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Libro PDF Miedo líquido – Zygmunt Bauman

Miedo líquido - Zygmunt Bauman

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tras tanto tiempo, llegamos por fin a saber qué se
escondía detrás de aquella sensación indefinida
(aunque obstinada) de fenómeno terrible (aunque
inevitable) que se cierne sobre nosotros y que ha
envenenado los días que deberíamos haber
disfrutado pero que, por alguna razón, no pudimos,
además de quitarnos el sueño por las noches… En
el momento en el que averiguamos de dónde
procede esa amenaza, sabemos también qué
podemos hacer (sí es que podemos hacer algo)
para repelerla o, cuando menos, adquirimos
conciencia de lo limitada que es nuestra capacidad
para salir indemne de su ataque y de la clase de
pérdida, lesión o dolor que tenemos que aceptar.
Todos hemos oído anécdotas de cobardes que
se transformaron en luchadores intrépidos cuando
se vieron enfrentados a un «peligro real», cuando
el desastre que habían estado esperando día tras
día, pero que en vano habían tratado de imaginar,
les sacudió finalmente. El miedo es más temible
cuando es difuso, disperso, poco claro; cuando
flota libre, sin vínculos, sin anclas, sin hogar ni
causa nítidos; cuando nos ronda sin ton ni son;
cuando la amenaza que deberíamos temer puede
ser entrevista en todas partes, pero resulta
imposible de ver en ningún lugar concreto.
«Miedo» es el nombre que damos a nuestra
incertidumbre: a nuestra ignorancia con respecto
a la amenaza y a lo que hay que hacer —a lo que
puede y no puede hacerse— para detenerla en
seco, o para combatirla, si pararla es algo que está
ya más allá de nuestro alcance.
La experiencia de la vida en la Europa del
siglo XVI —el momento y el lugar en el que estaba
a punto de dar comienzo nuestra era moderna—
fue escuetamente resumida por Luden Febvre en
sólo cuatro célebres palabras: «Peur toujours, peur
partout» («miedo siempre, miedo en todas
partes[1]»). Febvre vinculó esa omnipresencia del
temor a la oscuridad, que empezaba al otro lado de
la puerta de la choza y envolvía el mundo existente
más allá de la valla de la granja, En la oscuridad,
todo puede suceder, pero no hay modo de saber
qué pasará a continuación. La oscuridad no es la
causa del peligro, pero sí el hábitat natural de la
incertidumbre y, por tanto, del miedo.
La modernidad tenía que ser el gran salto
adelante: el que nos alejaría del miedo y nos
aproximaría a un mundo libre de la ciega e
impermeable fatalidad (esa gran incubadora de
temores). Como bien reflexionaba Victor Hugo[2],
hablando con añoranza y elogiosamente sobre la
ocasión: impulsada por la ciencia («la tribuna
política se trasformará en científica»), una nueva
era vendrá que supondrá el fin de las sorpresas,
las calamidades, las catástrofes, pero también de
las disputas, las falsas ilusiones, los
parasitismos…, en otras palabras, una época sin
ninguno de los ingredientes típicos de los miedos.
La que iba a ser una ruta de escape acabaría
convirtiéndose, sin embargo, en un largo rodeo.
Transcurridos cinco siglos, como espectadores que
contemplamos —desde el extremo del presente—
una dilatada fosa de esperanzas truncadas, el
veredicto de Febvre suena —de nuevo—
sorprendentemente oportuno y actual. Los nuestros
vuelven a ser tiempos de miedos.
El miedo es un sentimiento que conocen todas
las criaturas vivas. Los seres humanos comparten
esa experiencia con los animales. Los estudiosos
del comportamiento de estos últimos han descrito
con gran lujo de detalles el abundante repertorio
de respuestas que manifiestan ante la presencia
inmediata de una amenaza que ponga en peligro su
vida, y que, como en el caso de los humanos
cuando se enfrentan a una amenaza, oscilan
básicamente entre las opciones alternativas de la
huida y la agresión. Pero los seres humanos
conocen, además, un sentimiento adicional: una
especie de temor de «segundo grado», un miedo —
por así decirlo— «reciclado» social y cultural
mente, o (como lo denominó Hugues Lagrange en
su estudio fundamental sobre el miedo)[3] un
«miedo derivativo» que orienta su conducta (tras
haber reformado su percepción del mundo y las
expectativas que guían su elección de
comportamientos) tanto si hay una amenaza
inmediatamente presente como si no. Podemos
considerar ese miedo secundario como el
sedimento de una experiencia pasada de
confrontación directa con la amenaza: un
sedimento que sobrevive a aquel encuentro y que
se convierte en un factor importante de
conformación de la conducta humana aun cuando
ya no exista amenaza directa alguna para la vida o
la integridad de la persona.
El «miedo derivativo» es un fotograma fijo de
la mente que podemos describir (mejor que de
ningún otro modo) como el sentimiento de ser
susceptible al peligro: una sensación de
inseguridad (el mundo está lleno de peligros que
pueden caer sobre nosotros y materializarse en
cualquier momento sin apenas mediar aviso) y de
vulnerabilidad (si el peligro nos agrede, habrá
pocas o nulas posibilidades de escapar a él o de
hacerle frente con una defensa eficaz; la
suposición de nuestra vulnerabilidad frente a los
peligros no depende tanto del volumen o la
naturaleza de las amenazas reales como de la
ausencia de confianza en las defensas
disponibles). Una persona que haya interiorizado
semejante visión del mundo, en la que se incluyen
la inseguridad y la vulnerabilidad, recurrirá de
forma rutinaria (incluso en ausencia de una
amenaza auténtica) a respuestas propias de un
encuentro cara a cara con el peligro; el «miedo
derivativo» adquiere así capacidad
autopropulsora.
Se ha comentado extensamente, por ejemplo,
que el opinar que «el mundo exterior» es un lugar
peligroso que conviene evitar es más habitual
entre personas que rara vez (o nunca) salen por la
noche, momento en el que los peligros parecen
tornarse más terroríficos. Y no hay modo de saber
si esas personas evitan salir de casa por la
sensación de peligro que les invade o si tienen
miedo de los peligros implícitos que acechan en la
oscuridad de la calle, en el exterior, porque, al
faltarles la práctica, han perdido la capacidad
(generadora de confianza) de afrontar la presencia
de una amenaza, o porque, careciendo de
experiencias personales directas de amenaza,
tienden a dejar volar su imaginación, ya de por sí
afectada por el miedo.
Los peligros que se temen (y, por tanto,
también los miedos derivativos que aquellos
despiertan) pueden ser de tres clases. Los hay que
amenazan el cuerpo y las propiedades de la
persona. Otros tienen una naturaleza más general y
amenazan la duración y la fiabilidad del orden
social del que depende la seguridad del medio de
vida (la renta, el empleo) o la supervivencia (en el
caso de invalidez o de vejez). Y luego están
aquellos peligros que amenazan el lugar de la
persona en el mundo: su posición en la jerarquía
social, su identidad (de clase, de género, étnica,
religiosa) y, en líneas generales, su inmunidad a la
degradación y la exclusión sociales. Numerosos
estudios muestran, sin embargo, que el «miedo
derivativo» es fácilmente «disociado» en la
conciencia de quienes lo padecen de los peligros
que lo causan. Las personas en las que el miedo
derivativo infunde el sentimiento de la inseguridad
y la vulnerabilidad pueden interpretar ese miedo
en relación con cualquiera de los tres tipos de
peligro mencionados, con independencia de (y, a
menudo, en claro desafío a) las pruebas de las
contribuciones y la responsabilidad relativas de
cada uno de ellos. Las reacciones defensivas o
agresivas resultantes destinadas a atenuar el temor
pueden ser entonces separadas de los peligros
realmente responsables de la presunción de
inseguridad.
Así, por ejemplo, el Estado, habiendo fundado
su razón de ser y su pretensión de obediencia
ciudadana en la promesa de proteger a sus
súbditos frente a las amenazas a la existencia (de
dichos súbditos), pero incapaz de seguir
cumpliendo su promesa (sobre todo, la de
defenderlos frente a los peligros del segundo y el
tercer tipo) —o responsablemente capaz de
reafirmarse en ella aun a la vista del rápido
proceso globalizador de unos mercados cada vez
más extraterritoriales—, se ve obligado a
desplazar el énfasis de la «protección» desde los
peligros para la seguridad social hacia los
peligros para la seguridad personal. Aplica,
entonces, el «principio de subsidiariedad» a la
batalla contra los temores y la delega en el ámbito
de la «política de la vida» operada y administrada
a nivel individual, y, al mismo tiempo,
«externaliza» en los mercados de consumo el
suministro de las armas necesarias para esa
batalla.
Más temible resulta la omnipresencia de los
miedos; pueden filtrarse por cualquier recoveco o
rendija de nuestros hogares y de nuestro planeta.
Pueden manar de la oscuridad de las calles o de
los destellos de las pantallas de televisión; de
nuestros dormitorios y de nuestras cocinas; de
nuestros lugares de trabajo y del vagón de metro
en el que nos desplazamos hasta ellos o en el que
regresamos a nuestros hogares desde ellos; de las
personas con las que nos encontramos y de
aquellas que nos pasan inadvertidas; de algo que
hemos ingerido y de algo con lo que nuestros
cuerpos hayan tenido contacto; de lo que llamamos
«naturaleza» (proclive, como seguramente nunca
antes en nuestro recuerdo, a devastar nuestros
hogares y nuestros lugares de trabajo, y fuente de
amenaza continua de destrucción de nuestros
cuerpos por medio de la actual proliferación de
terremotos, inundaciones, huracanes,
deslizamientos de tierras, sequías u olas de calor);
o de otras personas (propensas, como seguramente
nunca antes en nuestro recuerdo, a devastar
nuestros hogares y nuestros lugares de trabajo, y
fuente de amenaza continua de destrucción de
nuestros cuerpos por medio de la súbita
abundancia actual de atrocidades terroristas,
crímenes violentos, agresiones sexuales, alimentos
envenenados y agua y aire contaminados).
Existe también una tercera zona (la más
terrorífica de todas, quizás): una zona gris,
insensibilizadora e irritante al mismo tiempo, para
la que todavía no tenemos nombre y de la que
manan miedos cada vez más densos y siniestros
que amenazan con destruir nuestros hogares,
nuestros lugares de trabajo y nuestros cuerpos por
medio de desastres diversos (desastres naturales,
aunque no del todo; humanos, aunque no por
completo; naturales y humanos a la vez, aunque
diferentes tanto de los primeros como de los
segundos). Una zona de la que se ha hecho cargo
algún aprendiz de brujo excesivamente ambicioso,
bien que también desafortunado y propenso a los
accidentes y las calamidades, o un genio malicioso
al que alguien ha dejado salir imprudentemente de
la botella. Una zona en la que las redes de energía
se averian, los pozos petrolíferos se secan, caen
las Bolsas, desaparecen empresas poderosas y,
junto a ellas, decenas y decenas de servicios que
solíamos dar por sentados y miles y miles de
puestos de trabajo que solíamos creer estables;
una zona en la que grandes aviones comerciales se
estrellan con sus mil y un dispositivos de
seguridad arrastrando en su caída a centenares de
pasajeros, en la que los caprichos del mercado
desposeen de todo valor a los bienes más
preciosos y codiciados, y en la que se cuecen (¿o,
quizá, se maquinan?) toda clase de catástrofes
imaginables e inimaginables, listas para arrollar
tanto a los prudentes como a los imprudentes. Día
tras día, nos damos cuenta de que el inventario de
peligros del que disponemos dista mucho de ser
completo: nuevos peligros se descubren y se
anuncian casi a diario y no se sabe cuántos más (y
de qué clase) habrán logrado eludir nuestra
atención (¡y la de los expertos!) y se preparan
ahora para golpearnos sin avisar.
No obstante, como bien apunta Craig Brown en
su crónica de la década de 1990, escrita con el
inimitable ingenio que le caracteriza;
por todas partes se podía apreciar un auge de
«alertas globales». Cada día, había nuevas alertas
globales acerca de virus asesinos, ondas asesinas,
drogas asesinas, icebergs asesinos, carne asesina,
vacunas, asesinas, asesinos asesinos y otras
posibles causas de muerte inmine

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