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Libro PDF Maureen Saga Anam Celtic 1 Angy Skay

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Dublín
Corrió por Francis St a todo lo que daban las piernas, su pulso era acelerado, el aire no conseguía llegar a sus pulmones de ninguna manera. Se paró en uno de los
callejones cercanos a la avenida, y al final divisó lo que parecía un aparcamiento de mala muerte. Eran alrededor de las doce de la noche, estaba cerrado y en la calle la
humanidad carecía de ausencia. Saltó la valla que separaba la carretera de la entrada y accedió de manera ágil y veloz al recinto. Sabía que la había cagado, y hasta un
punto que no podía ni imaginarse…
La penumbra llenaba el pequeño f, pero eso no le amilanó ni por un segundo. Estaba acostumbrado a aquello, estaba acostumbrado a vivir en la oscuridad del
mundo. De su bolsillo sacó una pequeña linterna, le bastaba para poder ver el suelo por donde pisaba. Giró su cabeza y por suerte, nadie le seguía, o eso creía…
Unas escaleras de caracol iluminaron sus ojos cuando alzó la vista, corrió de nuevo hacia la pared llena de grafitis donde se encontraban colgadas, el lugar en sí era
deprimente, de barrio mal cuidado y cualquier persona con dos dedos de frente no se atrevería ni por un instante a ir a ese sitio a altas horas de la noche.
Apoyó sus pies en el contenedor, impulsó su cuerpo y con ambas manos se agarró todo lo fuerte que pudo al barrote oxidado, consiguió subir cuatro escalones
cuando una voz profunda le sobresaltó.
—¡Por allí! ¡No puede estar muy lejos! ¡Encontradle ya!
Miró a Frank, una marioneta sin duda de Cathal O’Kennedy, uno de los mayores narcos de Irlanda entre otras cosas, todo lo que hacía era en base a las órdenes de
su jefe,y el ‘‘suyo’’ o por lo menos antes lo era… antes de meterse en el mayor lío de su vida. Una voz suave, femenina y parecida a la de una diablesa encantada le
asustó al escucharla susurrar cerca de su oído.
—Tranquilo… Mick…
Una pistola apretaba su espalda, giró la cara y ahí estaba…
La ‘‘mujer’’, a la cual él le doblaba la edad, pero que sin duda era la más poderosa en todo este asunto, podría matar al resto de ‘‘su’’ banda, y aun así, ella sabría
cómo manejarlo todo mejor que el propio O’Kennedy, su marido.
—¿De quién estás huyendo Mick?
Sonrió con una frialdad que le heló todo los sentidos, esa diosa era mala, la peor… Apretó un poco más la pistola contra su espalda, lo que hizo contestarle.
—¿Qué quieres que te conteste? ¿Por qué no me matas y acabamos con esto de una maldita vez?
El tono de Mick fue demasiado tenaz quizás y eso no le agradó.
—No te pases Mick, no estás en posición de hacerte el gallito conmigo, si te dejo entre esos cuatro —señaló a Frank y a sus tres acompañantes—, no dejarán de ti
ni los huesos.
Sonrió con saña, esta vez más segura de sí misma, siempre se superaba de un modo u otro.
—¿Qué quieres? —preguntó agotado.
Ya no servía de nada intentar huir, ni siquiera se planteaba la opción de intentar desarmar a su contrincante, sería una misión imposible en la que solo uno acabaría
muerto, y ese era Mick sin duda. Con Taragh O’Leany, no se jugaba, no se jugaba de ninguna de las maneras, ya que ella lo controlaba todo, hasta el más mínimo detalle
y para ello, tiempo atrás había sido entrenada.
—Voy a ser muy clara y directa, pero aquí no, viejo amigo… —murmuró sensual.
—¿Entonces?
Tanto misterio empezaba a desesperarle, no sabía con claridad que era lo que quería de él y en cierto modo comenzaba a asustarle los pensamientos que tuviera
esa endemoniada mujer.
—Vas a seguirme sin hacer ni el mínimo ruido, si sigues a mi lado, seguirás con vida, si me traicionas, morirás a manos de mi maravilloso marido.
Esto último lo puntualizó con desdén, cosa que le hizo gracia.
—¿De qué te ríes? —Se enfadó Taragh.
—Hablas de tu marido como si fuera porquería. No entiendo cómo una mujer tan hermosa como tú, se casó con él.
Le miró por encima de sus pestañas sin contestar a su pregunta ‘‘no formulada’’. Sonrió con desdén y dejó caer sus pestañas de la manera más sexy que en la vida
había visto.
—En la vida tienes que saber jugar bien tus cartas, y yo las mías, me las sé de memoria —recalcó esto último palabra por palabra.
Inclinó su cabeza hacia un lado, dejando caer uno de sus mechones morenos por su fino rostro. El humo del cigarro impactó en la cara de Mick, antes de que
pudiera deshacerse de él, así que, lo aspiró por completo. Elevó la mano invitándole a coger un cigarrillo, pero antes de hacerlo, Mick miró el paquete dos veces.
—No voy a matarte —ella puso los ojos en blanco—, te acabo de decir que tengo un maravilloso plan para ti.
El miedo le paralizó de nuevo, esa mujer fuese lo que fuese que tenía pensado, estaba seguro que no era nada bueno. Cogió un cigarro de su misma cajetilla, se lo
puso en los labios, ensuciándolo de un carmín rojo como la sangre y lo encendió con un zipo en el que claramente se leía ‘‘Ireland’’, con los tres colores de la propia
bandera; verde, blanco y naranja.
—¿Haces propaganda de tu tierra? —Se atrevió a bromear.
Expulsó el humo de su garganta, le pasó el cigarro y miró de nuevo a través de sus pestañas con unos ojos nada amigables.
—Es un regalo muy especial, no obstante creo que eso no te incumbe, por lo tanto —chascó su lengua—, se acabaron las explicaciones, andando —sentenció
apuntándole con el arma de nuevo.
Anduvo dirigido por ella durante más de media hora por las calles de Dublín, dando rodeos para que no los encontrara Frank y el resto de la banda. Algo que le
daba que pensar, ya que todo esto quería decir que Taragh tenía un plan secreto que nadie sabía…
Hacía dos días, Mick, traicionó a la que llevaba siendo su familia más de diez años, y por ello, estaba seguro que pagaría las consecuencias de una manera muy
cara…
—¿Qué te ha llevado a hacer todo esto, Mick?
Se interesó ella cuando se subieron a su Ferrari Desierto blanco, un coche que muy pocas personas se podrían permitir, lo cual esto afirmaba más si cabía la
fortuna que amansaba su marido Cathal. Ató sus manos a la espalda y cerró la puerta con una sonrisa deslumbrante. Bordeó el vehículo de manera sensual, dejando que
su gran figura se posara en sus ojos más de lo normal. Su vestido rojo se ceñía a sus curvas a la perfección, parecía una segunda piel, y sus altos tacones negros, dejaban
ver unas espléndidas y fuertes piernas cuidadas al máximo.
—¿Me vas a contestar? O por el contrario piensas observarme hasta desmayarte… —ironizó.
—Supongo que por avaricia.
Contestó Mick, un poco avergonzado por su osadía, nunca se habría atrevido, pero ella le daba esa confianza que quizás con Cathal, o incluso con Frank, le
faltaba hacía dos días.
—Sí, es lo más coherente, ya que robar cuatro millones de euros a un narco no es lo más sensato.
—Lo dices como si no te importara Taragh… —Añadió con sumo cuidado.
—Y no me importa… de momento. Pero lo hará.
Salieron de Dublín en dirección a Malahide, uno de los pueblos en los que la riqueza abundaba por cada esquina. Le extrañó que no se dirigieran a otro sitio, ya que
en esa ciudad era donde ella y su marido residían durante casi todo el año, pero no preguntó, si era para bien o para mal, su vida estaba vendida al mejor postor
igualmente.
Llegaron a una impresionante villa a las afueras de Malahide, en medio del bosque, donde nadie podía oírlos ni saber de su existencia. La música sonaba atroz
desde la vivienda, la gente salía y entraba con copas en la mano, riendo y hablando con las diversas personas que se encontraban en el lugar. Nadie se percató de las
muñecas atadas de Mick, y si lo vieron, lo ignoraron.
—Por aquí.
El tono seco y mordaz de Taragh, le guió hasta unas puertas dobles blancas en un lateral del hall de la casa. Al entrar la música dejó de sonar, para dar paso a un
silencio sepulcral, en el que solo se escuchaban sus respiraciones, sobro todo la de Mick, ya que en cierto modo, estaba aterrado por lo que pudiera llegar a ocurrirle esa
noche.
—Siéntate Mick…
Taragh, caminó hacia la vitrina con elegancia en lo alto de sus tacones, cogió dos vasos redondos con media altura y los llenó con dos hielos, para después verter
un poco de líquido amarillento, lo que supuso que sería el whiskey más caro que habría probado en su vida.
Se sentó con delicadeza y cruzó sus finas y moldeadas piernas, dejando entrever más de la cuenta su piel. En el muslo izquierdo, pudo divisar un tatuaje que le
rodeaba el mismo. Era una bella y fina tira de diferentes símbolos celtas, unidos por un nudo celta en una trenza de tres hilos. Pudo distinguir uno de ellos, el que tenía
primero: La Espiral.
—Bonito tatuaje.
Pegó un sorbo a su bebida bajo su atenta mirada, ella no hablaba, solo le penetraba con sus profundos ojos verdes tan impactantes y bonitos como los prados de
Irlanda. Se atrevió a preguntar de nuevo, no supo por qué, algo en ella le llamaba la atención desde hacía mucho tiempo.
—¿Qué significa?
—La vida eterna.
Mick, miró a ambos lados sin saber qué contestar, y antes de que pudiera decir nada más, ella continúo.
—La Espiral no tiene principio… ni fin… —dejó en el aire las dos últimas palabras.
Mick, no lo entendió. Esperó paciente a que hablara, a que le dijera el motivo de salvarle del propio Frank, que podría haber sido mandado perfectamente por ella
misma. Dio un sorbo a su vaso y levantándose de su asiento le dijo alto y claro.
—Hace un tiempo estuve con tu hijo.
La cara de él fue un asombro inigualable, ¿su… hijo?
—¿Aidan? —Arqueó una ceja.
Ella sonrió de manera vulgar.
—Sí, el mismo. Un poco joven para mí, pero he de reconocer que sabía moverse en la cama.
Su cuerpo se paralizó, incluso todos sus sentidos, no sabía cómo reaccionar, no sabía qué decir. No por el hecho de que Mick quisiera a su hijo por encima de
todo, que no era así, pero tampoco se esperaba algo como esto.
—¿Por… por qué? —Balbuceó como un imbécil.
Se puso ante él, inclinó su cuerpo hacia delante y dejó unas espléndidas vistas de sus pechos ante sus ojos. Apoyó sus manos en los brazos del sillón de
terciopelo en el que se encontraba sentado y clavó sus ojos en los de Mick.
—Si haces lo que tengo pensado para ti… Necesito que alguien cobre tu deuda, si no… cantará demasiado. Ya sabes, tengo que ser discreta…
—¿Le vas a usar?
—No querido… Le vas a usar tú, porque gracias a tu traición, nosotros vamos a tener que cobrar a tu hijo todo el dinero que has robado…
—No te entiendo… —Estaba empezando a confundirle de verdad.
Suspiró un par de veces, hasta que ella se irguió por completo.
—Vas a quedarte con un amplio cargamento de droga, y vas a ir a la cárcel durante un tiempo. Esto no saldrá de aquí, ni nadie más lo sabrá. Cuando salgas,
hablaremos del trato que tenemos pendiente, yo agilizaré todos los trámites para que no cumplas la condena completa.
Él abrió los ojos en su máxima expansión.
—¿Quieres usarme de cebo? —Se ofendió.
—No me hables en ese tono —su voz sonó amenazante.
No dijo ni media palabra más.
—Te preguntarás qué ganas con todo esto, es muy sencillo. —La miró durante un segundo, sus ojos realmente intimidaban y era difícil mantenerle la mirada—. Tu
vida. Tu libertad.
—¿Mi libertad entre rejas? —preguntó él con ironía.
—Las rejas son solo durante un tiempo, si te quedas en la calle, Cathal te matará.
—¿Y qué ganas tú con todo esto?
—Matar a Cathal O’Kennedy.
En ese momento el aire se paralizó en la sala. ¿Matarle? ¿Estaba loca? Era uno de los hombres más importantes en el mundo del narcotráfico en Irlanda, ¿y quería
matarle?
—Taragh…
Le cortó con la mano.
—Sé lo que estoy diciendo, y sé por qué lo hago, no hagas más preguntas.
Giró sobre sus talones y antes de salir por la puerta, le tiró unas llaves; las de las esposas.
—Piénsalo, y cuando termines de hacerlo, coge el teléfono que hay en esa mesita —la señaló—, mañana a las nueve de la mañana alguien te llamará, solo tienes que
descolgar el teléfono y decir si aceptas o no. Una vez termines, rómpelo y tíralo lo más lejos posible de donde te encuentres, y recuerda —le miró sin pestañear y más
seria de lo normal—, nadie puede saber esto. Sí sale de esta habitación, me encargaré de hacer tu vida un auténtico infierno.
—Mi vida ya es un infierno…
—Me da igual si la puta de tu mujer es una alcohólica y el cabrón de tu hijo no quiere ni verte cuando le dejes el marrón. Si para ti ahora mismo es un infierno,
traicióname y verás de cerca el inframundo…
Mick sopesó la idea durante unos segundos. Esa mujer era capaz de eso y de mucho más. Dio un leve portazo al salir, pero la puerta no se llegó a cerrar del todo.
Se bebió el resto del whiskey que tenía entre manos y cuando llegó a la conclusión de que ya era hora de marcharse, algo llamo su atención; gemidos.
Se dirigió hacia la puerta por la que Taragh, había salido y allí estaba, con Frank. Se quedó paralizado, no pudo evitar ver la escena mientras sentía como su
miembro crecía por segundos dentro de sus pantalones. Él también desearía meterse debajo de las faldas de una mujer como ella.
Arqueó la espalda apoyada en la pared, mientras él la devoraba a besos desde su cuello hasta sus pechos cubiertos por un fino y carísimo sujetador de encaje
blanco, en un abrir y cerrar de ojos, Frank desabrochó su cinturón dejando que sus pantalones cayeran a plomo al suelo junto con su ropa interior.
Introdujo dos dedos dentro de su sexo y ella volvió a jadear esta vez más fuerte. Le miró con los ojos de una auténtica loba y cuando él retiró la fina tela de su
tanga, se introdujo en ella de una forma bestial. Taragh, se mordió el labio deseosa de que Frank, continuara con su ataque.
La garganta de Mick se secaba a cada ruda embestida que Frank, arremetía contra ella. Gemidos, gritos y jadeos ahogados se escucharon en toda la estancia, algo
que parecía no querer oír nadie. Cuando menos se lo esperaba, los ojos verdes de Taragh, se posaron en los de Mick, pero algo le impidió irse de allí, acababa de dejarle
claro que la puerta la había dejado intencionadamente abierta.
Sin apartarle la mirada soltó un par de gritos, lo que le confirmó que había llegado al clímax. Segundos después, Mick, con un abultado pantalón, salió de la sala
para dirigirse a su casa, antes de poder hacerlo, alguien le agarró del brazo. Vio una fina y delicada mano, era la suya.
—Te he visto…
—Lo sé… —No le servía de nada esconderse.
Mick se giró y la miró.
—Jamás me hubiese imaginado que estuvieras con Frank…
—Eso es lo que todo el mundo piensa… —Sonrió con malicia.
—Tú y tus planes supongo…
—Ya me vas conociendo, creo que haremos un gran equipo —afirmó.
—¿Qué quieres?
Ella sonrió, esta vez de manera lasciva.
—Quiero comprobar quién es mejor, si el padre, o el hijo…
****
A las 8.40 de la mañana Mick se encontraba sentado en la mesa de la cocina de su casa. Oyó un ruido, y vio aparecer a Kiara, su mujer.
—Buenos días… —murmuró con desgana.
—Mmm… —Gruñó ella más bien.
—¿Dónde está Aidan?
—¡Y yo qué coño sé! ¡Que le den por culo a ese niñato!
Él negó con la cabeza. No sabía en qué día se pudo convertir en su mujer, ni sabía en qué maldito día la dejó tener un hijo, un descarriado de la vida del cual
ninguno de los dos se quisieron hacer cargo, ni darle la educación que merecía, ni a él, ni a su hermana…
—¿Ya vas a beber?
Ella se dirigió a la nevera, sacó una botella de vino y se sirvió en una copa. Todavía estaba borracha de la noche anterior, estaba seguro.
—¿Por qué lo preguntas? ¿Quieres un poco Mick?
—No gracias, prefiero beberme el café.
El móvil que Taragh le dio la noche anterior comenzó a sonar. Se sobresaltó y Kiara también, quién no tardó en soltar un fuerte bufido.
—¡Apaga ese horrible sonido!
Descolgó el teléfono con la clara intención de contestar lo que ya sabía desde ayer.
—Acepto.
1
Asturias, cuatro años antes
Era una fría y lluviosa mañana de enero, aunque no era de extrañar, si nos situamos en un pequeño pueblo de la costa asturiana.
Acabábamos de pasar la fiesta de la Epifanía de los Reyes Magos y el minúsculo tanatorio de la zona estaba atestado.
—Lo siento mucho, mi niña.
—Te acompaño en el sentimiento.
—Pobrecita, la única familia directa que tenía en el pueblo y se le va —se oía cuchichear.
—Tienes otro ángel más que cuida de ti.
—¿Y su padre? ¿No está aquí? —Se oía a otra vecina comentar—. Podría haber venido para estar junto a su hija.
Y así sucesivamente, las vecinas del pueblo, me daban el pésame por la muerte de mi abuela. La mujer que me había criado después de que mi madre me
abandonara, cuando apenas tenía unos meses de vida.
Si tenemos en cuenta que nací, me crie en un pequeño pueblo pesquero de Asturias, y que mi abuela junto a su hermana regentaba el horno del pueblo, era obvio
que la noticia corriera como la pólvora. Todos los vecinos hicieron piña en el cementerio y conocía todos los allí presentes. A todos menos a uno.
Un hombre con traje oscuro, de estatura alta, pelo claro y le calculaba una edad rondando los cincuenta, que no habló con nadie. Permaneció en un rincón y no
hacía más que mirarme. Me podría haber fijado en más gente, pero no, mis ojos se clavaron en él y fue un instinto extraño. Aquella misma tarde salí de dudas en casa.
—Maureen, este es el señor Sheridan y ha venido a hablar contigo —me dijo mi tía Matilde, la hermana de mi abuela.
—Hola, Maureen —se presentó—. Sé que hablas perfectamente inglés y comprenderás lo que voy a decirte.
—Su abuela no quiso que perdiese sus raíces y le inculcó parte de su segunda patria todo lo que pudo —interrumpió mi tía—. En casa todo lo hablamos en inglés.
—Gracias —le lanzó una mirada furtiva, a modo de que no interrumpiera, pero educadamente.
—En fin —volvió a dirigirse a mí—. Como he dicho, tengo que hablar contigo.
Y comenzó a narrarme lo que había venido a decir.
Después del discurso de Sheridan, comprendí que mi destino cambiaría para siempre. Sería un cambio… demasiado radical.
—Estarás muy bien con tu padre —aseguró mi tía, después de escuchar el discurso del Sr. Sheridan.
—Pero apenas le conozco… —le dije extrañada—. ¿Tú lo sabías?
—Sí, tu abuela me lo refirió en su lecho de muerte. ¿Ella no te dijo nada?
—Nunca creí que lo dijera en serio —contesté con la mirada clavada en mis maletas a medio hacer.
—Tú continúas teniendo tu casa aquí en Asturias, pero tu padre está en Irlanda y allí está toda tu familia paterna. Vamos Maureen, —intentó animarme—, tu
padre no es un extraño para ti. Sabes que te quiere y que siempre se preocupó por ti.
—Sí claro, una llamada cada ‘‘X’’ semanas y un Christmas por Navidad con cuatro fotografías de la familia. Tengo un ‘‘súper papá’’ —exclamé irónicamente.
—Sabes que tu padre siempre se preocupó por ti. Míralo del lado bueno; allí tienes más familia que aquí.
—Una familia que he visto tres veces en mi vida. Un padre, unos abuelos, una madrastra que conocí el día de su boda y tres hermanastros. ¡Uf! —Resoplé
fastidiosamente.
—Ya tienes más que yo. Yo solo tenía a tu abuela, a tu madre y algún primo de los alrededores.
—De quien guardo más recuerdo es de la madre de mi padre. Ella vino a visitarme al menos más veces y siempre fue muy cariñosa conmigo. Es la única con la que
tuve contacto directo —recordé tocándome el colgante de hadas, que mi abuela me regaló la última vez que nos vimos. Hice un largo silencio y miré a mi tía—. ¿Me
puedo quedar contigo? —Le supliqué.
—Sabes que no puede ser —se apenó y pasó su mano por mi cabello—. Tu padre te espera, pero a mí me tendrás siempre que me necesites. No dejes de
escribirme —me acarició la cara.
La despedida de mi tía-abuela y mis amistades de Asturias, fue el recuerdo más duro que tuve, a parte de la muerte de mi abuela. Me vi obligada a dejar de ser una
niña que había vivido siempre entre algodones, para dar paso a la adolescencia más madura.
****
Tenía doce años cuando aterricé en el aeropuerto de Cork con el Sr. Sheridan, el abogado de la familia de mi padre. Apenas habían pasado tres días desde que nos
encontramos por primera vez. Recuerdo que al abrirse las puertas de la zona de llegadas, mi padre me esperaba con un ramo de flores en la mano, con su mujer Alison y
sus dos hijos Jake, de cinco años y Molly, de tres.
—Bienvenida —susurró algo cortado.
No sabía cómo reaccionar. Los dos nos quedamos paralizados, mirándonos a los ojos y en aquel momento, parecíamos dos extraños, en lugar de padre e hija.
—¡Por Dios, Seán! Dale el ramo a tu hija —le regañó su mujer poniendo los ojos en blanco y dándole un leve empujón.
—Sí, por supuesto, disculpa. Toma —reaccionó entregándome las flores.
—Gracias.
Fue lo único que se me ocurrió decir, sin apartar la vista de los pétalos blancos y mi primer reflejo fue oler el ramo.
—Bienvenida, ‘‘querida’’ —le costó decir. Aunque en su mirada noté un brillo que jamás olvidaré.
La situación era bastante incómoda y dos opciones se barajaban en mi mente. Una era dar media vuelta y volver a España y la otra que alguien cortara aquella
tensión.—
No hagas caso a tu padre. Para unas cosas es muy atrevido, pero para otras, le cuesta arrancar —intervino Alison—. Bienvenida ‘‘hija’’ —me abrazó.
Aquel ‘‘hija’’ me sonó algo raro, teniendo en cuenta que lo estaba diciendo la mujer que se estaba convirtiendo a partir de aquel momento oficialmente en mi
‘‘madrastra’’. Nunca lo había pensado de aquel modo. Llevaban algo más de siete años casados, había hablado en más de una ocasión con ella por teléfono y ya me
tendría que haber hecho a la idea, pero no era así. Alison era por aquel entonces para mí, tan o más extraña que mi propio padre.
—¿Recuerdas a Jake? —Me sonrió y apoyó su mano en el hombro del niño.
—Sí, claro.
Reaccioné y sonreí tímidamente al ver los ojos azules de aquel niño que me miraba, sin llegar a entender quién era yo.
—Y ella es Molly —presentó a la pequeña pelirroja que guardaba un enorme parecido a mi padre y a la vez a mí misma, cuando tenía su edad—. Darle un abrazo
a vuestra hermana mayor.
Ninguno de los dos reaccionó, simplemente se quedaron embobados mirándome y abrazados a su madre.
—No pasa nada —les excusé.
Para mí también se me hubiera hecho extraño el abrazar a una ‘‘niñata’’, por mucho que mis padres me dijeran que era mi hermana.
—Vamos chicos, es vuestra hermana mayor. No os tendría que extrañar. En casa hablamos mucho de ella —les animó Alison.
—Bueno pues… Creo que mi papel aquí ya no es necesario —informó el Sr. Sheridan—, Maureen, te dejo con tu familia —alargó la mano a mi padre—.
Estaremos en contacto, en cuanto tenga el papeleo listo.
—Muy bien. Gracias, Joe —estrecharon los dos hombres sus manos a modo de ‘‘trato hecho’’—. Pásate cuando quieras por el pub.
El trayecto a casa fue algo extraño. Mi padre estaba muy callado, al contrario que Alison, quien reaccionó por la situación y hablaba por los codos, al notar la
incomodidad del silencio, era cierto que deseaba con todas mis fuerzas que así fuera.
Nos desviamos en una de las calles de St. Patrick St. y el coche paró delante de un pub. El ‘‘Hagarty’s’’ era el pub de mi abuelo, donde trabajaba la familia.
Entramos por una puerta lateral y dejamos las maletas a pie de escalera. Al otro lado de la puerta se oían voces de festejo.
—Sube y te enseñaremos tu habitación —sonrió Alison.
Obedecí, no sin mirar las paredes de papel dibujado en color crema y granate y los escalones de madera, forrados con moqueta rojiza, que sonaban al pisarlos.
Subimos tres pisos, abrió una puerta y allí vi una habitación muy femenina. Constaba de una cama con dosel, un armario blanco, una cómoda a juego, una mesita de
noche del mismo estilo y un escritorio con una silla.
Todo era algo, no sé… infantil no es la palabra, pero quizás, algo juvenil sí que era. Colores rosa pálido, mezclados con blanco roto y algo en rosa más oscuro.
Menos mal que no había nada en fucsia, ni colorines fuertes que hicieran recordar un cuento de princesas Disney.
—¿Te gusta? —preguntó Alison excitada y nerviosa a la vez.
—Sí, está bien —contesté resignándome al mirar alrededor, el escenario que iba a ser parte de mi vida en los próximos años.
—Acondicionamos el desván en dos habitaciones y un baño. Espero que no te moleste, no hay demasiadas habitaciones para cada uno de la casa. John dormía con
Jake hasta ahora, pero se instaló en la habitación de enfrente, hace unas semanas.
—¿John vive aquí? —pregunté extrañada.
—Sí, tu hermano mayor vive ahora con nosotros. Vaya, ahora sí que somos familia numerosa —sonrió, su nerviosismo no cesaba.
John era mi hermano por parte de padre, de una relación anterior a la de mi madre. Tenía dieciséis años, pero no sabía que vivía con ellos. La última vez que le vi
fue para la boda de mi padre con Alison, como a toda la familia. Tenía recuerdos de él, como de todos, por fotografía.
—¿Y él duerme aquí arriba también?
—Sí. Vaya, el desván va a ser ‘‘zona adolescente’’ —volvió a sonreír.
Aquella mujer estaba siendo muy amable conmigo y no sabía qué reacción debía tener yo con ella. Yo era una niña, algo desconfiada, pero me estaba siendo algo
incómodo no agradecerle aquella atención. Sonreí tímidamente sin dejar de mirar toda la habitación. Me acerqué a la mesa de escritorio y vi dos folios con dibujos.
—Jake y Molly quisieron hacerte un dibujo de bienvenida.
—Son muy bonitos, gracias —agradecí sinceramente.
—Bien, será mejor que bajemos al pub y saludemos al resto de la familia. Tu padre está abajo también y estoy segura que tu abuelo querrá verte.
—¿Y la abuela? ¿Está abajo también? —Me interesé.
Tenía buen recuerdo de ella, todo el buen recuerdo que puede tener una nieta que se siente querida por su abuela que viene desde tan lejos para jugar con ella. Mi
abuela Herminia se llevaba a las mil maravillas con ella y más de una vez las había visto conversar animadamente de sus cosas. Tenía su imagen perfectamente grabada
en mi memoria y solía aparecer en las fotos que mi padre me mandaba regularmente. Mi padre siempre me dijo que aparte de tener su mismo nombre, ya de pequeña
apuntaba maneras para tener su mismo carácter.
—Claro que sí —contestó con obviedad.
Aquello me alegró. Fue la ‘‘primera buena noticia’’ que sentí desde que llegué a Cork y tenía ganas de bajar.
—¿Dónde está el baño? —pregunté algo cortada.
—Es esta puerta de al lado. La de enfrente es la de John —me indicó Alison—. Bien, entonces te esperamos abajo. Ya has visto donde está la puerta que
comunica con el pub.
—Sí, gracias. Enseguida bajo.
Entré en aquel minúsculo baño, pero que para dos personas era suficiente. Una taza, un lavabo, un armario y un plato de ducha. ¿Qué más se podía pedir?
Mentí al decir que necesitaba ir al baño. Simplemente era para estar sola y acabar de asimilar todo aquello. Me senté en la taza del váter y hundí mi cara entre mis
rodillas. ‘‘¡Dios! Dame fuerzas para afrontar todo esto’’. En aquel momento noté como una corriente de aire me envolvía los tobillos. Miré las paredes y no había
ninguna rejilla. Supuse que vendría de debajo de la puerta. Volví a suspirar apoyando mi espalda a la pared y oí como un susurro lejano. Era una voz que decía algo que
no podía entender, deduje que sería la música que tendrían abajo o algún tono de un teléfono móvil.
En el recibidor de casa había una puerta de madera vieja abatible, con cristales opacos que comunicaba con el pub y al abrirse, el olor que recordaba de mi infancia
se hizo presente. Aquella mezcla de cerveza, whiskey y madera vieja, me hizo recular en el tiempo. La ley de la prohibición del tabaco dentro de los lugares públicos,
hizo que me faltara ese aroma. No recordaba muy bien la decoración, ni la distribución de la casa, pero el olor de allí dentro era inconfundible.
El pub también había cambiado. La gran barra en el medio, los bancos y los sofás de alrededor del local, lo veía más grande. Supongo que al tener cinco años la
última vez que lo vi, hizo que no tuviera la distribución demasiado definida.
Al primero que vi fue a mi padre hablando con un hombre en la esquina de la barra, junto a él estaba mi abuelo Eoin (Owen), mi tío Brannagh (Brana) y deduje que
el chico que atendía una mesa, era mi hermano John. No vi a mi abuela, a la que busqué entre los allí reunidos. Me sentí algo extraña al ser saludada por tanta gente
desconocida para mí, que allí había reunida. Parte de la familia de mi padre de la que apenas guardaba

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