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Libro PDF Momento Jorge del Castillo

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qué viene tanta animadversión hacia el
exterior; ya sea por las peleas desde
pequeño, las mierdas reinantes que nos
rodean o qué se yo, pero esta esquina
desde donde escribo es mi pequeña
jaula. Encerrado ante los peligros,
aturullado en mí mismo o atrapando al
resto del planeta bajo mis pies. Pero no
creo que sea tan inteligente como para
conseguir tal cosa. Solo un imbécil
puede pensar semejante gilipollez
egocéntrica y estúpida.
Sin embargo, mi vida gira en torno a
la importancia del resto. Si pienso en mí
dependerá de cómo me sientan los
demás, se me acepte o se me odie de la
manera que más me reconforte, lo que
más me cuadre en mi simple esquema
mental.
En esta llamada desesperada de
auxilio, estoy haciendo tiempo para
sustituir la necesaria recogida de mierda
que tiene la casa. Si escribo no limpio y
si limpio me vuelvo loco. No se qué
tornillo se me cayó, pero el recoger todo
esto es algo tan tedioso que se me hace
cuesta arriba. Pero va siendo hora de
secar la diarrea mental del suelo de mi
malgastado cerebro.
Limpio el váter, sin guantes, con una
triste bolsa de supermercado, aunque la
mitad de la ciudad haya meado en esta
casa. Algunos acrobatizan, salpicando y
empapando con un charco de olor ruin y
rancio. Y digo algunos, pero seguro que
alguna aventurera también hace algún
acto circense para divertirse meando,
siempre teniendo en cuenta de que está
en casa ajena. Esa mierda de váter me
genera menos bloqueo que el pensar qué
hacer con el ticket del microondas que
compré un año atrás, cuando creí que
era una pequeña e inocente curva en el
camino. No tendrá ni garantía, pero me
recuerda el éxito de comprar un aparato
con el sudor de mi frente y me frena de
tirarlo.
Finalmente, parece que toca limpiar.
Llevo retrasándolo tres días. Son las
tres y media de la mañana y, aunque la
basura no llega a apestar, es hora de
hacer un puto cambio en mi vida. II
Rose se va. Cuando menos te lo
esperas, coge la puerta y se marcha.
Pretende ser el estereotipo de mujer
moderna en quien la confianza raya el
límite del espionaje, secretismo y la
sospecha de ser demasiado bueno o
bobalicón. Podría estar empotrando a
cualquiera y yo no me enteraría en
absoluto.
La ignorancia no es un don, es una
lacra. El juicio externo que se le hace a
una persona ignorante es una santa
inquisición. Quien se recrea en su sin
saber solo demuestra la existencia de la
gloriosa estupidez humana. No hablo de
repetir errores, sino de errar
satisfactoriamente.
Siempre, en cosa de días, vuelve.
Puede haberse tirado un centenar de
horas desaparecida, rodeada de gente
que ni conoce ni está interesada en
ahondar, pero que bailan el agua tanto
como ella necesite. La transparencia no
es su fuerte y sufre un miedo inmenso
cuando siente su intimidad en peligro.
Puede oler a alcohol, a empalmador y
sensual perfume o tan ahogada en sudor
y suelo de discoteca que solo querrías
abrazarla y pegarte a ella para siempre.
Para siempre y que no se vuelva a ir.
Mantener esa mínima seguridad en ti
mismo, tan esperada y que nunca termina
de llegar a puerto.
III
HIM a volumen medio, lento y
lúgubre. Frío y calor al mismo tiempo.
La atmósfera se torna gris y la realidad
toma forma. “In Joy and Sorrow” vuela.
Rose se fue hace un par de días. Un
par de días de resacosa calma. No era
sostenible, no era sano, no iba a ningún
sitio. Cuando dos barcos reman hacia
mares distantes, la capitanía debe tomar
una pronta decisión. Soy aquel que se
dejaba llevar por el temporal, ella
emprendió una vida de remolinos.
Y a volver a retomar un imposible: el
orden de mi vida.
El resto del mundo, generalizando de
manera obscena, me quiere empujar
hacia unas latitudes que no me llaman en
absoluto. Desde pequeño me creí el
matrimonio, las buenas sonrisas y el
amor eterno. Me enamora, ese que solo
tocan en las películas para continuar con
el baile de máscaras con nuestra primera
princesa Disney, aquella que nos miró
fijamente desde la pantalla. Sus labios
hablaron y nos provocaron esas
pequeñas y diminutas molestias
primerizas, esas que te incomodan más a
ti que al resto del público.
Ordena el cuarto. Ordena la casa.
Actualmente tengo más espacio que
nunca, ya que Rose era una consumista
de su práctica diaria; cremas y potingues
han desaparecido, ese armario con ropa
sin fin se ha desvanecido y todos esos
ojos que me rodeaban desde las fotos
del salón se han ido con ella. Su familia,
sus amigos, sus órdenes y deseos. Ha
sido parte de mi vida, pero el haber
llegado hasta aquí me hace caer en la
cuenta de lo pedregoso que puede ser el
camino.
Por tanto, ordenar la casa será
ordenar mi mundo. Al menos eso se dice
por ahí. La canción cambió. Wicked
Game está sonando y Chris Isaak odiaría
tener razón. Y yo también.
IV
Depeche Mode en la cabeza. Las
canciones viejas, no las modernas.
Después de un cumpleaños atípico, con
gatos, gambas y cerveza en un
ennegrecido coche blanco, descubro que
mi mundo existe en algún lugar de este
planeta. Nunca lo supe y ahora se abre
ante mis ojos. Y con forma humana, y
fácilmente inteligible.
Rebecca es extraña. Nadie puede
definirse como una mujer eslava de una
vida pasada sin que mucha gente piense
que está loca. La pintaría con pañuelo a
la cabeza, rastrillo de madera, tres o
cuatro moscas alrededor de su larga
falda estampada y blanca y un sombrero
que la permitiera ver más allá de los
fértiles campos del Kanato de Crimea,
pasando el horizonte, hacia el mar que
nunca llegaría a tocar. Instinto. Fue y es
viajera. Lo sabe.
Regaliz, un toque de negatividad y
ese afán de superar el pesimismo que
compartimos los dos. Consciente de
poder perder algo con cualquier paso y
aterrada a ser descubierta. Los talones
de Aquiles están ahí.
Somos de la misma secta, pueblo o
herencia de vidas pasadas. Tenemos la
ligera idea de un destino nos une,
entrelaza y otorga coherencia al
universo que no comprendemos.
Esta tarde lo hemos pasado bien. Un
camino se abre, dos nuevos mundos
conquistables sin sangre, sudor y lanzas.
Cuando todo es fácil corre el riesgo de
ser aburrido, pero ya me he dado cuenta
de que el aburrimiento es completamente
evitable. Valió la pena ir y estar. Vivir
la vida.
Pero no es su momento. Eso se
respeta solemnemente, al menos si tienes
una pizca de dignidad humana. Una vez
llegan, son tan fugaces que se disfrutan
desde una añoranza especial. Este
cumpleaños será uno de ellos.
Lo demás está por llegar, es
evidente. Seguramente luchemos contra
ellos desde nuestros intentos de control,
pero el subconsciente nos quiere juntar y
eso es irrompible. Nunca tuve esto y no
sé cómo manejarlo. Procuraré soltar el
volante.
V
Rose se ha llevado lo suyo. El piso de
hombre soltero que alguna vez fue, con
esa tristeza material demuestra
esperanza de felicidad.
Los días fueron completos y las
noches también. Esas mañanas de rubio
sudor femenino serán difíciles de
superar. Lo que no quiero son más días
de soledad en compañía.
Apagando el foco, la ciudad se vuelve
de colores. Ese
monocromatismo edificado en
sentimientos rutinarios ha dejado paso a
una época recurrente en mi vida. Todo
me huele a variedad, montones y fe en la
vida. Las películas dejan mella, los
libros destiñen en las manos y las
paredes enmudecen al no poder decirme
nada. Y la memoria se agotó entre
cansancio y alegrías.
El camino será largo hasta que
muera, soy de familia duradera y no
tengo intención de matarme
gratuitamente. No entraré en la historia,
pero en el camino espero poder llegar a
zambullirme de pleno en todas las
mierdas que me de la experiencia.
De todas maneras, me gustaría dejar
claro que la lógica no es mi meta; éstas
nos derivan en lo que opina la mayoría,
lo que quiere la minoría y lo que se nos
impone a la totalidad. Muerte a la lógica
y gloriosa bienvenida a mi nueva y
experimental vida.
VI
Llegamos. El final feliz es esa utopía
que se cumple, ese lugar que se visita,
ese objetivo que se consigue. Pero el
camino está lleno de piedras y tropiezas,
te embarras y, si consigues no llenarte lo
suficiente de mierda, te puede salir algo
medio decente.
Y, dos días después, me acuerdo de
Rebecca. Rebecca es esa chica que se
cruza, que comparte un tira y afloja y
que es tu bien para tu mal y viceversa.
Ese ente parido por coincidencias y que
te funde sus aguas con las tuyas.
Es peligroso. Es muy jodido. Pero
finalmente sabes que debes jugar las
cartas y, si el destino te sonríe y tus
calzones son de hoy, podría zambullirme
en su pecera, al más puro estilo de Juan
Louis Guerra.
VII
La paciencia se acaba. En un mundo tan
ridículo, debería haber escotes de
bragueta.
Rebecca no es. O yo no soy. O no es
ahora.
Rebecca, Rose… al final creo que el
juego es más difícil de lo que creí y que
el destino es una puta broma.
Lo mejor nunca será el plato del de
al lado, una comida de segunda mano.
Ni el ni la, ni la ni el. Debemos estar
atentos a estos puntos porque luego nos
creemos en la nube suprema. Y no botes
en una nube; son sólo gotitas. El choque
nunca llega.
VIII
Ha pasado un mes desde la última
vez que vi a Rose. Llevo una semana
queriendo comprar cosas. Encontraré la
felicidad que ocultan esos que tanto
tienen. No estoy dispuesto a creerme esa
mierda pseudointelectual de que el
dinero no da la felicidad. Un rico te
reboza la frase y los demás nos lo
creemos, madrugando por obligación,
aguantando a gilipollas subiditos de tono
y sudando la gota gorda, llegando de
noche para volver a empezar al día
siguiente.
Por tanto, he decidido echar a la
lotería. Me gusta pensar que me van a
tocar millones, muchos millones. No a
una vida llena de coca, putas y yates,
solo una simple persona con una casita,
gatos, felicidad y problemas resueltos a
golpe de talones.
Si tenemos que vivir en este mundo
de mierda, quiero poder ser la mosca
que se pose muy de vez en cuando. Unos
nacen alados, los demás buscamos
escapar del fondo a saltitos, pequeños y
grandes, pero acabamos hundiéndonos
una y otra vez en el pozo del hombre
corriente.
En vista de los acontecimientos, voy a
disfrutar del pozo como más me guste. Y
que se apunte a decorarlo quien quiera.
XI
Tu luz me hizo sombra. Las ideas de
mi cabeza nunca fueron buenas. Insistí
en estar en ti, en colmarte de atenciones,
en regalarte mis días y mis noches, en
soplar las velas de lo desconocido.
Pero no fue lo que esperaba.
Contrariando a la lógica, no regales tu
valía. Todo pierde valor. Quedarás en
nada. La ilusión. La esperanza. El futuro
se hizo posible, y lo posible se hizo
nada. La nada es un gran lugar. Es todo
al mismo tiempo. Es siempre nunca, es
antes y ahora. La nada es clave para
conquistar, para el infinito, para la
desconcertante desobediencia. Nos
mentimos y negamos la nada cuando, sin
ir más lejos, vivimos en ella. Y desde la
nada decidí dejar de ser un regalo. Pasé
a caro. Lujoso. Atractivo desde la
escasez, suculento en la obscenidad del
extravagante, diamante en la mina del
mar. Y abrió la puerta. Esa entrada al
íntimo deseo, a la secreta perversión, a
la gran luna roja.
Porque me mataste.
Porque me suicidé.
Tus labios me envenenaron.
Tus ojos me encharcaron.
Y, una vez muerto, no volveré a morir.
Viviré para siempre.
2
I
Mesa roída por la edad. Una petaca
soviética, portando escudo de armas y
antiguas glorias. Una copa de ruso
blanco en un desgastado vaso de cubata,
robado de algún bar una noche
cualquiera.
Ha pasado mucho tiempo desde que
intenté reconstruirme. Varios meses me
ha costado entender y comprender. Hace
medio año estaba perdido en la
ignorancia, lamentándome de ella.
Ahora disfruto la vida, el caos, la
perdición. Se acabaron los controles, se
desató el necesario albedrío, aquel que
ordena tu propio futuro.
– Aspiradora. Poneos los cascos. –
aconsejo a mis dos gatos, buenos,
independientes y cariñosos – Sabéis que
no me gusta haceros esto pero no me
queda otra. La escoba os da más miedo
todavía.
Aspiro las pelusas que logro ver. Sé
que es de noche y soy consciente de que
una cosa no lleva a la siguiente, pero me
he propuesto limpiar todos los fines de
semana. Podría estar toda la tarde
tumbado en el sofá, en la cama, en el
suelo, disfrutando de unas saladas pipas
de calabaza o mirando a una serena y
silenciosa vela. Limpiar me estresa y,
por tanto, tengo que enfrentarme al reto.
Una cosa es dejar hacer al mundo y otra
morir de sarna en una esquina de mi
húmedo cuchitril.
Me ducho. Suena la banda sonora de
Machete de fondo. Tengo mis
horteradas, pero por suerte las tengo en
el redil y pocas veces se escapan. Uso
pastilla de jabón por recomendación de
padre y un champú superpijo. No quiero
que la pista de aterrizaje esté libre de
árboles aún.
Salgo haciendo el ritual. Bailando,
cantando y sintiendo como me doy paso
entre tanta niebla. Abro la puerta y
entran mis dos queridos, quienes adoran
subirse a mi regazo con el albornoz
puesto. Albornoces y hoteles, qué
rentables son.
Se pegan por estar encima pero al
final caben los dos. El pelo me gotea y
la barba lo recoge. La condensación
atmosférica no es comparable a lo que
sucede en ese baño. Acaricio a los
peludos, dejando rastro a cada caricia
que doy, llenando de blanco y negro el
albornoz, la toalla y cualquier cosa a mi
alrededor.
Vuelvo al salón y doy otro trago al
ruso blanco. Hoy es el primer día que
pruebo este clásico cinematográfico y
me está entrando como agua destilada.
Jeff Lebowski aprueba este mensaje y yo
también. Los cubitos, en forma de
estrella, luchan por verme beber. La
petaca se quedará de adorno y el tiempo
se quedará en el reloj, sin pila pero con
mucho postureo.
Hace un frío de pelotas ¿Dónde estáis?
Ya he salido -el teléfono es un gran
compañero de viaje Estamos en la
Tasca. Jaime ha salido con vaqueros,
yo he salido rollo hipster y William ha
salido rollo William- me contesta Fer
desde el otro lado.
Puedo oler el frito por el auricular.
La Tasca es ese bar de mesas de pueblo,
botellas apiladas y máquina de café
revientatímpanos. En cinco minutos
entro por la puerta y se me empaña la
nariz con el aroma a zarajo, hombre
mayor y comienzo de la noche para
todos.
– ¡Eh!- somos de pocas palabras
Mira a Billy como liga el cabrón- Fer
se queda perplejo cada vez que ve el
modus operandi de William, ya sea por
redes sociales o mediante su presencia
física, de dos metros, frase corta y
melena. Heavy, guitarrista y tatuadísimo.
No hace ascos a los piercings y se
distrae con facilidad. Mirad lo que
tengo en el móvil- William está
emocionado Hablé con esta tía ayer
durante dos horas- Nos enseña el
registro de llamadas, como si los
hombres no maduráramos nunca.
Dos rusos blancos. Conversación

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