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Libro PDF Mejor Sole que mal acompañada Martina Minkoff

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empezar y ya parece que esto va de
guasa. “Hola-Sole”, menudo sonsonete.
Y que quede claro que no estoy de
broma y que todo lo que viene a
continuación va muy en serio. O no…
Puedo ser muchas cosas, pero desde
luego seria, lo que se dice seria…
vamos, que Cantinflas a mi lado
parecería la madre superiora de un
convento. Vale, quizá lo que voy a
relatar en estas páginas no sea
precisamente serio, pero sí verídico.
Como diría mi amiga Isa, que aquí entre
nosotros es un poco pija, “lo juro por
Snoopy”. Todo es verdad de pe a pa. ¿Y
cómo empezar? A ver, pruebo de nuevo:
Hola (o “buenos días”, o “buenas
noches”, depende de cuándo estés
comenzando este libro), me llamo
Soledad Solanas. Sí, sí, Soledad
Solanas, ahí es nada. Este nombre tan
“musical”, por decir algo, es cosa, claro
está, de los bromistas de mis padres,
que a graciosos, por decir algo, no les
gana nadie. Ja, ja. Llevo riéndome del
chistecito desde mi más tierna infancia.
Imaginaos la de comentarios jocosos
que tuve que aguantar en el colegio…
Pero no voy a empezar por ahí, que los
años en el colegio de curas fueron un
tostonazo y no hay nada relevante que
comentar. Mejor comenzar, ya que los
he nombrado, por mis santos padres. Sí,
me parece que eso tiene bastante
sentido.
Cuando yo nací mis padres vivían en
Ibiza, en una comuna. O lo que es lo
mismo, entre un grupo de hippies que
con la excusa del amor libre y una
filosofía del no a la violencia, se
dedicaban a mirarse el ombligo, tocar la
guitarra, y los más hacendosos (como mi
madre), a hacer pulseritas con abalorios.
No deja de ser contradictorio que
estando en una comuna a mis padres les
diera por ponerme “Soledad”, algo de lo
que evidentemente carecían (como la
intimidad, la privacidad, o cosas más
triviales como un bote de champú o un
támpax, por poner un ejemplo). Igual me
llamaron así porque algo de soledad era
precisamente lo que echaban en falta, o
igual, como he dicho antes, por darse el
gustazo de hacer una broma de mal gusto
a expensas de un bebé recién nacido,
que no está en condiciones de quejarse o
de llevarles la contraria (cosas de las
que ya me encargué más adelante, sobre
todo en la adolescencia).
Lo de las comunas, para cuando yo
nací (no daré fechas exactas), ya estaba
de capa caída. Imagino que eso de
compartirlo todo con un grupo de
extraños y tener la casa manga por
hombro pronto dejó de tener el encanto
romántico de décadas anteriores. En
unos años, los jóvenes bohemios que
soñaban con un mundo mejor pasaron a
ser, a ojos del resto del mundo, un
puñado de vagos y piojoso (en el mejor
de los casos) o de drogatas y
degenerados (en el peor). Mis padres,
como muchos otros hippies
desencantados, a la primera de cambio
hicieron las maletas (o el petate) y
decidieron que cambiarían los bongos y
abalorios por una lavadora a plazos y
una hipoteca; las sesiones de yoga y
amor tántrico por aburridas tardes de
sábado frente a una tele en tecnicolor.
En definitiva, que al poco de nacer yo a
mis padres les dio por sentar cabeza,
quizá -aunque no creo-, pensando en el
futuro bienestar del bebé que acababan
de traer al mundo en un parto acuático y
a la luz de la luna, para más señas. Y así
nos mudamos a Madrid, donde todavía
vivimos.
Mi padre, gracias a los contactos[1]
de su familia, encontró trabajo en un
bufete de abogados. Sí, sí, el hippie de
melena larga (que he visto fotos)
reconvertido en abogado de la noche a
la mañana, ahí es nada. Es que papá,
antes de hacerse hippie, se sacó la
carrera de derecho, presionado por su
padre, o sea, mi abuelo, que en paz
descanse. Papá, aunque aún le joda
reconocerlo, viene de una familia muy
tradicional, una familia de las de
derechas de toda la vida[2]: mi tía
Petronila, la hermana mayor de mi
padre, es de las que con Alzheimer y
todo aún dice aquello de “con Franco
estas cosas no pasaban” (y que mi padre
no descubra que os he contado esto, que
se llevaría un disgusto). Pero mi abuelo
paterno es el que se lleva la palma en lo
que a ultraderecha se refiere: fue militar
y en la guerra luchó con los nacionales.
En su casa tenía hasta una foto
estrechándole la mano a Franco, una
imagen en blanco y negro que ya
amarilleaba y que, aún no sé por qué, de
pequeña me daba risa y miedo a partes
iguales. Mi abuelo, ya mucho después de
la guerra, se dedicó a otra empresa no
menos magna que acabar con los rojos:
hacer del tarambana de su hijo un
hombre hecho y derecho a toda costa.
De ahí lo de la carrera de derecho. Yo
creo que papá, en cuanto vio una
oportunidad, se hizo hippie más por
llevarle la contraria a mi abuelo que por
otra cosa. La verdad, creo que yo habría
hecho lo mismo.
Una vez en Madrid y estando yo ya
en edad escolar, a mis padres les dio
por meterme en un colegio de curas,
quién iba a decirlo. Eso sí, al menos se
decidieron por los jesuitas, que es la
orden más modernilla, más permisiva y
según dicen hasta con tendencias New
Age[3]. Lo cierto es que los curas, New
Age o no, eran unos pedazos de pan;
algún que otro hijo de puta[4] también
había, pero afortunadamente los que
menos, así que pasé los años de colegio
sin ningún trauma que destacar en estas
páginas. Quedaría muy romántico y muy
de escritor atormentado relatar cómo los
curas nos daban con una vara en el culo,
como he visto en algunas películas, pero
lo cierto es que en el colegio el único
tormento eran las clases de matemáticas,
que nunca se me han dado bien.
Fue por entonces, ya en mi más
tierna infancia, cuando ya me picó el
gusanillo de la moda. Aunque digo
“moda” por decir algo. Me explico: a mi
madre, que de hippie pasó a ser ama de
casa, le dio por sustituir los abalorios
de colores y los hilos de cáñamo por la
máquina de coser y los retales, y me
hacía toda la ropa a mano. Yo debía de
ir al cole hecha un espantajo, pero ni me
daba cuenta, es lo que tiene la inocencia
de la niñez. Al revés: me acuerdo de
estar encantada de la vida agitando
volantes y tules. Además, el dobladillo
de las faldas caseras era tan ancho y
estaba cosido con unas puntadas tan
sueltas que venía fenomenal para
esconder chuletas o notitas que nos
pasábamos en clases. Nunca me
pillaron. Me parece oír de nuevo al
padre Alberto, que nos daba historia (un
auténtico coñazo): “Sole, hija, ¿qué
llevas ahí?”, “¿Yooo? Nada”,
contestaba poniendo cara de inocente.
“Sí, ahí, entre la falda”, “Que no, padre
Alberto, nada de nada”. La
conversación, claro, provocaba la risa
maliciosa de mis compañeros de clase.
A ver quién era el listo que se ponía a
rebuscarme entre los pliegues de las
faldas, y menos un cura, la que se habría
armado. Eso sí, lo de ir hecha un
esperpento con las creaciones de mi
madre también tenía algunos
inconvenientes: los otros niños (que
iban con modelitos del Corte Inglés) a
menudo se reían de mí. Me decían gitana
o me preguntaban dónde había dejado la
caravana del circo. Pero yo desde
pequeñita he tenido mucho carácter, y no
me dejaba amilanar por los comentarios
crueles. Al revés, cuando me llegó como
a todos la edad del pavo, en lugar de
darme por las marquitas o de pedirle a
mi madre que me comprara la ropa en
las tiendas pijas que frecuentaban el
resto de mis compañeros, me afiancé
más en esa imagen estrambótica que mi
madre sin habérselo propuesto me había
forjado. Le pedía más volantes, colores
más chillones, vuelos y holguras más
exagerados y extravagantes. Por si fuera
poco, comencé a usar la vistosa
bisutería que mi madre había usado en
los años hippies, y que guardaba en una
caja de cartón en lo alto del armario.
Debía parecer un árbol de Navidad.
Pero nunca me importó lo que los demás
pensaran de mí. Ni me importa hoy en
día. Si alguna vez provoco algún
comentario jocoso o alguna mirada de
escándalo, hago lo que mejor sé hacer
en esta vida: me río. O como digo muy a
menudo, me parto y me mondo.
Mi madre me enseñó lo básico en el
arte de la costura: pespuntes, remates,
hilvanados, sobrehilados, dobladillos,
ojales… en fin. La madre de mi madre,
o sea, mi abuela, a la que nunca conocí
porque la pobrecilla antes de cumplir el
medio siglo pilló una gripe que se la
llevó al otro barrio, había sido
costurera. Ella se lo enseñó todo a mi
madre aunque esta nunca llegó a ponerlo
en práctica hasta mucho después, porque
como ya he dicho le dio por hacerse
hippie (y una hippie aplicando blondas a
una blusa quedaría, no sé.. muy
burgués). Y yo a mi vez apliqué estos
conocimientos con mi colección de
Barbies y con la Nancy, que molaba más
porque era más grande y no tenía las
tetazas de la Barbie (que hacían más
complicado lo del tema de ajustar mis
patrones a esas medi

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