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Libro PDF Mi refugio Sophie Saint Rose

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Welton estaba sola en su casa y no había
signos de haber forzado la cerradura. —
dijo el presentador aparentando pena—
Según fuentes policiales, seguramente
fue atacada por un conocido. —en ese
momento apareció en la imagen una
mujer en la calle que lloraba —No sé
cómo ha podido ocurrir algo así. Era
una chica encantadora. — leyó en el
letrero de debajo de su nombre que era
su jefa en un restaurante — Siempre
puntual y no se llevaba mal con nadie.
Ni siquiera tenía novio. — Allisa sintió
que se erizaba la piel.
Nerviosa subió el volumen de la
tele, pero el reportero empezó a hablar
de un incendio en la zona baja de la
ciudad. Cambió de canal a toda prisa,
pero no vio ninguna noticia relacionada
con el caso, así que corrió hacia el
ordenador. Introdujo su nombre, Allisa
Welton y salieron un montón de
personas que se llamaban así. Jadeó
sorprendida porque muchas estaban en
las redes sociales. Vio la noticia y
pinchó encima.
Al parecer la chica había salido de
trabajar como todos los días a las ocho
y apareció muerta al día siguiente,
cuando una vecina llamó a la puerta
viendo que estaba abierta. “Pobre
vecina, menudo susto” pensó buscando
más noticias. Al parecer buscaban entre
sus conocidos, pero no tenían ninguna
pista. Nerviosa se levantó y marcó el
número de su contacto.
— ¿Diga?
—Soy Elisa Winston. — dijo
aparentando tranquilidad.
—Elisa, qué sorpresa. ¿Me llamas
por la invitación a la fiesta?
Eso indicaba que no podía hablar,
así que colgó el teléfono. Cinco minutos
después le sonaba el móvil— ¿Diga?
—¿Qué coño pasa ahora? ¿No te
gusta tu nuevo trabajo?
—¡Han matado a una que se llama
como yo!
—¿Y qué tiene que ver contigo?
¡Tú eres Elisa Winston, así que deja de
dar el coñazo porque nadie sabe dónde
estás!
—¡No le parece raro?
—¿Sabes cuántas personas se
llaman como tú en este país?
Miró la pantalla del ordenador —
Veintiséis que yo sepa.
—¡Pues eso!
Le colgó el teléfono y lo miró
atónita— ¡Maldito gilipollas burócrata
de las narices!
Un golpe en la pared la puso de los
nervios— ¡Sí, ya me callo!
—¡Estoy viendo la telenovela! —
gritó la cacatúa de la vecina, que
siempre tenía algo que ver en la tele.
Miró su reloj y corrió hacia su
bolso, cerrando de un portazo porque
llegaba tarde a trabajar. Cuando llegó al
restaurante donde trabajaba en Seattle,
sonrió al pinche de la que pasaba al
vestuario. Se puso sus pantalones
blancos con la casaca a juego y recogió
sus rizos pelirrojos en una cola alta,
antes de ponerse el gorro de chef.
En cuanto entró en la cocina y vio
lo que estaba haciendo el repostero
jadeó asombrada corriendo, para ir a
ver los profiteroles cubiertos de
caramelo, haciéndole mil preguntas
sobre cómo los había hecho y
olvidándose de todo lo que había
pasado esa tarde.
Una semana después salía de su
turno de las comidas, cuando uno de los
camareros dejaba el periódico sobre la
barra antes de ponerse a trabajar— ¿Ya
te vas? —le preguntó mirándola con
envida.
—Sí y hasta el lunes estoy libre.
¿Puedo llevarme el periódico?
—Claro, disfruta tú que puedes.
Lo cogió sonriendo y salió muy
contenta porque tenía cuatro días de
descanso. De la que volvía a casa hizo
la compra y compró fresas para hacer
helado casero. Cuando llegó se dio una
ducha rápida y con un pijama corto fue
hasta la encimera para guardar las
cosas. Abrió la nevera para guardar las
fresas, cuando se le cayó el periódico
sobre el suelo. Lo recogió y se quedó
sin aliento al ver una noticia en la
esquina de la primera página. A toda
prisa lo levantó del suelo leyendo.
Asesinada otra Allisa Welton en los
Ángeles, página tres.
Abrió la página tres a toda prisa y
vio una foto de la casa de la chica,
rodeada por un cordón policial.
Llamaban al asesino Terminator, como
en la película, porque asesinaba a
mujeres del mismo nombre. Al parecer
la mujer fue encontrada en su casa,
degollada de la misma manera que la
anterior. También abrió la puerta a su
asesino y no había señales de lucha en la
casa. Tiró el periódico furiosa y fue
hasta el teléfono marcando a toda prisa.
— ¿Diga?
—¿Por qué no me han avisado? —
gritó furiosa.
—No tiene nada que ver contigo.
— respondió con aburrimiento.
— ¿Están matando a mujeres que
se llaman como yo y no tiene que
ver conmigo, incompetente de
mierda?
—Tú cierra el pico y no te pasará
nada. — dijo antes de colgar.
Se pasó una mano por su cabello,
mirando alrededor sin saber qué hacer.
Tarde o temprano la encontrarían.
“Maldito el día en que fue a esa
peluquería”, pensó para sí. Miró el
teléfono e hizo lo único que podía hacer.
Llamar a su primo. Él había sido quien
le había buscado la ayuda la vez anterior
y lo volvería a hacer.
Sonaron tres tonos y su primo dijo
— Welton.
—Soy yo.
Su primo colgó el teléfono a toda
prisa y gimió desesperada dejándose
caer en el sofá. No sabía qué iba a hacer
ahora. ¿Tenía que ir al banco a sacar el
dinero y huir? ¿Pero a dónde iba a ir?
Tenía la documentación falsa que le
habían dado los de protección de
testigos, pero en cuanto se enteraran los
que la buscaban, que se llamaba Elisa
Winston, estaba perdida.
Sonó el teléfono y lo cogió a toda
prisa al ver que era un número
desconocido— ¿Diga?
—Menos mal que has llamado.
Casi lloró de alivio al oír la voz de
su primo— Mi contacto dice que no me
preocupe, pero…
—Escúchame. No tengo mucho
tiempo. Seguro que me vigilan. Recoge
tus cosas y sube en el primer autobús
que vaya a Houston. Cuando llegues allí,
llama a este número de teléfono.
—Espera…— corrió hasta un boli
y lo cogió, apuntando en un sobre el
número de teléfono que le dio — Vale.
—Él te cuidara. Es un antiguo Seal.
Confía en él.
—¿No debería quedarme? —
preguntó asustada.
—Van a por ti y los de protección
de testigos ya no te ayudarán, porque ya
le has delatado en el juicio. Ahora sólo
sirves de cebo, ¿entiendes?
—Sí. — sintió un escalofrío.
—Sal de ahí. No pierdas tiempo.
Te quiero.
Ella se echó a llorar apretando el
teléfono contra su oreja— ¿Mamá está
bien?
—Todos estamos bien. Suerte.
Colgó el teléfono y Allisa saltó del
sofá, corriendo hasta su habitación. Hizo
la maleta, metiendo la poca ropa que
tenía. Entró en el baño y con el brazo
arrastró todas sus cosas por la balda
hasta el neceser. Se vistió con unos
vaqueros y una camiseta blanca para no
llamar la atención y metió sus rizos
pelirrojos dentro de una gorra de los
yankees. Se puso su bolso en bandolera,
cruzándolo sobre el pecho y salió de su
piso sin mirar atrás.
No había un autobús directo hacia
Houston Texas, así que tuvo que coger
hasta siete autobuses y tardó tres
malditos días en llegar, después de
aguantar la cháchara de varios
compañeros de viaje. Daba igual que
ella prácticamente no contestara.
Hablaban solos.
Agotada y sudorosa, llegó cuando
estaba amaneciendo y en la estación se
tomó un café. Iba a marcar el número
con el móvil, cuando decidió deshacerse
de él. Lo desconectó y le quitó la tarjeta,
destrozándola antes de romper el móvil
y tirar la batería aparte. Un hombre que
estaba a su lado, la miró como si
estuviera chiflada y Allisa disimuló
sonrojándose— Me ha dejado el novio.
—Pues debe ser gilipollas. — dijo
mirándola con admiración.
Apretó los labios y se levantó
tirando de su maleta hasta los teléfonos
de monedas. Juró por lo bajo cuando
probó dos que no funcionaban y otro
tenía el cordón roto.
—Ahora casi no se usan. —dijo
una limpiadora que pasaba ante ella con
una mopa gigante.
—Estupendo. — dijo pasándose la
mano por los ojos de frustración.
Cuando levantó la vista, vio un móvil
ante ella y miró a la mujer que le sonreía
— Venga, llama.
—Muchas gracias. — dijo
emocionada. Marcó el número
rápidamente y tardaron varios tonos en
responder.
—Morris.
—Me han dicho que le llame
cuando llegue.
—¿Has llegado?
—Estoy aquí.
—Tardaré un par de horas en
llegar. ¿Cómo eres? —preguntó el
hombre con una voz profunda que le dio
algo de miedo.
—Tengo una maleta azul y soy
pelirroja.
—Dos horas. —dijo antes de
colgar.
Sonrió a la mujer— Vengo a
trabajar y no me conoce.
—Oh, entonces me alegro todavía
más de haberte dejado el móvil. Suerte
chica. — dijo empujando la mopa por el
suelo.
—Gracias. — sonrió más relajada
y miró a su alrededor sin saber qué
hacer. Entonces vio un cajero y fue hasta
allí a toda prisa. Sacó todo el dinero de
su cuenta, que no era mucho. Sólo tenía
setecientos dólares y con lo que
guardaba en el bolsillo, tenía setecientos
cincuenta y dos con setenta centavos.
Esperaba que a donde la llevaran,
pudiera encontrar trabajo pronto. Con el
dinero en el bolsillo de su pantalón
vaquero, se sentó en un banco a esperar.
Tenía hambre, pero no quería que si
llegaba ese hombre, no la viera por allí.
Tenía unas ganas de dormir
horribles y se quitó la gorra mostrando
sus rizos sudorosos. Un hombre la miró
desde el banco de al lado y se volvió a
colocar la gorra disimuladamente. Al
ver que se levantaba, se tensó y le
cuando se detuvo ante ella le preguntó—
Así que eres de Nueva York, ¿eh?
—No. — dijo sonrojándose por la
mentira— Soy de Seattle.
El hombre miró la gorra y arqueó
una ceja, antes de alejarse tirando de su
maleta. Suspiró de alivio cuando se
alejó y se relajó apoyando la espalda en
el respaldo del asiento. Después de
esperar mucho rato, se le empezaron a
cerrar los ojos cuando vio unos
vaqueros ante ella. Levantó la vista
lentamente tensándose y vio una
camiseta blanca. Tragó saliva porque le
quedaba algo apretada y le marcaba su
vientre plano. Siguió subiendo la vista y
sus ojos verdes se abrieron como platos
al ver a un tío con un sombrero de
vaquero, mirándola con el ceño
fruncido. Se parecía al del anuncio de
desodorante masculino que la volvía
loca y pensó cómo estaría sin camiseta,
metido en el agua del mar, con ese pelo
moreno algo mojado resaltando sus ojo

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