabor que ofrecen no tiene nada que ver conmigo.
Así que, aquí estoy de nuevo, segura de que el príncipe azul existe y que solo me falta dar con él. Y, teniendo en cuenta cómo está el mundo últimamente, estoy
convencida de que el lugar idóneo para buscarlo es en la cola del paro.
Pero antes de llegar a métodos tan radicales voy a probar en las webs para encontrar pareja. Si nos dejamos guiar por los anuncios de la televisión, todo es
facilísimo, y los usuarios no solo son atractivos sino que tienen trabajos interesantes, además de unas vidas tan ocupadas que tienen que recurrir al ligoteo virtual para
encontrar a la pareja perfecta, que además viene garantizada por la ciencia ya que seleccionan a los candidatos más adecuados gracias a una serie de cálculos
matemáticos de compatibilidad. Visto así la cosa promete, y a estas alturas de mi vida las promesas me resultan de lo más atractivas y tentadoras.
Una vez que decido dónde inscribirme comienza la parte complicada. ¿Qué foto pongo de perfil? ¿Me decido por la más realista o me quedo con la foto por
excelencia? Esa que corona mis currículos, mi perfil en las redes sociales, en el WhatsApp… Y no creáis que la cosa termina aquí: ¿aficiones? ¿Se considera ir de
compras una afición? ¿Debería poner que monto a caballo y que juego al pádel? No porque sea cierto, que no lo es, sino porque queda de lo más chic.
¡Pero bueno! Esto parece un examen. ¿Que qué cualidades busco en una pareja? Pues lo que buscamos todos: que sea atractivo, inteligente, bueno en la cama (esa
parte es imprescindible)… ¿Para qué mentir? Y ya puestos, ¿rico? ¿Influyente? ¿Que trabaje en la Divinity?
En resumidas cuentas, todo se reduce a lo mismo: ¿cuánta verdad me puedo permitir para seguir siendo interesante al sexo opuesto y que mi perfil arrase?
Qué complicada es la vida de una soltera. “¡Venga, Martina!”, me animo. Sobre todo sinceridad. Al menos hasta dónde se pueda. Una cosa es ser sincera y otra
tonta de remate.
Tras una lucha denodada con mi conciencia me quedo con la fotografía milagrosa, con el pádel, la inteligencia y la pericia sexual. Añado que soy una de las pocas
afortunadas con trabajo fijo a prueba de recortes, porque soy autónoma, y envío mi perfil a la web seleccionada.
Y es que ya lo decía uno de los filósofos que me martirizó en mis años de instituto, “En el justo medio está la virtud”. O lo que viene a ser lo mismo: “Miente,
pero sin que se note”. Por si acaso, cruzo los dedos.
4. Método infalible.
Método infalible, ¡ja! Y luego ¡ja! Y después más ¡ja!
Mirad cómo me río de su método infalible.
¿Queréis un consejo completamente gratuito? Y os aconsejo que lo aceptéis, porque en esta vida pocas cosas son gratuitas.
¿Preparados? Ahí va: ¡no os fieis de la publicidad! Raras veces cumple lo que ofrece. Aunque claro, si preferís aprenderlo por vosotros mismos…
Lo que sí puedo hacer es contaros mi experiencia con las páginas de citas, que aunque no se puede generalizar, saber de qué va la cosa es una ventaja con la que
contáis.
Pero voy al meollo, que me desvío de lo que importa.
El caso es que me inscribí en la web, como recordaréis, y a las pocas horas comenzaron a llegarme mensajes privados de hombres que, tras haber visto mi perfil,
querían quedar conmigo. Según la política de la web, los hombres que tenían disponible mi perfil eran aquellos que, las fórmulas matemáticas con las que trabajaban,
consideraron que eran o podían ser mi pareja ideal.
Ante semejante respaldo, acepté cenar con dos de ellos. No a la vez, por supuesto. Primero quedé con Manuel y al día siguiente con Jacobo.
Con Manuel aprendí que las personas no son lo que parecen. La fotografía que se había puesto de imagen de perfil en la web era seguramente la que le hicieron
durante la primera comunión, y no lo digo por el traje de marinerito. El tipo que tenía delante pasaba de los cincuenta, eso o era cierto al cien por cien aquello de que
tomar el sol envejece y, no tenía ninguna duda de que Manuel era un adicto a la vitamina D.
¿Cómo podía una persona mentir tanto en un perfil? La pregunta logró que me replanteara reescribir mi curriculum, pero eso es otra historia que ahora no viene
al caso.
Jacobo era tal y como prometía su foto. ¿La pega? No hablaba, solo cabeceaba. Lo que para una mujer a la que le gusta hablar tanto como a mí debería haber sido
una bendición. Lamento deciros que no fue el caso. A la hora de estar hablando conmigo misma comencé a aburrirme soberanamente. Y no porque mi conversación no
sea interesante, ¡ojo! Sino porque yo ya me sabía de carrerilla todas las historias que contaba.
Animándome a mí misma, le di otra oportunidad a la web y esa semana salí con dos tipos nuevos. Huelga decir que la experiencia fue tan traumática como las
dos anteriores. ¿Es que nadie dice la verdad en las webs de citas?
Harta de la tomadura de pelo, me puse en contacto con los encargados de la web para quejarme. Al principio fueron muy amables, alegando que revisarían mi
caso y que harían una selección para mí, pero cuando les dije que no me parecía justo que me cobraran el cargo completo porque no había obtenido los resultados
esperados, la misma chica encantadora que me estaba atendiendo se transformó en una fiera salvaje.
—¿Vas a comisión o algo así? —le pregunté de buenas maneras y a partir de ahí se desató el apocalipsis.
Tras varios gritos en los que no comprendí lo que me decía, acabé por entender que me estaba echando la culpa a mí por no conseguir un chico en su web. ¿Será
posible? ¿Cómo podía culparme a mí de seguir soltera? Eso era lo más cruel y grosero que me hubiera dicho nadie antes.
Ofendida como me sentía, le dije lo que pensaba de ella en su cara, o más bien telefónicamente, y le colgué.
Tardé una hora completa en rellenar el formulario de reclamaciones y dos minutos en darme de baja del servicio. Al final, después de tanto lío regresaba al
método tradicional de buscar pareja en la calle. Una cosa que estaba dispuesta a tolerar era que se equivocaran con los hombres que me enviaban, pero que me echaran a
mí la culpa por no dar con mi pareja ideal… No. Eso sí que no. ¿Quiénes se habían creído que eran, mi madre?
5. ¡Quiero ese pelo!
“Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho nueve y diez. Yo me calmaré, yo me calmaré. Puedo hacerlo. Me calmaré.”
“¡Vamos!”, me animo. Que se note el dineral que te has gastado en el taller de relajación de Víctor, a quien, por cierto, he acabado eliminando del Facebook.
Algún día os contaré el porqué. ¿Os lo había dicho ya, verdad?
Abro y cierro los ojos varias veces, pero lamentablemente la imagen que tengo delante no cambia. Sigo igual.
La peluquera me mira a través del espejo, esperando que diga algo. Ante mi mutismo se decide a hablar.
—Ya tienes el corte que querías.
—¡Humm!
—Es lo que me has pedido —dice a la defensiva—. Un corte pixie.
—En realidad te he pedido el pelo de Charlize Theron —respondo con lentitud, paladeando cada palabra.
—¡Oh! ¿Quieres que te haga también unas mechas rubias? ¿O te tiño por completo?
“¿Perdón, señorita?, ¿me está usted tomando el pelo? Nunca mejor dicho.”
—No exactamente. Lo que quiero es que me quede como a ella. —“¡Que se lo tenga que explicar con lo evidente que es!”.
—Bueno bonita, eso va a ser un poco difícil. Su rostro es casi perfecto…
“¡¿Me acaba de decir lo que creo?!”
Estoy segura de que mi cara le impresiona, porque no tarda más que un segundo en adornar la frase:
—Mujer, ahora tienes que acostumbrarte al pelo corto. Es normal que te veas rara, con la melena tan larga que llevabas. Pero yo te encuentro mucho más joven.
—¿Tú crees? —inquiero arqueando una ceja.
—Con este corte nadie te echará más de treinta y cinco, confía en mí.
“Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho nueve y diez. Yo me calmaré. Puedo hacerlo, tengo que hacerlo… ¡Es que tengo treinta y dos! Uno, dos, tres,
cuatro, cinco, seis, siete, ocho nueve y diez…”
—Claro, teniendo en cuenta que tengo tres años menos.
La veo palidecer para un instante para después convertirse en el arco iris. Su piel adquiere diferentes tonalidades: rojo, azul, verde…
—Déjame esto a mí —dice con determinación.
Se da la vuelta y se mete en el cuartito donde preparan los tintes. Fuerzo el oído para ver si escuchó algún sonido, como el de los golpes de su cabeza contra la
pared que debe estar dándose por bocazas o los sollozos provocados por las lágrimas de culpa que está derramando. Sin embargo, solo escucho el programa Sálvame que
tienen puesto en la televisión y el secador de la señora de al lado.
Cinco minutos después sale con un pincel en la mano y un cuenco.
—Vamos a ver cómo te queda con las mechas. Hasta que no veamos el conjunto no podemos aventurar el resultado.
“A ver, señorita, que no estamos hablando de elecciones. Que lo que quiero es que me haga el pelo de la Charlize Theron. Quiero ese pelo. Punto.”
—Adelante —animo con dignidad.
Una dignidad que me arranca en cuanto me pone un gorro de plástico en la cabeza y comienza a sacarme mechones mientras me arranca más pelos de los que
sabía que tuviera.
Pasa casi una hora en la que rezo todo lo que me sé. Que no es mucho, porque parece que mi cabeza no es capaz de almacenar tanta información y va borrando a
su antojo.
Finalmente me lavan el pelo, y durante unos minutos me relajo y me olvido del desastre que llevo sobre mis hombros.
Vuelvo a sentarme frente al espejo con la toalla envuelta a lo Aladín, solo que a mí me queda mejor. Para qué negarlo.
Estoy a punto de sufrir un colapso cuando el turbante desaparece de mi cabeza y…
—¡Dios! ¡Madre míaaaaaaaaa…!
—¿Qué tal? —me pregunta con cierto temor.
Hasta miedo me da hablarle porque parece acongojadita.
—Me encantaaaaaaaaaaaa. Desde este instante no voy a permitir que nadie más que tú me toque el pelo —le digo con una sonrisa sincera.
Ella parpadea sorprendida para acto seguido sonreír, encantada de tener a una clienta como yo.
Y es que, después de todo, la pobre se lo merece. Charlize Theron a mi lado palidece.
6. El verano que viví peligrosamente.
Todavía no he abierto los ojos y ya sé de antemano que hoy va a ser un día de mierda.
Y no, no soy vidente. Soy reincidente.
Y es que cada año sucede lo mismo: Me paso todo el invierno comiendo lo que me da la gana y cuando llega el primer día de verano, hoy para ser exactos, me da
la neura y me veo lorzas, flaccidez y piel de naranja por todas partes. Y lo peor de este asunto es que he pagado religiosamente la mensualidad del gimnasio que no he
vuelto a pisar desde el día en que fui a apuntarme.
Y sé que la culpa es mía, porque mientras la gente normal está metida en plena operación bikini yo ando degustando las paellas y los cocidos de mi madre, y ni
de lejos me acuerdo de que en unos meses hay que salir a la calle ligerita de ropa. Lo que para algunos y algunas viene siendo su día a día sea la época del año que sea.
—Martina, arriba, que hace un día maravilloso —me animo, fingiendo que no es el peor día del año para mí—. El sol brilla y los pajaritos cantan.
Sin embargo, no logro engañarme del todo y me cuesta media hora más salir de la cama.
Cuando por fin estoy en pie, dispuesta a afrontar el día, me encuentro con un armario lleno de ropa y los eternos dilemas de mi vida: ¿qué me pongo? Al final
me decanto por lo de siempre y decido ponerme a dieta.
Lo que me escuece mucho porque
1º) La horchata de verdad, la de Alboraya, solo se encuentras en las terracitas en esta época del año.
2º) Un verano sin helados es como una pizzería sin pizzas, como un cine sin palomitas, como una hamburguesería sin patatas fritas… Vamos, un sinsentido.
3º) Que la que es impresionante lo es tanto con los kilos de menos como con los de más.
Conclusión: la sociedad apesta.
Después de estar dos horas frente al armario salgo a la calle con vaqueros y camiseta de manga corta. Si no fuera porque es ilegal y me he saltado la operación
bikini, saldría en bragas y sujetador. Porque mira que hace calor este verano, y yo con pantalón largo.
Tras pasar un día de pena, sudando más que Camacho en un partido de la selección española, me doy cuenta de que en este mundo hay gente de todas las clases,
formas y colores, y que la gracia de este mundo reside en la variedad. Y llego a esta conclusión porque soy muy lista, no porque mi amiga Julia, que está más gorda que
yo, está monísima con el vestido que lleva mientras yo me aso a fuego lento en este infierno de asfalto.
Así que, como ya hay muchas mujeres delgadas y perfectas (si no me creéis mirad las revistas de moda, que eso de que hay mucho Photoshop encubierto es
cosa de envidias) no está tan mal que me permita ser yo misma. Porque, como acabo de decidir, tiene que haber de todo en la viña del señor. Y yo no soy perfecta, pero
ando cerca. Seamos claros.
Así que, este año decido que voy a pasar de dietas y voy a disfr

Web del Autor

Pagina Oficial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------