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Libro PDF Mi error fue confiar en ti Parte 2 Moruena Estríngana

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sayunar. He dormido muy poco,
apenas un par de horas. En realidad, no
he pegado ojo en toda la noche tratando
de escuchar la puerta del cuarto de
Albert. Soy patética.
Me levanto del tocador y, cuando
me giro para coger mi chaqueta, veo a
Albert en medio de mi habitación. Lo
contemplo impasible, hasta que me
acuerdo de con quién ha pasado la noche
y pongo mala cara.
—Vaya, no esperaba este
recibimiento después de lo que ocurrió
en el jardín.
—¿Te refieres a nuestro
insignificante beso?
Albert se tensa y luego sonríe.
—Insignificante…, bueno, defínelo
como quieras, sé que te gustó.
—No deberías preocuparte de si
me gustó o no —Me pongo la chaqueta y
voy hacia la puerta—. Solo de si le
gustan a tu amante. Al fin y al cabo,
nunca tendrás eso de mí.
Abro la puerta, pero Albert la
cierra de un golpe.
—¿Qué amante?
—Oh, no te hagas el tonto. Sé muy
bien que has pasado la noche con ella.
—¿Con Analisa? —No digo nada,
pero mi silencio responde por mí. Él se
ríe—. Tú sueñas. No he dormido con
esa víbora.
—Me da igual con quién estuviste,
pero podrías no mentirme a la cara.
Intento abrir la puerta de nuevo y
Albert la vuelve a cerrar.
—Cierto, ni a ti debería importarte
ni yo tengo por qué darte explicaciones,
pero no me he acostado con nadie desde
que nos casamos, y te aseguro que eso
me pone de muy mal humor. ¿Acaso no
se me nota?
—¿Y cuándo no estás de mal
humor?
Lo miro y no puedo evitar sonreír,
pues la noticia me ha agradado y por su
forma de decirlo sé que es verdad; como
si a él mismo le costara creerse que no
me haya sido infiel.
—A veces —me contesta con el
ceño fruncido.
Albert se aparta y me abre la
puerta.—
Las marquesas primero.
Salgo y él lo hace detrás de mí;
luego cierra la puerta y posa mi mano
sobre su brazo.
—Estás muy bonita esta mañana —
me susurra al oído antes de iniciar la
marcha, haciendo que me sonroje.
Sonrío para mis adentros, pues he
sentido que lo decía de verdad, y
también porque, como me dijo ayer el
padre de Jenna, podría haber sido peor.
De acuerdo, estoy en riesgo de perder
mi corazón porque sé que, haga lo que
haga, es una batalla perdida. Pero a
pesar de ello, prefiero mil veces estar
casada con Albert que haber acabado en
manos del conde. Mi vida hubiera sido
un infierno.
Con ese pensamiento positivo sigo
a Albert, mientras siento que parte de la
tensión que tengo siempre a su lado se
disipa. Aun así, no debo dejar de ser
prudente. Todo esto, las galanterías, los
piropos, es fingido, no es más que pose
para él. Espero no sufrir demasiado.
ALBERT
Observo a Bianca hablar con la
marquesa de Greanplace.
Hemos terminado de desayunar y
ahora estamos en un balcón acristalado.
Yo estoy un poco alejado de esa panda
de cotillas, junto a la mesa de bebidas.
No suelo beber, pero desde el beso de
anoche con Bianca, parece que el
alcohol es lo único que me calma. Me
gustó. A decir verdad, me gustó
mucho… ¡Maldita sea, nunca he sentido
eso con un beso! Me desconcierta y me
hace sentir incómodo, pues no paro de
pensar en cuándo podré volver a
besarla, y eso no entraba en mis planes.
Sabía, desde que me enrollé con ella,
que sus labios creaban adicción, pero
anoche sentí que Bianca se entregaba a
mí sin reservas, que ponía todo su
corazón en ese beso. Hubo una conexión
única entre nosotros.
Me paso la mano por el pelo,
molesto por mis pensamientos, y tomo
una de las copas que hay en la mesa.
—No deberías beber tan temprano.
Además, ¿no tenías reunión con tu
padre? Me giro al oír la voz del marqués
de Greanplace.
—Han preferido que no fuera.
—Ellos se lo pierden. Yo nunca
dejaría que estuvieras fuera. Tienes una
mente excelente para los negocios.
Sonrío en silencio. Siempre me he
sentido halagado con los comentarios de
George. Cuando era más joven, mi padre
me hizo trabajar con el marqués para
que aprendiera a llevar una empresa.
Nunca entendí por qué no me quiso
enseñar él mismo, pero lo cierto es que
se lo agradezco. Con George me
encontraba a gusto, me hacía sentir que
yo podía llegar a ser tan buen
empresario como él.
—Supongo que ellos tienen una
opinión distinta de mí.
George se ríe.
—Es una lástima que no quieras
asociarte conmigo. Haríamos un buen
equipo. —Me sonríe con calidez. No es
la primera vez que me lo propone, pero
no dejaría a mi padre por nada del
mundo. Me gusta creer que él me
necesita a su lado, aunque nunca lo
demuestre, por lo que desecho la idea en
cuanto llega y sigo concentrado en la
conversación con George.
—Bianca es una buena chica. La
conozco desde que era casi un bebé.
Ella y mi hija Jenna eran muy amigas, al
menos hasta que cumplieron los doce
años. Desde entonces, los padres de
Bianca ya no dejaron que se relacionara
con nadie. Esa niña ha vivido en una
cárcel.
Lo miro sorprendido. No sabía que
también le hubieran prohibido a Bianca
tener amigos.
—Su padre quería que se
concentrara únicamente en Liam. Decía
que las amistades no aportaban nada
bueno, y menos la de mi hija. Jenna
siempre ha sido una muchacha muy
fantasiosa y alegre, y el duque siempre
temió que le metiera a Bianca ideas
románticas en la cabeza.
—Qué desgraciado.
—Y no lo niego, pero mejor
guárdate esa opinión para cuando no
estés rodeado de tanta gente. Ahora es tu
suegro y sé que tu padre está haciendo
negocios con él.
Miro a mi alrededor.
Afortunadamente, nadie nos ha
escuchado, pero George tiene razón.
Siempre ha sido muy prudente.
—Intuyo que no estáis tan
enamorados como queréis hacer creer a
todo el mundo —continúa—, pero sé
que, si te lo propusieras, podrías llegar
a quererla.
—No es mi intención —le
respondo, confirmando sus
suposiciones.
—Ni lo pretendo. Pero ya estáis
casados. ¿Qué hay de malo en amar a tu
esposa?
Pienso en sus palabras pero
enseguida niego con la cabeza.
—El amor no entra en mis planes.
—Me apena oír eso. Bianca es una
de esas personas que, cuando quieren, lo
hacen para toda la vida. Hace años que
no ve a mi hija Jenna y, sin embargo,
cada vez que me pregunta por ella
todavía veo en sus ojos lo mucho que la
echa de menos.
—Ahora pueden volver a ser
amigas.—
Eso espero. Jenna es muy dulce,
pero no tiene muchos amigos. No es
como los demás…
—¿Sigue siendo esa niña pecosa
con esos grandes ojos verdes?
—Sí, y sigue llevando sus trenzas.
—Su padre sonríe con cariño. George
siempre ha sentido debilidad por sus
hijas—. Ahora quiere trabajar; dice que
así tendrá dinero para sus caprichos.
Como si yo no pudiera dárselo, pero así
es ella.—
Y tú vas a dejar que lo haga.
—Por supuesto. Quiere cuidar
niños. Eso no hará mal a nadie y, aunque
lo hiciera, no me importa. Lo único que
deseo es que ella sea feliz.
Como siempre que hablo con
George de sus hijas, me pregunto por
qué mi padre nunca ha mostrado ese
cariño por mí.
—Voy a ir a dar un paseo —
comento incómodo por lo que se ha
removido dentro de mí.
—Antes de que te vayas. —George
mira a un lado y a otro—. Ten cuidado
con el conde. —No hace falta que diga a
qué conde se refiere—. Anoche vi salir
a Bianca al jardín, y luego a ti…, aunque
regresaste enseguida con Analisa. A
saber qué quería esa…
—¿Y qué crees que quería?
—Muchacho, deberías dejarte de
líos de faldas.
—Le dije que se podía ir al
infierno.
George asiente en señal de
aprobación.
—Bien. Pues a lo que iba. Al poco
de salir tú, vi al conde ir detrás de
Bianca. —Me tenso—. Yo dudé un
momento, pero finalmente fui tras él; no
me fío de ese hombre. Caminé por el
jardín llamando a Bianca y al poco ella
vino hacia mí. Tenía la cara
descompuesta y estaba pálida. No creo
que llegase a pasar nada, pero ese
pervertido va rumoreando por ahí que
acabará por meterse en las faldas de
Bianca. Que se quedó sin probarla por
tu culpa…
Lleno de rabia, aprieto los puños y
echo a andar, pero George me detiene:
—No hagas ninguna locura. Si te lo
he contado es para que no la dejes sola.
A tu padre y a tu suegro les interesa esa
alianza con el conde…
—¡Al infierno con la alianza!
Lo digo más alto de lo debido y
siento la mirada de varias personas
sobre mí.
—Albert, cálmate, estás llamando
la atención…
—Es hora de que entre en esa
reunión. Se me está haciendo tarde.
Salgo de aquí dominado por la
furia. Debería controlarme, pero no
puedo. No puedo pasar por alto el que
ese desgraciado molestara a Bianca, y
menos aún que vaya diciendo eso de ella
por ahí. Ni siquiera me paro a pensar si
mi cólera se debe a mi posición de
marido ofendido o a algo más. Ahora
mismo solo tengo en mente decirle
cuatro cosas a ese cretino. Y me
importan bien poco las consecuencias.
BIANCA
Veo a Albert salir enfurecido tras
su grito y, disculpándome con la
marquesa de Greanplace, voy tras él.
Pese a que camino lo más rápido que
puedo no consigo alcanzarle, pero lo
veo entrar en la biblioteca y cerrar la
puerta, o esa era su intención, porque se
queda entornada. Dudo si entrar o no y
al final decido escuchar tras la puerta
mirando por el resquicio de esta.
—Albert, has interrumpido la
reunión. Te ruego que vuelvas luego —
le dice su padre claramente molesto.
—No pienso volver luego. Tengo
un asunto que aclarar con el conde.
Me tenso al oír eso y veo que el
conde Cypres lo mira con una sonrisa
sarcástica. No es posible que Albert
sepa lo de anoche…, ¿o sí? Enseguida
caigo en la cuenta de que estaba
hablando con George. ¿Qué le habrá
dicho?—
No creo que haya que aclarar
nada. Además, estamos en una reunión
importante. —El conde recalca lo de
«importante», pero Albert va hacia él y
lo coge de la camisa.
—Es más importante lo que vengo
a decirte.
—¡Albert! ¿Te has vuelto loco?
¿Qué clase de desaire es este? —
exclama mi padre levantándose para
separarlos.
—Este desgraciado ha molestado a
Bianca.
Me llevo la mano al corazón y noto
como golpea con fuerza en el pecho. No
puedo creer que Albert esté haciendo
esto por mí.
—Bueno, ella ya sabe cuidarse. No

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