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Libro PDF Mis Gloriosos Hermanos – Howard Fast

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Poco más de un siglo y medio antes
del nacimiento de Cristo, un puñado de
labradores judíos se levantó contra los
conquistadores asirio-griegos que
habían ocupado su país.
Por espacio de tres décadas libraron
una batalla que, como esfuerzo de
resistencia y liberación, casi no tiene
paralelo en la historia de la humanidad.
Fue, en cierto sentido, la primera lucha
moderna por la libertad y estableció una
pauta que siguieron muchos movimientos
posteriores.
Esa historia, celebrada aún ahora
por los judíos de todo el mundo con la
festividad de janucá, o Fiesta de las
Luces, es la que he tratado de narrar
aquí, pues considero que en esta época
problemática y amarga es útil y
necesario recordar la antigua entereza
del género humano.
Todo el valor que pueda tener este
relato lo debo al pueblo que recorre sus
páginas, ese maravilloso pueblo de la
antigüedad que con su religión, sus
normas de vida y su amor a la patria,
forjó esa espléndida máxima de que la
resistencia a la tiranía es la forma más
genuina de la obediencia a Dios.
Prólogo
En el que yo, Simón, juzgo al pueblo

Una tarde del mes de nisan, que es
la época más hermosa del año, tañeron
las campanas y yo, Simón, el último, el
más indigno de todos mis gloriosos
hermanos, me senté a juzgar. Hablaré de
ello, escribiéndolo aquí, porque el
juicio se compone de justicia –eso dicen
al menos-, y todavía me parece oír la
voz de mi padre, el adón[ 1 ] que decía:
«En tres cosas reposa la vida: en el
derecho, expresado por la ley; en la
verdad, manifestada en el mundo; y en el
amor de los hombres, que reside en el
corazón».
Pero eso fue hace mucho tiempo,
según el cómputo de los hombres, y mi
padre, el viejo, el adón, ha muerto, y
todos mis gloriosos hermanos también
murieron, y lo que era claro entonces
dista mucho de serlo ahora. De modo
que si anoto aquí todo lo que sucedió (o
casi todo, ya que la memoria del hombre
no es como la guarida de una bestia,
sino un tejido débilmente entrelazado),
lo hago para que yo mismo pueda saber
y comprender; si es que existe eso que
llaman el conocimiento y la
comprensión. Judas sabía; pero a Judas
no le tocó, como a mí, juzgar al país
entero; un país en paz, con sus caminos
abiertos al norte y al sur, al este y al
oeste, con la tierra labrada y los campos
llenos de niños que juegan y ríen. Judas
no vio las vides agobiadas por el peso
de una carga abundante, los granos de
cebada brotando como perlas, los
graneros colmados hasta reventar; Judas
no oyó cantar a las mujeres, alegres y
libres de temor.
Y a Judas nunca lo visitó un enviado
de Roma, como fue a verme a mí aquel
día, haciendo el largo viaje, según él (y
juzguemos nosotros mismos si un
romano miente o dice la verdad), guiado
por el único objeto de hablar con un
hombre y estrecharle la mano.
-¿Acaso no hay hombres en Roma? –
pregunté, después de ofrecerle pan, vino
y fruta, y de ocuparme de que le
proporcionaran un baño y una habitación
para descansar.
-Sí, los hay -repuso el romano, y
sonrió, moviendo el labio superior,
delgado y sin bigote, con la misma
circunspección con que hacía todos sus
movimientos-; hay hombres, pero no son
Macabeos. Por eso el Senado me dio un
mandato, ordenándome que fuera al país
donde gobierna el Macabeo, que lo
encontrara…
Vaciló durante unos instantes; de sus
labios desapareció la sonrisa y una
expresión casi tétrica cubrió su rostro
oscuro. y que le diera la mano –
concluyó-, que es la mano de Roma, si
él me ofrecía la suya.
-Yo no gobierno -dije-. Los judíos
no tenemos gobernantes ni reyes.
-¿Pero tú eres el Macabeo?
-En efecto.
-¿Y tú guías a este pueblo?
-Yo lo juzgo, actualmente. Cuando
tenga que ser guiado, podré ser yo quien
lo guíe, como podrá ser algún otro. No
tiene importancia. Ellos sabrán hallar a
su conductor, como supieron hacerlo
antes.
-Pero tuvisteis reyes, si mal no
recuerdo -dijo el romano, pensativo.
-Los tuvimos y fueron como ponzoña
para nosotros. Nosotros los destruimos a
ellos, o ellos nos destruían a nosotros.
Ya sea el rey judío, o griego, o…
-O romano -intervino el legado
sonriendo con esa peculiar sonrisa, lenta
e intencionada.
-O romano.
Hubo un silencio prolongado,
mientras el romano y yo nos mirábamos,
y yo adivinaba sus pensamientos.
Finalmente, con gran calma, una calma
fingida, me dijo:
-Hubo un hombre en Cartago que
dijo lo mismo. Tenía todas las
peculiaridades de un… judío, podría
decirse. Y Cartago esta cubierta de sal,
y no crece allí ni una brizna de hierba.
Hubo un griego… Bueno, Atenas es uno
de nuestros mercados de esclavos. Hace
unos treinta años, quizá lo recuerdes,
Antíoco invadió Egipto con sus tropas
mercenarias. Fue una guerra que no
agradó al Senado, por lo que envió a
Popilio Laneo con una orden; no llevó
tropas, sino una simple manifestación de
disgusto del Senado. Antioco pidió
veinticuatro horas para considerar la
cuestión, y Popilio le respondió que
podía darle veinticuatro minutos. Creo
que Antioco no tardó más de dieciocho
minutos en decidirse.
-Nosotros no somos ni griegos ni
egipcios -dije al romano-. Somos judíos.
Si vienes en son de paz te daré la mano
pacíficamente. Guarda tus amenazas
para cuando vengas en son de guerra.
-Tú eres el Macabeo -asintió el
romano y, sonriendo, me estrechó la
mano.
Aquella misma tarde fue testigo de
cómo juzgaba a mi pueblo.
Estábamos, como he dicho, en el
mes de nisan; a principios de mes,
cuando todo el país se cubre de flores,
cuyo aroma se difunde por el
Mediterráneo hasta a veinte millas de
distancia; en las colinas y en las faldas
de las montañas las siemprevivas se
desprenden de la escarcha y de la nieve
y se bañan en sus propios aceites
olorosos, los cedros se guarnecen de un
verde rutilante y los delicados abedules
ondean como doncellas en una boda. Las
abejas acuden para elaborar miel y la
gente entona canciones de alegría.
Porque no hay en todo el mundo
(¿cuántos viajeros no lo han
constatado?) un país como el nuestro,
tan fértil, tan fragante, tan generoso.
Yo, Simón, me instalé en mi cámara;
decían que «el Macabeo estaba en su
sitial, juzgando». Entre los concurrentes
figuraban un curtidor y un esclavo
beduino, un muchacho de unos catorce o
quince años. En un extremo de la sala
había tomado asiento el romano,
moreno, de baja estatura y robusta
complexión, piernas desnudas cubiertas
de vello negro, y una nariz voluminosa,
en forma de pico, destacándose en un
rostro ancho. Era una figura extraña,
exótica entre nosotros, que somos de
miembros largos y de barbas rojas o
castañas. Como los gentiles que nos
rodean, el romano no llevaba barba. Con
las piernas cruzadas, había apoyado en
un puño su bien afeitado mentón y
observaba y escuchaba, siempre con su
cínica mueca en los labios; el largo
brazo de la Pax Romana tocaba por un
instante el duro puño de la Pax Judea, y
hallándolo tosco, no civilizado, se
preguntaba, quizá, cuándo lo catarían y
ablandarían las legiones… Pero estoy
divagando. He dicho que se había
presentado un muchacho beduino con su
amo, un curtidor de pieles de cabra.
Hombre rudo el amo, como suelen
serlo los curtidores; tenía la piel del
color del tinte del abeto y una fría
mirada en los ojos.
-Paz, Simón -me dijo-. ¿Qué harías
tú con una rata del desierto que se
escapa?
Mirando de soslayo al romano, me
di cuenta de pronto de que yo era judío y
aquel curtidor era judío; y de que yo era
Simón, el Macabeo y etnarca de todo el
pueblo; y que el curtidor era un
ciudadano y nada más, y de que en todo
el mundo sólo un judío sabría
comprender por qué me había hablado
de ese modo.
-¿Por qué se escapa? -pregunté,
mirando al muchacho.
Era delgado y esbelto como una
gacela, de piel negra y miembros bien
formados, como la mayoría de los
beduinos; tenía abundantes greñas
negras y un cutis suave que no sabía de
barbas ni de navajas.
-Cinco veces -di

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